15 de noviembre de 2005

Cuenta atrás


El amor, en blanco y negro, luce mucho más

Una de las razones por las que aún no hemos logrado inventar identificadores de voz humana que funcionen bien, para que los aparatos electrónicos nos obedezcan, es por la incapacidad de éstos de discriminar voz y ruido. El oído humano no tiene problemas para identificar una frase incrustada en el sonido del tráfico o en un lecho de mil conversaciones. El cerebro la extirpa de la masa del rumor que la envuelve y la decodifica sin aparente esfuerzo. Sin embargo, esa habilidad del complejo auditor humano no alcanza a otras funciones cerebrales y entonces el ruido todo lo envuelve y todo lo turba. Vivimos tiempos así, llenos del clamor confuso de los augures del acabose, que en su empeño porque nos preocupemos acabarán haciendo que compremos unas tupidas orejeras. No afecta sólo a la res publica. Hay que tener un oído fino para identificar con precisión aquello que esperamos o que andamos buscando en el fragor de las carteleras. El que suscribe es más aficionado a dejar que el tiempo decante el caldo, por ver qué son posos y qué elixir de los dioses. Pero ni siquiera ese es ya un método fiable, porque la abundancia estrecha el paso a la celebridad y algunas de las joyas que se persiguen terminan arrumbadas en la cuneta de su propia modestia. Es el caso de Antes del atardecer (2004), de Richard Linklater, que requiere la pesquisa de tener videoclub con criterio o que un programador de televisión la confunda con una comedia romántica y la pase un sábado a las tres y media de la tarde.


Si no quisieras sexo,
¿para qué sentarse así?

Más que una continuación de Antes del amanecer (1995), del mismo director, estamos ante una revisión actualizada. En la primera película, de la que ya hablamos alguna vez por estos pagos (Los que eligen el anden), Linkater convertía en realidad uno de los lugares comunes de las ensoñaciones románticas masculinas: un joven norteamericano, Jesse (Ethan Hawke), viaja por Europa, en el epílogo de sus vacaciones, cuando se encuentra a una muchachita, Celine (Julie Delphy), en un tren y entabla conversación con ella. La empatía les lleva a compartir un paseo por Viena, antes de que ella prosiga viaje a París y él regrese a Estados Unidos, regalándose unas horas en las que se dan la oportunidad de conocerse y hablar de una vida que no compartirán. La presencia invisible del reloj y la certeza en la separación son dos de los componentes indispensables para entender el comportamiento de los protagonistas de este película de estructura rohmeriana (los protagonistas caminan y hablan, caminan y hablan) que logró el Oso de Plata al mejor director en el Festival de Berlín. En la despedida, ya totalmente enamorados, deciden volver a verse en la misma ciudad seis meses después, y la incertidumbre se la lleva el espectador a casa. Antes del Atardecer se sitúa en París, nueve años después. Jesse presenta en una pequeña librería su primera novela, en la que relata el encuentro de su protagonista con una joven francesa de la que luego debió separarse. Y entre el pequeño grupo de espectadores y periodistas aparece Celine. Así que ambos disponen de algo más de una hora para repetir su paseo y explicarse por qué no hubo reencuentro en Viena, antes de que el avión lo lleve a él de regreso a casa. El guión, escrito por los actores protagonistas en colaboración con el director, calca la estructura de la película original pero su contenido sufre la transformación de la década transcurrida. Las conversaciones (caminan y hablan, caminan y hablan) no giran en torno a aquello con lo que sueñan para su futuro, sino a aquello en lo que se han convertido. La fatiga y la decepción se conjugan con la satisfacción de la maduración. Y la infelicidad deja ver sus primeros síntomas. A Jesse lo esperan en Nueva York su mujer y su hijo. Celine comparte su vida con un joven reportero que pasa la mayor parte del tiempo lejos de Francia.


Ahí le está diciendo: "¿Pero
en serio fuiste a Viena?"

