04 de abril de 2007

Conjura de necios y otros oxímoron


Ta estropeá la mujer

Uno de los signos de los tiempos, ya se ha dicho antes, aquí dentro y por ahí fuera, es la culpabilidad diferida, un mecanismo de salvaguarda psicológica ante el fracaso de gran importancia biológica, porque permite sobrevivir a la autoestima de aquellos que no van sobrados de ella. Y el amor propio es uno de los mecanismos claves del gen para perpetuarse. La culpa es del árbitro, del mal tiempo o de la sempiterna mala suerte del combinado español, y así no es propia. Recuerdo a alguna aprendiza del oficio del escriba que de forma sistemática atribuía cuantas vicisitudes profesionales atravesaba a su condición de fémina, y nunca se detenía a pensar por qué a otras meritorias con las que compartía sexo (género, que dicen equivocadamente los modernos) les iba viento en popa. Era cosa de la ortografía y la gramática, pero para vivir consigo misma prefirió pensar que los varones del planeta hemos urdido una confabulación contra ella. Es un mecanismo reactivo toda vez que las conquistas del individualismo y el libre albedrío, en el peor y el mejor sentido, han hecho recaer en uno la responsabilidad de cuánto le sucede. Como hemos proscrito el azar, sólo nos queda culpar a la animosidad de los otros o la de los hados. Y, para los agnósticos, sólo a la de los otros. Unos otros muy listos y muy cautos, capaces, llegado el caso, de guardar el secreto del fraude católico durante dos mil años debajo de la pirámide que Norman Foster construyó hace nada en el Louvre. Y que ningún jubilado lo viera durante las obras.


Amelie y Forrest Gump, dos intelectuales

De ahí que la conspiración se haya convertido en un asunto contemporáneo en la novela, la televisión y el cine. Y en la vida real, claro. Lo hemos visto durante los últimos tres años: en el fracaso de un proyecto político, que se hundió a muy pocos metros de alcanzar la orilla, no se busca el concurso de las obvias responsabilidades propias ni del patente peso del azar. Es más cómodo pensar en una oscura componenda de aviesos intereses convergentes, formulación barroca y excesiva que contraviene el principio rector del universo de lo visible, la navaja de Ockham, o principio de la economía de la razón: "No ha de presumirse la existencia de más cosas que las absolutamente necesarias". En castellano de hoy, diríamos que la explicación más simple, la que requiera menos condicionales para sostenerse, es la que tiene más probabilidad de ser cierta. Bertrand Russell lo resumió de un modo que ofrece más acomodo al principio del que hablamos: "Si un fenómeno puede explicarse sin suponer entidad hipotética alguna, no hay motivo para suponerla". Una entidad hipotética es, pongamos por caso, un policía anónimo que habla de un informe que nadie ha visto, en el que se establece una relación imposible entre elementos de naturaleza antitética. Qué sé yo, la sinrazón vasca y el fundamentalismo magrebí, por ejemplo. Digo, para que se vayan haciendo una idea.

Un amigo, crítico y más cosas, Luis Muñiz, sostenía hace años (seguro que ni se acuerda y le parecerá una descortesía que se lo refresque), que la única aportación de la narrativa norteamericana al imaginario temático moderno era la conspiración. O quizá no decía eso, tal vez dijo que la conspiración es la gran aportación norteamericana a la narrativa mundial; el caso es que ese día no estaba de servicio, ni sobrio, y no tomé notas. Pero quédense con la idea aproximada.


Mialos, qué gonicos

Tiene sentido que así sea, pues la conspiración sólo cobra cuerpo en democracia. Si entendemos que en toda conjura siempre hay un secreto, los autócratas no necesitan conspirar pues detentan el poder por la fuerza de las armas o de la razón divina y en ello no hay requisito de ocultamiento alguno; el dominio absoluto e irresponsable (entiéndase por irresponsable la primera acepción del diccionario: "A quien no se puede exigir responsabilidad") tiende al exhibicionismo, no al disimulo. El pueblo no desconfía del tirano, lo teme y lo ama en dosis homeopáticas, como explicó Maquiavelo, así que no necesita ponerse paranoico pensando que el sátrapa lo quiere a uno mal. Eso se sabe.

