21 de junio de 2006

La profundidad del campo


¿Helicópteros en Marte?

Un niño de cuatro años fue liberado por la policía la semana pasada. Llevaba secuestrado toda su vida, 48 meses, para obligar a su madre a ejercer la profesión maldita, esa que ahora trae de cabeza a las feministas, debatiendo enfurecidamente sobre si las meretrices deben ser redimidas o sólo incorporadas a la seguridad social. Digo yo que el niño va a ser miope porque no iba a la escuela ni salía al parque, sólo estaba encerrado, como un pez en una de esas peceras esféricas pero de paredes opacas. El que suscribe tiene seis dioptrías equitativamente repartidas entre ambos ojos. No se debe a un secuestro, claro, sino a la proximidad del horizonte. Criado en las neblinosas tierras del norte, ni en los mejores días se podía forzar la vista más allá de los doscientos metros, detenida la mirada por un bosque o un cueto. En cambio, nacer en la meseta o al borde de un mar menos dado a la cortina vaporosa debería criar astigmáticos, especialistas en forzar el cristalino para vislumbrar una silueta que se acerca desde varios kilómetros de distancia, así como le ocurría a T. E. Lawrence (Peter O'Toole) en la célebre secuencia en la que Sherif Ali (Omar Sharif) se acerca interminablemente desde el horizonte infinito a lomos de un camello sobre el espejismo húmedo de las distancia del desierto, en Lawrence de Arabia (1962), del maestro David Lean.


Atentos a los focos y la tela anaranjada

Cuenta Jordi Balló en Imágenes del silencio que el horizonte es un motivo visual cinematográfico con interpretaciones casi opuestas en el cine norteamericano y europeo. Entre los californianos, quizá empapados del recuerdo genético de su largo viaje al oeste, los límpidos horizontes soleados, hacia los que a menudo se dirige el cowboy al final de su peripecia, es una metáfora bastante explícita de la libertad, del futuro en tanto aventura prometedora; mientras que de este lado del Atlántico la perpetuamente huidiza línea del horizonte está vinculada con la incertidumbre y la huida, una perspectiva más abstracta y desasosegante que, en cierto sentido, tiene su raíz en los desenlaces de un cineasta norteamericano: Charles Chaplin. Este contraste no es más que la enésima versión de la dicotomía entre una sociedad ingenua y esperanzada y otra escéptica y desconfiada.

En unos días, el transbordador norteamericano Discovery prevé despegar con dirección a la Estación Espacial Internacional. El paisaje espacial, el único carente de un horizonte estricto, ha dejado de ser la última frontera y se ha convertido en fuente de toda suerte de incertidumbres para la NASA, tras los últimos accidentes de los transbordadores. El espacio ha dejado de ser un horizonte estadounidense y se ha convertido en un horizonte europeo. En Capricornio Uno (1978), el artesano Peter Hyams, responsable del guión y de la dirección, plantea una de las constantes del conspiracionismo post-Vietnam en los Estados Unidos. La película cuenta cómo la misión espacial a Marte es cancelada y reemplazada por la filmación de un amartizaje, rodado en los hangares de unas secretas y abandonadas instalaciones del ejército en medio del desierto de Mojave. Es decir, es una plasmación en imágenes de la célebre paranoia sobre la verdadera naturaleza de la misión lunar del Apolo XI. Una desconfianza que el falso documental francés Operación: Luna (2002), de William Karel convirtió en un monumental ejercicio de manipulación y sarcasmo. ¿Se pudo fingir el viaje a la Luna? Por supuesto, y también se puede fingir que fue fingido.


Aquí la distorsión se
la servimos en biplano

De todas las imágenes de la rudimentaria fantasía de ciencia ficción con la que Peter Hyams se dio a conocer, la más turbadora es la del set de rodaje de Marte, en la medida en la que a través de ella el director desnuda su propia condición y muestra los rudimentos de la naturaleza falsificadora del cine. Al fondo del plató, un cielo rojizo se desliza hacia una línea del horizonte anaranjado que parece prometer un amanecer. Prometedor y verosímil, el horizonte marciano de pega representa uno de los miedos atávicos que persiguen a las sociedades occidentales, la sospecha de estar siendo guiados hacia una zanahoria de cartón piedra. Muchos años después, el director australiano Peter Weir repetía la metáfora al estrellar el barco de Truman Burbank (Jim Carrey) contra un cielo de estuco, un horizonte pintado sobre la bóveda que envolvía una vida falsa, en la excelente El show de Truman (1998).

Mucho más descarnada, la fábula de Weir, metáfora bastante obvia de la superchería religiosa (el director del programa, Ed Harris, en un guiño bien poco sutil, se llama Christof y habla al mortal Truman desde el sol), tiene el mérito de haber puesto en imágenes una de las pesadillas recurrentes de las sociedades modernas, una fantasía que llena los discursos de los más conspicuos intelectuales: estamos siendo manipulados, manejados por unos oscuros humanos, de naturaleza e intenciones siniestras, que controlan y deciden cada uno de nuestros pasos. Si se detienen a pensarlo, este reiterado miedo a ser una especie de animal de granja, engordado y empujado al consumismo para alimentar una colosal máquina productiva -motivo frecuente del cine, la última vez en la pobre La isla (2005), de Michael Bay-, es la mejor prueba de la libertad que disfrutan. Ninguna sociedad sometida puede permitirse esa pesadilla: tiene bastante con intentar emanciparse del poder que la subyuga.








pvallin@divertinajes.com
Archivo
Volver
Versión para Imprimir