31 de enero de 2006

Cine líquido: (Parte II: amoralidad)


Y tú, ¿de qué lado estás?

La moral se rearma. En el pleno y peor sentido. Por el principio de mimesis de Girard, todo colectivo reproduce con una simetría perfecta los modos del antagonista. Así que el cristianismo se vuelve más acérrimo ante el órdago lanzado por el islamismo medieval que nos ha tocado en suerte. En el orden ideológico, como en el religioso: los progresistas moralizan contra la libertad de los administrados, salvándolos de su tendencia a la ebriedad o a las inhalaciones de humos tranquilizadores cual sacerdotes arengando contra los peligros del amor solitario de un adolescente. Y cogen el sexo y la arrancan la etiqueta, bien pegada, de tabú y le incrustan la de mito, autorizado sólo para mayores de 18 años: "En aquella época, el arsenal jurídico dedicado a reprimir las relaciones sexuales con menores se endurecía cada vez más; se multiplicaban las cruzadas a favor de la castración química. Aumentar los deseos hasta lo insoportable y a la vez hacer que satisfacerlos resultara cada vez más difícil: ése era el principio único en el que se basaba la sociedad occidental" caricaturiza el ya citado aquí Michel Houellebecq (La posibilidad de una isla, Alfaguara, 2005, pag. 76), al que, claro, odia todo progresista de buen corazón. Si no ven claro el movimiento hacia la simetría, fíjense en el ejemplo paradójico del que fue profesor de literatura del arriba firmante, Jon Juaristi (excelente enseñante, por otra parte), autor de la mejor literatura antinacionalista y, ahora, cofundador de una organización llamada Fundación de Defensa de la Nación Española. Predicador del movimiento antinacional y defensor del nacionalismo. Sin embargo, por debajo de estas corrientes dominantes, fluye la realidad líquida a la que está dedicada esta serie de artículos, así que entre moralidades enfrentadas también viven los que entienden la mimesis de otra manera y se apuntan al carro de la amoralidad por la amoralidad, a mayor gloria de la gamberrada.


Kim Jong Il y su moda bonardi

Si aplicamos el principio del citado filósofo francés, René Girard, George W. Bush y el cineasta Michael Moore (al que ya dedicamos aquí algunas líneas en La fragilidad de lo real y Propagando) no son más que dos caras de la misma moneda, tan tonto el uno como demagogo el otro. Porque los dos ejercen de presbíteros de dos religiones, que lo son por más que uno resulte más simpático que el otro. Pero en la modernidad líquida, convive con ambos un movimiento de odio sincrético. Y Team América: La policía del mundo (2004), de Trey Parker y Matt Stone (repetimos: creadores de la inclasificable, divertida y sobrevalorada serie de dibujos animados South Park) constituye ese ejemplo de ausencia de moral y rebeldía contra todo tan descerebrada como necesaria. Team América es una descarnada parodia con marionetas sobre el papel de Estados Unidos como medidor y mediador moral del mundo. Lo que ocurre es que en una realidad sólida, los creadores habrían optado por elegir un bando: el capitalismo próspero, invasivo, demócrata y respetuoso (al menos, formalmente) con los derechos humanos, o el islamismo arcaico, reaccionario, explotado, expoliado y justamente rebelado (o la expresión burguesa de su defensa, es decir, Moore y los colectivos anti-guerra que proliferan por el planeta). Pero no escogen ninguno.


Aquí, un muyahidín

La película fracasó de forma bastante ruidosa. Dos motivos hay en el discretísimo resultado de esta cinta. Hace mucha menos gracia de la que debería: su irreverencia apela antes a la sonrisa que a la carcajada, por más desaforadas que sean sus formas. La segunda razón del fracaso es, sin embargo, la que más interesa al caso: los colectivos mayormente convocados por la referencia temática del título del filme fueron los muy progresistas y heterodoxos grupos anti-guerra, y éstos descubrieron, no sin cierto rubor, que la cinta hacía tanto o mayor escarnio de ellos que de los poderes emanados de la Casa Blanca. Esa impertinente equidistancia resultó desconcertante. Porque la sátira sobre el modo en que se comportan los justicieros ultra-americanos miembros del comando especial del Team América es sutil, incluso bondadosa a unos ojos poco duchos, muy en la línea de la que contiene la brillante Starship Troopers (1994), de Paul Verhoeven, mientras que el retrato de los colectivos de actores pacifistas (entre los que se cuentan Samuel L. Jackson, Tim Robins, Alec Baldwin, Susan Sarandon y Sean Penn) o del propio Michael Moore es exagerada y cruel. Las marionetas que los representan son descuartizadas sin pudor y con gran alharaca y mucha dinamita. Y, si hay que ser sinceros, el único personaje del que se hace una caricatura amable, es el enloquecido Kim Jong Il, máximo mandatario norcoreano, que, dada su real tendencia a la enajenación política, sólo podemos concluir que sale beneficiado de la ridiculización inofensiva que hace la película.