La conspiración mayormente no existe. Ninguna. Requiere de un montón de gente lista y que tenga la boca cerrada mucho rato (a veces, centurias), combinación improbable en un individuo, no digamos hacerla unánime en un grupo y transmitirla generación tras generación. De hecho, el asunto desaparecería por el imperio de la razón si no tuviera una fuerza gemela pero inversa, dícese simétrica, que lo compensa y lo alimenta: la paranoia social. En el mundo real nació con la Guerra Fría, que, con sus servicios de inteligencia y contrainteligencia, creó una profesión específica de paranoicos llamada espionaje. De cómo conspiración y paranoia se combinan con el principio de la economía del pensamiento, y los tres bailan en apretada coreografía da una muestra soberbia Con la muerte en los talones (1959), de Alfred Hitchcock. Pero, en el mundo literario ya había prendido tiempo antes un esqueje, en los laberintos tejidos por Kafka en El proceso y El castillo, relatos fundacionales de la vertiginosa relación entre el hombre y el poder burocrático. Ambas paranoias las reunió Steven Soderbergh en su ambiciosa Kafka, la verdad oculta (1991), una cosa muy curiosa, mitad biografía, mitad adaptación, pero muy fallida, con la que quiso ampliar el prestigio cosechado con aquel debut prometedor llamado Sexo, mentiras y cintas de vídeo (1989).


¿Pensaban que no existía esto?

El cine de ciencia-ficción de los cincuenta fue, en todo caso, el que orquestó el canon de la conspiración tal cual llegó a nuestros días: el sistema democrático en el que vivimos es sólo una mascarada para que los de siempre controlen la riqueza y los medios de producción y, ya de paso, nuestras mentes. Los ejemplos se cuentan por docenas (eran películas muy baratitas, así que se hicieron muchas), pero quédense con La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) de Don Siegel, o su posterior revisión de Philip Kaufmann, en 1978. La estrecha ligazón entre este cine fantástico y los quehaceres de la Guerra Fría está en la raíz de su obsesiva paranoia. El senador McCarthy era un caso paradigmático de conspiranoico: estaba convencido de que los soviéticos no iban a necesitar conquistar Estados Unidos porque se había tejido una compleja trama de filocomunistas norteamericanos que, mediante la difusión de mensajes ultraizquierdistas en la tele, el cine y el teatro, iba a acabar con la América libre que él defendía. El pobre.

Los directores también tienen sus querencias y quizá la mejor película sobre una conspiración fue la que realizó el muy paranoico Oliver Stone sobre la muerte de John Fitzgerald Kennedy, seguramente la conspiración con más adeptos y prestigio de cuantas en el planeta imaginario han existido. Lo que cuenta JFK (1991) es más realista que una conspiración típica porque responde un poco al refrán "entre todos la mataron y ella sola se murió". Es decir, que había mucha gente interesada en que el dandy saliera de la presidencia aun con los pies por delante, gente que no hizo gran cosa por evitar que pasara lo que pasó y que luego tapó el asunto rápidamente al dicho de "el muerto al hoyo y el vivo al bollo", o tal vez el de "bien está lo que bien acaba". Pero no existió un plan propiamente dicho que aglutinara al ejército, los servicios secretos, el exilio cubano, el crimen organizado, la CIA, la industria armamentística y los republicanos. Porque, vamos a ver, ¿cómo se organiza una asamblea con esta gente?, ¿quién manda?, ¿quién alquila un local?, ¿quién da los turnos de palabra?, ¿se vota por sectores o por individuos?, ¿quién pone café?, ¿se puede fumar? En fin, preguntas y preguntas. Además son demasiados como para pensar que alguien no fuera a irse de la lengua en cuantito que tomara un par de copas de más.


Los ladrones fueron ultracuerpos
en la versión española de Kaufmann

El problema de las conspiraciones es que, en tanto género político, no narrativo, es un invento de los poderosos para justificar actuaciones de escarmiento global. Así, las cazas de brujas medievales, la teorías sobre la conjura judeomasónica, y, en general, todas las que tienen que ver con rituales y planes de sociedades secretas, tipo templarios, masones, cabalistas… Los nazis y el Santo Oficio, pero también Stalin, Putin y nuestro simpático caudillo portátil han sido y son ejemplos de cómo se pueden adaptar teorías conspirativas al discurso totalitario como cimiento de un determinado régimen de libertades reducidas.

