07 de noviembre de 2006

Las hermanas de Emma


Llueve sobre Londres. Y no sólo

Cómo voy a juzgar a mis semejantes, yo, que llevo toda la vida buscando a Madame Bovary para montarle un escándalo.

De El péndulo de Foucault,
de Umberto Eco

La infidelidad es una de esas palabras que ha gozado de un prestigio cambiante a lo largo de las décadas de la segunda mitad del último siglo. En las pares, era un modo de emancipación sexual y desenfado ligado a la libertad individual como expresión natural de aquella. Las impares, volvía a convertirse en un desorden de la conducta que merecía el desdén social y alguna plaga divina de transmisión sexual. Como siempre, la ciencia suele hallar respuestas verosímiles vacías de pretensiones moralizantes que nos acercan un poco más a la realidad de las cosas de lo que la literatura freudiana puede hacer. La vida de Alfred Kinsey (Liam Neeson), llevada al cine por Bill Condon (no me hagan chistes con el apellido) en Kinsey (2004) nos cuenta la historia del primer hombre que desnudó sus prejuicios para hacer un trabajo de campo sobre el verdadero comportamiento sexual de los humanos. El escándalo que provocó el libro La conducta sexual del hombre que el zoólogo publicó en 1948 fue el de una sociedad que reacciona con pudor ante la imagen que devuelve un inocente espejo, batahola superada poco después por su libro sobre los comportamientos femeninos. La conclusión de sus estudios, desarrollados a través de miles de entrevistas realizadas a lo largo y ancho de los Estados Unidos, es que, en materia sexual los convencionalismos de la moral pública sólo son una discreta máscara tras la que se esconden un sinfín de aficiones, prácticas y fantasías que el puritanismo reinante mantenía apropiadamente ocultos. En general, los compatriotas de Kinsey escapaban de palabra u obra de lo que formalmente se entendía por decencia. Todo lo cual sirvió para preparar lo que luego se llamaría la Revolución Sexual.


Segundo cartel de El fin del romance
, decididamente más arrebatado

Han pasado muchos años y algo hemos avanzado. Ahora sabemos, gracias a la biología evolutiva y a los estudios comparados entre especies, que la humana ha sido a lo largo de cientos de miles de años, acaso millones, una especie monógama con una ligera tendencia a la infidelidad (en el mundo occidental, aproximadamente un 25% de los hijos son, la mayoría sin saberlo, fruto de una relación extramatrimonial) que es más acusada en el macho que en la hembra por motivos de eficacia reproductiva fácilmente comprensibles: los periodos de gestación y crianza de nuestra especie son demasiado largos; en el mejor de los casos, una hembra puede dar a luz varias decenas de hijos durante su vida fértil, mientras que el varón puede multiplicar por diez esa cifra. Esta obviedad, conservada en nuestra programación genética siglo tras siglo, ha sido tamizada por convenciones sociales que la han ido matizando a largo de la historia, pero que, en general, no han hecho sino bendecirla: con muy pocas excepciones (excepciones que, desde el punto de vista estadístico, son poco relevantes), los distintos grupos humanos, al margen del origen y sistematización de sus tabúes religiosos, han establecido férreas normas morales contra la infidelidad que siempre han sido más relajadas para el caso del hombre. El pecado extramarital ha sido visto con mayor tolerancia cuando el pecador era varón.


