10 de octubre de 2006

Lo de la Bernarda y demás


No es lo mejor de Mario Camus,
pero aún pone los pelos de punta

Cuando la adolescencia, que hoy ya sabemos que es condición mental de duración indefinida, amenazaba con alejarse en tiempo y forma, uno vivía en un estado de magnífica estulticia y, entre otras sandeces, creía que codearse con personas de sexo opuesto sin que eso mismo, el sexo, distorsionara los vínculos era lo más natural del mundo, una forma de emanciparse de un montón de atavismos culturales heredados que nada tenían que ver con la nueva generación, televisiva y sofisticada, de la que uno mismo se sentía parte. Podemos considerarlo una noche obscura del pensamiento racional, como lo que pasaba por la cabeza de los lisérgicos jovencitos de Woodstock mientras escuchaban a las guitarras desafiar al orden establecido y pensaban en las curvas de la vecina de retozo. Fue el propio sexo opuesto (o sea, yo proponía sexo y ella se oponía) el que terminó por sacar al pinturero redentor que uno mismo fue de su terrible error de cálculo. Comenzó pues un periodo en el que la familiaridad de lo próximo se tornó en fascinación por lo extraño, tal era la bonhomía del sujeto. La estupidez. Hubieron de pasar aún muchos años para que el que suscribe, al que siempre han tomado por inteligente pero de listo siempre ha ido justito, descubriera que no eran los atavismos de la cultura los que habían tendido abismos entre ambas especies complementarias, sino que la verdad descansaba en las teorías de la genética de Mendel y las de la evolución de Darwin, las que mejor explicaban los porqués de tan complicado entenderse. Y que los roles convencionales establecidos no eran sino un mecanismo de adaptación idóneo para que los propósitos de ambos pudieran ser desarrollados, a saber: que ellas seleccionaran un macho con el que formar una yunta duradera y que ellos trataran de ayuntarse cuanto pudieran con cuantas se prestaran a tal actividad. Bueno, ahora que, gracias a la ciencia, ya me he convertido a ojos de cualquiera en un ser abyecto y reaccionario, digámoslo sin más dilación: son tan diferentes nuestras intenciones y aspiraciones que pretender que los dos sexos son iguales ante el amor, el sexo o el trabajo es una modernez profundamente inculta, desinformada, incivilizada y descortés.


Un cartel inernacional del drama español

Todo lo dicho en el párrafo previo, cuya intención es espantar a los adalides de lo políticamente correcto y demás melifluos, siendo cierto, no es óbice para suavizar en nada el oprobio al que durante años el varón temeroso ha sometido a la hembra poderosa. De tal infamia dio cuenta la extraordinaria La casa de Bernarda Alba (1987), adaptación de Mario Camus del prodigioso libreto de Federico García Lorca, una obra que trata sobre el encierro enfermizo al que Bernarda Alba (da miedo Irene Gutiérrez Caba) somete a sus cinco hijas como forma de luto sumarísimo tras la muerte del cabeza de familia. Considera la severa Bernarda que ningún mozo del pueblo es digno de acercarse a sus hijas. A la mayor, Angustias (Mercedes Carballeira) porque ha de mirarse bien quién gana la generosa dote familiar. Y a las demás, porque, criadas en buena casa, no habrán de acabar sino con caballero de condición similar que asegure prosperidad para ellas y honra para la familia.

De resultas de tan injustificada prisión, las hijas, en edad de mayores merecimientos, sueñan con el mundo exterior, con los cortejos y los desdenes. Y tan antinatural y ensoñadora existencia en la penumbra de la casa familiar sólo conduce a la confidencia a dos y la comunicación esquiva cuando están en grupo, una forma extraordinariamente femenina de relacionarse que consiste en desarrollar un código de dobles sentidos y enunciaciones incompletas que, en ausencia de otro universo, conduce a las insidias y las crueldades que exhiben las hermanas entre sí y para con la temible madre.


Antítesis de la lúgubre España de Lorca

En la obra de Lorca y en su espartana encarnación de celuloide se retrata una época de dictadura moral, censura social y ausencia de libertad. Sin embargo, en esa situación de ignominia y degradación a la que el nacionalcatolicismo rampante sometió a la mujer, también pueden leerse muy lúcidas pinceladas de algunas de las peculiaridades de la naturaleza de la mente femenina, de la forma de enfrentarse al encierro y la ausencia de libertad. La forma en que una mente se sume en la podredumbre impuesta por un entorno hostil puede aportar tantas evidencias sobre su verdadera sustancia como el reflejo más ejemplar de sus virtudes. Es decir, La casa de Bernarda Alba no es sino el reverso tenebroso de Mujercitas (1949), dirigida por Mervin LeRoy y basada en la novela parcialmente autobiográfica de Louisa May Alcott, y el aparente abismo que hay entre ambas no es más que el que va de una sociedad castrada y feudal a otra decimonónica y victoriana pero de incipientes formas liberales. Ambas hablan en el fondo del mismo asunto y en las dos una mente astuta puede leer las claves, que perviven enterradas en el código genético, del comportamiento y ansias de la hembra humana.

