04 abril de 2006

La construcción del relato


Cartel norteamericano. En el original,
la foto mira hacia el otro lado

El mayor mérito de la democracia liberal no es la libertad de sus súbditos. Ni siquiera, la libertad para escoger. Efectivamente, ese ejercicio del albedrío está contenido en ella. Pero el punto en el que se demuestra inabordable para cualquier modelo de organización humana que se plantee competir con ella es en su capacidad para gestionar que los clanes se releven en el poder sin poner en peligro la continuidad de la actividad de los hombres libres. Por eso son tan merecedores de denuesto los intentos de los que toman el poder por cambiar las reglas de acceso. Eso es lo que hace que a nadie le quepa ninguna duda de la naturaleza vil de las pretensiones del inefable ex militar ex golpista venezolano al que las juveniles algaradas europeas quieren convertir en modelo de la caridad católica para con el pobre. Ese mantenimiento del statu quo, que permite al administrado hacer sus planes de vida y reproducción sin considerar siquiera la influencia de los periodos electorales, es lo que convierte al estado de derecho occidental en una construcción social sin rivales. Los mandatarios son pues meros administradores del matiz, y necesitan inventarse gestos y trayectorias como para que lo que hacen, han hecho o harán, una vez sea escrito, tenga un sentido cierto. El por estos pagos respetado maestro Enric Juliana decía no ha mucho, a propósito del anuncio oficial del cese de actividad de unos proscritos que en la práctica poco o nada hacían ya, que con ese logro nuestro actual mandatario había conjurado el peligro de pasar a la historia como el tipo que "revolvió los cajones de España sin saber lo que buscaba. Hay relato". La construcción de un relato, he ahí la clave, la ordenación de las acciones propias y los aconteceres con una vocación y un destino dentro de una estructura lógica. Hasta su predecesor, un miserable notario sin haberes ni saberes, pretendió construirse un relato que tapara las evidentes carencias que cualquier observador neutral, mejor psiquiatra, hubiera diagnosticado ante su sola apariencia administrativa y provinciana. Tan pequeño. Y con bigote.


¿Amor o feromonas?

Pero el relato es un artificio, pues los sucedidos humanos se arbitran en torno a tantas variables que las pretensiones son apenas una de las componentes de una madeja en la que el azar también tiene su parte, y no precisamente la más pequeña. Quizá una de las expresiones más patéticas de esa vocación por la teleología sea el del llamado Creacionismo, una alternativa a la Teoría de la Evolución, la más revolucionaria verdad científica desde el giro copernicano, capaz de mantener su propio relato sin el concurso de los hombres. Los Creacionistas, melancólicos, han cruzado su monoteísmo irredento con las evidencias biológicas y han concluido que hay un plan. Como los ideólogos de la trama del 11-M, antes crear un mito que admitir una derrota a manos de la realidad. Escuchando cómo mezclan los descubrimientos de los genetistas con sus atávicos conocimientos de catequesis para construir una realidad basada en un programa divino invitan a la lástima. Por pura orfandad y desvalimiento, parecen no ser más que la expresión patética de aquel viejo aforismo que señalaba con certeza y sorna abundantes: "Dios ha muerto, Marx ha muerto, y yo mismo no me encuentro muy bien". Fueron precisamente estos desamparados hijos del cristianismo los que reivindicaron para los anales El viaje del emperador (2005), de Luc Jacquet, un sugerente pseudodocumental, en el que veían la prueba inequívoca de que el hálito omnipotente estaba detrás de los quehaceres de los animales.


