13 de diciembre de 2005

Cosas de Darwin (Primera parte)


Indiscreto cartel para la edición
en DVD de El planeta de los simios

Ya no extrañará que arranque con ciencia ni que ponga a ese gran iluminador de la verdad, esa que la postmodernidad quiso enterrar en beneficio de la opinión, en el frontispicio del artículo. El método científico ha sido, viene siendo, oráculo de esta página sobre cine; quizá porque su autor no puede substraerse al pasmo y la maravilla que aún le provoca la realidad desnudada por el escudriño de la inteligencia, frente a una formación preñada de palabras que querían componer enunciados. O sea, que el autor es de letras y la vastedad de su ignorancia le permite enarcar las cejas y abrir la boca ante la sencillez con la que la ciencia aborda el mundo. En Teoría de la Ciencia se considera que un cambio de paradigma es aquel descubrimiento que obliga a revisar todos los retratos de mundo conocidos y sustituirlos por una visión distinta a la luz de una nueva verdad. A menudo se pone como ejemplo la revolución copernicana o la mecánica de Newton, quizá porque aún parece que cuesta reconocer que la evidencia científica más catastróficamente apabullante y subversiva de la historia (uy, quería decir Historia) fueron las intuitivas revelaciones de Charles Darwin y todo lo que ellas suponen. Aunque las aplicaciones prácticas de conocer una verdad son bastante discutibles, sirve, por lo menos, para ordenar las cosas con rectitud, colgar las sotanas y el aspaviento en el ropero del desván y entender mejor por qué uno hace y piensa las cosas tan raras que hace y piensa, lo cual ayuda a no sentirse definitivamente idiota. La genética y Freud, primero, y la biología evolucionista, después, terminaron de apuntalar lo que el inglés había vislumbrado con una perspicacia demoledora. Que estamos programados para hacer animaladas. Literal.


Tim Roth haciendo monadas

Prefiero pensar que ha sido la elocuencia y no la fotografía lo que los ha puesto tras la pista, pero compruebo con solaz que ya han adivinado que vamos a hablar de monos. Bueno, en realidad, no. Rindamos respeto a ese mundo científico hacia el que hemos proclamado admiración: de simios, vamos a hablar de simios, que los monos tienen cola. Además, esto nos permite reengancharnos a la actualidad de la cartelera, que seguro que los que aún dedican unos minutos a la semana a pasarse por aquí ya echaban de menos. Siento no hacerlo con más frecuencia, pero la misantropía y el adelanto de dinero que exige el videoclub llevan a evitar las salas públicas y procurar el cultivo del gusto en la privada. Pero ahí está, King Kong (2005), del neozelandés Peter Jackson, espléndida de presupuesto y metraje. Pero nos estamos adelantando.

El interés del hombre por los homínidos avanzados, por los grandes simios evolucionados, es viejo, aunque Darwin ha obtenido reconocimiento cinematográfico (siempre indirecto) en época bien reciente, y sólo a través de la ciencia-ficción, lo que no deja de ser paradójico. La nunca estudiada poligamia del Tarzán clásico lo llevaba a compartir vida con hembras humana y chimpancé (lo que a juicio de un biólogo evolucionista sólo puede considerarse una redundancia, porque las evidencias biológicas y genéticas señalan sin lugar a equívoco que el hombre es un mamífero de la familia del chimpancé; dicho de otro modo, el chimpancé comparte más material genético con el hombre actual que con un gorila o un orangután, los otros dos simios evolucionados).


Familia feliz o triángulo
amoroso con retoño

La doble condición del hombre-mono lo llevaba de modo natural a convivir con Jane y Cheetah, si bien ni Edgar Rice Burroughs ni W. S. Van Dyke, director de la primera adaptación popular, la de 1932, se atrevieron a hacer expresa la zoofilia que no hay que estar muy enfermo para suponerle a un sujeto que alcanza la veintena viviendo entre chimpancés. La presencia de Cheetah (aquí Chita) fue vista como la de una mascota que decoraba la creciente familia del hombre-mono. Pero no es una audacia concluir que quien se ha criado entre simios nunca adoptaría a uno para asignarle el papel gregario de mascota, sino más bien el de un leal compañero. Leal compañera. Dejémoslo aquí, que se les está poniendo cara de incomodidad burguesa.

