11 de octubre de 2005

Vomitar gazapos


Les presento a Gromit, un silencioso
genio de la electrónica

Que los cuentos infantiles son terribles (o más bien lo eran) porque sirven para convertir a ese ser incivil que es el niño (descanse en paz Rousseau) en un actor social funcional, que sepa desenvolverse y comprenda los dilemas morales a los que tendrá que enfrentarse es cosa sabida y, además, hemos hablado aquí de ello con profusión, la última vez con ocasión de la biografía apócrifa de Michael Jackson que Roald Dahl escribió aun antes de que el planeta empezara a pensar que será lo que tiene el negro, y Tim Burton convirtiera en película (Paidofobias). Pero lo que no está claro es la utilidad de los cuentos para adultos. El relato breve contemporáneo, cuyo canon de más éxito establecieron cuatro firmas, Kafka, Borges, Cortázar y Carver, ha quedado como una especie de veleidad de escritor consagrado, o ejercicio práctico de novelista en ciernes. En general, antes que metaforizar los conflictos de la socialización, estos cuentos abordan los abismos del ser asocial, los intersticios por los que la identidad individual y social se escurren hacia un substrato previo en el que uno amanece cucaracha y otros van clausurando su casa para dejar que los fantasmas la habiten.


Cartel europeo de
La maldición de las verduras

Carta a una señorita en París, de Julio Cortázar, cuenta la historia de un hombre de modales refinados que ha recibido el encargo de cuidar el apartamento de una amiga de respetable condición social y debe dirigirle a ella una epístola urgente para explicarle el lío en el que se halla: desde que entrara en el piso en cuestión, le ha dado por vomitar conejitos, de modo que ahora la casa está infestada de esos tiernos bichitos de peluche con ojos sorprendidos y cara de no haber roto nunca un plato. El dilema del personaje de Cortázar es el punto de arranque, deliberado o no, de Wallace y Gromit, la maldición de las verduras (2005), de Nick Park y Steve Box, segundo largo de la compañía británica de animación Aardman. El exitoso primer intento de realizar un largometraje de animación de plastilina de este pequeño estudio (mediante la técnica llamada stop-motion, es decir, filmación fotograma a fotograma) se tituló Chiken run: Evasión en la granja (2000), de Peter Lord y Nick Park, y se trataba de relatar la huida de un gallinero que remedaba, de forma muy evidente, un campo de concentración nazi. Al gusto de la época, la película acudía a un humor sofisticado para atraer a los adultos tanto o más que a sus pequeños, algo que a los títulos de animación 3-D de Dreamworks, en mayor medida que en los de Pixar, les ha reportado espectaculares resultados en taquilla. Así, llena la película de citas bastante explícitas a La Gran Evasión (1963), de John Sturges, el público rió a mandíbula batiente los motivos visuales bien conocidos a los que acudía Chicken run buscando un espacio de complicidad con el respetable.


Cartel norteamericano

La maldición de las verduras es la puesta de largo de la insólita pareja que forman Wallace y su perro Gromit, pero en realidad es la cuarta de sus aventuras cinematográficas. Su estreno, en el cortometraje La gran excursión (1989), de Nick Park, fue saludado con el premio Bafta de la industria británica a la mejor película de animación de 1990, categoría en la que también fue nominado para los Oscars de 1991. Los pantalones equivocados (1993), también de Nick Park, logró el Oscar, el premio Bafta, el premio del público en el festival de cortos de Clermont-Ferrand, y el premio especial del jurado en la Seminci de Valladolid, entre otros galardones internacionales. La tercera peripecia del flemático comedor de queso y su can fue Un esquilado apurado (1995), del mismo director, que volvió a lograr el Oscar, el premio Bafta, y una docena más de laureles en los certámenes de Annency, Ottawa, Chicago, Zagreb y el Algarbe, entre otros. Así que no resulta sorprendente que este primer largo de Wallace y Gromit "huela a Oscar", como gustan de decir los críticos con inclinaciones de augures.


