14 de febrero de 2006

Receta para tiempos venideros


Mujeres en el desierto moral

Andan revueltos los ulemas porque los occidentales, aburridos de nueva cocina y banda ancha, nos dedicamos a hacer risas a su costa. No es culpa suya carecer por completo de sentido del humor (no se recuerdan civilizaciones menos aptas a la autoparodia y tan alejadas del imprescindible ejercicio de reír), como no es culpa nuestra no tener nada mejor que hacer que echar unas risas. Deberían organizarles pases masivos en las mezquitas de El nombre de la rosa (1986), de Jean Jacques Anaud, dice el relator vecino Jorge Dioni López. Además de un divertido thriller de asesinatos, la adaptación de la novela homónima de Umberto Eco cuenta la batalla entre ortodoxos y liberales por enterrar o airear la literatura aristotélica de la risa. "Seres rientes" somos, decía Aristóteles, que, obviamente, no conocía muchos imanes. La risa es contraria a la circunspección trascendente de los asuntos humanos.

Dirán los historiadores que así fue como colapsó el catolicismo en Europa, que se esfumó en menos de una generación, tragado por la imprescindible frivolidad del hombre libre. Polonia, España, Irlanda e Italia demostraron que la ficción de un pueblo católico se sostenía sobre la coerción oficial de una población hambrienta y sojuzgada, o simplemente mansa. Internet abrió las puertas y la ortodoxia desapareció de la noche a la mañana tragada por una marea de risas.


Elegía de la risa

El exterminio yihadista a que aspiran los ulemas no se debe pues a nuestra condición de súbditos del papa de Roma, sino a la paciente insistencia del risueño Guillermo de Baskerville (Sean Connery) por convertirnos en aparatos fonadores de carcajadas, que al cabo de los siglos ha tenido éxito. Si el catolicismo, tan inclinado al pacto, la negociación y la adaptación a la realidad de unas sociedades sobre las que ha perdido el control, acabó por sucumbir, aun dejando atrás un rastro de tradiciones rituales y creencias disueltas, mucho peor lo tenía el dogma mahometano, basado en la severidad y la castración de sus poblaciones, tan medieval e intransigente. Cuando su población femenina se aburra de su papel de paridora de muyahidines, de su permanente ostracismo tras ridículos velos que constituyen un asombroso reconocimiento del miedo masculino al encuentro con la belleza, el modelo social que trataron de perpetuar se vendrá abajo con un estrépito que recorrerá el planeta. Kandahar (2001), de Moshen Makhmalbaf, fue un título de relativo éxito en los circuitos europeos de cinematografías alternativas que describía con precisión un tanto cándida ese yugo arbitrario que los estudiosos de la ortodoxia habían impuesto a una población mayoritariamente budista, es decir, mayormente dionisíaca.

En una época de yihad masiva e incondicional, el islam ha logrado un éxito sin precedentes en la habitual promesa de inmortalidad que las diferentes escuelas de la superstición humana han trabajado con ahínco desde tiempo inmemorial: ha convencido a miles de mártires de que tras volar por los aires con un cinturón de explosivos, al otro lado les espera una vida eterna, pero calla, llena de sexo en masa. Muy hábil, sobre todo si lo comparamos con la gelidez de un cielo lleno de ángeles asexuados. La treta no ha ido mal, es justo reconocerlo, pero durará sólo hasta que algunos, con el estómago lleno, elijan antes el razonable hedonismo del mundo real a la eventual promesa de una vida pecaminosa en el más allá. El primer requisito, claro, es una cierta prosperidad que ahora mismo le está vedada a los pueblos que habitan desiertos cuyos únicos pozos manan petróleo a beneficio de la cuenta de multimillonarios terceros con túnica y sin cinturón de explosivos. Criar hijos pobres para la yihad es una costumbre de futuro incierto, porque contradice alguna de las ideas rectoras de la propia condición humana: la más importante de todas ellas es que la supervivencia individual no es un objetivo básico del animal humano, pero sí la de su descendencia. La subordinación del individuo a la especie (cito a una mente más inclinada al análisis), basada en mecanismos bioquímicos invariables, era igual de fuerte en el animal humano, en el que, por añadidura, las pulsiones sexuales, que no se limitan a las épocas de celo, se podían ejercen permanentemente. Saltar por encima de esta verdad es un ejercicio de recorrido muy limitado.


