20 de diciembre de 2005

Cosas de Darwin (Segunda parte)


Apabullante aspecto del nuevo King Kong

La semana pasada, de forma deliberadamente herética, postulábamos las anomalías que una mente definitivamente enferma (como esta que les escribe, dicho sea en el sentido más bondadoso a que haya lugar) podría apreciar sin mucho esfuerzo en la relación de Tarzán y Chita, un hombre y su mona emparentados por milenios de evolución común y por una juventud amablemente compartida antes de la llegada de la seductora Jane y su pelo ahuecado. Si toman la selva como un edén, un jardín previo a la moral y las prohibiciones, no les costará mucho ver en este relato una versión bastante obvia de otro de los catones interpretativos de la condición humana: Peter Pan, de Jean Marie Barrie (de entre cuyas adaptaciones recomendamos vivamente la última y mejor, dirigida por P. J. Hogan en 2003, a propósito de la cual ya se hicieron aquí toda suerte de elucubraciones a cual más irrespetuosa hace apenas unos meses en Paidofobias). Peter Pan y Tarzán comparten la cualidad de habitar un universo ajeno a su condición, un adolescente entre las hadas, o un hombre entre simios, un entorno que les permite vivir al margen de los condicionantes propios de la evolución humana, es decir, al margen de la sociedad civilizada. No obstante, de ella proviene una nínfula, llámese Wendy o Jane, que los seduce y los aparta de ese paraíso premoral en el que se han criado. La irrupción del amor erótico o de la atracción mutua tiene la cualidad, en ambos relatos, de apartar al hombre de su estadio salvaje y libérrimo, y someterlo a los dictados de la convención, no en vano ambas novelas fueron escritas por varones. Pero sería una simpleza despachar el asunto con un juicio tan fácil y consolador como el sexo (género sólo tienen las palabras) de los escritores.


Clásico ideado por Edgard Wallace
inspirándose en Conan Doyle

En lugar de detenernos en los motivos por los que el humano varón e indómito renuncia a su condición y entrega su libertad (no sirve postular que Tarzán no dejó la selva, porque el domicilio familiar que levantó con troncos en lo alto de un árbol no sólo explica hasta qué punto Jane podía imponer sus deseos y modos de vida, sino que además ilustra cómo el hombre-mono se hace cómplice de esa necesidad de dominio convirtiendo el medio natural en un remedo de la arquitectura social), adoptemos mejor una perspectiva menos sexocéntrica (perdón por el neologismo y/o palabro). Por qué la hembra humana encuentra más atractiva la ardua domesticación del indomable que la unión a un semejante. De nuevo, Darwin ofrece respuestas tan obvias, relacionadas con la selección del material genético, que casi resultan ofensivas. Lo irresoluble no siempre es complicado, como señala Michel Houellebecq, escritor de moda en Francia y seguramente aquí. De hecho, lo irresoluble casi siempre es simple, lo cual no es un consuelo pero en este caso nos sirve para acercarnos a dos evidencias: la cualidad de indomesticable del varón casi siempre revela fuerza, física o de carácter o ambas, síntoma inequívoco de buen material genético para la reproducción. La otra obviedad es que el ejercicio de domesticar es signo de poder. Por otra parte, la historia de la evolución homínida, y animal en general, arroja una evidencia que con frecuencia dejamos de lado: violencia y sexo formaron un par tan indisoluble a lo largo de millones de años de evolución, citando a David Cronenberg, que descartarlo en el análisis de los fenómenos humanos por el simple hecho de que no remite a un principio civilizado no deja de ser una imperdonable fatuidad pequeñoburguesa.


Revisión olvidable de 1976

Esta visión desde el otro lado, la de la belleza magnetizada por la atávica condición del prehumano, pueden hallarla ustedes si estudian la vida y actitud de Jane Goodall, estudiosa de los chimpancés a la que aquí citamos la pasada semana, o más propiamente la de Dian Fossey con los gorilas, cuya vida fue llevada al cine en un film más interesante que bueno, titulado Gorilas en la niebla (1988), de Michel Apted, en el que una muy creíble Sigourney Weaver interpretaba el papel de la bióloga obsesionada por un sentimiento de posesión hacia los animales objeto de su estudio y una devoción casi mística. Por supuesto, existe un vínculo privilegiado de la científica con el macho dominante de la manada.