Hay un subgénero cinematográfico, seguramente aún por categorizar en las taxonomías al uso, que uno suele denominar como fieras encerradas y que describe universos poderosamente viriles en un entorno hostil y deshumanizado creado por y para hombres (aquí conviene recordar que el agente ejecutor del machismo ultramontano de la obra de Lorca es la propia Bernarda). No hablo de dramas carcelarios o aventuras bélicas, sino de otra categoría narrativa en la que se encuadrarían títulos como Glengarry Glen Ross (1992), de James Foley (sobre un texto de David Mamet) y Smoking Room (2002), escrita y dirigida por Roger Gual y Julio D. Wallovits. En ambas se retrata el modo en que los hombres gestionan la desconfianza de la competitividad del capitalismo finisecular, y en ambas vemos a hombres encerrados en un mundo en el que la supervivencia de uno a menudo depende de la desgracia de otro.


Vender a cualquier precio

La diferencia más obvia entre ese universo y el de la casona andaluza o victoriana de las películas de Camus y LeRoy es la forma en que se resuelven los conflictos. Mientras que las mujeres de ambos títulos insinúan su mutua desconfianza huyendo del duelo abierto, cotejando con cuidado las posibles alianzas con terceros (terceras) antes de embarcarse en una lucha franca, minando las posibilidades de éxito de las rivales, los encorbatados protagonistas de los dos títulos antes referidos acuden al duelo sin paliativos y buscan la concurrencia de afines mediante un posicionamiento diáfano de sus afinidades y odios. Cuidado: ellos no son más sinceros que ellas; acuden por igual a la falsedad, pero lo hacen con expresividad y franqueza, fingidas o no. Confían desmesuradamente en su capacidad para la empatía, en su elocuencia. Cada vendedor de Glengarry Glen Ross emplea los atributos indispensables de su profesión para tratar de ganarse a sus compañeros en la feroz competición por dilucidar quiénes se irán a la calle. Algo similar a lo que hacen los personajes de Smoking Room, desde el pusilánime aspirante a medrar, hasta el desafiante promotor de la recogida de firmas para poder fumar en el edificio. Los métodos hacia el éxito son claramente distintos, pero es que no lo son menos sus objetivos. Duraderos e inconcretos, para ellas; inmediatos y plausibles, para ellos. Voz activa para ellos, voz pasiva para ellas.


La hora de los valientes

Del subgénero antedicho, hay un tercer título, absolutamente deudor de los anteriores: El método (2005), de Marcelo Piñeyro, con un guión desarrollado a medias por el director y Mateo Gil sobre una obra teatral de Jordi Galcerán (El método Grönholm). La película, en cuyos créditos bien podía haber aparecido David Mamet, introduce una novedad interesante: los personajes en competición, trajeados y ambiciosos como los anteriores, son de ambos sexos. No obstante, el sofisticado mundo empresarial al que tratan de incorporarse (están reunidos en una sala para un proceso de selección de personal) no es menos masculino que el de las películas de Foley y Gual. Permite así esta cinta contrastar cómo se enfrentan a esa pugna hombres y mujeres, y comprobar que las diferencias antes subrayadas (voz activa / voz pasiva) sobreviven en los hombres y mujeres educados de este nuevo siglo. De hecho, queda claramente explicada la superioridad del método femenino para enfrentar situaciones en las que las cartas están marcadas y la traición puede surgir de cualquier presunto aliado. En el desenlace, en el que se escurre la evidencia de que los autores del texto son todos hombres, Nieves (Najwa Nimri) tiene ante sí la victoria si tan sólo es capaz de un último subterfugio con un ex amante, Carlos (Eduardo Noriega). El sentimentalismo que Piñeyro y compañía le atribuyen en ese momento es una expresión del deseo más que un atributo de la organización funcional del cerebro femenino.


Un mundo de hombres para las mujeres

Claro, tanta generalización es injusta, pero renunciar a generalizar es enaltecer el relativismo y abdicar a cualquier intento de comprender el mundo. Se ha dicho aquí que la biología está detrás de esos comportamientos, y no es la primera vez que se dice, pero para ahorrarles el rollo científico les recomiendo ¿Por qué es divertido el sexo?, de Jared Diamond, (Editorial Debate), donde se dice que "el sexo creativo y la menopausia fueron tan importantes para nuestro desarrollo del fuego, el lenguaje, el arte y la escritura como fueron nuestra posición erguida y nuestros cerebros grandes".

No somos como nos gustaría: las mujeres dan en pensar que se parecen más a los personajes de Sexo en Nueva York, audaces y autónomos, que a los miserables cuervos encerrados en casa de doña Bernarda. Los hombres ven, en cambio, reflejados sus atributos en películas tan decididamente varoniles como Master and Commander. Al otro lado del mundo (2003), de Peter Weir, cuando la realidad de su condición se parece mucho más a las bajezas que retrata Smoking Room. Esta aparente contradicción no deja de ser eso, aparente: entre ambos modelos no va más que la diferencia entre lo que somos y lo que creemos ser. El habitual culturocentrismo del poshippismo tiende a multiplicar la influencia de las ideas y desdeñar la de los factores dados: la biología y la geografía. Como si treinta años de liberación cultural pudieran ejercer más peso sobre el modo de conducirse que 100.000 años de evolución genética en un medio dado. Es, en el fondo, pura vanidad; consiste en rebelarse contra el determinismo que parece esconderse tras los condicionantes científicos para mantener la ficción de que todo depende de la voluntad y el pensamiento. El viejo problema de una especie que, aun cuando laica, sigue creyéndose hija elegida de los dioses y, ufana, grita su desafío a las leyes naturales de las que es ineludible rehén.






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