13 de septiembre de 2005

Llorar y llorar


Epifanía del cine español

Recién reincorporado al rugido de esta curiosa y anacrónica ciudad que hospedería del que suscribe desde que cambiamos de milenio, anda ofuscado el autor de este confusionario (no hay errata, se trata de una palabra-maleta que aquí se brinda generosamente al ya florido diccionario, invento y patrimonio de la reina, pero no gobierna, de esta Confederación de Estados de Ánimo). La ofuscación nace de la comprobación de que persiste la quejumbre, la misma sempiterna e inagotable letanía gemebunda, en su política de mendigar una bendición institucional para convertir sus temblorosos libretos en celuloide del que se proyecta en pantalla grande a seis eurillos la pieza, céntimo arriba, céntimo abajo. Eso que llaman cine español, inútil esfuerzo por hacernos creer que existen naciones y nacionalidades (contenedoras o contenidas en un estado que no es de ánimo) en la era de Internet, eso que llaman cine español, decía, llora con amargura el despecho del público, un público ignorante, pobrecito, de las beldades de nuestras artesanías fílmicas, recuerdo de mi viaje a Benidorm o a Ponferrada. No entienden ese divorcio con el espectador (palabra inapropiada al caso porque presupone un desconocido matrimonio previo) y lo achacan ora a las prácticas abusivas de las omnipotentes distribuidoras norteamericanas (que sí, que abusan y vaya cómo), ora a la ausencia de un aparato industrial o providencia administrativa que lo supla, ora (en el peor de los casos) a la ignorancia del respetable, que mayormente lo es (ignorante, no respetable; no hay más que verlo comer en las butacas para darse cuenta de lo optimista del segundo apelativo) pero no por eso.


El habitual exceso intelectual
del cine alternativo a Hollywood

Nuestro Ministerio de Cultura, que tan alegremente regenta la pizpireta Carmen Calvo, ha dado a conocer en fecha reciente los datos de recaudación del cine español (sic) en lo que va de 2005. La película española (sic) más taquillera es El Reino de los Cielos (2005), de Ridley Scott. Indagando se descubre que uno de los doce (sí doce) productores del filme, rodado parcialmente en Huesca, se llama José Luis Escolar y es un habitual de la filmografía de Vicvente Aranda. Bien, bárbaro. En segundo lugar de esta lista aparece una cosa llamada El penalti más largo del mundo (2005), de Roberto Santiago, director que anteriormente firmó una cosa llamada Hombres felices (2001) y aún antes un cortometraje más generoso en presupuesto que en talento (que ya es decir) llamado Ruleta (1999). La gracia de El penalti... es que salía haciendo de portero (de fútbol) el portero (de portal) de un exitoso vodevil televisivo firmado por la factoría de José Luis Moreno. Vamos bien, vamos bien. El bronce de este podio de cine nacional (con perdon) es para Sahara (2005), de un tal Breck Eisner, una película en la que podíamos ver a la actriz Penélope Cruz con su nuevo novio, Matthew McConaughey, de aventuras por la arena. Para encontrar apellidos patrios en el elenco de este título hay que irse a buscar a los asistentes del director durante el rodaje en España y una maquilladora y dos peluqueras. O sea, tres meritorias y tres profesionales de lo suyo, esa es la aportación rojigualda a este título cuyo principal atractivo, además de la amenidad que se le supone, es que la chica y el chico se enrollaron en el rodaje. Así estamos. Total que el cine español que nos gusta es el que hacen los americanos.


