04 de octubre de 2005

Apéndices de Hiroshima


El conocimiento supremo, en manos de un niño

Año largo se cumple ya del episodio que peroraba sobre la inconmensurable influencia del holocausto atómico sobre Japón (Hiroshima como sombra), cuando nos hallamos con otra prueba palpable de este inacabable ejercicio de exorcismo colectivo y artístico. Los fantasmas, se citó entonces a Cortázar, van tomando la casa y hay que clausurar estancias para proseguir una existencia razonable en los habitáculos que nos dejan. Catorce meses, que no es soneto, se cumplen de aquella sucinta recopilación de las huellas que la fractura del átomo había dejado en la producción pop nipona, y topamos con una nueva obra que viene a dar la razón a lo entonces escrito. Y como la razón es mucho más importante que ninguna otra cosa, el CinExín de hoy es un corolario de aquél.

Para hablar del hecatombismo del cine japonés se citó aquí, entre otros, a Katsuhiro Otomo, autor, director, responsable, escritor o impulsor de Akira (1988), Memories (1995), Spriggan (1998) y Metrópolis (2001), y que estrenó este año el primer largo que escribe y dirige desde hace 17 años, titulado Steamboy (2004), una historia que se desarrolla en Manchester y Londres a mediados del siglo XIX, cuando la revolucionaria máquina de vapor mecanizaba las tareas más gravosas y prometía emancipar al hombre de la condena bíblica de ganarse el pan sudando. Con este punto de partida, podría pensarse que la película está situada en las antípodas de su obra fundacional, cuando en realidad es, en muchos sentidos, un remedo bastante literal de aquella, tanto en su estructura narrativa como en su extenuante apocalipsis final, que es similar al de Akira, Spriggan o Metrópolis.

El relato se centra en la familia Steam, tres generaciones de inventores especialmente dotados para idear ingenios que desarrollen esa nueva potencia inacabable llamada vapor de agua (sic). Loyd Steam es el abuelo, creador de la "bola Steam", santo grial de la ciencia precursada siglo y cuarto atrás por James Watts y capaz de proporcionar potencia ilimitada a cientos de motores de vapor. Eddie Steam, su hijo, resultó gravemente quemado durante un experimento realizado en una planta de Alaska en pleno arrebato de temeridad de su padre: "Todo progreso implica riesgos", dijo el anciano momentos antes del estallido de la caldera que abrasó a su hijo. Finalmente, James Ray Steam, el joven protagonista, hijo del segundo y nieto del primero, es un muchacho de 13 años que espera junto a su madre, en Manchester, el regreso de sus mayores mientras trabaja en una instalación textil. En la fábrica, Ray es un obrero encargado del mantenimiento de las máquinas que mueven los telares, una mención del trabajo infantil muy poco al uso en Occidente. Los tres Steam, enfrentados entre sí y contra la corona inglesa y el capitalismo americano durante el desarrollo de la trama, representan tres aproximaciones a la ciencia, en cierta medida complementarias, pero también bastante incompatibles.


El capitalismo se las ve con
las consecuencias de su inversión

Y es este punto dónde la película va más allá que sus predecesoras, a las que, por lo demás, remeda de forma bastante literal: las ambiciones de los hombres por un desarrollo científico que les proporcione más poder conduce irremisiblemente a una gran destrucción que, como tanto gusta a los japoneses (y esta era la mencionada sombra de Hiroshima), acaba con la apocalíptica destrucción de una gran urbe, que en este caso no es Tokio, sino el Londres de la exposición universal de 1951 (aquella en la que se presentó el Palacio de Cristal y cobraron inusitada fuerza las teorías progresistas sobre la capacidad de la ciencia para hacer más habitable el mundo).

Como cualquier niño que haya tenido un Tente en las manos sabe, el mayor placer de la paciente construcción reside en la posterior destrucción de lo levantado. Así el preciosista retrato que hace Otomo de la capital británica del siglo XIX (olvidaba decir que la película es de dibujos animados, una omisión indeliberada que responde a un convencimiento personal: no hay géneros menores) no es más que un prolegómeno para el detallado cataclismo que ocupa casi por completo la segunda hora de película y que, por su hipertrofia narrativa, lastra irremediablemente el equilibrio del conjunto.


El niño inventor siempre
es más divertido que práctico

Retomando el hilo, la verdadera diferencia entre este título y otros tantos de estructura pareja es la descomposición del personaje del científico en tres personajes que encarnan otras tantas aproximaciones a la ciencia y el conocimiento. Ray, el niño, mantiene, como parece lógico, una actitud presidida por la curiosidad pura, cuyo ánimo fundamental es el conocimiento, el descubrimiento del mundo. Su posición se limita a aplicar los dos principios básicos de la filosofía de la ciencia: En primer lugar, la naturaleza es regular, uniforme e inteligible. Y en segundo, El hombre es capaz de comprender la inteligibilidad de la naturaleza, y por tanto, de domeñarla. Esa curiosidad y ese intervensionismo es de algún modo consustancial al hombre, resultado de su inteligencia y curiosidad y fuente de su progreso. Parte del principio de que el conocimiento es un bien moral en sí mismo, y por tanto, "su búsqueda es un bien moral en sí, que no requiere de análisis deontológico en cuanto al objeto de su investigación", en palabras de John Ziman, profesor Emérito de Física teórica de la Universidad de Bristol y autor de Teaching and Learning About Science and Society.