Pero, a fuer de oírlo, el vulgo ha terminado por apropiarse del asunto. Y así, empezando por lo primero, el pueblo americano cree que el hombre nunca llegó a la luna. Hace casi un año les hablábamos aquí de la sugerente Capricornio Uno (1978), de Peter Hyams, y aprovechábamos para acercarnos a las teorías paranoides, cuya epifanía es El show de Truman (1998), de Peter Weir: todo es mentira, todos menos yo actúan. El pueblo americano tampoco cree que a Kennedy lo matara Oswald, y ahí está la citada JFK para demostrar formalmente cómo se construye una teoría de la conspiración: cuidadosa mezcla de imágenes documentales, dramatizaciones y ficciones; mentiras y verdades removidas con efusión construyen un relato imposible que es mejor que cierto, es creíble.

Pero lo mejor de todo es cuando alguien se da en pensar que una cosa tan compleja como un plan secreto y eficaz -que se dice antes que se hace- no sólo puede ser posible sino que pueden pasar una veintena de siglos sin que nadie se entere y sin que ningún bocazas corra a contarlo a todo el bar: "Os tengo que contar una cosa que lo vais a flipar. Tíranos unas cañas, Paco… y sácate unas aceitunas, que esto va pa largo". La jaja, vaya. El padre de esta simpática teoría es Robert Anton Wilson con su trilogía sobre los Illuminati escrita a finales de los setenta, según explicaba Grace Morales en el Cultura/s de la pasada semana. Merced al empuje de la erudición y de la reflexión metacultural, Umberto Eco inauguró el género del thriller histórico con El nombre de la rosa, a cuya versión cinematográfica ya hemos dedicado aquí muchas líneas, y luego el de la gran conspiración, en el inefable El péndulo de Foucault, donde rosacruces y templarios son los arteros creadores de una conjura transhistórica sin parangón. Del manantial vino a beber con descaro Dan Brown con su inevitable El código Da Vinci, de cuya factura nada diré porque no tengo el gusto. El almibarado Ron Howard trasladó a la pantalla el tinglado, dando a luz una película homónima confusa y tramposota, cuya mejor aportación es la banda sonora de Hans Zimmer. Aunque les supongo al tanto, diré que la participación del arquitecto Norman Foster en los planes del Priorato de Sion se antoja una de las ocurrencias finales más descacharrantes de la historia del thriller moderno. Añado además que existe un videojuego de 1996, titulado Broken Sword, la leyenda de los templarios, que empieza en París con un asesinato y que tiene unos paralelismos con el asuntejo de Da Vinci que no darán para una demanda por plagio, pero sí para el público escarnio.


Ay, ay, que las carga el diablo

En realidad, el éxito del asunto se debe a un argumento que consuela mucho a determinado tipo de público, a saber: los hechiceros, puente entre el populacho y el más allá, son unos mentirosos que han montado el tinglado sobre una historia inventada o basada en medias verdades. Lo que quiere decir que mientras decían que una mujer virgen puede tener hijos que caminan sobre el agua y que también la convierten en vino (no sé en qué orden) la gente no sospechó nada. Todo muy razonable. Pero que digan que Jesús convivió con una mujer de dudosa reputación, María Magdalena, sin yacer con ella, eso sí que no. Somos así.

La teoría de la conspiración y la religión institucional funcionan bien de la mano porque ambas se basan en la llamada prueba diabólica, que consiste en que quien defiende que algo no existe (los ovnis, los dioses, las conspiraciones…) debe probarlo. Se le ocurrió a Santo Tomás de Aquino, cuando dijo que la prueba de que Dios existía era que no podía no existir. Ole. Y por esta aplicación de la lógica de la doble negación los bachilleres lo estudian en clases de filosofía. El invento lo aplicó con fortuna el Santo Oficio, cuando obligaba a las presuntas brujas, relata Dioni López con sorna, a probar que tal noche no habían yacido con un íncubo. No se sabe de ninguno que se presentara a declarar, así que muchas acabaron atadas a un poste y con un calentón de no te menees. La lógica y el derecho exigen que los mecanismos de probatura funcionen justo en sentido contrario: quien defiende la existencia de algo debe aportar las evidencias que lo confirmen, lo que se ha dado en llamar la carga de la prueba.


