29 de noviembre de 2005

Gran cazador blanco


Clásico del romanticismo ochentero

Es asombrosa la solidez con la que están escritos en nuestro código genético comportamientos precivilizados llamados a garantizar la supervivencia de nuestra prole en tiempos de bestialismo y a los que hoy no siempre encontramos utilidad. Casi todos ellos son evidentes pero la pátina de vida social verbalizada los han convertido en innombrables o les ha construido un elaborado armazón de razonabilidad que convierte en un ejercicio de mal gusto mencionar su sola existencia. No es la primera vez que me leen señalar lo mal vista que está la biología en los asuntos públicos, sobre todo si se habla de la guerra de sexos, una expresión especialmente afortunada para significar las muy diferentes formas en que la evolución nos ha preparado para conseguir nuestros objetivos. Y lo diferentes que son esos objetivos, si me apuran. Nosotros, que fuimos raza de altos, fuertes y sanos cazadores recolectores, nos arruinamos como especie convertidos en pequeños, sometidos, débiles y numerosísimos agricultores. Sin embargo, desde entonces a hoy ha pervivido, latente en los filamentos de nuestra programación genética, la fascinación por la salvaje condición del cazador. Los varones para ejercerla, y las mujeres para adorarla. El cine ha dado buenos ejemplos de esa virilidad resuelta e inaprensible del cazador. Antaño, con la rudeza de los tiempos previos a la revolución sexual, y modernamente, con la sutileza del misterio ultrarromántico y la atracción por lo indómito.



Cartel colorista de Mogambo
("pasión" en el dialecto local)

Un modelo canónico del cazador que cualquier hombre de la época ansiaría ser y cualquier fémina domeñar es el Victor Marswell que interpretara Clark Gable en la más famosa que reconocida Mogambo (1953), de John Ford, a su vez remake de Tierra de Pasión (1932), de Victor Fleming, y ambas adaptación de una obra teatral de Wilson Collison. El bueno de Vic pasea su mandíbula cuadrada, su rifle enhiesto y, eventualmente, sus fortachonas rodillas (merced a un pantalón corto que le llegaría a los tobillos si se lo ajustara a la cintura y no al diafragma), por los safaris africanos seduciendo a mujeres de todo pelaje y condición. Pese a la imprudente altura a la que coloca el cinturón y la precisión de termosellado con la que su polo desaparece dentro del pantalón, sus atributos de infranqueable dominador de las especies cinegéticas africanas, que por aquel entonces eran todas, incluidos los nativos, lo convierten en un trofeo de caza que cualquier hembra sensata mataría por colocar en la pared sobre la chimenea, como irónicamente le comenta la tremenda Ava Gardner, en el papel de una igualmente improbable corista perdida en África, llamada Eloise Osito de Miel Kelly. Pero si a la libertina señorita Kelly el aguerrido depredador le parece un individuo deseable, a la pacata Linda Nordley (divertidísima Grace Kelly), respetable esposa del antropólogo Donald Nordley (Donald Sinden), le hace comerse su carísima educación católica y abandonarse a un arrebato que por decoro no nombraremos en voz alta. Tan evidente argumento para probar que ni la más recta y asumida formación en colegio de monjas puede resistirse a los furores de las hormonas e invita a la práctica del pecado del adulterio cayó muy mal entre los censores españoles de la dictadura, que, convirtiendo a los Nordley en hermanos con un doblaje escrito precipitadamente en algún siniestro despacho de la burocracia franquista, dejaron para los anales una turbadora oda al incesto celoso y posesivo.

Como en toda película de su tiempo, los timoratos años que van desde el fin de la II Guerra Mundial hasta las revoluciones sociales de los sesenta, el final bendice lo que Dios ha unido, y la Nordley se queda con su melindroso maridito, mientras que la disoluta señorita Kelly se queda en África para disfrutar de los hábitos reproductivos que con tanta potencia han dirigido sus comportamientos con el indomesticable señor Marswell, eso sí, bendecidos por la sacrosanta institución del matrimonio, que para algo tiene que servir que hubiéramos mandado allí al padre José (Denis O'Dea), a parte de para instruir a los nativos en el funcionamiento de la ley de la palanca y su relación con los evangelios.


Peligrosa fauna africana

Todo muy fortuito y contado con la falta de sutileza (excepción hecha de la del censor, claro) habitual en los tiempos del trazo grueso del machismo, pero, por eso mismo, descacharrantemente divertido. Cabría pensar que estos arquetipos de la moral sexista y conservadora cedieron su lugar bien poco después a otros en los que los vapores de feromonas hubieran dado paso al aire limpio de la civilización igualitaria. Pues no tanto, no tanto. Más de tres décadas y dos revoluciones sexuales después, Memorias de África (1985), de Sydney Pollack ponía en pantalla las memorias de Karen Blixen (Meryl Streep), firmadas como Isak Dinesen, y resucitaba el modelo de atrayente cazador indómito en el personaje protagonista, Dennis George Finch Hatton (Robert Redford), un apuesto proveedor de marfil (dicho de otro modo, cazador de elefantes) que hizo derretirse a la mitad de la platea. El rubísimo Dennis escucha a Mozart en plena sabana y disfruta con deleite de los relatos de la baronesa Blixen, lo que en principio lo aleja de la incivilidad del ignaro Marswell. Pero ambos resumen un paradigma de la ensoñación con la que el hombre gusta de verse identificado, en su salvaje idealización: la de la libertad de las tierras vírgenes, una idea con la que Pollack juega en la decidida metáfora de la pasión de Finch Hatton por la incipiente aviación. El vuelo sobre el tapiz indómito de África es una de las expresiones visuales más logradas de libertad y abandono, un lugar común con la cabalgada por los desiertos del oeste americano, o con la rectísimas y solitarias carreteras del western posmoderno. Como el vuelo es en pareja, el abandono tiene una evidente lectura erótica, y para despejar cualquier duda, los amantes sobrevuelan una espectacular catarata.


