28 de febrero de 2006

La velocidad de la luz


Cartel europeo de Gerry

Viniendo de un entorno rural, aunque con una biografía infantil precipitada hacia el hogar y un poco de espaldas al exterior por culpa de una temprana afección respiratoria, al autor de este impuntual descargo le sobrevive una pulsión hacia una cierta ordenación vital meteórica (relativa a los meteoros, modernamente conocidos por la expresión perifrástica "fenómenos meteorológicos"), es decir, por dejar que las tareas se desarrollen en función de la luz y su ausencia, el calor, el viento y el olor. Porque lejos de las ciudades, no sé si lo saben, las estaciones, las tormentas y los vientos huelen, y su aroma las precede anunciando el cambio. Esa vinculación al planeta y sus caprichos, tan evidente en la gente de campo, ha sido objeto de envidias, elegías e idealizaciones, cuando hoy, en la vida urbana que incluso ha tomado los pueblos, sólo los trabajadores de exterior, obreros de la construcción, camioneros y repartidores (y, claro, los campesinos restantes) guardan algún sometimiento a los tiempos que marca la atmósfera, sus refracciones y densidades. Para el resto, el día se rellena de actividades cronometradas. Y no es la prisa lo antinatural, sino la huida del tiempo muerto, la incapacidad para detenerse. No se pretende aquí un alegato en pos de un bucólico regreso a la naturaleza, tan querido del neoconservadurismo, sino de un constatar un impulso que subyace probablemente en la memoria genética de siglos de caza, recolección, siembra y labranza. Al menos a eso parece atribuible la perversa inclinación por un título tan discutible como el que nos ocupa: Gerry (2002), de Gus Van Sant.


El inicio del paseo

La película cuenta la historia de dos amigos homónimos entre sí y con la propia cinta (Matt Damon y Casey Affleck) que, tras abandonar su coche para hacer una breve excursión a pie, se pierden y son incapaces de encontrar el camino de vuelta al vehículo o a una carretera. Es evidente que este presupuesto de partida sólo lo permite un título ambientado en la despoblada Norteamérica o en una de las regiones centrales australianas. Lo llamativo de Gerry, escrita por el director y sus dos únicos actores, es que renuncia a introducir durante sus cien minutos ninguna peripecia en particular o diálogos que desarrollen el asunto, describiendo el modo en que la aventura va modificando la relación entre ambos. Nada de eso. En todo el metraje, los dos amigos apenas intercambian cuatro frases y básicamente la película se compone de largos planos en los que ambos recorren montañas, eriales, desfiladeros, llanuras y dunas buscando una carretera, una casa, un coche o cualquier indicio de actividad humana. Buscando el camino a casa, buscando salvarse de la muerte segura a la que los aboca el infinito páramo yermo que recorren. El fallido final no empaña del todo la principal virtud de este extraño título, ensayo para la posterior Elephant (2003), con la que Gus Van Sant ganaría la Palma de Oro a la Mejor Película y el Premio al Mejor Director en el Festival de Cannes: su fascinación de voyeur. Los caprichos técnicos del director de Kentucky, como que la película tenga tantos planos como minutos, no añaden nada al resultado y tampoco la temática, en la que se percibe esa tenue querencia por una homosexualidad juvenil y dominadora (como definió certeramente David Remartínez), que, desde Drugstore Cowboy (1989) y Mi Idaho privado (1991) está presente en todo su cine, no se sabe si expresión de una añoranza o de una frustración.


En el desierto de sal, plano

Lo verdaderamente trascendente del título es la cualidad hipnótica de esa ausencia de acontecimientos o palabras que casi parece un himno contra el modo en que el mundo en general y el cine en particular nos ofuscan con su estimulante bombardeo de eventos. El sonido directo (real o fingido, pero veraz en todo caso) de los pasos sobre la roca suelta o la tierra seca hacen más sonoro el silencio de la caminata, y la película a ratos se antoja una alegoría del devenir humano, caminando siempre con dirección deliberada y sin sentido cierto. Hay un solo plano en el extenso metraje de la cinta en el que los muchachos perdidos caminan a la par. El resto del tiempo andan solos, a pocos metros uno de otro, ensimismados en el secarral. Eventualmente, una parada para recuperar el resuello permite largas panorámicas de los horizontes que los circundan, llenos de falsas promesas, que es cualidad ontológica de los horizontes y motivo de su existencia.