Otra epifanía del talento mediterráneo

A las películas españolas españolas (sic), es decir, las que hace la gente de aquí con dinero de aquí (o sea, el que apoquina la administración) para la gente de aquí les viene a pasar mayormente lo mismo que a esta epifanía narcisa del ensayo cinematográfico: como mucho cae simpático, pero dinero del que se usa para comprar comida y tal no da nada. En otras ocupaciones distintas de esta homilía, el que firma ha conocido profesionales cuya valía ante sí mismos estaba siempre a salvo gracias a una coartada vital que explicaba cada revés. Hay de todo, desde el que cree que es más listo que todos los demás, vieja versión del elitista complejo del incomprendido al que no es del todo ajeno el orador, hasta el que halla en su condición sexual (femenina, mayormente) una explicación para cada ocasión en la que éxito se vuelve esquivo. Al cine de aquí le pasa un poco eso. La culpa habita en los otros, políticos, distribuidores, espectadores y dobladores, que con su desidia, ambición, estulticia y complicidad, respectivamente, contribuyen a que el floreciente talento del país no vea la luz. Algo así como esa sempiterna mala suerte que acompaña al combinado nacional (con perdón) de balompié, que lleva el fracaso escrito en las botas, sin que ello sea traído aquí por ninguna emoción especial, sino por su mera trascendencia simbólica.


Si la envidia fuera tiña

La alteridad como explicación satisfecha de la frustración es un mecanismo de defensa tan primario que su obviedad ruborizará a cualquiera que conozca, si acaso de forma tangencial, los rudimentos de la psicología. Y la versión más lamentable es el desdén con el que se hurta a ese fatal destino que ya está escrito: se le juzga con displicencia porque su éxito demuestra que si hay verdadero talento para este negocio puede salirse a flote. No quieran oír lo que se dice en el mundillo en cuanto Amenábar se da la vuelta.

Total, que no extraña que cuando el espectador siente veleidades periféricas, es decir, necesidad perentoria de ir a ver algo que se salga del canon del solvente y obvio cine palomitero que nos envía Hollywood y sus aledaños, prefiera mil veces las especialidades foráneas a las de nuestros simpáticos lugareños. Arrojarse en brazos del exotismo del Magreb y los países árabes; de la pedantería autosatisfecha de los franceses hablando de erotismo (el cine francés, bendito él, sólo entiende el amor en su versión sensual, aunque tenga el buen gusto de evitar ser demasiado explícito); de la conciencia social de media docena de británicos con buen gusto y mejores intenciones; de la tontería intelectualoide pero estimulante de los daneses dogmáticos; o, al cabo, del terrorífico terror que viene del Lejano Oriente, mechado de musicales sin música llenos de saltimbanquis y coreografías de katanas. Cualquier cosa antes de tropezarse con otra comedieta sobre fascistas, travestís, cuñadas, cornudos, guardiaciviles o jovencitos con picores resbalados de Grease que es así, grosso modo, lo que hacen nuestros menesterosos creadores.


Dónde habré puesto yo
el champú anticaspa...

Tal están las cosas que es fácil saber cuál puede ser la película nacional más recaudadora del año entrante. Adivinen: una novela de éxito, una rutilante estrella internacional como protagonista, y una producción generosísima (como nunca antes) para poner en pie las aventuras de un capitán mercenario del siglo XVII. Pues esa.

Generalizaciones injustas éstas (especialmente injustas si se hacen la misma semana en que Fernando León, uno de la media docena de personajes mimados por las musas que puebla estos pagos, lanza su última película), seguro, como sólo lo pueden ser las generalizaciones, y que justifican su exceso en la necesidad de servir de contrapeso a la habitual campaña de pedigüeños y plañideras con la que los frustrados aprendices de mago enjugan su ausencia de gloria. El llanto puede perdonárseles, pero resulta insoportable la displicencia con la que despachan la cinematografía norteamericana, que vive, como siempre que su país se sume en las tinieblas, un momento singularmente dulce, con media docena de obras maestras anuales. El tiempo que nos ha puesto plata en la barba y las sienes se ocupará de barrerlos, y nos cuidaremos, huraños, de derramar la lágrima que tenemos guardada como un tesoro para el día en que haya que despedir a Eastwood, Sayles, Coppola, Shyamalan, Jackson, Mann, Lucas, Spielberg, Burton, Weir, Allen o cualquier otro de los tejedores de sueños que habitan del otro lado del mar, allí donde los antiguos dijeron que el mundo se precipita en una catarata; una cortina de creatividad espléndidamente derramada que no acaba de empapar nuestras miserias.






pvallin@divertinajes.com
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