Cartel original de Mogambo,
mucho más arrebatado

La pareja protagonista de Memorias de África está construida para reivindicarse como un modelo de emancipación de las convenciones sociales, de ahí la naturalidad con la que Karen asume su matrimonio de conveniencia y las infidelidades de su marido, el barón Bror Blixen (Klaus Maia Blandauer), o la singular relación que la baronesa mantiene con el atrabiliario club de caballeros del que son miembros todos los británicos del lugar. Sin embargo, ninguno de los dos enamorados protagonistas son del todo soberanos, pues encarnan a la perfección la competición reproductiva de la especie: él, dispuesto a ir y venir y disponer de la mujer que ama cuando la necesita, y ella deseosa de una estabilidad formal y temporal que le permita disponer del varón (aquí, con uve) todo el tiempo. Los biólogos evolucionistas atribuyen esta distinta actitud, que se repite desde tiempo inmemorial, a la necesidad de la hembra de garantizar la presencia del macho durante la larga crianza de la prole humana (la que tiene un periodo dependiente más extenso entre todas las especies los mamíferos conocidas, y con visos de alargarse conforme suben los precios de la vivienda), frente a la aspiración del varón de lograr proyectar su material genético en la mayor cantidad posible de hijos, lo que, dado el prolongado periodo de gestación de la hembra humana, sólo se conseguiría mediante la frecuentación de varias hembras. Pero este argumento, por más que simple, posee la turbia cualidad de desatar las iras de casi todos los redentores sociales, desde los del crucifijo y el cilicio, hasta los del progresismo igualitario más al día. Así que, ante una unanimidad tan trabajada, habrá que considerarlo un capricho de los científicos.


Lavar y marcar al pie del Kilimanjaro

Sin embargo, lo verdaderamente moderno de la aproximación a un conflicto tan viejo como el mundo es la opción de sus protagonistas, que anteponen la realización personal a la consecución del objeto amado. Dennis accede a trasladar sus objetos personales a la granja de la baronesa (separada de su marido desde que éste le contagiara una sífilis), pero mantiene sus idas y venidas y elige la ruptura antes que someterse a las exigencias de convivencia de Karen. Ella considera que todo aquello que tiene valor implica una renuncia, y la negativa del apuesto cazador al sometimiento la subestima, en sentido literal, por lo que opta por apartarse de él. Aunque de la conducta de la baronesa pudiera deducirse una noción socialmente conservadora de la pareja, en este caso no responde a la presión de la convención social, pues estamos ante un personaje que no duda en echar de su casa a su marido y adoptar un rol proactivo de familia monoparental en la dirección de la plantación de café que regenta, al margen de la impresión que ello pueda causar en la pequeña comunidad británica decimonónica que habita (la película se desarrolla en la segunda década del siglo XX, coincidiendo con la I Guerra Mundial). Del mismo modo que no duda en arrodillarse ante el nuevo gobernador de la colonia para obligarlo a comprometerse con el destino de la tribu que habita las vastas extensiones de su plantación. No, su decisión nace de un furor romántico o genético, a cuyo capricho finalmente se niega a ceder.

Ambos se prefieren libres a sometidos a las reglas del otro, una opción inhabitual en el cine, y mucho menos en el cine romántico, como es el caso. La desgracia que, en distinta medida, sanciona el final de la aventura para ambos parecería un castigo dictado por un narrador moralista contra su libérrima osadía si no fuera porque el relato está tomado de las propias memorias de la baronesa, escritas a su regreso a Dinamarca, una cualidad verídica que Pollack decide significar mediante una bellísima voz en off que puntea el desarrollo de la película y que concluye con una hermosa balada a modo de despedida del continente, de un paisaje que se alza como el tercer protagonista del relato, la inamovible África, una tierra que curva sus horizontes para ocultar al hombre el final del camino:

"Conozco una canción de África que habla de la jirafa y de la luna nueva africana descansando sobre su lomo, de los surcos en los campos de cultivo y de las caras sudorosas de los recolectores de café. ¿Acaso conoce África una canción que hable de mí? ¿Se agitará el aire sobre la llanura con un color que yo he llevado? ¿O tal vez los niños inventarán un juego en el cual figure mi nombre? ¿Formará la luna llena una sombra sobre la grava del camino que se parezca a mí? ¿O tal vez me buscarán las águilas de las colinas de Ngong?"






pvallin@divertinajes.com
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