17 de octubre de 2006

El Ulises de Spielberg


Cartel internacional de Munich. Ojo
con el color de los cortinones

La mirada de un adulto hacia un adolescente es condescendiente porque cuando sabe de sus cuitas las reconoce como propias. "Como te ves yo me vi, como me ves te verás", piensa citando un conocido epitafio. Es la prueba, la semana pasada lo decíamos aquí, del peso de las edades de la especie, el peso de lo biológico sobre lo individual. No es una negación de identidad, sino un bálsamo para relativizar lo que en cada momento se nos antoja un problema irresoluble. La ciencia sigue haciéndose la pregunta: ¿Somos un número astronómico pero limitado de variables, o la ecuación humana, en su combinación de determinismo, ambiente y albedrío, tiende a infinito? Mientras echan cuentas, les recuerdo que la literatura ya resolvió el diagrama y el erudito Jorge Luis Borges redujo a cuatro ciclos todas las historias posibles que en la narración han prendido: la historia de una ciudad sitiada, la historia de un hombre que regresa a casa, la historia de la búsqueda de un tesoro y la historia de un extranjero que viene para sacrificarse por una comunidad. Troya, Ulises, Jasón y Jesús. Ya ven que la panoplia estaba concluida hace dos mil años. Para el cine, heredero directo de la literatura, esta reducción es tan arbitraria o tan exacta como para la narrativa misma, pero una versión mucho más exacta del asunto, y con menos pretensión de boutade, la pusieron negro sobre blanco Xavi Pérez y Jordi Balló en su ya clásico La semilla inmortal (Colección Argumentos, Editorial Anagrama, Barcelona 1997). Los profesores catalanes, cuyas sabias reflexiones menudean por esta página desde hace tiempo, son más generosos que el invidente y aciertan a juntar unos cuantos argumentos modelo más. Y en aplicación de su criterio, hemos visto que Steven Spielberg planeó un Ecce Homo que acabó siendo Ulises. En Munich (2005).


Cartel para el lanzamiento en DVD

La última película del que en tiempos convinimos en llamar Rey Midas de Hollywood crea un tanto de aprensión a priori. Que el judío más ortodoxo del cine contemporáneo se proponga volver sobre el atentado que Septiembre Negro cometió en los Juegos Olímpicos de Munich de 1972 y en el que murieron, además de todos los terroristas, once atletas israelíes, esa intención, digo, provoca, a bote pronto, pereza. Relaja el ceño saber que el asunto no trata sobre el suceso en sí, sino sobre una posterior operación secreta del Mossad en Europa para acabar con quienes daban cobertura al grupo terrorista. Basado en la novela de George Jonas Venganza (RBA Editores, 2005), el filme cuenta la historia de un comando antiterrorista montado y bendecido por la entonces primera ministra israelí, Golda Meir, con la orden de eliminar a once palestinos que pululaban por Europa. Según el canon mesiánico, la labor de un sólo hombre debe redimir a una comunidad, un pueblo con el que, cumplida la misión, el salvador no podrá compartir el nuevo orden.

Sin embargo, la historia de Avner (Eric Bana) se enturbia desde casi su arranque, pues la misión que le es encomendada lo obliga a alejarse de su patria y de su familia (máximas expresiones de la comunidad que debe ser salvada). En este sentido, la presencia de la encomienda de los ancianos sabios (en este caso, el Gobierno de Israel) y las duras pruebas a las que habrá que enfrentarse el protagonista recuerdan más al modelo clásico aventurero, el de Jasón y los tripulantes del Argos en busca del Vellocino de Oro.


Un abandono

La variación clásica del ciclo de la búsqueda se enriqueció muy pronto con la introducción de los bienes trascendentes como complemento o sustitución del tesoro anhelado y, más adelante, se cerró la construcción moderna del modelo, en la que el bien perseguido no espera en la conclusión de la búsqueda, sino que se gesta un enriquecimiento moral, una evolución positiva del personaje, durante la propia peripecia. Tal y no otro es el sustento de relatos tan dispares en apariencia como El mago de Oz, de L. Frank Baun, o El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien e incluso de sus versiones revertidas, como El Quijote, de Cervantes o Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola y John Milius, por mencionar algunos ejemplos bien conocidos y ya tratados aquí antes.

