21 de febrero de 2007

Avantgarde, qué hembra (o Pierde la indignación)


Fauno espectacular para públicos internacionales

Anda España desorientada, sacando de quicio todo lo que puede ser sacado de quicio y con los mandamases pendientes de un sprint infinito (no le pongo cursivas a sprint porque no hay entrada en el diccionario de nuestra lengua que explique algo tanto obvio). A la permanente situación de emergencia la llaman estrés los médicos, así que habría que convenir que la ciudadanía española y/o vasca, catalana, aragonesa, gallega, insular, valenciana, asturiana y andaluza (España, lo que se dice España, sólo quita el sueño en Madrid y aledaños castellanos) está estresada, si no fuera porque quién más quién menos sabe que esta urgencia sólo atañe a los profesionales de la oligarquía representativa y los orates de medios hablados e impresos.

La ansiedad por saber quién somos, de dónde venimos y a dónde vamos es una constante del acervo que dio origen a la religión. Pero aquí, pedestres que somos, no estamos para trascendencias y hemos asociado ese nosotros, sujeto de tanto interrogante, al pueril asunto de nación, estado o sociedad civil. Esta desazón todo lo penetra ha afectado, en mayor o menor medida a todos los espectros de la población, así que no es de extrañar que, tomemos el termómetro que tomemos para averiguar nuestra temperatura, la fiebre alta sea una constante. Aun en nuestro cine.


Aquí nos va un rollo más pedófilo

Tomados, un suponer, los cuatro títulos que más candidaturas a los recientes premios Goya acapararon, descubrimos en ellos huellas tan manifiestas de todo este trajín como la vinculación del último cine de Spielberg al 11-S. De la conocida indignación ascendente, de la sociedad al poder, vivimos ahora una variación aberrante, una rabia descendente, irresponsablemente lanzada desde lo más alto de las oligarquías antedichas. El resultado de meses de extravío son cuatro cintas en las que una cierta clase de héroe (y heroína) en colisión con el mundo, ha tomado la batuta de un relato en el que se ha vuelto muy patente la relación con el pasado y la necesidad de ajustar cuentas.

En la muy cara Alatriste (2006), de Agustín Díaz Yanes, la postura es evidente y muy propia del creador del personaje, Arturo Pérez-Reverte. Diego Alatriste (Viggo Mortensen), hombre de honor y nobleza magullados, observa cómo la miseria moral de las clases dirigentes aboca al mundo - al imperio- a la decadencia. La ruptura del imprescindible vínculo de autoridad, sin embargo, conduce al desamparo y a la humillación personal, manifestaciones exteriores de una indignación sorda pero inerme. La cinta de Díaz Yanes pinta a un personaje "pasivo, arrumbado por un imperio", explica el especialista en Comunicación Audiovisual y antiguo colega de este aprisco, Martín Cué, pero un pendenciero que a la vez es testigo privilegiado de la inapelable decadencia de ese modelo. "Alatriste es una revisión del pasado imperial arriesgada", apunta Jordi Balló, profesor de la Universitat Pompeu Fabra y autor aquí mil veces citado, revisión a la que cabría conceder el valor de haber llevado a la pantalla ese germen del cabreo patrio para con sus mandamases, una irritación que alumbra los peligros de una sociedad civil despolitizada: del desprestigio de la política, de la autoridad institucional, se sigue, como es bien sabido observando la historia, el surgimiento de un protofascismo de corte populista, a medio camino entre la antiglobalización ultraconservadora del francés José Bobé y la payasada trasnochada del chavismo venezolano.


Mesianismo setentero para nostálgicos

Bien distintos son los héroes de Salvador (2006),de Manuel Huerga, y El laberinto del fauno (2006), de Guillermo del Toro. Los personajes que interpretan Daniel Brühl y Sergi López comparten su "vocación de demiurgos", en la medida en que aspiran a una construcción social utópica, de inspiración opuesta y a la que, en ambos casos, aguarda el fracaso (al menos en las fronteras de sus respectivos metrajes). Cué sentencia: "Son dos creadores de mundos", padres de una nueva España que ninguno habrá de ver.