Peligros de la psiquiatría
conductual tecnologizada

En un momento en que la infantilización del mundo (sociología dixit) ha colocado al cine de animación en posiciones destacadas de la recaudación, a nadie extraña que una fórmula tan celebrada como la del humor blanco de estos dos muñecos de plastilina haya dado el salto de los 20 minutos a la hora y cuarto de la división de honor. Sin embargo, hay en ellos algo impropio de este tiempo: la ausencia de sofisticación. El guión de La maldición de las verduras, escrito por Bob Baker, Steve Box, Mark Burton y Nick Park, carece de citas cinéfilas, o de los tan exitosos chistes de doble sentido que envían un aviso cómplice al espectador adulto. Y esa singularidad hace de esta película un producto único en el panorama contemporáneo. Nick Park, responsable último del filme y fundador de la factoría Aardman, hace descansar el peso de su narración en su proverbial imaginación visual, en una virtuosa planificación de las secuencias de acción, y en un dominio exquisito de la planificación de las películas de misterio, cualidades que ya acreditara en los tres cortometrajes precedentes. Por eso, las de Wallace y Gromit son películas de cine mudo, y en ellas el texto apenas es un apoyo a una sintaxis visual en la que, eso sí, aparece algún poco sutil chiste verde, por toda alusión al espectador postadolescente.


Observen la atónita mirada del conejito
ante los efluvios interclasistas

Dicho lo cual, resulta tanto más sorprendente que la película cuente una invasión de conejos en la finca de una señora de la alta sociedad, Lady Campanula Tottington (Helena Bonham Carter en su voz original), que quiere deshacerse de ellos pero que carece del valor para sacrificarlos, un conflicto idéntico al planteado por Carta a una señorita en París y que, a su vez, remite estremecedoramente a un asunto de actualidad que tiene que ver con seres que, movidos por el hambre, entran en el cercado de la sociedad opulenta reventando los linderos y de los que los prósperos quieren deshacerse sin responsabilizarse de su exterminio. Así las cosas, Wallace (doblado por Peter Sallis en la versión británica), que no lo hemos dicho pero es inventor amateur, regenta una empresa, Anti-Pesto, especializada en proteger a las verduras de la invasión de roedores. Tal es el mensaje de opulencia que transmite la película que las verduras que deben ser protegidas no son alimento de la comunidad, sino hipertrofiadas piezas de la eugenesia hortícola para un concurso de vegetales gigantes. Gromit, verdadero sostén humorístico de esta pareja, merced a una flema silenciosa que esconde una brillante inteligencia (a lo largo de las cuatro películas le hemos visto leyendo La República de Platón, Crimen y castigo de Féodor Dostoievski, la enciclopedia Electrónica para perros, y la prensa diaria), se encarga de cobijar y alimentar a los cientos de conejos que la pareja ha ido recogiendo a lo largo de las huertas de la localidad hasta que su amo Wallace idea una máquina capaz de curar a los gazapos de su adicción vegetariana, parábola bastante evidente de la socialización del inmigrante, esa cuyo fracaso produce enemigos extranjeros hijos de la propia patria británica, como vimos en julio.


Lo que hay que hacer por
el bien del negocio familiar

Por supuesto, el ingenio de la reeducación de Wallace crea muchos más problemas de los que resuelve, pero para saber del asunto tendrán que ir al cine a averiguar cómo se resuelve el conflicto entre el hambre de unos y la prosperidad de los otros, un asunto cuya coincidencia con la actualidad de este sur de Europa no deja de ser una inquietante casualidad. En todo caso, no es la parábola social, ni mucho menos, la principal virtud de esta película, sino precisamente su ausencia de ambiciones, su humor franco y directo, basado en los gags del cine mudo, y su ejemplar dominio de esa trabajosa técnica de animar (literalmente, "dar alma") a unos expresivos muñecos de plastilina. La pureza de sus arquetipos humorísticos del clown y el augusto, auténtico catón de la pareja cómica universal, el proverbial e imaginativo diseño de las persecuciones y el encanto de sus ojijuntos personajes (los diminutos ojos emparejados en caras alargadas son la auténtica imagen de marca de Aardam) hacen de Wallace y Gromit: La maldición de las verduras un producto singular cuya irredenta ingenuidad propone un refrescante ejercicio de desnudez cinematográfica que desarma el género de las intelectualizadas revisiones que los clásicos del relato infantil han sufrido en los últimos años. Su negativa a justificarse ante el público adulto remite de nuevo al extraño cuento de Cortázar en el que toda prosopopeya de la tranquila vida burguesa se desmorona ante el candoroso rostro de un conejito que está en el lugar equivocado. Con la misma capacidad devastadora que la inocencia desarbolante de las preguntas de un niño. Después de todo, nada hay más subversivo que la ingenuidad presocial de quien ignora que la convivencia descansa sobre un precario equilibrio de convenciones, de arbitrariedades que pueden venirse abajo ante la destructiva acción de unos dientecillos prominentes y unas orejas de felpa.







pvallin@divertinajes.com
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