20 de marzo de 2007

La dignidad de las niñas bien


Ay, ese bracico incorrupto

La banalidad es una virtud de los tiempos que vivimos. Es un asunto de prosperidad. Tiene sus riesgos. Hace poco un banquero español decía que la frivolidad con la que la oposición política española se saltaba las reglas del decoro y la vergüenza torera para crear equívocos en política antiterrorista tenía que ver con la desaparición de la peseta. Si no hay posibilidad de devaluación monetaria en los mercados de divisas a causa de una presunta inestabilidad política, el margen para hacer el tonto, por decirlo en román paladino, se incrementaba. Las costuras ganan anchura. Cuando alguien preguntó por qué ese genio renacentista llamado Fernando Fernán Gómez era tan desagradable con el público, una mente clarividente respondió: "Porque puede permitirse el lujo". Es como el horror vacui; no hay espacios vacíos para actuar que alguien no se apresure a rellenar. Y eso provoca un regusto por la frivolidad que a veces comporta riesgos. Los españoles estamos dando una exhibición de frivolidad, no sólo en la política. Ni mucho menos. Nuestros comportamientos allende nuestras fronteras padecen de ese exceso gestual tan propio del nuevo rico. Y esto nos lleva a una conclusión obvia: vivimos tiempos barrocos, en lo que tienen de espectaculares y excesivos. Y a la vez, de una observancia cuasi religiosa de la corrección política. La latosa vigilancia del llamado Instituto de la Mujer o del Defensor del Menor respecto a la publicidad de la moda se está constituyendo ya en dignísima heredera de los modos y maneras del Santo Oficio. Como quien tiene mala conciencia, bajo la imprescindible frivolización que acompaña a la holgura económica, aparecen los tics de la censura moral, una reprobación tan sutil que para apreciar pecado allí dónde pone el ojo tiene que pervertir la mirada, convirtiéndose en gemelo del perverso a quien persigue. Dicho de otro modo, para que me sigan, sólo un pedófilo puede ver algo más que un anuncio de ropa juvenil en la tristemente célebre foto de Armani que ha merecido aviesos juicios de las autoridades. Y en esto, de nuevo, la degradación moral del censor es pareja a la de las pútridas mentes de los tribunales de la Inquisición, que veían sexo inmoral allí donde miraban, lo que hablaba a las claras de la salud de su propia vida sexual.


Bien bonica que es la piedad

En este momento de vigilancia severa, no extraña que la progresía (término empleado en e sentido que le dieron sus inventores, Gonzalo Suárez y Juan Cueto, hace más de treinta años) y la Iglesia caminen de la mano en su persecución de la libertad creativa, algunas veces por la poco elegante fórmula de la elevación del tono y otras, con la simpleza del juicio reprobador. A voz en grito (en sentido figurado, se entiende) se ha pronunciado la Iglesia Católica sobre Teresa, el cuerpo de Cristo (2007), de Ray Loriga, hagiografía, bastante más canónica de lo que las habilidades comerciales de Lola Films y su tahúr Andrés Vicente Gómez pretenden dar a entender, de la santa de Ávila, en la que se introducen media docena de escenas oníricas de carácter sensual entre un Jesucristo (Gregorio A. Sebastián) desclavado y la voluptuosa monja (Paz Vega), escenas que, no obstante, no han ido ni la mitad de lejos de lo que la expresiva poesía de Teresa de Ahumada hubiera permitido a alguien con menos remilgos.


