30 de mayo de 2006

El ratón y la palanca


La vigesimoquinta hora es el título
original de La última noche

Imbuido de un optimismo seguramente tontaina y muy poco europeo, el autor no deja de asombrarse del cultivo incesante del acabose que se ha extendido entre sus congéneres. Asistía hace pocos días estupefacto a una conversación entre dos mujeres jóvenes, y mayormente convencidas de su progresismo, en la que subrayaban lo muy mal que están los adolescentes contemporáneos, su nihilismo e inapetencia, sobre todo comparados con la generación de ellas, apenas hace quince años, cuando todos eran más comprometidos, más inquietos y más responsables. Convidado de piedra voluntario, el que suscribe asistía sorprendido y sutilmente enternecido al debate, asaltado por la imagen de los padres de todos -de ellas también- desbordados por la actitud hedonista y desenfadada de los jovencitos de los ochenta, repitiendo, valga el anacronismo, el mismo discurso. La escena coincidía con la lectura esos días del libro de no ficción más vendido de la primavera, El viaje a la libertad de Eduardo Punset, cuyo éxito hace pensar que quizá alguien lo ha tomado por un texto de autoayuda y no por el tratado sobre los últimos avatares de la neurobiología de las emociones que en realidad es. En un pasaje, relata el ex ministro y estrella de la televisión divulgativa un experimento con cuatro ratones a los que se aplicaba eventualmente una fuerte corriente eléctrica, sin intervalos regulares ni motivo aparente. A uno de los roedores le fue colocada en su jaula una palanca con la que podía detener el pulso eléctrico. Un señuelo, en realidad, porque sufría la misma aplicación de voltios que los otros tres, y ésta llegaba de forma igualmente inopinada. El estrés producido por la descarga mató a los ratones en apenas unos días. Excepto al que movía la palanca, que sobrevivió varias semanas a sus semejantes. La ilusión de controlar el proceso, de poder actuar sobre él, mejoró notablemente su salud y sus expectativas de vida reduciendo su estrés. El 11-S nos dejó sin palanca. Y de eso habla La última noche (2002), de Spike Lee.


Monty tiene un plan b

Rodada en Nueva York apenas unos meses después de la caída de las Torres Gemelas, la película cuenta la peripecia de un camello, Monty Brogan (Edward Norton), que vive sus últimas horas en libertad antes de ingresar en prisión, consumido por la inquietud de no saber si fue la chica con la que vive, Naturelle Riviera (Rosario Dawnson), la que lo entregó a la policía como sus compinches aseguran y sus amigos insinúan. La presencia del ataque terrorista no es un elemento argumental, sino un forillo, un fondo que todo lo empapa. Lee hace explícitas sus intenciones desde los créditos iniciales, colocados sobre estampas de los dos cañones de luz antiaérea con los que el Ayuntamiento de Nueva York reemplazó las desaparecidas Twin Towers durante unos meses. El padre de Monty (Brian Cox), es un ex bombero ex alcohólico que regenta un pequeño bar de corte irlandés decorado con las fotos de los compañeros que desaparecieron tragados por el colapso del World Trade Center, y uno de los mejores amigos del protagonista, el corredor de bolsa Frank Slaughtery (Barry Pepper), posee un piso de lujo en el Down Town, junto a Wall Street, cuyas ventanas dan a la Zona Cero, en la que, despejados la mayor parte de los escombros, empieza a abrirse una sepultura gigante en pleno proceso de paciente exhumación por un ejército de atareados trabajadores de la construcción.


