05 de marzo de 2007

Batallas de lo contemporáneo


Nubarrones sobre el símbolo de la victoria

La realidad es sofisticada. Es una lección que aprendí de Manolo Portela, privilegiado cerebro del que hasta hace bien poco tuve suerte de ser pupilo, a una edad, rebasada la treintena, a la que poca gente suele buscar o encontrar mentores. Quizá porque se entiende que el deber de uno a esas alturas es no necesitarlos. Aquí se opina otra cosa: hay que ser pupilo hasta que se pueda ser mentor, y aun después. La realidad es sofisticada, repite siempre Manolo, y por eso exige que la mirada que se posa sobre ella sea serena y dispuesta a entrar en reflexiones poliédricas, llenas de matices y con frecuencia contradictorias. En un tiempo en el que nos entregamos con fruición al juicio reduccionista, digamos a la digitalización (positivo y negativo; unos y ceros) de la realidad social, política e internacional, a trazar una línea severa y diáfana entre los unos y los otros y atribuirles una etiqueta moral, en unos tiempos tan ingratos al pensamiento, decía, en los que la aplicación de un régimen penitenciario, de acuerdo a la discrecionalidad que a tal efecto la ley contempla para un gobernante, es material de soflama para moralistas de pocas luces y menos lecturas; en esos tiempos que son éstos, quienes aspiren a una visión meditabunda de los acontecimientos están ciertamente huérfanos. De ese desamparo vienen a redimirnos creadores como Clint Eastwood, que posan sus ojos sobre hechos que parecen prestarse a una interpretación sumaria y epidérmica, de fácil identificación, pero eligen la distancia y el desapasionamiento, intentando así arrojar luz sobre rincones lóbregos de la naturaleza humana. Y el resultado de su última obra, un portentoso díptico sobre la Guerra del Pacifíco, está a la altura de su propósito merced a la sencillez con la que afronta su descomunal cometido.


Rene, un hombre hecho para el triunfo

La batalla por el islote de Iwo Jima ocurrió en el tramo final de la II Guerra Mundial, entre febrero y marzo de 1945, cuando el Imperio Japonés resbalaba por el canto de la moneda de la derrota. Los norteamericanos tardaron 36 días en tomar un pedazo de tierra negra de emanaciones sulfurosas perdido en el Pacífico, unos 1.200 kilómetros al sureste del archipiélago de Japón. Murieron 4.197 soldados estadounidenses y 20.703 japoneses. El ejército norteamericano sólo hizo prisioneros a 216 enemigos supervivientes.

En Banderas de nuestros padres (2006), Clint Eastwood cuenta la batalla desde el lado norteamericano, como supongo saben, desde el desembarco hasta la conquista del islote, conocido antiguamente como Isla del Azufre. La generosa producción de Steven Spielberg permite a la película ofrecer una visión colosal de la operación militar, rodada en el lugar en el que ocurrieron los hechos, una isla cuyo monte Subarashi, principal accidente geográfico, ha quedado inmortalizado para la historia del cine. El guión, basado en una novelización de James Bradley (un enfermero presente en la batalla y cuyo papel interpreta Ryan Phillipe), es obra de Paul Haggis, guionista también de Million Dolar Baby (2004) y de Crash (2004), de la que también es director, y de William Boyles jr.. Relata la conquista de Iwo Jima desde la perspectiva de Doc Bradley que, además de participar en el sangriento asalto, apareció fotografiado en la célebre imagen de Joe Roshental, premio Pullitzer de 1945, lo que lo llevó a formar parte de una gira de patéticas recreaciones de la toma de la isla realizada por todo el país para animar a la población a suscribir una emisión de bonos con la que financiar la campaña bélica que estaba a punto de concluir. Eastwood y Haggis aciertan a retratar el lado más pragmático de una guerra contemporánea, las querellas de los políticos y, sobre todo, la teatralización de los hechos bélicos, convertidos en marca publicitaria con la que empujar a una sociedad moderna a bendecir las decisiones de sus gobernantes. No es una crítica, es un retrato.


Doc e Ira dilucidan sus papeles

La decisión de participar en la guerra, tomada en la Casa Blanca tras el ataque a Pearl Harbor, en un país complejo y con un sistema político representativo, requiere del apoyo, explícito y financiero, de su heterogénea sociedad. El país entregará a una generación de jóvenes a la guerra e impulsará con su economía la financiación de la industria bélica más moderna y sofisticada del planeta. De ahí que la maquinaria de la propaganda, desarrollada como auténtica arma política durante el periodo de entreguerras en la Alemania nazi, fuera una preocupación capital de los políticos norteamericanos. En una democracia moderna, como bien aprendieron nuestros gobernantes en fechas recientes, no se puede sostener una acción bélica en el exterior sin un apoyo claro de la sociedad que debe entregar a sus hijos al sacrificio y pagar con sus impuestos la costosa logística que el despliegue requiere.

Pero no es una sátira contra el patriotismo. Eastwood maneja con finura el pincel, no la brocha. Emplea a tres personajes principales, soldados todos ellos que aparecían en la famosa foto -en cuya captura se contiene una mentira- y que participaron en el posterior circo de los bonos, para ilustrar, sin caer en la tentación de la sanción moral, la falacia heroica montada por el Congreso para recaudar fondos. Ira Hayes (Adam Beach) es un indio norteamericano cuya participación en la guerra es vista por su pueblo como una oportunidad de incorporarse a una sociedad de la que los aborígenes habían sido barridos, y es tomado por los políticos como una poderosa imagen de la capacidad de América de ser una sociedad integradora de distintas etnias y culturas. Y de cerrar, de paso, la herida abierta por el exterminio de los nativos. Pero Ira no es un sofisticado hijo del siglo XX y la necesidad de convertirse en un símbolo de un heroísmo fabricado le exige un desdoblamiento personal, la asunción de una máscara, para la que no está preparado. El héroe indio encontró consuelo en el alcoholismo y murió años después vagando por las carreteras del interior profundo de su país. Rene Gagnon (Jesse Bradford) es un guapo oportunista que ve en la gira de la bandera una ocasión para labrarse un futuro brillante. No lo logró. Y Bradley, narrador en flash back de la historia, desempeña su papel desde la imprescindible distancia que requiere la esquizofrenia de conocer la realidad de la guerra e interpretar una versión edulcorada y para todos los públicos en su gira por las ciudades norteamericanas.


