27 de febrero de 2007

Babelias


Ahí es nada: parábola del malentendido

Es fácil entender que, cuando todos los utopistas se han ido al otro lado, uno siente que a la propia causa le faltan cimientos para dirimirse con bien en los duelos de la retórica. El bando rival, bajo el frontispicio de los neocon, se jacta de contar con un escuadrón de pensadores procedentes del trotskismo, como siempre acuña el imprescindible Dioni López. Soñaron con extender la revolución bolchevique a medio planeta y ahora han encontrado infantería para ello en las filas de lo ultrarreaccionario, lo que tiene una lógica interna irreprochable, porque nada hay más revolucionario y antisistémico hoy que preconizar la vuelta a la presocial ley del más fuerte. Quedose pues la progresía sin capital intelectual para contrarrestar tanta llamada a la quiebra entre pueblo y política. Y sin otra novedad entre sus filas que una comunidad de maneras y colores hippies que pasa sus mejores años en un constante Erasmus de Portoalegre a Davos en vuelos de bajo coste para aplaudir al caudillo-showman venezolano. Estos son los mimbres con los que los concienciados, los comprometidos, deben fabricar un cesto con el que recoger las aguas, cada día más escasas, de la solidaridad, al menos hasta que los océanos suban y todos podamos llenar la casa de pingüinos.


Ojo al color del pelo: es un salvoconducto

En esas estábamos cuando el nuevo cine de vocación alternativa nos trajo Babel (2006), de Alejandro González Iñárritu, una película que juega, como mandan los cánones de la nueva creación de guiones, a entrelazar como por ensalmo cuatro historias en tres continentes. El azar, a menudo sostenido en el malentendido, es el nuevo gran valor de la cinematografía con pretensiones. En la casualidad se apoyan con dispar fortuna los artefactos (en definición bien afortunada de Ángel Quintana) de creadores tan alabados como Quentin Tarantino (Pulp Fiction, 1994), Todd Solonz (Happiness, 1998), Sam Mendes (American Beauty, 1999), Jean-Pierre Jeunet (Amelie, 2001), o Sofia Coppola (Lost in translation, 2003), y por estos pagos, Julio Medem (Lucía y el sexo, 2001), por mencionar media docena de las películas que por ahí fuera gustan mucho y por aquí dentro, poco o nada. En realidad, como pasa a veces, la culpa es de un gran creador que ha terminado por generar seguidores no siempre a la altura del original, por decirlo de forma generosa. El escritor norteamericano Paul Auster convirtió la contingencia en el nuevo discurso principal de la sociedad opulenta e hipercomunicada. A la velocidad a la que avanza la tecnología no es audaz concluir que la teoría de los seis grados de separación deberá ser revisada y reducida un par de grados en no muchos años. Acudiendo al refranero, el mundo es un pañuelo, ahora, del tamaño de un kleenex aromatizado. Al cabo, la mejor plasmación reciente que ha encontrado este asunto austeriano estuvo apadrinada por el propio Auster, que firmaba como codirector junto a Wayne Wang ese impresionante castillo de naipes llamado Smoke (1995), en el que el esqueleto narrativo fluía con naturalidad entre casualidades y azares alrededor de un estanco de Brooklin.


