02 de mayo de 2006

Símbolo y terrorismo


Remedo cinematográfico de
la portada de un célebre cómic

Qué afortunada e inquietante coincidencia la del momento político con las carteleras. Cuando se esta desmoronando una teoría de la maldad pacientemente construida durante años por algunos gobernantes sobre la génesis diabólica de la mente del terrorista, llega a los cines V de Vendetta (2006), de James McTeigue, una apología de la violencia anarquista que ha desencadenado dos debates, uno que tiene interés y otro que no. El primero viene de la atribulada tribu que se siente depositaria de la flor, ahora mancillada, del tebeo original. Sus airadas explicaciones, más o menos complejas, vienen a decir, animadas por la negativa del historietista Alan Moore, autor del guión original, a que su nombre apareciera en la pantalla, que el cómic era más complejo y oscuro, más ambicioso. Y que los cineastas, pobres, lo han trivializado, o peor, que no lo han entendido. Lo dicho, ningún interés. Menos obvios son los argumentos del especialista Jordi Costa (Suplemento Cultura/s de La Vanguardia, nº 199), individuo capaz y poco aficionado al lugarcomunismo, que aquí apenas puede contener su ira hacia lo que han hecho los hermanos Wachowski (guionistas de la película): "¡Traición!", grita airado desde el encabezamiento. Sostiene que la historieta V de Vendetta (1988), de David Lloyd y Alan Moore, "disfrazaba de anti-utopía levemente futurista una dialéctica de transparente médula política entre un fascismo sin maniqueísmos y un anarquismo (...) que no habría que confundir de ningún modo con lo que hoy entendemos por terrorismo". Y ya está. Eso es todo, he ahí el motivo del descontento que lo lleva a concluir que "la película no es más que trivialidad disfrazada de complejidad, conformismo vestido de transgresión". Ya lo ven, lugares comunes: oh el cine de Hollywood que todo lo trivializa, oh el gobierno americano que sorbe los sesos de nuestros jovencitos con sus carísimos productos basura y tal y cual. Llama la atención con qué facilidad abrazan los nuevos intelectuales de la cultura pop los modos de los ortodoxos ancianos, guardianes de la pureza dogmática de los grandes clásicos, y acuden de nuevo a ese apriorismo del conservadurismo cultural que opone la cultura al entretenimiento. Y que no merece mayor comentario que una invitación a repasar la historia de la cultura. Lean libros, caballeros.


Cartelería política aplicada al cine (I)

De los juicios artísticos de Costa, nada que decir, a parte de que se equivoca porque juzga un tebeo "abundante en errores narrativos" (Martín Cué dixit) como una intocable obra maestra, y despacha una película moralmente turbadora como "un producto de evasión". Es decir, prejuicios. Pero Costa, que es un tipo listo, se embarca en el segundo debate, éste sí, mucho más complejo, interesante y también resbaladizo. El sustrato político de V de Vendetta. Bueno, para los no familiarizados con el tebeo o la película, aclaremos que V (Hugo Weaving) es un "héroe villano" enmascarado que practica el terrorismo anarquista (si el terrorismo es otra cosa que la guerrilla, sólo puede entenderse en su concepción contemporánea como irremisiblemente unido al anarquismo) contra un estado post-democrático que ha girado hacia un totalitarismo orwelliano. El personaje, movido por la venganza a que alude el título, no sólo actúa por motivos desinteresados, buscando un bien para la comunidad, sino que sus atentados se dirigen exactamente a las personas que años atrás lo sometieron a terribles torturas y experimentos. Es decir, que sobre todo se trata de un ajuste de cuentas personal que sólo atañe al colectivo en la medida en que sus víctimas son destacados miembros del mismo aparato gubernamental que somete al pueblo. Pero la afrenta individual lo es también colectiva, en la medida en que nace de dos abusos previos del poder: una masacre infantil que justifica el nuevo orden y un campo de exterminio de cuya existencia se ha borrado toda huella. Así que V renuncia a su rostro, adopta una máscara y asume convertirse en icono de un pueblo sometido y engañado que aspira a emanciparse del paternalismo fascista del estado.


Cartelería política aplicada al cine (II)

En sus abundantes recitativos (los Wachowski han tomado mucha de la incontinencia verbal tan característica del tebeo adulto y la han trasladado tal cual a la pantalla; y sorprendentemente, queda bien), el vengador, disfrazado de Guy Fawkes (católico que en 1605 trató de volar el parlamento inglés), repite que un hombre puede morir, pero un ideal es inmortal. En la reciente Batman begins (2005), de Christopher Nolan, Bruce Wayne (Christian Bale) emplea literalmente el mismo argumento para justificar la necesidad del disfraz: "Como hombre, soy mortal, pero un símbolo no puede ser destruido". Este atractivo argumento aristotélico sobre los hombres y las ideas tiene en realidad un carácter claramente mesiánico muy relacionado con el terrorismo, en la medida en que éste no es otra cosa que una forma de hacer la guerra en aplastante inferioridad: cada ataque debe ser simbólico.

