21 de noviembre de 2006

Desvarío sobre los malditos


Peligros de la enseñanza privada

Qué aburrimiento los pesimistas. Qué hastío los agoreros. Qué tedio los faltos de perspectiva, los que olvidan el Ulster y las enseñanzas de Ockham. A todos ellos está destinado este abandono:

Las niñas chinas son el producto que más demanda tiene en el mercado de adopciones. Afortunadamente para ellas no deben ser devueltas a su país cuando cumplen un año para que sean socializadas de acuerdo a los postulados de la Revolución Cultural, esa que Felipe Alcaraz y compañía estuvieron visitando solazados hace apenas un par de semanas mientras sus enemigos políticos se frotaban las manos ante tal falta de perspicacia. Los hijos de los regentes de los colmados asiáticos de la capital son enviados a su país (aunque nazcan aquí) y alejados de sus padres en prenda de no se sabe qué. A estos locales llegan licencias municipales, pero no son objeto de políticas de integración porque sus dependientes no se postran en los pavimentos, aunque es palmario, que las necesitan más que ningún otro extranjero. Pero íbamos a lo de los adoptandos. Los sectores reaccionarios, tan dados (como su nombre indica) a sobrerreaccionar a los acontecimientos de la realidad que, líquida, los envuelve, aciertan a gritar "¡invasión!" cuando ven cinco moros (entendido en un sentido amplio, desde Afganistán al Magreb) juntos en una esquina, pero no se percatan de la invasión silenciosa y tontamente sonriente de esos amarillos que venden películas, flores e inmanes chirriantes. Se han acostumbrado a su presencia silenciosa y agradecida, a recoger las vueltas del litro de leche extemporáneo sin percatarse de que, cuidadosamente adosado a un lado del mostrador hay un monitor que programa ficciones de la patria extrañada, películas de chinos para que los chinos de fuera de China no se hagan ideas raras.


De los colegios católicos
del desarollismo

Es un éxito, dígase lo que se diga, del programa maoísta del pijama azul lavado y la bicicleta ecológica. Individuos desplazados a miles de kilómetros de su patria mantienen la ausencia de personalidad individual que hizo famoso el programa de su desaparecido oráculo, Mao, y se subrogan a un plan superior que, a ojos de cualquier tipo en sus cabales, sólo puede ser la conquista del planeta. Mientras los gobiernos legislan la supresión de las sectas, olvidan como los burgueses que son los chinos de los chinos (sirvan la comida en mesas o la vendan en estantes) los que necesitan una drástica terapia de desprogramación. Desplazar el pequeño comercio tradicional sólo es el más inocente prólogo de un objetivo final que no es otro que el control de las Fuerzas Armadas, el poder legislativo y el botón nuclear. Pero nosotros caminamos distraídos a su lado, contestando con un despreocupado agradecimiento a sus sonrisas y reverencias.

Hace un par de años se descubrió uno de los más sofisticados e ingeniosos planes urdidos por la mente del insecto reina de esta comunidad de gregarios. Una empresa aceitera andaluza presentó en Internet su catálogo de productos para la exportación. Poco después, los industriales recibieron un correo electrónico en el que un grupo de empresarios chinos se interesaban por sus aceites y se avenían a una visita para entablar provechosas relaciones comerciales con el proveedor español. Los empresarios patrios, henchidos de satisfacción, tramitaron el viaje de un grupo de media docena de asiáticos que visitaría su planta. En la fecha de la visita, los andaluces vistiéronse de gala y parapetáronse en la puerta de la fábrica a esperar el convoy oriental. Pero, como en la célebre película de Berlanga, la comitiva no llegó. Exteriores comprobó que los visitantes efectivamente habían aterrizado en España, pero luego nunca más se supo. Aún tardaron unas horas los desilusionados vendedores en ser conscientes de que eran cómplices de inmigración ilegal. Los periódicos dieron cuenta del hecho en un breve de pie de página con cierto recochineo y sin ocultar su admiración por la astucia de los chinos y la bisoña credulidad de los españoles.