Hala, chaval, aprende el balanceo

Los motivos de este salto mortal son formales. La película, de factura técnica impecable, captura los distintos éxodos del pingüino emperador, al que alude su título, para su reproducción y posterior cría. Pero el motivo de esta repentina filiación de los supersticiosos a su contenido hay que buscarlo en un singular artificio formal: para acercarse más a un público cincelado por la ficción y el periodismo, acostumbrados ambos a presentar historias cerradas a costa de la verdad, el director opta por una solución que añade emoción a las imágenes: Jacquet incorpora en voz en off los pensamientos de los tres principales protagonistas: el macho, la hembra y, más adelante, su retoño. Logra así separarse del documento biológico, ayudar al espectador a identificar entre estas extrañas aves, todas iguales unas a otras, a sus protagonistas, y de paso atribuirles pensamientos, virtudes e inquietudes humanos. Elige el camino de la ficción para abrir las puertas de las salas de exhibición, que en otro caso le hubieran estado vedadas, y contribuye a la confortable idea de que tras el mundo late su relato.


¿Qué murumuran ahí detrás?

La técnica es justamente la inversa de la empleada por El oso (1988), de Jean Jacques Anaud, un trabajo de chinos hecho en Francia que consistió en rodar a varios osos en enclaves naturales durante semanas y luego construir una historia de ficción en la sala de montaje, de acuerdo a un guión previo. El resultado de la película de Anaud es una dramatización sin ninguna pretensión documental, que no ilustra la vida natural sino que apuesta por la fábula, con el mérito añadido de no emplear otro artificio que una compleja planificación de rodaje y un montaje minucioso de los planos. La película de los pingüinos, en cambio, rueda en clave documental durante todo un invierno, pero luego, como niño travieso que añade bocadillos de diálogo a las fotografías, se lanza en pos del docudrama añadiendo sentimentales pensamientos a los circunspectos pájaros del polo.

El eslogan de la película revela la trampa, y en él los autores se quitan de en medio: "La naturaleza ha inventado la más bella historia". La naturaleza, un sujeto teleológico, es el término de la ecuación que los creacionistas despejan para que les salga un dios preternatural. En Estados Unidos, la frase promocional fue sustituida por otra de características similares, pero aún más claramente docudramática: "En el lugar más duro de la Tierra, el amor encuentra un camino". Pese a esa apariencia periodística, casi notarial, del enfoque de los autores, que pretenden haber encontrado una asunto narrativo de naturaleza homérica en el medio natural, el resultado final constituye por sí mismo un ejercicio de reflexión, deliberado o no, sobre la substancia del relato humano, y permite analizar cómo con el mero añadido de unas voces que en apariencia vehiculan los hechos sin tergiversarlos, reúne todas las características de las historias ejemplares, es decir, aquellas que son universales y existen por su valor socializador.


El equipo usó complejas técnicas
de camuflaje para pasar desapercibido

El viaje del emperador no habla de animales sino de sentimientos y de la fuerza redentora del amor, el amor de pareja, el amor paterno, para imponerse a la inclemente acción de la naturaleza más agresiva. Es decir, la construcción del relato preexiste a la realidad filmada y tiene vocación moral. No es el darwiniano instinto de supervivencia lo que mueve a estos animales de etiqueta a caminar durante semanas, como cualquier biólogo se apresuraría a argüir, sino el amor, nos dice Jacquet. He ahí el trucaje.

Así se revela el relato como artificio, una muleta del entendimiento humano que debe ser concienzudamente construida, como desde tiempo inmemorial ha hecho la historia, sobre todo la llamada historia nacional con la que algunos pueblos se ahorman. Cuando Juliana (que, ojo a la casualidad, se define como "pingüino") sentencia que "hay relato" lo que en realidad está diciendo es que los actores han conseguido colocar sus actos y objetivos en una estructura reconocible dispuesta a ser escrita o contada. No hay relato, pero empieza a haberlo cuando el periodista lo identifica y lo proclama. Al cabo, no es menester de la profesión trasladar los hechos y los dichos, sino desencriptarlos para localizar el discurso previo, desnudar el esqueleto que los vertebra. No sirve para saber exactamente a dónde quieren dirigirse los administradores, pero ayuda a conciliar el sueño conocer que, como poco, quieren ir a algún lado. Hay relato, luego hay voluntad. Que no es cualquiera cosa.








pvallin@divertinajes.com
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