23 de noviembre de 2005

Oda rutinaria


La vida es un serial y nosotros
unos paranoicos

El cine no habla sobre la vida. No habla, al menos, sobre su materia principal y sobre su cualidad primordial: su infinitud. La conclusión cayó como una extraña certidumbre, una iluminación, mientras aprendía más sobre ficción audiovisual en un manejable y brillante ejercicio de reflexión de los profesores Jordi Balló y Xavier Pérez, de la Universidad Pompeu Fabra, titulado Yo ya he estado aquí. Ficciones de la repetición (Colección Argumentos, Anagrama, 2005), dedicado a los seriales en cómic, folletín o serie televisiva. La vida, en el sentido más mundano en el que se pueda emplear la expresión, se parece mucho más a la televisión. Ya hemos hablado antes -meses, acaso años- del modo en que el cine elige con tanta frecuencia, no el camino, sino sus intersecciones para construir relatos en torno a la decisión o decisiones de que se compone una biografía, en el entendido de que lo significativo de una vida son los cambios de dirección, las renuncias o la determinación en la consecución de un objetivo que se ejercitan ante la disyuntivas del cruce de caminos. Como se ve, aquí se puede enunciar y defender por ciertas una idea y su contraria sin renunciar a ninguna de las dos.

La renuncia del cine a hacer elipsis sobre los acontecimientos reiterativos, que con tan insensato desprecio se denominan "rutina", es una apuesta tan deliberada como consciente de que el público está ansioso por narraciones sobre lo extraordinario, lo irrepetible, el trozo de vida que, por su singularidad, ocupa un lugar destacado pero singular en la biografía. También en su momento (y de esto sí han pasado años), hablamos sobre el modo tan diferente en que el material biográfico se acumula en nuestra memoria vital, sobre el escaso espacio en que se almacenan los días rutinarios, tan iguales unos a otros que se superponen hasta hacerlos indistinguibles. Los seriales, en cambio, viven su ficción en un presente perpetuo, en un círculo que no avanza y que superpone conversaciones y usanzas reiteradas que hacen hogar, en lo físico y en lo psicológico. Son las madrugadas de Las Chicas de Oro, reunidas improvisadamente en la cocina, en torno a una tarta deliberadamente abandonada horas antes en la nevera, cuando cada una de ellas acude a ahogar su insomnio en dulce. O las intempestivas visitas de Kramer a la casa común de Seinfeld buscando comida, herramientas o cobijo ante la inminencia de un desastres en su vecino piso. O el eterno vagar de El fugitivo o La masa, obligados a huir como Ulises sin Ítaca posible. O los encuentros en la escalera de vecinos de ese vodevilesco 13 Rue del Percebe al que la productora del ventrílocuo zarzuelero ha dado nueva vida en las noches televisivas hispánicas. Balló y Pérez concretan: "La memoria de la ficción única [el cine] es memoria del cambio; la memoria de la ficción seriada [teleserie] es memoria de la repetición". Pero la vida se parece más a las segundas que a las primeras, porque la hipoteca (la de ustedes, el CinExín se hace desde solución habitacional de alquiler) exige reiterativos hábitos en los ingresos. De hecho, según el canon dialéctico, la crisis no es sino un interludio significativo entre dos estadios de estabilidad. Así que, al final del segundo párrafo, hemos invadido el espacio del añorado Martín Cué, y no hemos citado un solo título cinematográfico que pueda ilustrar esta fórmula de creación reiterativa. Pero los hay. Por ejemplo, las películas de Star Trek, esa inefable serie de astronautas en esquijama que a lo largo de un cuarto de siglo ha sabido transmitir, con sus cambios de decorado y elenco, esa sensación de rutinaria misión en el Enterprise.


Puesta de largo del Escuadron
Salto de Cama

El motivo es obvio: su procedencia televisiva ha empapado una serie cinematográfica que, pese a sus notables devaneos centrífugos, ha sabido encontrar un razonable retorno al sempiterno puente de mando de la nave, incontestable salón de la casa de la atribulada familia interplanetaria que constituye la tripulación del Enterprise. Esa necesidad de serialidad, de rutina, se ve claramente cuando los nuevos actores del serial catódico dan el relevo en el cine a los originarios, tan sólo para repetir, casi como una clonación, los mismos arquetipos, en carácter y en funciones.

