18 abril de 2006

Sonría, por favor


Arriba, por si no lo leen, pone que
la vida es como los pimientos del padrón

Es curioso como algunos tipismos de la reflexión colectiva se afianzan en la psique común y son repetidos y fomentados con gran fortuna precisamente desde aquellos púlpitos que se supone deben estar presididos por el escepticismo, la distancia y el ejercicio de la inteligencia y la reflexión. Uno de los más consoladores mensajes que se escucha de continuo, y con más frecuencia entre los oráculos del progresismo, es el muy conservador pensamiento que proyecta la indulgencia hacia el pasado y la desconfianza, cuando no decididamente la pesadumbre, hacia el futuro. El mundo es cada vez más desigual, la gente es cada vez más inhumana, los adolescentes son cada vez más violentos, y otros tantos lugares comunes se han asentado como auténticas verdades, cuando un análisis somero pero riguroso de lo que en verdad ocurre a nuestro alrededor revelaría de inmediato que la realidad no sólo no es tan así, sino que es exactamente la contraria. Un estudio serio de las diferencias de renta media del planeta (no la renta de los países, sino de las personas) evidencia que las desigualdades subsisten y son muy graves pero han ido disminuyendo de forma sostenida a lo largo de las últimas cuatro décadas. La indiferencia de los humanos para con sus semejantes es consustancial a la naturaleza humana, pero la moral colectiva ha ido ganando muchos enteros a lo largo de los últimos dos siglos. Ya no se hacen ejecuciones en plaza pública, entre otros motivos (y al fracaso de las retransmisiones de ejecuciones televisadas hay que remitirse) porque a la gente, mayormente no le interesa, aunque perviva en nosotros una innegable esencia morbosa de la que no siempre somos plenamente conscientes. Las manifestaciones en todo occidente contra una guerra tan lejana como la de Mesopotamia que ni siquiera había comenzado es un fenómeno sin precedente alguno que supondrá un hito en el estudio de los historiadores futuros. Y los adolescentes, bueno, han pasado de matar gatos, murciélagos y otros seres vivos a disparar cañones de protones contra terroristas en una videoconsola. Quien no aprecie un progreso en todo ello sólo puede ser un nostálgico. Y seguramente un intelectual nostálgico.


Elivra Mínguez chatea

El cine que se autotitula realista anda hundido en esa pesadumbre tan de las izquierdas que ha sumido al uno y a las otras en un callejón de lamentos tanto más sorprendentes en la medida en que parecen obviar lo más importante: tenían razón. El progresismo, basado en el principio de que la ciencia y el conocimiento hacen mejor al hombre y obligan a las sociedades a mejorar, era real. Por el contrario, el pensamiento reaccionario, basado en el deprimente dogma de que lo bueno está en el pasado y por tanto hay que desconfiar de cuantos quieran hacer evolucionar las estructuras humanas, se ha demostrado inoperante. Para los optimistas en general, la muerte del progresismo fueron las Guerras Mundiales, y para las izquierdas, el desastre soviético. Uno y otro se han revelado como trágicos avatares que no empañan lo mucho que ha mejorado la vida del animal humano y lo que ha evolucionado la moral en los últimos tres siglos, desde que la razón y no la superchería preside, más o menos, el avance del conocimiento y del ejercicio del poder. Una ceguera pesimista similar preside el trabajo de los medios de comunicación, emperrados en decir que todo está cada vez peor, cuando son ellos mismos los que contribuyen a que todo sea cada vez mejor. Las vejaciones de Abu Ghraib son terribles, pero no son distintas de las que se han producido a lo largo de los siglos en cada guerra. Si acaso atañen más a la dignidad que a la integridad física, lo que ya es por sí mismo un avance. Pero, sobre todo, la diferencia estriba en la reacción que produce su conocimiento mundial. En ver al gobierno más poderoso del planeta abochornado por un acto de guerra balbuciendo explicaciones.