Esta asimetría de los contendientes, los pocos contra los muchos, tiene siempre una legitimación democrática, toda vez que los pocos se arrogan la representación de una muchedumbre inconforme y, en tal sentido, su acción tiene un fin democrático y una estructura redentora: es (dice ser) la voz de los que no pueden ser oídos y que serán salvados aunque no lo hayan pedido o ni siquiera sean conscientes de su sometimiento. V, en la escena clave del filme, somete a Evey Hammond (Natalie Portman) a una iniciación por el terror, con la intención de que, sitiéndose muerta, sea libre. Como lo son los niños palestinos, que dicen de sí mismos que ya están muertos y por tanto no dudan en saltar por los aires en un autobús lleno de judíos. Se trata pues de la misma libertad que a V le regalaron sus torturadores, es decir, estamos ante una perversión freudiana que libera la necesidad de repetir en un inocente el daño previamente sufrido.


Cartelería política aplicada al cine (III)

Una voz colectiva, entonces, encarnada, no en un individuo, sino en una careta, un rostro constituido en marca. El debate, en realidad, entre terrorismo y anarquismo es más sencillo de lo que aquí se plantea: la epifanía de la destrucción que pretende V ¿busca la sustitución del orden existente por uno alternativo o sólo desmoronar el sistema de valores imperante? Esta lectura no es una propuesta de Moore sino que basta la descontextualización de su historia, traída desde las postrimerías del tatcherismo, contra el que fue escrita, a esta época de nuevas guerras santas para hallar en ella lecturas que no tenía y que tampoco son mérito de los guionistas, más allá de haber descubierto la vigencia y poliédrica ambigüedad de aquel relato de apariencia moral sencilla.

Sólo tienen que preguntarse en qué se diferencia Bin Laden de V. Algún ingenuo puede pensar que el primero aspira a un nuevo orden, una sociedad mundial islamizada. ¿Eso perseguía el 11-S en Estados Unidos? ¿Buscaban los terroristas del 11-M convertir España en un país atado al Corán? ¿Cabe presumirles a los ingleses musulmanes que atentaron el 7-J la intención de sustituir a su graciosa majestad por un mulá? No, claro. He ahí un terrorismo que se dice ultrarreligioso pero que en el fondo es básicamente anarquista, y exclusivamente simbólico.


Cartel inspirado en el afamado
revolucionario mexicano El Zorro

En la mente colectiva vive la imagen de Bin Laden a lomos de la borriquilla. Pero, ¿por qué no aparece? ¿Por qué no puede ser destruido ni capturado? Por su naturaleza simbólica. Quizá hasta esté muerto, y alguien ha tenido la prudencia de destruir el cadáver y suplantar su voz. Al Qeda no es una organización, al menos no en el sentido ortodoxo. Es una marca, es una V pintada en la pared o dibujada en el cielo después de una monumental explosión. Es una venganza. Y como tal, no se detiene en los medios.

Si a algo se parece V en sus aspiraciones y sus modos (cambien el edificio del Parlamento, expresión de la soberanía, por el de la Audiencia, expresión de la Justicia, y entenderán por qué los salafistas quisieron volar la instancia judicial española) es al nuevo terrorismo global. Pero eso no lo sabían Moore y Lloyd, que escribieron un cómic lleno de rabia adolescente e inconformismo punk, aparentemente complejo, pero sustancialmente muy sencillo. Releído hoy, como ha hecho la película de McTeigue, y sin necesidad de cambiar una coma, el asunto se torna mucho más controvertido, lleno de aristas y de incómodas trampas morales. Quizá sea esa evidencia lo que irrite a los sacerdotes del tebeo, que la película haya puesto de manifiesto la enrevesada naturaleza de la violencia (motivo recurrente de la narrativa de las historietas, como hoy lo es del cine), de sus símbolos y de sus métodos, convirtiendo aquel notable cómic en la obra radicalmente adulta que tal vez no fuera. Un insólito efecto del tiempo, apenas dos décadas capaces de reinterpretar por sí solas los acontecimientos y proponer hoy una reflexión semántica perturbadora: que un héroe revolucionario sólo es un terrorista que ha tenido éxito. Y viceversa.






pvallin@divertinajes.com
Archivo
Volver
Versión para Imprimir