Como se trata de cine, los acontecimientos narrados son críticos, situaciones extraordinarias, ataques terminales, desafíos emocionales que, contemplados en su singularidad, suponen relatos canónicos de la ficción única, pero su iteración termina por provocar la sensación y la certidumbre de la crisis es el estado natural de las cosas para esos personajes, es el presente circular de una realidad de la que no cabe escapar. Una hipérbole de lo que en realidad son nuestras vidas, siempre apurados por la inminencia de una crisis que pueda dar al traste con una tediosa infinitud cuya estabilidad tememos perder. En cada uno de la decena de relatos cinematográficos de Star Trek la paz de la galaxia y la Federación, y la superviviencia misma de la tripulación y su nave, están ante un desafío único y cismático del que sólo puede salir una realidad diferente, pero que ineluctablemente conduce a una solución armoniosa que perpetúa el statu quo. Este necesario regreso a la rutina, sea la original o una nueva, conserva todos los atributos de la serie, de modo que el espectador pueda sentir la familiaridad del hogar común cuando, una vez tras otra, regresa a ella.


Los mismos perros, distintos collares

En las teleseries hay un motivo industrial obvio para la circularidad: la duración del relato que se emprende depende del apoyo del espectador, de modo que el planteamiento del relato debe construirse para una periodo indefinido. Así, el largometraje Expediente X, enfrenta el futuro, está construida de modo que cumple la doble función de narración única y episodio del serial, un imposible teórico que llega a buen puerto merced a un guión que posee todos las cualidades de lo singular y que no necesita del conocimiento previo del serial para funcionar, a la vez que supone un puente entre dos temporadas del producto televisivo cuyos hechos no son indispensables para la comprensión razonable de los episodios siguientes. Dicho de otro modo, una crisis entre dos estabilidades.

En estos tiempos el serial televisivo norteamericano vive un momento dulce, un momento creativo que en muchos sentidos desborda el del cine con una capacidad para la sutileza que los largometrajes no se pueden permitir. El editor Fernando Tarancón atribuye la insólita calidad de muchas de las series de última generación (Los Soprano, CSI, El abogado, Millenium, Urgencias, El Ala Oeste, A dos metros bajo tierra, Alias, Perdidos..., por nombrar algunas de las más recientes) a la proliferación de los canales especializados en la televisión por cable o satélite, lo que permite trabajar para un espectro de público concreto sin la necesidad de que cada producto se convierte en un éxito masivo para garantizar la recuperación del capital invertido. Mientras los resultados del cine sigan dependiendo fundamentalmente de su primera exhibición en salas (un fracaso en cines suele condicionar la posterior comercialización en televisión o en formatos domésticos), la vocación del largometraje seguirá siendo la de dirigirse a un público masivo.


Todo cabe en la iteración de los
ciclos familiares

Sea éste u otro el motivo del gran momento de los seriales, lo cierto es que su material narrativo, el presente perpetuo o, como mucho, el moroso paso del tiempo que va modificando muy lentamente los personajes y sus hábitos, se parece mucho más al contenido de nuestras vidas, construidas en torno a ciclos reiterativos que van evolucionando. Seguramente tenga relación con nuestra codificación genética, lo cierto es que el hombre no vive su existencia en la permanente resolución de crisis que ponen patas arriba el statu quo, sino más bien mediante la edificación de una rutina que se adecue a nuestras necesidades o aspiraciones. La búsqueda de una estabilidad, en el fondo concebida como garantía última de supervivencia futura, genera esporádicas crisis (ficciones únicas), pero los más de los días tienden a llenarse de comportamientos automáticos propios de una edad y una responsabilidad determinadas, que son las que proporcionan esa sensación de seguridad que añoramos cuando nos es hurtada y que a menudo repudiamos, como si se tratase de un cautiverio, cuando la hemos conquistado.

No se trata de una disyuntiva entre audacia y seguridad, no hay un debate ideológico entre osados y conservadores, sino más bien una búsqueda de un ritmo serial satisfactorio que eventualmente nos empuja a provocar una crisis (un divorcio, un cambio de trabajo) que devenga en una nueva rutina más ajustada a nuestras expectativas. Sea como fuere el carácter del individuo, pusilánime o intrépido, el presente circular es un componente biológico primordial para entender nuestra experiencia que garantiza la capacidad para entender nuestro entorno, para sentirnos confortados por él. Cuando nos sentamos ante el televisor, buscamos la ratificación hacia el infinito de una arcadia rutinaria que apuntala un mundo que siga teniendo sentido. Sólo que a veces, ese presente circular se vuelve noria de hamster, y ansiamos una crisis que rompa la sucesión alienante. Y entonces vamos al cine y buscamos en las finitas fronteras de su rectángulo una coartada para girar el timón y cambiar de rumbo, empujados por vientos más cálidos.
pvallin@divertinajes.com
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