07 de febrero de 2006

Cine líquido (Epílogo: descomposición)


Larry Clark filma lo prohibido, con
intención de escándalo

Todo se licúa, tenía razón Bauman. Un mes después de haber arrancado sobre esta misma página con el propósito de adecuar los postulados de la modernidad líquida al devenir del cine, por ver si la metáfora sociológica era extensible de la política a otras creaciones humanas, hemos arrumbado a estas playas de la licuefacción. Los ejemplos, tomados un poco al azar en la semanas precedentes plantean modelos de realidad disuelta e inaprensible. Quizá para el viaje no hacían falta las alforjas de tres o cuatro envites, pero uno ya ha tomado por costumbre, por falta de voluntad y tiempo, usar el folio de word como instrumento de pensamiento, así que los precedentes a este epílogo eran indispensables para dejar que las piezas fueran encajando. El narrador piensa en voz alta, que decían los clásicos. Tocaba hoy, descartados las obras, los géneros y los argumentos morales, abordar los atributos formales de las nuevas propuestas, pero hay un amigo que me insiste en que no incurra en la descortesía de pensar que forma y contenido son cosas distintas, principio que aplico con obediente rigor hasta en la vida personal -un gilipollas por lo general se comporta como un gilipollas-, cuando las más de las veces las cosas son lo que parecen. Y es justo porque pensaba hablarles de alguna de las propuestas narrativas sobre el papel más audaces de los últimos años: Rosetta (1999), de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne.


La mirada de Rosetta

Resumiendo apresuradamente, la particularidad de este film nace de su radical propuesta: contar la peripecia de una joven, Rosetta (Emilie Dequenne) rodándola cámara al hombro, pero sin filmar otra cosa que a ella. El camarógrafo no presta atención a lo que le ocurre, a lo que pasa a su alrededor, si no que escruta continuamente su rostro, casi siempre en un plano cerrado. Sin embargo, esta decisión narrativa, que no tiene precedente ni consecuente, no es una mera decisión sobre el cómo, sino por encima de todo, sobre el qué. Es un retrato vivo e impertinente, una especie de terapia de choque que obliga a seguir con la mirada hasta sentir pudor a un personaje desesperado por buscarse la vida. La moral es un lujo, ya saben, que nos permitimos los que sabemos que hoy vamos a comer, como bien retrató Victor Hugo, así que en la vida miserable de Rosetta, hija de una madre alcohólica, y entregada a la búsqueda de un buen empleo para huir del hogar familiar, hay momentos para que la joven descienda al infierno de la vileza (contempla impávida cómo muere ahogado un hombre cuya muerte podría garantizarle un trabajo digno) y los Dardenne obligan al espectador a seguir mirándola a la cara. Sin vernos en una situación desesperada, ninguno soportaríamos una mirada así sobre nuestras vidas. Los autores de La promesa (1996) logran una obra singular y minimalista, fuera de los géneros, por la que lograron la Palma de Oro y el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes, pero que apenas ha conseguido con el tiempo inscribirse en alguna corriente, situarse en otras coordenadas que no sean las de la unicidad, la de la perfecta gota de cine belga, zarandeada en el mar de las cinematografías mayores.


Sí, es lo que parece

Hay un autor norteamericano, Larry Clark, empeñado en escandalizar al personal retratando, con deleite en el detalle, a unos adolescentes narcisistas, violentos e indolentes, cuyas principales actividades son el sexo, las drogas y el alcohol. El autor de Kids (1995), Bully (2001) y Ken Park (2002), simula un cine valiente que muestra a la infancia tardía y la primera adolescencia desde una perspectiva de hace saltar por los aires el celofán en el que las sociedades occidentales han envuelto esas edades. Pero lo hace poniendo más atención en la mirada morbosa, en la indudable atracción que envuelve las imágenes de niños entregados al hedonismo, sin distancia moral o interés sociológico, poniendo cuidado en retratar con detalle los cuerpos de los preadolescentes y sus actuaciones más excesivas y electrizantes, ya sea matar a un amigo de la pandilla, practicar sexo con adultos o golpear a los abuelos. La liquidez de Bauman se ha extendido al público, de modo que los seguidores de las moderneces aplauden con igual ahínco la vulgaridad con la que Clark busca el escándalo que al espartano y doloroso cine del alemán Michael Haneke, sólo porque ambos son descarnados, como los hermanos Dardenne. Todos tienen en común la audacia de no retirar la vista, nuestros ojos, del lado más terrible de los comportamientos de los miembros de esta comunidad próspera, de nuestras miserias morales, políticas o sociales. Sin embargo, no conforman ningún grupo, ninguna escuela en su dolor o en nuestro espanto, hasta el punto de que, haciendo, en apariencia, lo mismo, uno de ellos es deplorable, no por lo que muestra sino por el fin que persigue, por su desparpajo nietzscheano, en el peor sentido, rallano con la solución final: la juventud contra la ancianidad de la carne.

Así anda el cine, líquido que no liquidado, convertido en un magma informe en el que sólo caben las obras individuales, con una gran industria que todo lo traga y todo lo paga, y unas industrias regionales, la europea y la oriental, en cuya nómina conviven la excelencia y la estulticia sin mamparos que las separen. Citando una reflexión de hace un año, de la vorágine de la novedad mana un caudal de modernidad líquida en el que flotan los desperdicios suspendidos en elixir o al revés, pedazos de delicia sumergidos en miasmas, y cuesta discriminar si el amargor proviene de los unos, del otro, o del caldo que todos conforman.







pvallin@divertinajes.com
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