El reencuentro supone una segunda oportunidad para ambos, una forma de medir qué significó aquel paseo en Viena y de evaluar lo que ha sido su vida separados durante nueve años. Y sobre todo, la posibilidad de revivir la incertidumbre de encontrarse con una oportunidad de cambiar le curso de sus vidas. En esa incertidumbre reside la verdadera pasión que activa el camino de la felicidad. Porque, aunque el hombre pasa la vida buscando seguridad, es la incertidumbre la que lo conduce hacia una experiencia plena de la felicidad, si acaso eso existiera. En este caso la incertidumbre es tanto más potente por la presencia del reloj, de la irremediable separación que se levanta como un desafío.


Misterios del Interrail

La relación entre la incertidumbre y la felicidad es un viejo aforismo de la literatura y acaso de la filosofía. El deseo, motor de las pasiones, muere con su consunción. Sin embargo, la ciencia, como en tantas ocasiones ha confirmado las sospechas del poeta. El neurobiólogo de la universidad de Standford, Robert Sapolski, aseguraba en Redes (ese inagotable pozo de saber humano) que las expectativas generan más dopamina (la hormona de la felicidad, por así decir) que su cumplimiento. El experimento que lo prueba revela certezas apasionantes: a un ratón se le proporciona comida cuando, tras ver encenderse una luz, aprieta en el orden correcto unos dispositivos sencillos. En las primeras pruebas, la segregación de dopamina se produce cuando consigue su premio, sin embargo, con el paso del tiempo, la expectativa hace que la estimulación cerebral comience cuando la luz se enciende, hasta alcanzar un máximo inmediatamente antes de recibir la comida. Pero lo más sorprendente son los resultados de las pruebas posteriores: los científicos decidieron introducir incertidumbre en el proceso, de modo que la correcta operación de los dispositivos no garantice en todas las ocasiones la ansiada recompensa. Este experimento demostró que los niveles de dopamina se disparaban cuando la incertidumbre era total, es decir, cuando las posibilidades de conseguir la comida eran exactamente del 50%. Si la certeza era mayor en un sentido u otro, es decir si el porcentaje de éxito se elevaba hasta el 75% o se reducía al 25%, la segregación era menor. La incertidumbre del 50% producía mucha más dopamina (más felicidad) en el ratón que ninguna otra proporción, incluida la del 100%, es decir, la seguridad del premio. Las conclusiones de este modelo sirvieron para entender mejor el proceso de la ludopatía, pero también arrojaron mucha luz sobre la experimentación humana del amor romántico: “La vida en pareja es el precio a pagar por haberlo deseado tanto”, citaba Sapolski a un cínico compañero de profesión que, con su sarcasmo, había ilustrado perfectamente la relación de la dopamina y la felicidad humana en el ámbito de los afectos.

El segundo paseo de Jesse y Celine proporciona una oportunidad de revivir, no sólo el primer encuentro, sino la emoción nerviosa de la inminente separación y la incertidumbre sobre lo que ocurrirá, una inseguridad basada no sólo en la decisión que habrá de tomarse en la despedida, sino en la imposibilidad de conocer la decisión del otro. En el caso de que uno de ellos decidiera abandonarlo todo y reemprender su vida al lado del otro, queda saber si la percepción será recíproca. Es decir, el amor romántico, como el puñetero ingenio de los ratones, es capaz de generar tanta más felicidad en la medida en que mantenga viva la llama de la incertidumbre, y por eso los amantes muy expresivos y entregados a menudo reciben el pago de la indiferencia.

El atractivo de Antes del atardecer, en sus escasos 77 minutos, reside no sólo en mantener intacto el estilo y el encanto de la película original, sino en que ofrece respuesta a una de esas posibilidades que consumen la curiosidad del espectador: ¿Qué fue de los protagonistas después de los créditos finales? La respuesta necesariamente debe contener otra pregunta, porque si no, como ratón con queso entre las patas, se disiparía la emoción, y a este respecto Linkater, Hawke y Delphy, en tanto escritores, no se dejan arrastrar por la tentación de proporcionar al público las respuestas que ya quedaron en el aire en la película original. Optan por insinuar un desenlace, como ya hicieran en 1995 el propio director y su coguionista, Kim Krizan, una resolución con la que el espectador puede volver a casa con la satisfacción de intuir la recompensa pero sin la seguridad de que se producirá. Es decir, tontamente feliz.
pvallin@divertinajes.com
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