Antes de ser monja, que quede claro

La manifiestamente mejorable cinta de Loriga introduce dos novedades en el biopic (perdonen el palabro, estoy volviendo ensayando para ser guay) de la madrina de la poesía mística española, porque habla sin melindres de sus conocidos atributos físicos y de sus innegables habilidades políticas, que le permiten, unos y otros, sobrevivir en un conflictivo mundo en crisis gobernado exclusivamente por hombres, cuyas voluntades tuerce con su elocuencia y astucia. Y hay otra importante evidencia en la película de Loriga: la condición social de Teresa de Ávila, hija de acaudalados judíos conversos a los que la Inquisición persiguió hasta arruinarlos. Dicho pronto y mal, Teresa es una niña bien, y sólo desde la soberbia que da la crianza en la abundancia se entiende la rapidez con la que la novicia decide que la orden de las carmelitas necesita una reforma y que ella misma será la capitana del regreso a la vieja regla de la clausura. Este detalle no es baladí. El desahogo siempre ha liberado las energías que el humano tiene listas para procurarse la supervivencia hacia otras cuestiones de menor inmediatez vital pero de mayor calado intelectual y creativo. Con resultado diverso. Daniel Calparsoro, Fernando León de Aranoa, Alejandro González Iñárritu, Sofía Coppola o el propio Ray Loriga son algunos ejemplos de cómo los niños bien, pudiendo despreocuparse del sustento, ponen sus meninges a parir cultura. A Rajoy, en otro universo, le pasa lo mismo. Este CinExín mismamente es un ejemplo de cómo mata el tiempo la gente que lo tiene. El de quien lo hace y el de quien lo lee. La mente tiene eso, que busca ocupación para no aburrirse. En una familia carente de drama, hasta una inocente falsificación de las notas es una tragedia mayúscula. Créanme, que sé de qué hablo.


Cartel de María Antonieta neutro

En esto de las niñas bien alimentadas es cum laude la mencionada hija del genio Francis Ford Coppola, cuya filmografía, la de ella, habla por entero y sólo de las cuitas de las hijas de papá, en sentido amplio. Y más en concreto, de lo mucho que se aburren. Desde Las vírgenes suicidas (1999), Sofía Coppola ya dejó claro su interés por hablar de los padecimientos que acompañan a la indolencia y el hastío. La alabadísima Lost in translation (2003) retrata a una joven americana tipo que, por puro aburrimiento, termina enamoruscada de un cincuentón en plena crisis de identidad. Los problemas ajenos suelen ser pasto de la piedad de quien no tiene propios. Mejores resultados obtiene la hijísima en María Antonieta (2006), película que ha provocado un uniforme, casi unánime, desprecio de la crítica posiblemente por su aparente falta de corrección política: retratar a una pijita en Versalles sin dedicar apenas un plano a la turba miserable que malvivía en la Francia de la época es un pecado de incorrección que ha provocado arcadas a la progresía, que despachó el filme con una sucinta acusación de vacuidad. Una de las doctrinas dominantes es la de las cuotas de espacio, y la obsesiva centralidad que ocupa la joven reina de Francia no responde a la ecuanimidad ideológica que se exige.


Esta chica perdió la cabeza

Bueno, pues llevando la contraria, debe subrayarse que Sofía Coppola (ahora va a resultar que sabe) traza un fresco de la prosopopeya y la ridiculez de un mundo abocado al acabamiento, y de la dignidad con la que un personaje frívolo y despreocupado puede desenvolverse en él. Esta María Antonieta (Kirsten Dunst) es un hallazgo porque en su pormenorizado retrato de la opulencia nos ofrece un espejo y por tanto nos invita a una reflexión sobre los desvaríos a que conduce abundancia cuando es exuberante de puro exceso. La directora, autora también del guión, no incurre en el error de ofrecer sanción moral alguna, que queda, en todo caso, para el intelecto de cada quien, pero si acierta a trazar un discurso sobre la vaciedad de un mundo fagocitado por su propia plétora.

Mientras la noble austriaca heredera del trono de Francia encarna la capacidad de adaptación a la anomalía, cómo se aprende a vivir la ligereza de lo banal, la monja abulense personifica el inconformismo de una joven a la que se ha permitido el capricho y por tanto cree tener siempre algo que decir sobre lo que no le gusta del mundo. Esta anuencia de retratos de niñas bien, que vive un momento de auge, compone en realidad una elegía al bienestar, porque sólo de él puede partir un entretenimiento intelectual sin los lastres mojigatos que tan mal hacen a la creación. Lo dramático es que de la indolencia también nace el desvarío. Y ahí les corresponde sancionar a quienes, apoyándose en la ventura común, traten de convencerles de que son ustedes unos desventurados. Porque cuesta creer que lo sean si han tenido el tiempo y la paciencia de llegar hasta este punto final.






pvallin@divertinajes.com
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