La peculiaridad del héroe de Munich es que este viaje no le proporcionará un crecimiento moral, ni siquiera en un sentido similar al modo en que el teniente Bejamin L. Willard (Martin Sheen) encuentra respuestas sobre la verdadera naturaleza de la violencia y el odio en su viaje a través del río amarillo en busca del coronel Walter E. Kurtz (Marlon Brando). El estado en el que Avner queda sumido cuando su aventura justiciera se va torciendo es el de la confusión, atormentado por la violencia infligida, pero nunca verdaderamente arrepentido. Y aquí es donde el ciclo del salvador se transforma para convertirse decididamente en un relato vinculado a la Odisea de Homero. A menudo se soslaya que el poema griego dedica prácticamente la mitad de sus versos a narrar cómo Ulises trata de regresar al hogar, de reconstituirlo, una vez ya ha arribado a Ítaca, para lo cual tiene que deshacerse de una miriada de aspirantes al trono que se ha instalado allí y reconquistar el corazón de Penélope, ante la que elude presentarse hasta asegurarse de su lealtad y aun entonces evita identificarse, obligando a su esposa y reina a ser ella quien, con su reconocimiento, lo bendiga para volver a ostentar la corona.


La paranoia

Los posteriores relatos de los viajes de Ulises y las muchas referencias al personaje a lo largo de la historia de la narrativa aciertan a sugerir que el rey nunca volvió a sentir como suyo su hogar, y que sólo en la vida errabunda logró hallar una suerte de condición estable de su alma. El regreso (sin mencionar a Homero ya lo abordamos aquí años ha) es imposible, pues el hogar ha cambiado, sinécdoque bastante directa de que el cambio, al cabo, se ha producido en el héroe, perdida toda inocencia. Ese Ulises, el del destierro infinito, es el que Spielberg ha logrado plasmar con una precisión impropia en su última película. Como el héroe griego, Avner regresa a Israel, dando por acabada su inacabable misión, y allí no es reconocido salvo por una palmada de agradecimiento. Tal es la condición de agente encubierto, sin vínculos legales de ningún tipo con los servicios secretos o el Gobierno. Un paria que traslada su domicilio a Brooklin, tras haber realizado actos innombrables para salvar, literalmente, la tierra prometida. El guión, desarrollado por Eric Roth y Tony Kushner, no incurre en el recurso fácil del arrepentimiento o el descreimiento de la violencia empleada por Avner. Son más bien la paranoia (una vez identificado, el agente israelí pasa a ser a su vez objetivo de los terroristas árabes y palestinos) y la incapacidad para ver los resultados concretos de sus asesinatos ("A cada palestino que hemos eliminado lo ha sustituido otro más duro", confiesa atormentado en el tramo final. Y su contacto, Ephraim -memorable Geoffrey Rush- responde secamente: "Acaso no nos cortamos las uñas porque vuelvan a crecer" ) los que atormentan sus noches.


El contacto

Increíblemente, el director de Cincinnati no arroja por la borda la solidez de su relato buscando un final que conforte, sino que, muy al contrario, retuerce el colmillo en la resolución. Avner pasea junto al río Hudson con Ephraim confesándole sus tormentos y reafirmándose en su negativa a regresar a Israel, cuando lo aborda con una pregunta inopinada: lo invita a cenar en su casa esa noche, a compartir mesa y mantel. Y el oficial de Mossad sonríe, rechaza la invitación y se aleja. La cámara apenas asciende para mostrar un plano de Manhattan en el que, muy al fondo, se distingue la silueta de las Torres Gemelas, futuras víctimas de la violencia germinal que relata la película y que habría de revelarse brutalmente un cuarto de siglo después. Ephraim y Avner no pueden compartir una velada porque sus hogares son incompatibles, metáfora final de la patria fracasada de los judíos y del permanente derramamiento de sangre al que estará sometido su pueblo en el futuro venidero, que hoy es pasado solo en parte. Es la resolución de Spielberg una asunción del fracaso de la concreción de la patria judía, tanto por los pecados propios como por la persecución ajena, un amarga conclusión que enlaza con la evidencia que los periódicos empujan cada día con una vehemencia tal que su verdad no llega a ser pronunciada, una verdad incómoda y desasosegante: que acaso sólo el improbable exterminio de uno de los contendientes podrá poner fin a la hemorragia que vierte su infamia en las orillas orientales del Mediterráneo, en una Ítaca que se diría maldita para siempre.






pvallin@divertinajes.com
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