18 de octubre de 2005

La verdad encarnada


Seguro que está gritando:
"Gloria a dios en las alturas"

Hace poco más o menos año y medio, al calor de un estreno, dedicamos aquí un detallado análisis a construir, empalizar y defender una teoría que, a juzgar por las reacciones, no sólo careció de éxito entre los inquietos censores de este brainstorming heterodoxo a una sola voz, sino que provocó la disensión de los menos afectos a la prédica afectada. En El fracaso de la teodicea se explicó largamente que la vida del llamado Mesías de la cristiandad carecía, cinematográficamente hablando, de uno de los atributos fundamentales de la correcta narración, pues resultaba imposible empatizar con las peripecias de un protagonista suicida sin motivo. O por lo menos, lo era desde una perspectiva netamente laica. Porque sin el atributo fatalista de la fe, no se alcanzaba a comprender el motivo de su martirio, cosa que no ocurre con otros relatos de concursantes de la religiosidad, como el de Moisés o el de Francisco de Asís. Cometiendo la impudicia de la cita narcisista, repetimos lo dicho: "Los personajes de ficción (...) funcionan en la medida en que sus comportamientos tengan atributos plausibles, es decir, respondan a pautas que, siendo o no similares a las que rigen las vidas del espectador, nazcan de las mismas pasiones, dudas, ansias o determinaciones". Y eso no ocurre con el carpintero de Nazaret.


La flagelación, versículo a versículo

La idea surgió por entonces a raíz del sonado estreno de La Pasión de Cristo (2004), de Mel Gibson, una película-acontecimiento que desató tal cantidad de reacciones que el que suscribe prefirió mantenerse lejos de ella hasta que la turbamulta se hubieses disipado. Dieciocho meses después, la ocasión se ha presentado y el pase ha servido para ratificar lo dicho entonces (lo cual no es frecuente en quien suscribe, que navega por estos territorios con un rumbo tan errático que se diría deriva). Pero al tiempo, la película ofrece una ocasión muy apetecible para hablar de un asunto muy controvertido y que rebosa las propias fronteras del celuloide y las artes narrativas, para inundar también los campos de cultivo del periodismo, que son los que alimentan, como ya sabrán, las necesidades biológicas de su seguro servidor: la explicitud. La interpretación (por decir algo) de Gibson se diferencia de los precedentes en la forma descarnadamente explícita con la que detalla los padecimientos, como su propio nombre indica, de Jesucristo, y fue este descenso al detalle sanguinolento la única novedad de un relato que, por lo demás, se ciñe con ortodoxia bendecida por el Vaticano al relato bíblico de la captura, tormento y ejecución del peligroso y subversivo ebanista galileo.


Preludio a la piedad

No es que los relatos clásicos y los heterodoxos de la vida de Jesús hubieran optado por la elipsis o el edulcoramiento hollywoodiense como método para abordar estos pasajes evangélicos, pero sí es cierto que hay una cierta limpieza quirúrgica en el modo en que se plasman los muchos sufrimientos infligidos al nazareno antes de su muerte final, un pudor que afecta incluso a las versiones menos complacientes de la vida de Cristo, algunas de las cuales fueron citadas en detalle en nuestra anterior visita a esta historia. La intención del conocido ultraconservador Mel Gibson no era otra que dotar a su personaje (interpretado por Jim Caviezel) de la carnalidad que su propio padre, el dios de los cristianos, eligió para su primogénito, y cumplir y actualizar el papel evangelizador con el que se concibió el relato cuando, muchos años después de ocurrir, los cuatro biógrafos oficiales pusieron negro sobre blanco los hechos y los dichos de la historia de Jesús que habría de darse por cierta. Que el resultado de la película invite justamente a lo contrario de lo que se pretendía no deja de ser un sarcasmo al que la fidelidad de los espectadores cristianos y el anticlericalismo del resto permanecieron ajenos, a juzgar por lo abundantes y poco interesantes que fueron las críticas y ensayos al respecto.


