07 marzo de 2006

La doble vida de Clarice Starling


Clarice, inocente...

Ustedes quizá no lo sepan, pero esta página es un spin-off en un doble sentido. Antes de seguir procede explicar qué es un spin-off. Se trata, mayormente, del modo en que las entidades culturales (ociosas, sería mejor decir) cumplen las leyes de la evolución y desarrollan los mecanismos necesarios para reproducirse. Incluso en ausencia de individuos de idéntica especie y sexo contrario, como los dinosaurios hembras de Parque Jurásico (1993), de Steven Spielberg, los entes de ocio (sean una novela, un cómic, una serie de televisión o una revista agrocultural como ésta); la vida se abre camino. Un ejemplo canónico: Cheers (1982-1993), la célebre serie sobre un bar de Boston introdujo en su tercera temporada un personaje, Fraiser Crane (Kelsey Grammer) que posteriormente daría lugar a otro serial llamado Fraiser (1993-2004), lo mismo que Siete vidas (1999-2005) dio lugar a Aida (2005). Bueno, pues esta República de Estados de Ánimo llamada Divertinajes es a su vez un spin-off de otro lugar virtual, donde nació (con CinExín y todo) y fue amamantada hasta que se emancipó. No se lo ha dicho la jefa, pero hoy se lo cuento yo. Y aún hay más: el CinExín es un spin-off de su autor, que alguna vez ya hemos contado que se dedica al ejercicio de escribir borradores para libros de historia (y por tanto, llenos de mentiras, lugares comunes e imprecisiones ), es decir, periódicos, lo mismo que Fraiser Crane en Cheers se dedica a la barra fija y en Fraiser se consagra al snobismo, el CinExín nace en un establecimiento de hostelería, entrada la noche, y aquí se abandona a una epifanía de lo snob.


Clarice, científica...

Cuando una criatura nace dotada con un material genético de calidad, reinventa su ciclo vital y busca el modo de reproducirlo. Ahora no estamos hablando del CinExín. Clarice Starling nació en una novela de Tom Harris titulada El silencio de los corderos (Grijalbo-Mondadori 1999, aunque existe una edición anterior con el título El silencio de los inocentes) como una estudiante que aspiraba a convertirse en agente del FBI y a la que el agente Jack Crawford (Scott Glenn) encarga la labor de entrevistarse con el confinado doctor Hannibal Lecter para ver si el funcionamiento escrupuloso de su mente de asesino permite a la joven averiguar algún dato sobre otra bestia que la oficina federal de investigación trata de apresar. Cuando la historia fue llevada al cine por Jonhatan Demme, la película El silencio de los corderos (1991) fue un rotundo éxito y consiguió los cuatro Oscar grandes: mejor película, mejor director, mejor actor (Anthony Hopkins, por su histérico pero magnético Hannibal Lecter) y mejor actriz (Jodie Foster por su creación de Clarice Starling). Vestida con un bolso caro y zapatos baratos, como retrató el propio Lecter, la agente Starling -posteriormente interpretado por la siempre convincente Julianne Moore para la vituperada pero excelente secuela de Ridley Scott, Hannibal (2001)- se ajusta al arquetipo de la ambiciosa paciente y escrupulosa. Su principal atractivo, que registra momentos de glorioso apogeo frente al monstruoso asesino caníbal, es la combinación explosiva de su mirada inocente y racional frente al abismo del atavismo indómito que habita los rincones más lúgubres de la naturaleza humana. Esa sagacidad y resolución de la agente Starling es apreciada por el perspicaz Lecter que, tras lograr huir, le comunica que no piensa hacerle una visita, una forma cortés de informarle de que no planea asesinarla, toda vez que ha llegado a la conclusión de que el mundo "es mejor con usted dentro". Lo que el relato omite y Starling se preocupará de callar ante sí misma y ante los demás es que, en el fondo, esa admiración del caníbal por la agente del FBI es mutua.


Clarice, guerrera...

Por eso el destino desemboca en reencuentro. La película de Scott, sin duda la mejor de su obra reciente (ayuda mucho que el guión sea obra de David Mamet), propicia esa concurrencia entre estos dos individuos solitarios y clarividentes, cuyo discernimiento es capaz de percibir las miserias de la especie de las que ambos son versiones disímiles y complementarias. La vida de Clarice Starling en la década que discurre entre ambos encuentros con el doctor Lecter queda, en el relato de Harris y las películas de Demme y Scott, al albur de nuestro criterio para unir los puntos.