La ingenuidad salva al capital

Pero su padre, con el rostro deformado por el accidente en el laboratorio de la Fundación O'Hara (una corporación que sirve a Otomo como parábola de la ambición, no sólo económica, del capitalismo norteamericano) en Alaska, mantiene una actitud ante la ciencia mucho más comprometida y progresista, en un sentido político pero también filosófico: a Eddie no le importa el dinero que pueda hacer la Fundación gracias a sus investigaciones, porque cree que las aplicaciones que extraiga de sus teorías tendrán así un efecto práctico y tangible para la humanidad. Es decir, que al atender las necesidades de la industria hegemónica, en realidad está usándola como altavoz, multiplicador de los bienes que depara el conocimiento en tanto capacidad del hombre para emanciparse de la naturaleza. Es decir, de cómo la ciencia básica se convierte en un bien social. Abomina Eddie Steam de los científicos deseosos de ser celosos guardianes de un arcano. El uso armamentístico que la Fundación O'Hara (cuya propietaria es una joven llamada Scarlett, en una especie de broma cinéfila bastante chusca) haga de sus inventos es asumido, al cabo, como un mal menor.


Pobre Puente de Londres.
¿Tendrá seguro?

El anciano Loyd Steam, que en el prólogo de la película comparte los postulados de su hijo (de hecho, cabe pensar que es el inductor de ellos), aparece tras el accidente de Alaska como un científico desconfiado que considera que ciertas revelaciones de la ciencia básica o aplicada suponen un riesgo para la humanidad, un hombre que no está moralmente capacitado para interpretarlos o gestionarlos y que por tanto, es el hombre de ciencia el único que debe mirar en el interior de la Caja de Pandora. Es decir, la responsabilidad del científico hacia la sociedad no se limita a proporcionarle conocimiento, sino que, muy antes debe proteger al hombre de aquellos conocimientos que lo pongan en riesgo.

El científico aparece aquí como responsable moral y, en ese sentido, como titular de un conocimiento que lo hace depositario del deber de proteger a quien carezca de esa sabiduría y, por tanto, no pueda medir el alcance del progreso científico. El hombre moderno sigue siendo un niño y debe ser protegido del conocimiento, postula el viejo. Esta visión es antitética, pero no antagónica, a la de la expansión del conocimiento, aceptada casi por unanimidad. Dicho de otro modo, entre ambas existe una relación dialéctica, desde el punto de vista filosófico.


Cartel internacional de Steamboy

Es decir, el niño es un científico premoderno; el adulto, un investigador de la era industrial, y el anciano, un teórico de la era atómica. La ingenuidad, el progresismo y el desencantamiento, tres edades del hombre y tres etapas de la ciencia que aún hoy conviven. La película, incapaz de escapar a la trayectoria de su autor y del discurso posatómico del cine japonés, desborda claramente la época en la que se desarrolla, merced a su inclusión en ese género que podemos llamar retro-ciencia-ficción, en el que comparte espacio con películas recientes tan pueriles como Wild Wild West (1999), de Barry Sonnenfeld, o La liga de los hombres extraordinarios (2003), de Stephen Norrington. Pero su interés, que rebasa al de las citadas, no reside tanto en esa elección estilística o de ambientación, sino en su propósito de extraer el debate sobre la energía nuclear, encarnada aquí por la "bola Steam", de su marco histórico para trascenderlo y retratar en los tres Steam un debate que muy bien hoy podríamos aplicar a la biotecnología y su aplicación eugenésica.

Al cabo, los tres científicos son uno sólo, y ninguno duda de la necesidad de buscar el conocimiento, de desvelar los secretos y dinamitar el dogmatismo: "Todo secreto, así como todo dogmatismo, reduce la capacidad de buscar el conocimiento y ponerlo al servicio de la humanidad en su conjunto. Tal es la tradicional filosofía de la ciencia", decía el doctor Tomas Buch en su debate con el citado Ziman. El debate es plenamente actual porque hoy las industrias, públicas o privadas, que financian la ciencia buscan a menudo una ventaja técnica o comercial que les permita derrotar (económica o militarmente) a sus rivales, lo que pone de nuevo sobre la mesa la importancia del secreto, que se ha convertido en garantía de superioridad. De otra parte, el desarrollo de la bioética ha traído de nuevo al argumentario de los filósofos de la ciencia el asunto del dogma que antes usaran los teólogos: ¿Cuál es el punto en el que el científico debe detenerse? Es más, ¿debe detenerse? Los ejemplos de la historia demuestran que el único factor hábil para establecer límites a la investigación no residen en la ética sino en el miedo. Miedo a los efectos de los alimentos transgénicos o a un accidente nuclear. Tan pueril es nuestra forma de desentrañar el mundo.






pvallin@divertinajes.com
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