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27 de marzo de 2007
Tapicerías californianas
Prólogo del guión de Paul Haggis para Crash (2005). Nos han engañado. Nos hemos criado contemplando representaciones en las que el sol y los planetas parecen bailar un complejo vals en un Sistema Solar que es sólo lo suficientemente grande como para que los planetas no se choquen. Estamos mucho más solos que todo eso. "Las distancias son tales, en realidad, que no es prácticamente posible dibujar a escala el Sistema Solar. (...) En un dibujo a escala del Sistema Solar, con la Tierra reducida aproximadamente al tamaño de un guisante, Júpiter estaría a 300 metros de distancia y, Plutón, a 2,5 kilómetros, y sería del tamaño similar a una bacteria, así que de todos modos no podrías verlo. A la misma escala, Proxima Centauri, que es la estrella que nos queda más cerca, estaría a 16.000 kilómetros de distancia. Aunque lo redujeses todo de tamaño hasta que Júpiter fuese tan pequeño como el punto final de esta frase y Plutón, no mayor que una molécula, Plutón seguiría quedando a 10 metros de distancia". Y el borde del sistema solar -que, ni muchos menos es Plutón-, estaría 500 kilómetros más allá. En fin, así de gráficamente lo explica Bill Bryson en su célebre bestseller científico Una breve historia de casi todo (2004, Barcelona, RBA Libros), un libro indispensable para saber qué somos. Total que estamos bastante solos y de las nubes hacia arriba está todo inmensamente vacío, nada parecido a esos eufóricos viajes espaciales en los que parece que los planetas viven en relación de buena vecindad.
La génesis de este asunto, así a gran escala, fue una idea del director y guionista Lawrence Kasdan y de su mujer Meg Kasdan, que trasladaban las historias de seis personas de distinta extracción social cuyas vidas se cruzan por una azarosa avería en el coche de Mack (Kevin Kline), después de haber errado la salida de la autopista cuando una noche regresaba de un partido de los Lakers. Tirado en mitad de un barrio negro de Los Angeles, Mack es hostigado por una pandilla juvenil, sin que el asunto pase a mayores gracias a que Simon (Danny Glover), empleado de la grúa, lo saca del atolladero. El episodio que ilustra Grand Canyon, el alma de la ciudad (1991), tomado de una peripecia que sufrió el propio Kasdan, crea en el acaudalado y asustado hombre blanco un vínculo, basado en la deuda moral, que enlazará la vida de ambos en adelante. Así arranca esta película, que ganaría el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1992 y que tendría el mérito indeliberado de coincidir en su estreno español (20 de marzo de 1992) con los disturbios que provocó en Los Angeles el apaleamiento televisado de Rodney King a manos de la policía, un 23 de abril de 1992. Sería, además, la primera de muchas en proponer la aproximación plural, casi coral, como única posible para hablar de la monstruosa ciudad californiana, en cierta medida (pero no totalmente), metáfora de todas las demás.
No era ésta la primera vez que Kasdan manejaba con destreza el retrato coral. Reencuentro (1983) había marcado la década anterior con su luego muy remedada historia de la reunión de antiguos amigos que, al reencontrarse, hacen balance de su devenir y del de los otros, con la amargura que de este desaconsejable ejercicio de refutación del pasado se decanta. Sin embargo, Grand Canyon era la primera ocasión en la que este solvente director y brillante guionista entretejía las historias de sus protagonistas a partir de elementos contingentes. El siguiente en lanzarse al retrato coral, también en Los Angeles, fue el recientemente fallecido Robert Altman, en su adaptación de los cuentos de Raymond Carver, cuyo título en España fue un expresivo Vidas cruzadas (1994). Hija de la mirada gélida de su director y la desencantada del novelista, la película pone más el acento en la deshumanización y la volubilidad del azar, de la incomunicación de las sociedades superpobladas (particularmente, la ciudad californiana, la única del planeta donde no hay centro urbano y es toda ella una estrambótica coyunda de suburbios y urbanizaciones con distinto grado de esplendor) y de las desgracias que se siguen del simple desdén humano. Si Kasdan abogaba por una reconquista de las relaciones humanas en la megalópolis, una suerte de refundación de la comunidad, Altman emplea la película para verter en ella todo el descreimiento y el desencanto que desde sus más tiernos inicios marcaron su relación con Hollywood.
