25 de septiembre de 2006

Magdalenas, rostros y otras reconstrucciones


No todos los episodios del regreso
al pasado son amargos

A menudo se dice que la memoria nos traiciona, una oración que expresa claramente el modo en que eximimos responsabilidades. La traición existe, pero justo en el otro sentido: nosotros a ella. Los últimos estudios sobre el funcionamiento del cerebro no dejan lugar a dudas: cada vez que rememoramos un suceso del pasado creamos una nueva impregnación que sustituye a la original del propio hecho. Así vamos reconstruyendo nuestras propias vivencias y ordenándolas en un relato con un sentido concreto. En La misteriosa llama de la reina Loana (DeBols!llo, 2005), Umberto Eco presenta a un protagonista, Yambo (erudito bibliófilo como él), que tras sufrir un infarto cerebral y permanecer en coma durante semanas recobra el conocimiento y conserva la memoria semántica pero sufre una total amnesia respecto a la memoria emocional. Sabe quién es Einstein pero no reconoce a su esposa o sus hijas, ni su propio rostro en el espejo. Conoce al dedillo las características de la arquitectura maya, pero es incapaz de recordar ningún hecho significativo de su biografía personal, sabe conducir pero no recuerda cuándo o dónde aprendió. Y entonces comienza una búsqueda retrospectiva por los lugares de su infancia a la caza de una magdalena de Proust (ya saben, aquella cuyo sabor activa repentinamente los mecanismos de la memoria sentimental del autor). Acosado por su impotencia para reconstruirse y por el peso de sus enormes conocimientos, Yambo descubre que, sin la memoria emocional, él mismo es la humanidad entera, con sus conquistas y descubrimientos, pero no es individuo. Tiene la identidad de la especie pero no la del sujeto.


Cartel europeo de Flores rotas

Somos nuestro relato. Nuestra sustancia constitutiva son nuestros recuerdos y éstos, volviendo al principio, no son del todo confiables dado que tenemos por costumbre, sobretodo los enfermos de melancolía, sumergirnos en ellos desvirtuándolos con el único propósito de encajarlos en un relato inteligible. Tan sensible es la memoria a los procedimientos de reescritura que una mentira o una verdad que relatamos ligeramente maquillada marcan la impronta y acaban por crear un recuerdo cierto de algo que nunca sucedió. Como ha demostrado la psiquiatría, salvo nuestra conciencia de que no es cierto, no hay ninguna diferencia en cómo se almacena la imagen de un hecho que ha sucedido que la de otro que sólo nos hemos imaginado. Nuestros recuerdos (también los tergiversados o los inventados) forman una sucesión que tiene sentido y que apunta a alguna parte. Es pues, nuestra forma de conjurar el azar, el viejo y terrible fantasma que nos acosa con el vértigo de la imprevisibilidad: reconstruimos nuestra biografía, es decir nuestra personalidad, para desterrar de ella los factores azarosos y por eso somos el sentido que le damos a las cosas que nos han ocurrido. Flores rotas (2005), de Jim Jarmush, relata la peripecia de un donjuán talludito, Don Johnston (Bill Murray) que recibe una carta anónima de una de sus ex amantes que le revela que tuvo un hijo suyo con él que ahora, mayor de edad, ha emprendido la búsqueda de su padre. Instigado por un vecino fanático de los puzzles (Jeffrey Wright), Don emprende un viaje para visitar a las cuatro mujeres que, cotejando fechas, son las candidatas a madre anónima.


Versión inspirada en el cartel
de Lost in translation

Quiénes son ellas y en que se han convertido será un camino de sorpresas sobre su pasado en común, la distinta forma en que relatan los mismos hechos, una nueva forma de enfrentarse a su pasado, de rescribirlo y, por tanto, un espejo que arroja una nueva conciencia sobre quién ha sido y quién es él mismo. La audacia del guión de Jarmush es llevada hasta el extremo con un desenlace tan sugerente como poco convencional que, claro, no revelaremos aquí. Pero que se ciñe al esquema clásico de los relatos odiseicos, la meta es el camino, y que convierte a Don en un trasunto de Dorita (qué le vamos a hacer, el doblaje lo quiso así) a la búsqueda de la Ciudad Esmeralda de Oz.