Violencia y sexo, atracción por lo bárbaro, procesos de dominio... Como ven, después de esta digresión, todos los elementos nos llevan de forma natural, como un cauce fluvial, a dónde queríamos llegar: King Kong (2005), de Peter Jackson. La primera diferencia entre este relato cinematográfico y cada uno de los mencionados es que la atracción sensual entre la mujer y el simio es bastante más explícita. Incluso era así en la película de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack (que nace de una idea de Edgard Wallace) de 1932, y no digamos en la de John Guillermin de 1976, título que lanzó al estrellato a Jessica Lange, aunque hoy cueste tanto reconocérselo. La evidente diferencia de escala permite hábilmente al narrador abordar el asunto de esta atracción sin que quepa lugar a pensar en un incómodo vínculo sexual.


Un apócrifo capitán Ahab

Tal vez el mayor mérito de la nueva versión de Jackson sea dotar de una credibilidad contemporánea (no es el momento de explicarlo en detalle, pero la credibilidad se restringe conforme evolucionan las sociedades y lo que hace décadas era asumible hoy requiere de una sutileza e inteligencia narrativas que no están al alcance de cualquiera) al proceso de mutua atracción y afecto entre la actriz de medio pelo y la bestia colosal que no tiene más medios de expresión que los de un gorila cualquiera y que cuenta con la palmaria desventaja de su intimidatorio tamaño. A este respecto, es de rigor señalar que Naomi Watts (en el papel de Ann Darrow), o su actriz de doblaje, profiere algunos de los mejores gritos que se han escuchado jamás ante una pantalla de cine. Hacen difícilmente concebible un alarido mayor o mejor. Que la película se desarrolle en medio del desenfado de los años 30 (durante las hambrunas de la Gran Depresión) y que la protagonista proceda de la siempre inclemente ciudad de Nueva York son atributos que sirven para justificar con solvencia el desparpajo de una mujer de carácter resuelto y determinación propia de una fémina claramente emancipada de la dominación de una civilización de hombres. Y de paso hacen lógica la evolución de su personaje cuando es raptado: ante la imposibilidad de huir, echa mano de sus armas de mujer bregada en el vodevil, el baile y el malabar de teatros de mala muerte y peor reputación.


Esta despedida, siendo magnífica,
recuerda a una de un célebre naufragio

La actitud de protección del simio, siendo más increíble, es más verosímil. El enloquecido Capitán Ahab que es el productor Carl Denham (interpretado por el otrora cómico Jack Black), que embarca y embauca a todos para el rodaje de su película en la isla de los monstruos, rememora una frase antigua que lo explica meridianamente: "La bestia examinó el rostro de la belleza. La belleza detuvo su mano, y a partir de ese momento la bestia estuvo muerta". Todo ello no despeja la duda de por qué cuantos desembarcan en la isla sienten mayor interés por un gorila grande que por las manadas de dinosaurios que pueblan la hostil jungla, especies mucho más raras, después de todo, y en tal sentido más adecuadas al motivo del viaje, que no es otro que impactar al gran público con un descubimiento aterrador y misterioso. Pero la respuesta es tan sencilla que había pasado inadvertida. La citamos aquí mismo para explicar el propósito de la ciencia-ficción: el explorador contemporáneo no busca descubrimientos, sino espejos en los que mirarse. Y eso es Kong.

Volviendo al meollo del asunto, Jackson tiene el acierto de ilustrar la frase de Denham en su literalidad y en su esencia. Y le hace repiterla en el momento postrero: "No han sido los aviones. Fue la belleza la que mató a la bestia". Esta reducción, como todos los pensamientos certeros escritos con sabiduría (las guionistas, Fran Wallsh y Philippa Boyens, ya demostraron su solvencia en los anteriores tres títulos de Jackson), contiene y resume todo lo dicho hasta aquí, prácticamente desde la primera línea.

La belleza, aun siendo una cualidad de la propia naturaleza, la desafía porque escapa a las Leyes de la Termodinámica, particularmente a la segunda, pero en su ordenada simetría desencadena la entropía y la acelera hasta una destrucción mutua. Lo bárbaro se destruye mientras lo bello se consume. Y ambos son dos versiones de la misma cosa. King Kong muere, en todas las versiones de la historia, y a pesar de la patética resurrección que abre King Kong II (1986), de John Guillermin, que aquí pasamos por alto, muere, decíamos, ante la imposibilidad de ser domesticado, de ser asimilado. De ser bello. Para la criatura tal conversión es imposible, y elige la muerte como expresión perfecta de esa belleza que le está vedada. Tarzán simplemente acababa vestido de etiqueta y paseando por Nueva York.








pvallin@divertinajes.com
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