La 'X' ni es Felipe González ni
sale gente sin ropa

Por eso al paranoico más ilustre que ha dado la ficción audiovisual, Fox Mulder (David Duchovny) fue provisto de una escéptica científico, la agente Dana Scully (Gillian Anderson), de cuyos orígenes ya hablamos largamente, encargada de separar el grano probatorio de la paja especulativa. A lo largo de doscientos episodios televisivos y un largometraje, Mulder se convierte en el catalizador de la conspiración más compleja que la ficción haya creado nunca. Tanto, que el último episodio de la última temporada, La verdad, se concibió como un juicio al agente, excusa para recomponer las piezas pacientemente desperdigadas por la trama durante una década, y trazar un esquema somero de en qué consistía el plan que el entusiasta agente especial trataba de desbaratar. Fue una clausura poco digna para un serial que trabajó la paranoia con tanto entusiasmo que no pudo sobrevivir a la hecatombe de las Torres Gemelas.

La conspiración de Mulder, que en su momento fue bautizada como el master plain, es esencialmente kafkiana: dentro del fenomenal aparato del gobierno de los Estados Unidos hay tantas agencias, tanto espía y contraespía, que una conjura de hombres poderosos sin nombres ni cargos pasaría inadvertida. De este asunto hizo una broma macabra Barry Sonnenfeld, a partir de un cómic de Lowell Cunningham, titulada en España Hombres de negro (1997), alusión a la falta de imaginación que dedican al vestir quienes vuelcan su intelecto en hallar formas de ocultar a la población la existencia de vida extraterrestre y la connivencia de nuestras autoridades con ese tipo de inmigración ilegal.

El propio Mulder en el excitante largo Expediente X (1998), de Rob Bowman, puente entre la quinta y la sexta temporadas de la serie, hace una parodia de sí mismo y demuestra por qué las conspiraciones no podrían prosperar. Un poco de alcohol y desesperación y al protagonista se le suelta la lengua ante el barman:


Fox y Dana, que son San José y
María en la octava temporada

-¿A qué se dedica?

-¿Que a qué me dedico? Soy una figura clave de un complot del Gobierno para ocultar la verdad acerca de la existencia de extraterrestres, de una conspiración global cuyas figuras claves se hayan en lo más alto del poder, pero que afectan a todo hombre, mujer y niño de este planeta. Y claro, nadie me cree. Soy un incordio para mis superiores y el hazmerreir de mis compañeros. Me llaman 'Repelús', 'Repelús Mulder', cuya hermana fue abducida por extraterrestres siendo un crío y que ahora persigue hombrecillos verdes armado de una placa y una pistola mientras le dice a todo el que le escucha que ya están aquí y que cuando se muestren será el suceso más horroroso de la Historia.

-Bueno, creo que ya ha bebido suficiente, 'Repelús'.


Por un momento creí estar oyendo a Casimiro García-Abadillo. Muchas veces Dioni López y el sosías del CinExín han comparado la pujanza de las nuevas teorías de la conspiración con la ausencia de religión. Ambas lo explican todo. En el episodio de la cuarta temporada Reflexiones de un hombre que fuma descubrimos que El Fumador (William B. Davis), siniestro personaje que conspira sin parar durante toda la serie, está detrás también del asesinato de Kennedy y del de Martin Luther King, además de estar metido en Roswell, en los experimentos con soldados en la guerra del Vietnam, la creación y difusión del sida... Un solo hombre lo explica todo: Dios fuma Morleys. Ambas, religión y conspiración, funcionan a partir del mecanismo de convencer a la gente de que hay mucho más de lo que se ve, y de que, precisamente en lo invisible reside la explicación de lo visible. La ciencia, con sus mayúsculos obstáculos para desentrañar qué hay más allá del espacio conocido o más acá de un electrón, y la consiguiente tendencia a especular con materias negras o teorías de cuerdas, tampoco se puede decir que ayude mucho a hacer del universo algo comprensible.

Pero desconfíen de quienes propongan explicaciones de hermosa precisión sobre los acontecimientos humanos difíciles de predecir. Si son gente formal, harán bien en pensar como el camarero de Mulder: que, efectivamente, los excesos en el consumo de alcohol, drogas o cualesquiera otras sustancias euforizantes, incluidos el poder o la soberbia, tienen estos riesgos. Tan así, que está documentado el caso de un terrorista de ETA obsesionado con la idea de que le habían puesto un chip en una muela. Incluso hay mascotas convencidas de que llevan uno bajo la piel. Criaturas.








pvallin@divertinajes.com
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