Hay que despedirse de papá

No hay referencias mucho más explícitas a la conmoción que causó en la ciudad la tragedia. Algún comentario suelto y una especie de sordo bordón de desconfianza y anomía que todo lo recorre sin hacerse explícito. Sin embargo, ese desasosiego transita la película modificando la lectura de la historia que cuenta. Los neoyorquinos que muestra Lee son como ratoncitos tratando de gestionar el estrés producido por la inesperada descarga violenta y con un inefable temor a que tal desgracia pueda repetirse. En esas coordenadas, la historia de las últimas 24 horas de libertad de Monty adquiere una lectura diferente. El camello es un ratón más, en busca de su palanca o de una salida desesperada a su laberinto (la insinuación de un eventual suicido aparece sugerida en varios momentos del relato). Finalmente (es el momento de detener la lectura, porque va hablarse aquí del desenlace), el protagonista descubre que no fue Naturelle quien lo delató, sino Kostya Novotni (Tony Siragusa), su compañero en los turbios negocios en los que estuvo envuelto.


¿El beso de la traición?

A la mañana siguiente, un Monty redimido de sus tormentos es llevado a prisión por su padre y durante el trayecto en coche sueña que huye, que empieza una nueva vida en un pueblo perdido del medio oeste, donde años después llega su chica, la que pacientemente pensaba esperarlo durante los siete años de condena. Tienen hijos, envejecen y al cabo, Monty cuenta a sus hijos y nietos quién es en realidad, un neoyorquino que huyó de prisión. Pero sólo es un sueño, y el travelling final muestra el coche dirigiéndose a la prisión estatal. Lee, habitualmente tan dado a colocar motivos visuales de relectura, aún ofrece otras claves para interpretar la historia del joven camello como un tributo a la ciudad de las ciudades. En el prólogo, Monty y Kostya recogen de la calle a un perro de pelea destrozado por heridas y que, aunque apenas puede moverse, intenta atacarlos. El protagonista, que ve en el animal desahuciado algo familiar, decide recogerlo y lo convierte en su compañero, un amigo con el que comparte piso y padecimientos y cuya lealtad contrastará con las dudas que le ofrece la de su compañera. En un pasaje de la película, Monty protagoniza un soliloquio ante un espejo, en el que expresa su desprecio por los habitantes de Nueva York, repasa cada etnia, cada oficio, y experimenta un rechazo nihilista hacia cada uno de ellos. Este pasaje tiene su relectura en el epílogo de la película, en el qude esde el coche, Monty ve como cada uno de los neoyorquinos lo despide desde la calle, mientras él se dirige al forzado encierro.


Mirar a ambos lados antes de cruzar,
regla de oro en la ciudad

De modo que La última noche está construida como una historia de ratones en busca de su palanca y, en este sentido, una historia tan vieja como el hombre. En la revelación de la lealtad de Naturelle encuentra Monty su relato, esa sensación confortable de que las cosas no suceden al azar, sino regidas por unas leyes y un sentido. Explica Punset que la felicidad exige palancas de control, aunque sean ficticias, que den a los hombres la sensación de que su destino, al menos parcialmente, no obedece a la casualidad, sino a la causalidad. La religión y la ciencia son dos de las herramientas con las que el hombre se ha dotado, y el hecho de que la primera descanse sobre la superstición y la segunda sobre la razón no modifica la misión confortadora que las dos proporcionan: ambas son explicaciones del mundo que arrinconan el poder del azar. El cerebro humano está especialmente dotado para ello. Los mecanismos de la memoria, como explica El viaje a la felicidad, trabajan mediante un proceso de almacenamiento selectivo y tergiversado (incluso inventado, como prueban recientes experimentos) de nuestras vivencias, construyendo un relato con sentido, una sucesión de acontecimientos en la que cada uno condiciona el siguiente y es a su vez condicionado por el anterior, como si el azar apenas tuviera un papel. Y por eso, quienes puedan construir un relato para sus semejantes gozarán del aprecio del resto. Si los tres desagraciados ratones pudieran ver cómo su compañero manejaba la palanca que detenía el tormento de todos, seguramente habrían sobrevivido tanto como él, reconfortados por su liderazgo. Y a eso juegan sacerdotes y políticos, a presumir de palanca.







pvallin@divertinajes.com
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