Dícese "Hecho un Ecce Homo"

Sin saberlo él, el planteamiento del director remite a la poco complaciente El imperio de los sentidos (1976), de Nagisa Oshima, película que, por cierto, abrió en España el primer ciclo de cine sexualmente explícito que se programó el televisión tras la dictadura, titulado Cine de medianoche y que causó gran revuelo entre las comunidades conservadoras del país, empezando por la cristiana, por la naturalidad con la que narraba el abandono dionisiaco de una pareja de amantes. Las telarañas de cuarenta años de monocultivo del nacionalcatolicismo no se despejan con un proceso electoral. Y a veces parece que tampoco con tres décadas de democracia. Pero lo cierto, aunque suena a paradoja o audacia del autor, es que sus aproximaciones son idénticas: ambos eligen un relato sin otro impulso dramático que la progresión de la pasión (aunque sea aquí un término de naturaleza anfibológica), de acercamiento paulatino y detallado a la condición carnal de sus protagonistas, de pendiente indetenible hacia el sufrimiento y el placer, ambos presentes en las dos historias aunque en sentidos inversos. No hay planteamiento, nudo y desenlace sino sólo un acuciamiento de los presupuestos de partida hasta alcanzar un final extático. En el caso de Oshima, el descenso y la exploración de los límites del placer conduce irremediablemente al dolor, experimentado con gozo sádico, y a la destrucción. En el de Gibson, es el tormento el que conduce al éxtasis de la salvación, previo paso por el aniquilamiento, también con obvias salpicaduras sadomasoquistas. En el campo de experimentación de Oshima, la historia del cine nunca ha sabido ir más lejos, y apenas sí se ha atrevido desde entonces a transitar de nuevo siquiera una parte de la pista abierta por el maestro japonés. Pero tampoco parece concebible que nadie vaya más allá de lo que ha ido Gibson en el tratamiento del tormento elegido con fines redentores.


La ayuda del cruzado

Ocurre un poco como con el acabamiento de los géneros. Cuando Cervantes desasió las aventuras de los caballeros andantes de toda su prosapia y las hizo poner pie a tierra sobre un país de maleantes y miserables, destruyó el género, que ya sólo se toleró recuperar aquel pastoril tono de gesta con la coartada romántica del remedo. Otro tanto ocurrió en el cine cuando Sergio Leone y Sam Peckinpah, primero, y Clint Eastwood, mucho después, desnudaron el western de su aparatosidad mitológica y contaron esa parte de la historia norteamericana con la polvorienta y descarnada amoralidad con la que en realidad debió suceder. Y así, el escarnio al que fue sometido el autoproclamado rey de los judíos, contado por Gibson pone punto y final la mitificación (mejor, mixtificación) de aquellos hechos: el alcance del tormento, tan explícitamente contado, pone sobre la mesa, aun dando por buena (que es mucho decir) la existencia de un plan paterno de redención, el carácter despiadado de una deidad anacrónica, que sostiene que el sufrimiento y el sacrificio son las únicas formas de purificación posibles. Un mensaje tan fuera de la moralidad contemporánea, tan excesivo y descabellado que, antes que a comulgar con su Reino de los Cielos, invita a mantenerse alejado de un poder superior con semejante hambre de sangre.


Cuenten las marcas si tiene valor

De hecho, la desproporción del castigo, que llega a cubrir de jirones de carne y sangre a cuantos lo contemplan (en un sentido no literal, también al espectador), y el disfrute de quienes lo infligen, invitan a otra reflexión. Si la condena y punición son bendecidas por el ser supremo que los planea, el sanedrín judío que los exige y la soldadesca romana que los ejecutan, acaso sólo el civilizado cónsul romano, se salva de ese festival de golpes, cortes y latigazos a que se somete al cordero sacrificado hasta la extanuación de los verdugos, y así el gobernador Pilatos se convierte en el único avío de moralidad humana del relato.

Resulta no poco interesante el esfuerzo de una aproximación tan explícita a la voluntad de un dios morboso o demente que ofrece a los hombres a los que pretende redimir semejante espectáculo de impiedad y vileza practicada sobre la carne de su hijo. Es de agradecer semejante honradez en el tratamiento cinematográfico de la historia santa, una honestidad que hace al que suscribe reflexionar sobre la propia naturaleza del oficio al que dedica las horas del día, el periodismo. En la deglución de la realidad y sus imágenes, se siente el periodista frecuentemente tentado de esconder el dolor explícito o la sangre que salpica a sus objetivos. Muchos son los teóricos del buen gusto que se apresuran a desaconsejar la ilustración descarnada de la realidad, con un paternalismo que convierte al público en menor de edad, o bien con un decoro que toma al espectador por un burgués poco inclinado a que su medio de información el ensucie el mantel del desayuno.

La Pasión se convierte pues en una lección de recato de Mel Gibson, seguramente indeliberada, al no atreverse a disimular o edulcorar lo que está explícitamente narrado en los evangelios de los que arranca, y un motivo para recomendar vivamente este catón del posterior martirologio del santoral, tanto más cuanto más delicada sea la visión del espectador. La verdad de esas letras, hecha carne y sangre sobre el mantel inmaculado de una pantalla de cine o un televisor de plasma, mancha. Como la vida.






pvallin@divertinajes.com
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