El siguiente paso vino mucho después, cuando Franklin J. Schaffner adaptara magníficamente a la pantalla grande la novela de Pierre Boulle en El planeta de los simios (1968). El mismo año en que la juventud decidía pintarse margaritas en los vaqueros y elevarse hacia una espiritualidad cannábica, el cine ofrecía esta extraordinaria alegoría de la condición humana que supone uno de los más devastadores antagonismos a la idea de progreso: el hombre enfrentado a un descarnado retrato de su verdadera condición de simio presuntuoso que habrá de regresar a la oscuridad de la caverna platónica para, desde la verdadera comprensión de su animalidad, intentar una reconstrucción social titánica.


El mono tras el lito, by Kubrick

La ciencia-ficción, ya se dijo aquí (y en páginas más ilustres), demuestra que el hombre, en su condición de explorador, no busca novedades sino espejos. En este caso, un viaje espacial se convierte, bajo la ominosa sombra de la extinción atómica, en una infausta ilustración de su necedad consustancial. La duda no cabe: lo ocurrido en la isla de Pascua demuestra que una sociedad inteligente puede propiciar la propia extinción y ser incapaz de detenerla por muy evidente que sea el esquilmado del medio que garantiza su supervivencia. Piensen en la isla de Pascua, en los hombres que la habitaron y se extinguieron tras acabar con la práctica totalidad de sus recursos naturales hasta firmar el más importante suicidio colectivo de que se tiene noticia antes de la masacre de Waco. En la imagen que clausura la película de Franklin J. Schaffner, Geotge Taylor (Charlton Heston), grita toda suerte de improperios contra sus congéneres por haber destruido la civilización. La ciencia proporciona una verdad con la que es tan difícil convivir que la región en la que se contenían sus evidencias arqueológicas había sido bautizada como la Zona Prohibida. La ignorancia reconforta. A corto plazo.

La versión de Tim Burton, de 2001, no aporta nada, ni en este sentido ni en casi ningún otro, salvo que afila un poco el retrato de la desconfiada sociedad de simios con la que se encuentra el capitán Leo Davidson (Mark Wahlberg), sus miserias, tan humanas, y sus justificados recelos hacia los humanos, es decir, hacia la propia condición. Y que produce cierto pasmo ver moverse al general Thade (Tim Roth), un asunto éste, el del comportamiento de los simios, que recibe un especial cuidado en esta cinta que, por lo demás, es absolutamente prescindible. Y si consideramos la altura del original en el que se basa, sólo se lo puede considerar un patinazo en la carrera de su director.


Inquietante secuencia

Apenas un año después de la primera adaptación de El planeta de los simios se estrenó la más filosófica, abstracta y atrevida de las películas que se hayan filmado jamás, 2001: Una odisea del espacio (1969), de Stanley Kubrick. En la primera parte de la película, Darwin era tomado, sin mayores contemplaciones, como verdad última al colocar a unos simios como antecesores inequívocos del hombre. Unos simios que practicaban la guerra fraticida tras tocar el negro monolito, en una metáfora de la historia del jardín del Edén y el Árbol de la Ciencia, del Conocimiento, del Bien y del Mal, que sería desmentida no mucho después por los descubrimientos de Jane Goodall, que probó que los chimpancés (o sea, los otros chimpancés), y no sólo el hombre como se creía, practican la guerra tribal y el asesinato del prójimo sin mayores contemplaciones, de forma premeditada, mediante la planificación y la traición, y no necesariamente por la disputa de una hembra. El simio aparece, tanto en la película de Kubrick como en la de Schaffner, como un pariente próximo, ya sea en el pasado o en el futuro, o en ambos, lo que cierra sobre el hombre la certeza de su verdadera condición animal y de cómo las expresiones últimas del hombre civilizado, citando a Jon Juaristi, no son más que una subimación de las necesidades primarias de un mamífero: del hambre a la gastronomía, de la reproducción al amor romántico, de la necesidad de reconocimiento de la manada a las artes, y del instinto de supervivencia a la trascendencia espiritual.

Es en este sentido que el simio tiene la capacidad de simplificar y, por tanto, clarificar nuestro conocimiento de nosotros mismos, de nuestros sofisticados anhelos y del envolvimiento cultural e intelectual que nos proveemos para disfrazar aquello que en el fondo sólo nos reduce a nuestra condición primigenia, a nuestros instintos más obvios y, por tanto más inconfesables. Y antes de que censuren definitivamente este aprisco de librepensamiento por cortejar ideas reaccionarias, les dejo hasta el segundo capítulo, que sólo será el último si Peter Jackson ha resuelto con éxito la atávica cuestión de cómo domeñar el gigantesco simio todopoderoso que habita en nosotros. Y en vosotras.








pvallin@divertinajes.com
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