Ocaso de una civilización

Este relato, contado en paralelo a la evolución del descarnado asalto a Iwo Jima, compone un discurso complejo sobre una guerra contemporánea, una beligerancia sin otro heroísmo que el de tratar de salir vivo de ella y ayudar a los compañeros a sobrevivir, y en la que el peso de los grandes valores de la patria, más grandes que el hombre, ha ido difuminándose.

Pese a estar rodadas de forma casi simultánea, Cartas desde Iwo Jima (2006) es una película tan distinta que se antoja obra de otro equipo creativo. Contada con las cartas del soldado panadero Saigo (Kuzanari Ninoyima) y del cultivado general Tadamichi Kuribayashi (Ken Watanabe) como excusa, la película es visualmente mucho menos aparatosa que su anverso, y narrativamente menos compleja, sin el recurso del flash back o de la diacronía en paralelo.

Cartas... es el relato de la imposible defensa de la isla, y epítome del acabamiento de un viejo orden, el imperial. Entre las tropas japonesas, no caben las sutilezas de la propaganda, sino el coraje del honor, la disciplina y el sentido del deber. Hasta el punto de que, ante la derrota, los soldados y oficiales eligen el suicidio como honorable último servicio a la patria y al emperador.


Panadero pistola en mano

Saigo, por el pragmatismo a que conduce la vida sencilla, alejada de la ambición y prosopopeya de las altas miras, y Kuribayashi, por ser un individuo instruido, un contemporáneo hombre de mundo que ha vivido en Estados Unidos antes del estallido de la guerra, desisten de la inmolación como fórmula para salvar la honra ante la derrota y, en último término, se deciden por el ataque desesperado, modalidad menos psicopatológica de la suerte postrera.

Es gratuito un juicio sobre cuál de las dos películas tiene más talla, aunque los norteamericanos, seguramente dolidos por el desmontaje de uno de sus símbolos míticos, han ofrecido sus bendiciones sobre todo a Cartas desde Iwo Jima. Porque la suma compone una síntesis dialéctica memorable: El asalto a la isla por las tropas norteamericanas es una guerra del siglo XX, con todos los perfiles de una conflagración de este tipo y con la repercusión de sus contradicciones en una sociedad que es compleja y en la que el poder se desenvuelve en múltiples círculos concéntricos. La defensa de la isla es una batalla del siglo XIX, donde la integridad de la patria y de su encarnación divina, el emperador, es el vértice de una incuestionable escala de poder vertical y las cavilaciones sobre estos valores quedan confinadas a la reflexión interior individual, dada la imposibilidad de establecer debates públicos en una sociedad predemocrática. Una conformación deluniverso moral que el director expresa visualmente con una sencilla antítesis: la guerra que libran los americanos es una coreografía a cielo abierto, mientras que los japoneses esperan encerrados en lo profundo de la montaña Subarashi, como topos ciegos.


En pie, el maestro

Es un mundo que nace, incluso tecnológicamente, frente a otro que se viene abajo de forma ineluctable. El talento de la dirección subraya este conflicto de lo nuevo y lo viejo, del mundo que viene y el que sucumbe, con la precisión de sus imágenes y también con la construcción de dos universos morales absolutamente disímiles. Habla del desigual combate del cinismo frente a la ingenuidad (sin que de ello se devengan superioridades morales), de la potencia del impulso las sociedades contemporáneas frente a la tenacidad arcaica de las colectividades primitivas. Una terquedad tal, la desplegada en la defensa del islote, que dicen algunos historiadores que fue la que empujó a Estados Unidos a lanzar la bomba atómica para poner fin a la resistencia de un modelo premoderno que se resistía a morir. Pero eso, sólo es una parte de la verdad. Y por lo tanto es mentira.

Eastwood hace todo esto sin tender guiños entre sus películas, no acude al postmoderno recurso de permitir que sus historias se crucen creando complicidades contra el espectador, vicio de cuyo abuso precisamente hablábamos la semana pasada. Las dos películas, en este sentido, funcionan como aparentes compartimentos estancos, sin que las peripecias de unos soldados sean completadas por las que contiene la visión del bando contrario. Este díptico se revela pues como una obra incontestablemente contemporánea, una inmersión histórica sofisticada y llena de sutilezas cuya lectura, sin caer en el error de trasladar soluciones de ayer a problemas de hoy, ofrece una visión distinta sobre asuntos bélicos de absoluta actualidad, por lo que tiene de conflicto a sangre y fuego entre la civilización que ha sido y el que será. Y, con todo ello, como todas las grandes obras de la historia de la narrativa, una perspectiva enriquecedora sobre la naturaleza humana en lo moral y en lo social.

El viejo pistolero es desde hace años el cineasta de más firme pulso de la producción contemporánea y su ausencia de formalismos postmodernos no hace sino proclamar su vigencia y su lugar en la vanguardia del cine mundial, una vanguardia que sólo puede ser sofisticada porque tal es el mundo que nos hemos inventado.






pvallin@divertinajes.com
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