Sin embargo, no es exactamente así, pues de las aventuras de Clarice Starling como agente del FBI dio buena cuenta otra obra de ficción: Expediente X (1993, 2002). De forma poco disimulada, Chris Carter tomó de El silencio de los corderos el aspecto, la vestimenta, el peinado y la personalidad de Clarice Starling. Las coincidencias, incluida la actividad forense de ambas, no pasaron inadvertidas para nadie. Gillian Anderson, la actriz que dio vida durante nueve años a la agente Scully confesó haber ensayado su papel para el casting de la serie viendo repetidamente la interpretación de Jodie Foster, y los propios productores de la Universal pensaron en Anderson antes de decidirse por Julianne Moore para interpretar a la madura Starling en la secuela en la que Foster no quiso participar.


Dana, inocente...

La agente Dana Scully es presentada en el serial televisivo como una muchacha meticulosa, racional recién salida de la academia de Quántico (Virgina, Estados Unidos) (Anderson tenía 23 años cuando se inicia el rodaje) a la que sus jefes encomiendan la vigilancia de un agente especial, Fox Mulder (David Duchovny), un guía que la permitirá asomarse a las más sofisticadas expresiones del sadismo humano (y también, del que no lo es). Scully, spin-off de Starling, comparte con su predecesora el modo de empuñar un arma, de coger la linterna y de avanzar por las destartaladas y oscuras viviendas de la América rural. Las dos poseen conocimientos enciclopédicos que aplican a sus autopsias y que contraponen con la substancia atávica con la que se construyen los desvaríos de la mente a que les es dado asistir.

Pero un spin-off no es un clon, sino un hijo, de modo que Scully crece a lo largo de nueve temporadas y desarrolla una personalidad y biografía propias. La agente especial rechaza la labor que le ha sido encomendada y termina colaborando con Mulder, a quien debía deslegitimar, en la cruzada personal que él ha emprendido por desentrañar una megalómana conspiración. Scully, no obstante, es el pie que el relato de Chris Carter debe mantener posado sobre la realidad para evitar que sus pesquisas devengan en fantasías. Ese esfuerzo le supondrá a Scully a lo largo de nueve temporadas, toda suerte de infortunios y padecimientos. La atracción que experimenta por el universo extraño y enfermizo de Mulder es hermano del que Clarice desarrolla hacia la inteligencia nietszchiana de Lecter. Y sufre por ello. Mulder purga los pecados de su desafío en el pellejo de su compañera. Sufrir es consustancial a ella, y en tal sentido no debemos pasar por alto que Chris Carter la dibuja como una fervorosa cristiana, la religión que consagró el complejo de culpa como estado de permanente deuda con el más allá y el sufrimiento como único camino para la redención. El cristianismo está también presente en El silencio de los corderos, pues fue Jesucristo el que instauró el mito de la antropofagia mística ofreciendo alimentarse de su carne y sangre a sus acólitos.


Dana, serena...

Fieles al traje de chaqueta oscura, la camisa blanca y la falda recta (pantalón, en su defecto), ambas agentes del FBI acaban convertidas en protagonistas de una inusual y desigual pugna: la que ellas mismas libran frente a una hidra de vileza, que en la serie televisiva cristaliza en una singular conjura de altos cargos contra la raza humana, y en el personaje de Harris, en los mil y un rostros de la degradación y la ignominia que habitan en la propia especie. Amazonas modernas, las agentes del FBI Starling y Scully suponen una encarnación de la maternidad protectora ante el desvalimiento del mundo. Carter tuvo ocho años para ir ajustando el tiro y terminó por concluir que su agente Scully era la encarnación de la diosa del cristianismo: la virgen Dana dando a luz un salvador, junto a su mentor y protector Mulder, refugiada en tierras hostiles y alabada por tres magos de la informática y la paranoia, Byers, Frohike, Langly (Bruce Harwood, Tom Braidwood, Dean Haglund). Nada menos.

Virgen y walkiria, la agente del FBI (una que es dos) reelabora un mito común a casi todos los pueblos de Europa: la diosa guerrera y célibe, la feminidad redentora y maternal capaz de domeñar a la bestia y procurar la salvación de los pueblos con una determinación inasequible a la voluble voluntad del soldado. Y, no por casualidad, tiene el cabello rojo fuego.






pvallin@divertinajes.com
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