Los largos seguimientos de la cámara, sea en panorámica, la más frecuente cámara al hombro (que no es tal, sino un ingenio llamado steadycam), o los largos travellings son cosa de Harris Savides, habitual operador de Van Sant y que obtendría consecutivamente los premios del Círculo de Críticos de Nueva York a la mejor fotografía por esta película y la posterior Elephant. Savides adquiere una relevancia descomunal en Gerry porque vehicula la mirada ansiosa del espectador por el homérico recorrido de los dos errabundos donceles. En su encuadre, los apresurados pasos que, cargados de determinación, dan los jóvenes protagonistas revelan su insólita prisa por llegar a ningún lado.


En el desierto de sal, contraplano

De forma esporádica, la película esta punteada por la música de Arvo Pärt (tomada de sus obras Spiegel im spiegel y Für Alina), que se ajusta al dedillo a la propuesta de la cinta: muy pocas notas de piano muy espaciadas y ocasionalmente acompañadas de un lecho de cuerda, con el habitual respeto por el silencio como parte esencial de la música que acredita su autor. La partitura, en todo caso, no se emplea con el habitual sentido de adjetivación, como resorte emocional, sino como un eventual oasis en la inmisericorde infinitud de la soledad de los protagonistas y sus pisadas.

No carece esta película de referentes y el cine de Abbas Kiarostami, siempre dispuesto a aguantar el plano inmóvil hasta que el sujeto móvil complete su trazado sobre el inanimado paisaje, es uno de los más evidentes entre los coetáneos, pero no el único. Jiro Taniguchi es un prestigioso historietista japonés (es decir, autor de cómics; o de lo que hoy pomposamente, aunque con precisión digna de mejor causa, se llama "novela gráfica") en una de cuyas obras publicadas en España pueden ustedes toparse con un clamoroso ejercicio de aproximación a los tiempos de la vida. Bajo el título El Caminante (Ediciones Ponent Mon, 2004), este tebeo, publicado en Japón en 1992 (¡doce años esperando para conocer una versión española!) se limita a contar los paseos de un hombre en compañía de su perro, sin apenas diálogo ni otro argumento que la contemplación del mundo, urbano y rural, y sus habitantes, desde los ojos de un individuo corriente que practica la extraña complacencia del observador.


Dibujando un mapa en la arena

El conjunto de la película de Van Sant, aparte su escaso acierto en la resolución, producto de un sentido trágico muy poco ajustado a la historia y que invita a pensar que Matt Damon aún estaba muy influenciado por su papel en la mayúscula El talento de Míster Ripley (1999), de Anthony Mingella, se erige como un producto en muchos sentidos único, digno de encomio por su apología del silencio y la mesura, y su asalto al público, al que obliga a observar con ojos de aldeano (pendientes de los cambios de luz, de la nube que acecha, sin prisa, a la espera de la descarga), por su abdicación de la repleción y su apelación a los goces primordiales del cinematógrafo, la delectación por el movimiento y el viaje, y por su valiente renuncia a la elipsis, que, al cabo, forma parte de la naturaleza misma del lenguaje cinematográfico, tan caro al resumen y la concreción. Gerry es más como la vida, inconcreta y parsimoniosa, dispuesta a sublevarse de la prisa que nos imponemos y a acompasar su andar a la mecánica última de la esfera y sus meteoros. Gerry es una pausa para tomar aire, y lo único que cabe lamentar es que el sentimentalismo de un director tan habituado a decepcionar termine por obligar a un sacrificio de una propuesta tan desnuda en favor de una dramaturgia poco apropiada al caso. Cabe el perdón porque Gerry es, a veces a su pesar, una invitación a la pausa, al regreso a un ritmo telúrico y visceral absolutamente ajeno al cronometrado que nos imponemos y más acorde a la velocidad con la que la luz declina. Y en su impermeabilidad al espectador ansioso radica su interés, un interés que tal vez se reduce a ser un recordatorio de que lo fugaz es hermano de lo perpetuo, que lo efímero se contiene en lo eterno, y que sólo cabe entender nuestros avatares incrustados en el imposible encuentro de ambos.








pvallin@divertinajes.com
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