13 de septiembre de 2005

Voces verbales (y II)


Casandra, una vez retirada
la camisa de fuerzas

Resumen de lo publicado: La mujer ha logrado emanciparse de su rol pasivo en la historia de la narrativa, incluido el cine, y ahora desempeña un papel distinto que tampoco es la voz activa. La mujer objeto directo, que recibe la acción del verbo (según definición canónica de los años ochenta), no ha pasado a ser sujeto en igualdad de condiciones al hombre, sino que ha desarrollado un nuevo rol en el que no ejecuta los aconteceres, sino que los insta. La nueva mujer del cine no hace, sino que domina las destrezas para promover la acción de otros (con desigual fortuna). Lo que un psicoanalista llamaría un rol pasivo-agresivo, dicho sea esto sin ánimo de ofender aunque con mal disimulada voluntad de provocar. Y esto es especialmente obvio en el cine de desastres. En estas andábamos cuando la semana pasada los abandoné en el pie de página.

En la injustamente denostada versión de La Iliada que dirigió Wolfgang Petersen, titulada sucintamente Troya (2004), hay una ausencia femenina notoria: Casandra, que predice que Paris (Orlando Bloom en la versión citada) traerá la desgracia a Troya, pero no es escuchada. Más adelante, se opone a la entrada del caballo en la ciudad ante la certeza de que se trata de una trampa de los aqueos, pero su voz también es ignorada. Recibió el don de la profecía de Apolo, que a cambio le exigió que se entregara a él. Pero ella no cumplió su parte del trato así que Apolo le arrebató el don de la persuasión, de modo que nadie creía sus augurios. Casandra encarna pues a la mujer que sólo vaticina tragedias, y cuyos oscuros augurios nadie escucha. Lo que nos lleva al cine de catástrofes contemporáneo, como audazmente formuló la profesora María José Suárez, y a la nueva voz verbal de las heroínas. La pista fue tendida en las fotografías que acompañaban la primera parte de este auspicio, pertenecientes a una saga que no se citaba en el texto: Terminator (1984-2003), de James Cameron y Jonathan Mostow . En la segunda de las tres piezas de la serie, Terminator II: El juicio final (1991) aparece la primera Casandra postmoderna, canon de un nuevo rol que ha logrado gran predicamento: Sarah Connor (Linda Hamilton), encerrada en un psiquiátrico por ser la única que conoce la tragedia futura. Cegada por su clarividencia, grita a los cuatro vientos su nefasto augurio, la capitulación de la humanidad ante las máquinas, sin otro éxito que unas nuevas correas para atarla a la cama. Pese a su entrenamiento militar, Sarah Connor no se reserva el papel de la guerrera que librará la batalla contra el destino, sino el del percutor que activará (ojo) la reacción de su hijo John Connor (Edward Furlong) y dirigirá los pasos del Terminator (Arnold Swarzenegger) enviado para protegerlos.


Casandra es esta vez primer edil

En la filmografía de Cameron hay un precedente inmediato de Sarah Connor, en el personaje de la teniente Ellen Ripley (Sigourney Weaver) de Aliens, el regreso (1988), que dedica el primer rollo de película a advertir sin éxito al representante de la Compañía, Carter Burke (Paul Reiser), y a los aguerridos Marines de la muerte segura a la que se dirigen al tratar de recuperar el xenomorfo que se ha colado en la colonia del Nivel 426.

Entrando propiamente en el cine de desastres, las modernas casandras aparecen por doquier. La misma Linda Hamilton ejerce de alcaldesa consciente del peligro que entraña el volcán dormido en Un pueblo llamado Dantes's Peak (1997), de Roger Donaldson. A pesar de que en esta cinta la mujer encarna al poder público, y el científico profeta lo representa un hombre, Harry Dalton (Pierce Brosnan), la alcaldesa carece de poder real, lo que de nuevo la convierte en una voz que predica en el desierto antes que en el poder activo para evitar la desgracia. En la muy similar (y baratita) Volcano (1997), de Mick Jackson, la doctora Amy Barnes (Anne Heche) es el heraldo de la destrucción que tiene que pelear con la viril determinación del héroe Mike Roak (Tommy lee Jones) para convencerle de la gravedad de lo que está a punto de ocurrir en mitad de Los Ángeles.


Otra Casandra, ésta con cuentas
pendientes con Apolo

Mejores resultados (de hecho, podríamos considerarla la película de catástrofes mejor acabada de los años 90) obtuvo la entretenida Twister (1996), del lamentable por lo demás Jan de Bont. De nuevo una mujer, la doctora Joanne Thorton-Harding (Helen Hunt), es la única capaz de comprender el alcance y la tragedia que se esconde en el interior de un tornado de fuerza 5, pese a lo cual, corre a su encuentro para saldar una cuenta de su infancia. Que los huracanes que asuelan el sur de Estados Unidos tengan nombre de mujer es sólo un sarcasmo de los climatólogos que no nos detendremos a comentar.

Y en los aledaños del género, Parque Jurásico (1993) y Parque Jurásico: El Mundo Perdido, ambas de Steven Spielberg, colocan a la mujer científico, Ellie Sattler (Laura Dern) y Sara Harding (Julianne Moore), como una especie de iluminada que, como las anteriores, dirige a los hombres hacia los arrabales de su propia destrucción, si bien la casandra canónica la encarna aquí el doctor Ian Malcolm (Jeff Goldblum), teórico de la matemática del caos, que no lo dice pero parece poseer el conocimiento intuitivo de la estrecha relación que hay entre mujer, ciencia y entropía. Cosas de la corrección política: a Malcolm se le permite ejercer la cobardía del hombre de ciencia y despacho, atributo que sería tachado inmediatamente de paternalismo machista si a alguien se le hubiera ocurrido atribuirlo a alguna de las científicas antes nombradas.


Y aquí, con augurios de trascendencia
judeocristiana

Hay una versión más compasiva del mito de Casandra, en la que su incapacidad para la persuasión, condena de Apolo, permanece intacta, si bien su augurio no es aciago, como en las anteriores. Ellie Arroway (Jodie Foster) es una doctora febrilmente convencida de que enviar señales al espacio conduce irremediablemente a encontrar una respuesta. El optimismo irracional y la deriva trascendente de Contact (1997), de Robert Zemeckis, versión de la novela homónima de Carl Sagan, suponen una variación libre sobre el mito griego, pero no omiten el habitual descreimiento con el que los vaticinios de la protagonista son recibidos por su entorno masculino e incrédulo.

Y todo ello, desde Casandra hasta la doctora Arroway, con el paso de siglos polvorientos que se extiende entre ambas, conduce a una verdad inexorable, la misma que hace que las madres tengan razón con tanta frecuencia: la clarividencia ha sido históricamente patrimonio del mundo femenino, aunque apenas ahora el cine refleje que el silencio del presentimiento ha dado paso a la voz airada de la advertencia. Las casandras silenciosas han alzado la voz para demostrar al mundo una certeza antigua e inasible, seguramente contenida en su material genético, dotado de la perfección de sus cromosomas, todos iguales, a diferencia de ese incompleto final de la serie masculina que convierte al hombre en una aberración mutante, en un invento inconcluso. Una certeza que, al cabo, sólo nos atrevemos a expresar demasiado tarde: que ella ya lo sabía.






pvallin@divertinajes.com
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