La posibilidad de Don de revisar su pasado mediante el procedimiento de la confrontación, viéndose cara a cara con él, es un regalo no siempre grato porque anula el procedimiento de edificación de la memoria y obliga a demoler y volver a construir el propio pasado, lo que, como hemos visto, es tanto como una reinvención de la propia identidad. Jarmush maneja el mecanismo con tiento, huyendo de las grandes revelaciones sobre la identidad del donjuán y sus amantes. Se conforma con jugar a la fábula, poniendo a sus personajes en la tesitura de releer sus biografías y constatar el ineluctable paso del tiempo.


Hala, y esta con jet lag

El resultado de Flores Rotas tiene mucho que ver con el de la novela de Eco y ambos están íntimamente unidos al existencialismo de Proust, aunque con una perspectiva mucho más lúdica. En la ambiciosa Trilogía de Marte (Marte Rojo, Marte Verde y Marte Azul), de Kim Stanley Robinson (Minotauro, 1997), una de las más notables obras de la ciencia ficción contemporánea (ganadora de los premios Nébula, Hugo, Asimov, J. W. Campbell, Locus y World Fantasy), los primeros colonos del planeta rojo descubren un tratamiento que pospone sine die la muerte, ampliando la esperanza de vida mediante la reconstrucción de las cadenas de ADN dañadas por el paso del tiempo, lo que evita errores en la división celular y por tanto detiene el envejecimiento. Sin embargo, con el paso de las décadas, los individuos sometidos al tratamiento van perdiendo la memoria de los acontecimientos pasados (la memoria de largo plazo) dado que las neuronas son células que mueren, pero no se producen nuevas y, en aplicación de lo visto hasta aquí, van sufriendo una transformación de su personalidad. Pero, y en eso se basa el experimento de la magdalena de Proust, la incapacidad para recordar algo no significa que se haya perdido definitivamente; simplemente se ha extraviado. De hecho, un recuerdo perdido puede asaltarnos repentinamente sea a través del sabor de las migas de un dulce mojado en te o de un reencuentro inesperado.


La coartada de mis terrores nocturnos

Y ese procedimiento de anamnesis, que ocupa uno de los episodios más interesantes de la novela de Robinson y también un tercio de la de Eco tiene el peso de una revelación y la capacidad para redefinir nuestra memoria, nuestra identidad. No van por ahí los intereses de Jarmush, pero sí los de Christopher Nolan en Memento (2000), otra película sobre la memoria (mejor, la desmemoria) de la que ya nos ocupamos hace tres años. El caso es que dado que la epifanía de la memoria puede aguardar emboscada en el interior de una inofensiva magdalena, vivimos una época especialmente delicada para los desmemoriados. La televisión reemite programas de hace tres o cuatro décadas, los grandes almacenes venden películas hasta hace poco inaccesibles, el revival es el único movimiento musical que siempre está de moda y Google ha desbaratado cualquier posibilidad de que Paco Lobatón reponga aquel ¿Quién sabe dónde? de incómodo recuerdo porque la mitad de la población ha dejado en el archiconocido buscador una registro de su actividad. Así que hace muy poco, el arriba firmante pudo volver a vérselas con uno de sus terrores infantiles, El increíble hombre menguante (1957), de Jack Arnold, que curiosamente conserva intacta su capacidad para provocar alteraciones del sueño, y poco antes a enfrentarse al rostro de un pasado desaparecido sin dejar rastro dos décadas atrás. Una política de reencuentros, no exenta de morbo y de todos los efectos secundarios de la melancolía, que viene sirviendo para entenderse mejor y para reponer el pasado de forma más exacta y por tanto menos amable. Como no podemos pasar sin relato, el resultado es una reescritura de la propia biografía que, como en el caso de Don Johnston, conviene guardarse para uno. Dicen que la felicidad sólo se conjuga en pasado, así que, si me disculpan, voy a ordenar unas fotos descoloridas y nos vemos la próxima semana.






pvallin@divertinajes.com
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