Lo llaman Rosalía

Por eso resulta tan reconfortante encontrarse con cineastas como José Corbacho y Juan Cruz, capaces de asomarse a la clase media baja de su país y encontrar motivos para la sonrisa, como ocurre en Tapas (2005), una película con vocación de cine menor e intrascendente, dispuesta a hablar sobre las vidas poco glamurosas de los empleados de un supermercado, una vendedora de ultramarinos, un jubilado desahuciado, el infame propietario de un bar de barrio al que su mujer planta por gañán (para descripción detallada de gañán, consulte Paramount Comedy) o un cocinero chino que deja los restaurantes lujosos del Lejano Oriente para trabajar en una apestosa taberna suburbial. Tan alejados de la circunspección centroeuropea de Michael Haneke o los hermanos Dardenne como de la complacencia indulgente de los nuevos realizadores del cono sur americano (singularmente el nuevo cine blando procedente de Argentina), Corbacho y Cruz realizan un ejercicio sencillo de cine coral de situación transido de optimismo vital, un sentimiento de procedencia genética relacionado con el ethos de la supervivencia. Tapas es no sólo una cinta que busca la reconciliación del urbanita con la ciudad, sino una mirada lúcida sobre los verdaderos avances de las sociedades desarrolladas, desde el sexo sin gravedades ni pecados a una tapa de tortilla bien hecha a media mañana en la simpática compañía de una cerveza bien fría.


Lolo, que lleva un bar

Porque, quizá sin saberlo, Tapas desmonta otro mito de las sociedades contemporáneas: la deshumanización de las ciudades. La condición humana no ha evolucionado gran cosa en estos siglos de progreso científico y social, cierto. Por eso, en la microhistoria, las miserias siguen siendo más o menos de la misma naturaleza que antaño. De nuestros amigos podemos esperar la misma calidad moral que hace cien años en su trato con nosotros. Así que procede vigilar a las novias, o a las divorciadas (Elvira Mínguez) que se acerquen a nuestros hijos (Ruben Ochandiano), por citar un ejemplo al caso. Es en el conjunto donde radica la diferencia: en el desempeño social, en la convivencia diaria, dónde la civilización de los países prósperos (la moral es un lujo de la opulencia; cuando no hay para comer sólo hay miseria, moral y patrimonial, como dejó sentenciado Víctor Hugo) ha demostrado su propósito de ser menos transigente con la crueldad, la violencia o la impunidad. En los pueblos, cada vez menos merced a la acción uniformadora de los medios de comunicación, particularmente, de la televisión, perviven atavismos castrantes que, en su confluencia con los ingobernables instintos humanos, desarrollan todos los vicios de la doble moral.


César cuenta un polvo a Opo

Mucho más expuesto al escrutinio del prójimo, el hombre de las sociedades modernas, aún siendo el miserable ogro regente de un bareto (Ángel de Andrés), siente la necesidad de proceder con una cierta idea de justicia, emanada seguramente de muchos lacrimógenos telefilmes (tivimuvis, que dicen los finos) que configuran la educación sentimental de unos colectivos cuyos antepasados nunca tuvieron una. La deshumanización tan mencionada al hablar de las grandes urbes no es más que la verbalización de una anomalía relacionada más con la condición individual que con la ética del colectivo: es el animal el que es imperfecto, Rosseau no pudo equivocarse más, y la sociedad la que lo salva. En la forzada muchedumbre de necesidades, intereses e instintos que constituye la gran ciudad, la prudente indiferencia y la desconfianza no son pecados morales del modelo, sino inconvenientes de la acumulación de seres y la escasez de espacio que palidecerían al lado de las terribles condenas vitales que imponía el hoy frívolamente idealizado mundo rural.

Así que cuando vean a una abuela que ejerce de camello (María Galiana), piensen que quizá lo haga para pagarle unos cuantos excesos a un marido moribundo (Alberto de Mendoza) antes de apresurarse a concluir que la ciudad y la modernidad conducen a la codicia, degeneradora de la esencia moral de los hombres. Miren a su alrededor, piensen que hoy no tendrán que hacer cola con la cartilla de racionamiento en la mano, que la sequía del pasado año no les obligó a comerse los ratones de campo o a robarle comida la vecino y que cualquier mandatario poderoso se pensaría dos veces volver a emprender una guerra colonial ante una población crecientemente moral y progresivamente ofendida. Y si todo ello no los lleva a sonreír, reconózcanse al menos que esa pose de desolación interior los hace más interesantes antes sus semejantes y sus semejantas. Y con eso ya sonrío yo.







pvallin@divertinajes.com
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