La triunfadora, Volver (2006), de Pedro Almodóvar, no es del todo ajena a este asunto del individuo ante el utópico social, en la medida en que, en palabras de Carlos Losilla, profesor de Teorías del Cine en la Universitat Pompeu Fabra, "sirve de nexo entre la invocación de lo fantástico (el fantasma de la madre) y la imposición de la realidad (la España profunda)". El título (tan pendiente en el tratamiento fantasmal del arrebatador cine de M. Night Shyamalan) ya juega con la sensación anfibológica (bidireccional, si prefieren) que quizá mueve al autor: la aldea olvidada no es un paraíso perdido, pero es necesario regresar a ella para encajar las piezas. Debe existir para dar identidad a Raimunda (Penélope Cruz), colgada en ese intersticio entre lo rural y lo urbano (entre el pasado y el presente) que es el arrabal metropolitano. La cinta del manchego, por lo demás salpicada de las simpáticas virtudes propias de su autor y del magnífico elenco de que se acompaña, está ambientada en la actualidad, pero en este fenomenal aturdimiento que parece nublar las mentes, Almodóvar la viste de Sofia Loren setentera, ama de casa de falda recta y rebequita ajustada, como si hiciera veinte años que el director y guionista no pone el pie en las periferias deprimidas, donde el desempleo y la droga no obstan para que la gente se vista en Zara y posea su pequeña tele de plasma.


¿Una choni de hoy en día? Venga.

En su relación con el tiempo añorado, patente en los cuatro títulos, se dibuja una curiosa terquedad temática de estos nuevos artefactos del cine español. La desmitificación del pasado glorioso que propone Alatriste parece buscar el establecimiento de "un nuevo punto de partida", en palabras de Losilla, quien ve un nexo con el "pasado mítico de la resistencia antifranquista" de la película de Manuel Huerga, y su "conversión en una leyenda magnificada por la estética de la película". En ambos casos, el protagonista vive disfuncionalmente su presente (es decir, ansía otro), aunque uno gestione su anomía mediante la voz pasiva y otro conjugue en violenta voz activa su idealismo. La elección del cuento fantástico para abordar la otra resistencia, la de la posguerra, resulta chocante a ojos del público desprevenido, pero proporciona un material metafórico más potente: "La niña Ofelia es la República que se resiste a la derrota, pero que vive ensimismada en un mundo de fantasía", arguye Cué. En cambio, su hermanastro, el recién nacido que el capitán espera con ansia, es "el nuevo orden". La frase final de Mercedes (Maribel Verdú), que anuncia al capitán Vidal que su hijo nunca sabrá quién fue su padre, es una ajustada metáfora de la desmemoria que, en sentido inverso, habría de presidir la tediosa dictadura del ridículo generalísimo. Es, pues, una venganza de la memoria histórica, lo que nos lleva de nuevo a los debates parlamentarios.

Acertaron los académicos -desde esta perspectiva de inmersión en el pasado para releer (reescribir, quizá) el presente- al premiar Volver, "un pasado que regresa para quedarse, como si el país no pudiera olvidar sus propios espectros", concluye Losilla. Esta virtud de compendio, de historia que salda sus cuentas, la comparte la cinta de Almodóvar con la fantasía de Guillermo del Toro, pues ambas cierran su relato con un ánimo resolutivo, una suerte de peculiares happy end.Diego Alatriste y Salvador Puig concluyen su peripecia en la pantalla increpando al futuro (que es presente) en sendos finales abiertos, airadas víctimas de un país que, a la postre, "es incapaz de filmar su presente sin pasar por su pasado". Seguro que no fue por eso, pero el caso es que los premios se deslizaron hacia las historias conclusas, las que no dejan facturas que pagar ni acreedores ávidos a los venideros.

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El presente artículo es una versión corregida y aumentada del que el autor publicó en La Vanguardia el 30 de enero de 2007. El título alude precisamente a la cabecera del diario y a cierto juego de palabras cinematográfico que ustedes pueden y deben consultar pinchando aquí.








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