Esta libérrima decisión de no tomar partido, de ridiculizar a todos por igual, es su mayor interés, aunque se antoje injusta porque presupone una equidistancia entre el agresor fascista y el redentor burgués que iguala sus pecados, cuando los de uno cuestan miles de vidas y los del otro sólo pueden ser censurados por la soberbia redentora que suponen. Sin embargo es la expresión inequívoca de esa modernidad líquida, que lucha de forma irreflexiva contra la solidez del mundo, aunque para ello apueste por una irreverente ausencia de referentes morales. Desde cada una de las perspectivas es inmoral, pero en realidad lo que hace irritante Team América es su amoralidad, su carencia de modelo alternativo, que destruye todas las posibilidades ideológicas y morales del espectador impidiéndole que se sume a la fiesta en que sus creadores han convertido esta película. Lo que antaño se llamó nihilismo.


El sueño americano

De todo lo dicho, ustedes tal vez piensen que este artículo sólo puede ser tomado como una defensa del título en cuestión. Y no es así. Lo que aquí se postula es su trascendencia, su significado en tanto impúdico ejercicio de subversión líquida que no se atiene a ninguna solidez, que desmorona lo que tiene a su alcance sin ofrecer ningún modelo alternativo y que, al no invitar a la acción por su desmesurada socarronería para con los que toman partido contra la infamia bélica, puede ser tomado como un ejercicio de nihilismo ultraconservador, en la medida en que puede ser juzgado, no sin falta de razón, como una invitación a la pasividad. Es, en este sentido, donde la película se dota de un verdadero valor subversivo, en la medida en que se vuelve, paradójicamente, un alegato contra los comportamientos gregarios, es decir, una invocación de la responsabilidad individual desde la autonomía del pensamiento sin referentes. El espectador, a diferencia de lo que ocurre con buena parte del cine europeo y del militante cine americano antiamericanista, no es invitado a participar de una conclusión o un diagnóstico sobre el violento intríngulis político en el que nos hallamos.

El responsable de la tesis principal de esta serie de artículos habla del desapego del individuo al Estado, es decir, de la incredulidad o el escepticismo del gobernado ante el imperativo a hacerse partícipe de las posiciones del gobernante, pero, igualmente, de la desconfianza hacia los grupúsculos más o menos organizados que conspiran contra el poder institucional. En España, como en fechas bien recientes se han cambiado las tornas, precisamente a causa de la caída en desgracia de la autoridad moral del mandatario, podemos sin esfuerzo ver la moneda desde los dos lados, incluso plasmada en manifestaciones de signo antagónico contra el ideario del que detentaba el poder y el que lo desempaña hoy.

Deliberadamente o no (más bien, no), el resultado de la descerebrada apuesta de Parker y Stone es una película que no aplaude ningún credo y pone en salmuera las proclamas del carisma, de modo que, en ese vaciamiento, en ese desentendimiento, apela a la reflexión individual como único cobijo posible ante una realidad que es igualmente descerebrada. Es decir, que, más bien sin querer, la película se convierte en un alegato del liberalismo y por tanto de la razón y la lógica, en tanto antitéticas de la mansedumbre y del aquietamiento a las ideas de terceros, por glamurosas o poderosas que parezcan a los ojos de la indocta plebe. La ambigüedad de que hace gala permite, no obstante, una interpretación menos optimista pues su ausencia de referentes también puede ser tomada, con justeza, por un panegírico del conservadurismo desentendido, de la ausencia de la muy católica caridad, o su reverso progresista, la solidaridad. Ambos juicios son razonables y por eso Team America constituye en sí mismo un monumento erigido a mayor gloria de la modernidad líquida, del relativismo moral o de cualesquiera otros males de los que aquejan a este Occidente del que cabe decir que está totalmente despistado, en el mejor de los casos, o absolutamente perdido, en el peor. La decisión es suya.







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