Rosas y narciso

Así, el sometimiento a las normas de la ortodoxia puritana mahometana, en lo sexual ha generado reflexiones de lo más insolente. Por ejemplo, hay quien sostiene que las muchachas musulmanas pelean por la emancipación y la laxitud en las costumbres hasta pasar los 25 años y luego se someten al burkha, y que esto coincide, aproximadamente, con la edad a la que la belleza es sustituida por el sobrepeso y los mantos amplios van siendo atavío necesario de la dignidad; un comentario machista, seguramente, y en todo caso cínico, pero muestra perfecta de la aptitud para la parodia del ciudadano libre, capaz de oponer la audacia irreverente a la arbitrariedad dogmática de los mandamientos medievales. Y viene a subrayar un hecho incontestable a lo largo de la historia de las civilizaciones humanas: que el puritanismo es propio de aquellos a los que el ejercicio de la libertad sexual les ha sido vedado por su fisonomía, carencia de recursos o incapacidad personal. Es decir, propugna la vida ascética el que no puede practicar otra, por imposibilidad o agotamiento.

En las películas que pintan al ciudadano occidental al encuentro de otras inteligencias, casi siempre hay una pretensión por no ofender las costumbres del incivil que los recibe. La pantalla grande es un pozo de sabiduría, vean. En la parodia Marte ataca (1996), de Tim Burton, tras el primer encuentro con los gamberros extraterrestres, en el que éstos proceden a la aniquilación de los humanos congregados cuando un hippy echa a volar una paloma, el profesor Donald Kessler, interpretado por Pierce Brosnan, postula que quizás soltar una paloma, gesto pacífico y manso donde los haya, podía haber sido interpretado como una falta de respeto o un gesto agresivo por los tecnológicamente superiores marcianos, así que mejor no precipitarse con una reacción bélica a esta primera matanza, preámbulo de las que seguirán. Relativismo cultural lo llaman sus detractores, multiculturalismo, sus partidarios.


De dónde venimos, a dónde vamos

Pero el entramado de sumisiones puede venirse abajo en el momento más resistente. Y es suficiente con que la opulencia enseñe la patita. Que le pregunten a los soviéticos con qué pasión asumieron sus poblaciones el consumo, el ocio y el rock en los años ochenta y cuántas horas tardó en venirse abajo un imperio pacientemente construido por los teóricos de uniformidad y, antes, por la aristocracia zarista. La civilización del ocio ha superado incluso las barreras de la prosperidad: en la chabola más miserable del arrabal más infecto hay una televisión de 48 pulgadas y 100 hertzios. Así que no hay motivos para pensar que la guerra de los muyahidines pueda prolongarse muchos años.

El cine, al que de forma un tanto afectada se bautizó como "la fábrica de sueños", supone una más de las herramientas de ocio que amenazan con subvertir el orden social aún en los feudos más cerrados de la integridad mahometana, como hiciera antes con el puritanismo cristiano. En Estados Unidos es paradigmático cómo la doble moral es la única defensa de los puritanismos contra la potencia modeladora de las películas: mantenga usted las apariencias en la vida pública y luego haga de su capa un sayo en la privada; algo que trató de contar con discutible pericia la celebrada American Beuty (1999), de Sam Mendes, en cuyo cartel lucía ostentosamente un ombligo femenino, alfa y omega de la resistencia humana al abandono concupiscente. El control de la ficción, incluso su producción deliberada, es por eso una de las herramientas del sacerdote para controlar a los súbditos, pero la tecnología ha reventado las barreras de la censura y no cabe pensar que la resistencia de las autoridades pueda contener su caudal de libérrimas banalidades por mucho tiempo. La juventud, siempre atenta a las modas, es habitualmente la encargada de lanzar el órdago al poder en forma de rebeldía masiva, y no es casualidad que sea esa la época de la vida en la que los instintos hormonales no se dejan domeñar con facilidad. El placer, contenido en el abandono al sexo y la risa, bien lo sabían nuestros antepasados grecolatinos, es el verdadero enemigo de los ulemas. El capitalismo, contra el que predican, sólo es una de las formas más depuradas de acceder a él, y tiene en Hollywood el centro neurálgico de su industria armamentística.









pvallin@divertinajes.com
Archivo
Volver
Versión para Imprimir