La versión en DVD optó por
un formato ecléctico

Cuando Gustave Flaubert publicó Madame Bovary en 1857, el escándalo que en el papel amenazaba a su protagonista, cayó con todo el peso de la ley sobre el autor, si bien la acusación de escándalo público no prosperó en los tribunales. Según los autores Xavier Pérez y Jordi Balló, la cándida esposa del médico rural descrita por Flaubert es la madre de todas las historias sobre infidelidades femeninas que el siglo XX ha parido y, en muchos sentidos, también de cuantas la sucedieron en lo novelesco, como La Regenta, de Leopoldo Alas, y Anna Karenina, de Leon Tolstoi. En todo caso, la fórmula tuvo un notabilísimo éxito y ha dado lugar a infinitas variaciones sobre el mismo asunto de las que El fin del romance (1999), de Neil Jordan, a partir de la novela de Graham Greene es una de las más afortunadas. Tiene, además, el morbo añadido de ser una historia marcadamente autobiográfica, ya que se inspira en el apasionado romance del escritor con la norteamericana Catherine Walston. No obstante, las peculiaridades de esta historia, también llevada al cine, aunque con menos ambición, por Edward Dmytryck y estrenada en España como Vivir un gran amor (1955), son reseñables. De una parte, porque la narración descansa sobre una estructura dual, que desdobla los acontecimientos según la perspectiva del personaje que los vive, y no lineal (la historia es una doble reconstrucción en forma de flash back). De otro, porque introduce en el relato un hecho milagroso, atribuible al azar o a la voluntad divina, en función de las querencias del espectador. Durante los bombardeos alemanes sobre Londres, Sarah Miles (Julianne Moore), casada con el anodino funcionario Henry Miles (Stephen Rea), pone fin a su aventura (qué bonita polisemia) con el escritor Maurice Bendrix (Ralph Fiennes) sin motivo aparente, después de que una explosión en el edificio de sus encuentros amorosos a punto esté de matarlo. Años después, el amante, consumido por los celos, contrata a un detective privado para averiguar por qué (por quién) Sarah decidió abandonarlo.


La primera adaptación de
la novela de Graham Green

El verdadero motivo, revelado más adelante (deténganse aquí los prudentes que desconozcan novela y película, porque lo que viene es lo que en el argot se llama un spoiler) entronca con otro modelo canónico de amor imposible: el necrófilo final de Romeo y Julieta, de William Shakespeare. Si en el clásico del dramaturgo inglés, un malentendido (Julieta finge su muerte pero Romeo, que no ha sido avisado, cree que realmente su amada ha fallecido y se mata, lo que provoca el posterior suicidio de ésta) precipita el trágico final, en El fin del romance, la explosión de la bomba actúa de igual modo. Sarah, encarnando una hermosa imagen de la piedad, llora junto a lo que cree que es el cadáver de su amado y suplica al cielo que lo salve, jurando para ello que nunca más volverá a verlo. Cuando Bendrix se recobra, la mujer ser convence de que debe cumplir su promesa, más allá de cuestionarse si la resurrección ha sido tal o un mero capricho del azar. Se distancia del escritor sin confesarle el motivo de la ruptura. Por encima de interpretaciones religiosas o freudianas, a las que el relato se presta sin esfuerzo, comparte con la tradición de novelas sobre el adulterio femenino una evidencia: es la mujer la que debe pagar el precio de su trasgresión. "Ahora él estaba vivo pero yo estaba muerta", escribe Sarah. Quid pro quo.

La belleza de su sacrificio no oculta en qué medida confirma lo que la ciencia años después sancionaría como una constante: la indulgencia hacia los pecados del varón y la severidad, en este caso mística, con la que es juzgada la mujer infiel. Incluso hoy, tantos años después de la emancipación sexual de la mujer (menos espectacular de lo que se pretende), el papel del varón adúltero sigue siendo un recurso para el divertimento, desde que Tirso de Molina llevara a la escena El burlador de Sevilla hasta las desaforadas comedias sexuales de instituto que salpican las pantallas cada fin de curso. En una perspectiva claramente masculina, Michael Bendrix dice, atormentado por los celos, en el arranque del relato: "Los amantes celosos son menos ridículos que los maridos celosos. Los respalda el peso de la literatura". Más propio sería citar a Pérez y Balló cuando sancionan: "Cuán diferente es la comprensión de la trasgresión masculina comparada con la dramática condición de las herederas de Madame Bovary", una heroína condenada a la expiación por el suicidio. Aunque la víctima, como en el caso que nos ocupa, siga viva para purgar, muerta en vida, su culpa y la de su desaforado amante en un Londres lluvioso sobre el que el agua cae como la nieve de Joyce, sobre todos los vivos y sobre los muertos.







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