Y también DVD



Sin embargo, el escaso eco de este simpático suceso hizo que nadie reparara en el peligro real de invasión. En su caso, el éxito de la operación animó al hormiguero a disponer nuevas tácticas: descubierto que lo más seguro es que otros, desde el lugar de destino, tramiten los papeles, se dispusieron a garantizar el traslado de población por idéntico método y en hordas mucho más numerosas. Y los occidentales nos lanzamos a adquirir niños chinos para suplir nuestras escasas pericia y vocación reproductivas. Pronto, las ciudades estarán llenas de pequeños orientales que finjan con inusual pericia una integración total en el entorno caucásico, pero que participarán de una mente común, de cerebros interconectados y supeditados a un bien mayor que es la expansión de la expansiva República Popular.

La mayor parte de ellos, entre sus múltiples habilidades sobrehumanas dispondrán del delator atributo de ir siempre bien peinados, incluso recién salidos de la cama. Siempre limpios y ordenados, exhibirán su apariencia inofensiva con la sospechosa sonrisa de su ascendencia genética. Entre tanto, los escépticos nativos miraremos con desdén la creciente población de ponchos y chilabas pidiendo medidas legales que pongan freno a la marea de desarrapados que, en el fondo, sólo es una cortina de humo. Torceremos el gesto mirando a los oscuros sin reparar en cómo los chinos detraen dinero de la hacienda pública echando las sumas con calculadora y sin dejar fe fiscal de su negocio en una máquina registradora. Con tal cantidad de dinero opaco, sus actividades rápidamente se irán extendiendo a parcelas más amplias del poder, hallando ignorantes cómplices por doquier.


El sueño de Mengele

Pronto desarrollarán la habilidad de combinar el ácido bórico de los detergentes con la tecnología móvil made in China para confundir con salvajes masacres a la narcotizada sociedad que los acoge, que acabará echando la culpa a Belcebú y su tradicional aliado, el marxismo. Esto es, vascos y morunos seran los señalados mientras los verdaderos autores de las matanzas pasean impunes ofreciendo rosas en las noches calurosas del verano.

Pero, como reza el aforismo, se puede engañar a un hombre todo el tiempo; a todos los hombres durante un tiempo, o a unos cuantos durante mucho tiempo; pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. No a todo El Mundo. Y así aparece nuestro paladín, que rápidamente desentraña la enredada madeja de los intereses orientales y pone, negro sobre blanco, las claves de la conspiración en todos los kioscos. Decidido a revelar la Verdad, coloca cámaras ocultas por doquier, filma conversaciones privadas de un lado a otro del país y acierta a desvelar la trascendental cuestión de cómo se amaña un concurso de mises o la verdadera naturaleza fraudulenta de un curandero calvo que se colocaba puerros sobre la frente.


Los originales, que dan más miedo

El último cabo, la revelación final que haría venirse a bajo el castillo de naipes pacientemente levantado por las hormigas obreras durante décadas será revelado si se halla un zurrón, última evidencia de la infamia sangrienta del proceso invasor. Para entonces, ya todo parecerá estar perdido. Los niños blanquitos que aún nazcan sucumbirán a la violencia irracional de una desprogramación arteramente colocada en series de televisión y videojuegos venidos, cómo no, del Lejano Oriente. Las madres los mirarán lamentando no haber acudido al creciente mercado de encantadores chinitos. Así que una noche, un confidente llega al despacho de nuestro campeón con una bolsa de plástico en la que, dice con voz entrecortada, se halla la evidencia de tanto desvarío. Con manos temblorosas, nuestro héroe abre la bolsa de plástico y, apartando el rizo envolvente de la coronilla que le cae sobre la sudorosa frente, contempla la aparentemente inofensiva mochila. Allí está. Mira en torno suyo y pide al informador que cierre la puerta. Se hace el silencio. Abre la cremallera y ante su atónita mirada aparece la revelación definitiva: docenas de películas pirata.

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A mayor gloria de El pueblo de los malditos, en sus versiones de Wolf Rilla (1960) y John Carpenter (1995), última película ésta del muy llorado Christopher Revee en el papel que antes interpretara George Sanders. Y a Guillermo de la Puente, amigo y vecino que acostumbró al respetable a la confusión del fingimiento.

PD: La anécdota de los aceites, por si se lo están preguntando, es verídica.







pvallin@divertinajes.com
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