Mucho más ambicioso es el ataque que realiza, sobre idéntico motivo, Paul Thomas Anderson, director y guionista que por entonces sólo había firmado la muy aplaudida Boggie Nights (1997). El experimento, cuyo prólogo ya anunciaba una ambición infrecuente a la hora de abordar el modo en que lo inesperado afecta a las vidas humanas, se llamó Magnolia (1999). A lo largo de su generoso metraje, unas dos horas y media, la cinta componía un fresco de relaciones desestructuradas e infamantes, de deudas sin saldar y afrentas antiguas que extienden su hiel sobre el presente, para, a modo de epítome, concluir que los habitantes de la gran ciudad han extraviado la tabla categorial que discrimina entre lo importante y lo que tiene importancia. Mucho más postmoderna que las dos anteriores, de las que es en buena medida hija no reconocida, Magnolia pasó a engrosar la larga lista de experimentos fallidos en cuyo fracaso se contienen más elementos de interés que en la mayoría de las empresas exitosas. Las dudas sobre su valía las habría de despejar definitivamente Paul Thomas Anderson en su siguiente cinta, una enloquecida comedia negra titulada Punch Drunk Love, embriagado de amor (2002).
De nuevo, el azar y su intromisión en la colmena, en el más puro estilo de Camilo José Cela, desencadena toda suerte de desdichas. Con respecto a Magnolia y a Grand Canyon, una de las más ostensibles diferencias es precisamente la fatalidad, que pesa como una losa sobre las vidas de todas las criaturas de Iñárritu, lo cual, no tiene nada de particular porque ya dijimos hace siete días que una característica que hermana a los niños bien con pretensiones artísticas es esa especie de mala conciencia que hace que un noble como Fernando León de Aranoa se dedique hablar de niños de arrabal, obreros de astillero en reconversión o prostitutas de la Casa de Campo, como queriendo emular al comunista ortodoxo Ken Loach.
La técnica, si se fijan, es exactamente la misma que la de las imágenes del Sistema Solar en los libros escolares. La escala de las distancias y los tamaños relativos se alteran para permitir una percepción metafórica pero comprensible de una comunidad en la que, en realidad, la casualidad de los encuentros combinados sería estadísticamente improbable. El falseamiento es pura dramaturgia, un hecho increíble pero verosímil; al cabo, última condición indispensable de la ficción: la verosimilitud siempre ha sido más importante que la certeza que otorga basarse en un hecho real. Credibilidad y verdad, a menudo son divergentes en la ficción cinematográfica. Desentrañado y bendecido el aparato formal, Crash recoge otras muchas virtudes. Es, como el último cine de Spielberg, un título claramente post 11-S, incluso con alguna referencia explícita al asunto, en el que Haggis se centra en retratar el miedo y el modo en el que empuja a una sociedad a la paranoia, el ofuscamiento y la venganza. Lo narra todo ello sin tremendismos, entregado más a Shakespeare que a Wagner, si me disculpan la analogía, más a la tensión textual que al poder abracadabrante de la imagen, y ahí es donde saca clara ventaja a otras aproximaciones al género. Siendo una crítica voz de alarma sobre la crispación a la que los violentos y los irresponsables han abocado aquel país, la historia huye de la crudeza y se deja arrastrar a ratos por un lirismo propio del realismo mágico, y utiliza la simetría para provocar un asomo de vértigo en el espectador.
Tigre, tigre, que te enciendes en luz por los bosques de la noche ¿qué mano inmortal, qué ojo pudo idear tu terrible simetría? ¿En qué profundidades distantes, en qué cielos ardió el fuego de tus ojos? ¿Con qué alas osó elevarse? ¿Qué mano osó tomar ese fuego? ¿Y qué hombro, y qué arte pudo tejer la nervadura de tu corazón? Y al comenzar los latidos de tu corazón, ¿qué mano terrible? ¿Qué terribles pies? ¿Qué martillo? ¿Qué cadena? ¿En qué horno se templó tu cerebro? ¿En qué yunque? ¿Qué tremendas garras osaron sus mortales terrores dominar? Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas y bañaron los cielos con sus lágrimas ¿sonrió al ver su obra? ¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo? Tigre, tigre, que te enciendes en luz, por los bosques de la noche ¿qué mano inmortal, qué ojo osó idear tu terrible simetría? William Blake
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