04 de julio de 2006

¿Qué le pasa a Wes Anderson?


En el batiscafo, con cara de gilipollas

No será la primera vez que se mencione aquí un axioma heredado de un amigo venerable señalando que todo director de cine acreedor de la condición de autor debe cumplir un requisito: tener un tema. La ansiedad del amigo venía porque allá por 1994 no era fácil, no como ahora, encontrar cuál era la excusa narrativa de Clint Eastwood. Luego, con el tiempo y el cerebro razonablemente sumergido en alcohol, que es como mejor conserva sus aptitudes, descubrimos que el muy puñetero lo tenía e incluso lo había escrito en los créditos de una de sus primeras obras mayores: "No hay segundas oportunidades en las vidas de los americanos". Y la firma, Francis Scott Fitzgerald. En Bird (1988). Asaltábame esta inquietud de nuevo ante Wes Anderson, un director novel (sólo ha dirigido tres largos, bueno cuatro, pero son tres), un tipo al que por enésima vez un aficionado (o profesional, vaya usted a saber) ha querido venderme envuelto en celofán de gran director.

El fulano en cuestión, el director, digo, no el promotor del encumbramiento, era el responsable de Academia Rushmore (1998), una película muy rara y descerebrada sobre un gilipollas integral llamado Max Fisher (Jason Schwartzman), y de sus cuitas en una escuela de secundaria homónima de la película en la que topaba con su primer amor, una tal Rosemary Cross (Olivia Williams), y con un profesor chiflado, Hermann Blume (Bill Murray), en los que proyectaba todas sus frustraciones freudianas, tanto las relativas a su ausencia de sexo compartido, la primera, como las derivadas de la ausencia de figura paterna, el segundo. El personaje protagonista es una suerte de extraño cruce entre John Kennedy Toole (escritor que alcanzó la fama después de muerto con su trasunto de si mismo Ignatius J. Really, en la novela titulada La conjura de los necios) y Woody Allen, conocido director que goza de un crédito ilimitado en todas partes menos aquí, donde los préstamos se venden más caros. Sin embargo, el verdadero reconocimiento le llegó al simpar director por su tercera película (antes tenía una versión larga de un corto, que adolecía de todos los defectos de un corto cuando se estira), titulada entre nosotros Los Tennenbaums, una familia de genios (2001), que narraba las peripecias de un patriarca sin escrúpulos, Gene Hackman, para lograr la aprobación de su mujer, Angelica Huston y sus hijos, completamente tarados, muchos años después, tantos como diecisiete, de haberlos abandonado.


Gilipollas, foto de familia

La de los Tennebaums es una peripecia divertida, narrada en tiempo y forma de fábula, sobre unos personajes anómalos, incapaces de integrarse en el mundo real, que encuentran en el seno familiar una suerte de útero confortable al que regresar, si me perdonan el giro psicoanalista, ahora que el piscoanálisis ha perdido la condición de ciencia que, dicen, nunca debió tener. Después de verla con agrado, el arriba firmante seguía con la impresión de que, si bien su autor mantenía unas constantes estilísticas y narrativas suficientes para hacerse merecedor de la condición de autor, sus obsesiones, su temática, seguía muy lejos de estar clara. En Rushmore era imposible cazar el asunto, y en la biografía apócrifa de los Tennebaums parecía sencillo quedarse con la idea de que quiso realizar una sátira del motivo familiar, una constante narrativa desde Igmar Bergman hasta Sam Mendes. Pero era una aproximación demasiado superficial. Que el coguionista de ambas fuera, además del director, el actor Owen Wilson, especializado en realizar comedias bufas al lado del nada respetable Ben Stiller, poco o nada hacía por esclarecer el asunto.


Elegía al gilipollas

Una sátira es un ejercicio de fuera hacia adentro. Es la plasmación de una realidad distorsionada con ánimo crítico y que emplea la ironía, el cinismo o directamente el sarcasmo para distanciarse del mundo real y desmontar sus mentiras, sus zafiedades, o sus anomalías. Requiere una distancia con el asunto y una suerte de crueldad con los personajes que no se parece en nada a lo que Anderson hace con sus creaciones. Lo que fuera que quería contar el director de Texas no tenía que ver con la realidad impuesta, con su entorno o con su inmediato social. Anderson retrata a sus criaturas como personajes psicóticos, con innumerables carencias sociales, pero los trata con un amor incondicional. Cada uno de los muchos chiflados que aparecen en sus títulos es cuidado con mimo y presentado ante el espectador, en su extravagancia, para ser entendido y, no sólo consentido, sino amado.