Pelazo tienen los japos, madre mía

Pero el problema es que el azar tiene un punto de prestidigitación, de arte malabar. Cruzar historias a partir de casualidades se parece mucho a mantener media docena de bolas en el aire: no sólo no debe caerse ninguna, sino que hay que mantener la concentración a la vez que la compostura. Corregir la posición, estirar demasiado una mano, precipitarse para evitar que una pelota toque el suelo, son evidencias de que no se domina el arte o se ha elegido un número esferas superior al que se puede manejar con solvencia. Y en muchos de los títulos antedichos, el saltimbanqui corre desesperadamente por la escena intentando evitar la catástrofe, lo que, por sí mismo, ya es bastante catastrófico. En este sentido, Los Ángeles se ha convertido en un tema narrativo perfecto y en los últimos años han sido muchas las películas que han ambicionado la creación de un discurso sobre esta anómala ciudad a partir de la sucesión de historias entrelazadas. En unos días ahondaremos sobre el argumento californiano, pero ahora volvamos a los albures. Concatenar historias en un guión se ha convertido en un vicio parecido al de los escritores que se foguean en la novela mediante la sucesión de cuentos: los cortometrajistas tienen abonado el territorio del largometraje con sólo que consigan hilvanar varios cortos disparejos. Y, por supuesto, nobleza obliga, el nexo entre todas las peripecias es un elemento azaroso, y cuanto más intrascendente y desapercibido pase a los distintos protagonistas, tanto mejor. Y ahí es donde a menudo tropezamos con un problema, pues si bien los guiones pueden realizar todo tipo de contorsiones para hacer encajar las piezas, su columna vertebral, la verosimilitud, con frecuencia cruje y se quiebra, lo que puede provocar una paraplegia narrativa en toda regla. Dicho de otro modo, Babel está construida forzando los límites de la credibilidad y tensando la capacidad del público para digerir desgracias casuales y sucesivamente concernientes, que sólo la disposición de un público convencido de la trascendencia del discurso puede hacer perdonar. Los quiebros de guión se saludan al principio como concesiones a un relato bienintencionado, más adelante como forzamientos tendentes a acumular las tragedias en sucesión irrefrenable, y, ya al final, como una coartada para montar un armatoste burgués y escandalosamente conservador propio de un cineasta más pendiente de epatar que de decir.


Mira que no coger el móvil antes de salir

Porque si la ilación entre el disparo azaroso de unos niños pastores en el desierto marroquí y la bala que perfora el cuello de la bella turista norteamericana (Cate Blanchett) en plena crisis sentimental es natural y tolerada, su relación con la dramática peripecia de su mucama, Amelia (Adriana Barraza), en San Diego y el paso fronterizo de México, es más que ensortijada, y la de todo ello con las desventuras de una joven sordomuda en busca de sexo en la megalópolis tokiota, suena a chiste malo. Todo lo cual podría subsanarse si la potencia dramática de las historias hiciera de locomotora emocional, pero los defectos del guión, estirado de forma inexplicable hasta los 142 minutos, añaden tedio a la incredulidad que desencadena tanta desgracia eslabonada en un solo día. A eso añadimos la evidente aspiración de trascendencia, que se trasluce en la propia cita bíblica de su título: Babel, la parábola de los hombres que, ufanos y deseosos de rivalizar con Dios, conciben una ciudad que sucumbirá por la incomunicación de sus pobladores.


Peligros de sentarse junto a la ventanilla
de emergencia: el cristal se rompe

Darse importancia no es exactamente lo mismo que tener ambición. Babel mantiene todas las bolas en el aire, pero en lugar de describir círculos sucesivos, vuelan caóticas por la pista sin saber muy bien de su destino. Ángel Quintana le sumaba, en el Cultura/s de La Vanguardia, otros pecados no vinculados con habilidades cinematográficas sino con deslices ideológicos, porque la protopelícula de la antiglobalización concluye con un cierre inquietante: "Los actores rubios se salvan mientras el resto de la humanidad se hunde". Seguro que es un lapsus y no una redención al mundo anglosajón, pero la condena al pobre por serlo forma parte de un universo textual al que hay gran afición entre la intelectualidad comprometida: como si se tratase de exorcizar el pecado original de haber nacido con techo y alimento, Occidente se fustiga con un retrato deprimente del propio universo opulento, una catarsis consistente en pintar el planeta donde el azar y los hombres conspiran contra la felicidad, como ignorando que la moral y la conciencia son patrimonio de los humanos bien alimentados. El estómago siempre ha estado antes que el espíritu. Babel, a poco que rasquemos, es más estomagante que espiritual.






pvallin@divertinajes.com
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