Este descarado paternalismo hacia cada individuo, por cretino y extraterrestre que pueda parecer, invita a descartar la sátira como motor de las películas de Anderson. Casi todos ellos pueden considerarse tarados, aunque los adorne de un aura de genialidad poco clara. Fisher es un dramaturgo arrebatado y cada uno de los Tennenbaum tiene un talento monocromo: uno es un genio de las finanzas (Ben Stiller), otro del tenis (Luke Wilson), y la chica, (Gwyneth Paltrow), se defiende con éxito en las artes de Talía. Pero para el resto de labores son seres llenos de trastornos, manías, obsesiones y una común incapacidad para vivir en sociedad. Si el aliento de sus creaciones no es pues una reacción al entorno inmediato, si no viene de fuera, sólo puede venir de dentro.


Una interpretación más exaltada
de la elegía al gilipollas

Su última película estrenada, Life Aquatic (2004), es una especie de biografía apócrifa y bizarra del célebre oceanógrafo francés Jacques Cousteau, con Bill Murray de nuevo como protagonista, en este caso interpretando a la versión estroboscópica del capitán del Calypso, Steve Zissou. Atender a la vocación coral de la película, un elemento común con el título inmediatamente anterior, animaba a pensar que el director en realidad era un admirador de Fernando Palacios, director de La gran familia (1962) -sí, sí, la de Alberto Closas-, filtrado por los tebeos de Robert Crumb. De nuevo, sus personajes adultos se conducen con un acusado infantilismo, como señalaba Manuel Yánez en Miradas de Cine (número 36, marzo de 2005), y caminan hacia el reencuentro familiar con la figura de un padre deseoso de redención en su responsabilidad patriarcal. Y todo ello sazonado, otra vez, con una banda sonora repleta de éxitos de la época en la que Anderson agotaba los últimos años de niñez. Freud tenía la respuesta: las películas de este singular director repiten la constante de proponer una reconciliación con la infancia y un reencuentro con el padre. Sacar conclusiones sobre las cuentas pendientes de la biografía de Wes Anderson sería una presunción, pero su obsesión por redimir a la familia de sus pecados de extravagancia se presenta tan clara como la de Tim Burton por plasmar la sensación del individuo extraño o monstruoso ante una sociedad hostil por voluntad o impericia.


¿Era Cousteau gilipollas?

El envoltorio postmoderno y metacinematográfico, que dicen los oráculos del asunto, con el que empaqueta sus películas dota a su corta filmografía de una unidad estilística inconfundible, y las constantes en sus biografías simuladas de personajes borderline le confieren la coherencia narrativa que a cualquiera se exige para colgarle el afrancesado título de autor. Estamos pues ante una referencia erudita y sofisticada, heredera de las enajenadas comedias de tinayers (así escrito) de los ochenta; de eso hay pocas dudas. Sin embargo, aún debe dilucidarse si esa temática inconfundiblemente concebida de dentro hacia afuera merece los muchos laureles que se le han conferido. Los exorcismos personales, para permitirle a Anderson seguir haciendo cine, sólo deben ser lo suficientemente entretenidos y extraterrestres para interesar a una generación de tardoadolescentes cada vez más amplia. Pero para que en este aprisco se le concedan otros galones aún debe probar que tiene la capacidad de trascender sus propios fantasmas y querencias y proponer una lectura universal de ellos, una voz que no sólo haga reír, sino que tenga un sentido cierto para el común de los mortales. Algo inteligible que decir. Ninguno de sus muchos fans ha sabido contestar a la pregunta que encabeza estas líneas, pero con un poco de suerte y paciencia es posible que en unos años conteste el propio Wes Anderson, y que lo haga en una película. O en un diván de cuero.






pvallin@divertinajes.com
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