06 de septiembre de 2005

Paidofobias


Cita bíblica: "Dejad que
los niños se acerquen a mí"

Como nuestra relación epistolar va a cumplir este septiembre tres años, hay muchos asuntos biográficos que los que llevan más en esto ya dominan, porque el que firma, al cabo, siempre habla de las mismas seis o siete cosas, con mayor o menor prosopopeya, que son, se supone, las que impulsan que este CinExín siga aquí y empiece su cuarta temporada de 52 episodios con nuevos ánimos. Por ejemplo, si les digo que la infancia de uno fue aproximadamente feliz y que, pese a desarrollarse en una tierra brumosa donde llueve dos veces por semana, "una dura tres días y otra cuatro" (Faemino dixit), el autor sólo recuerda mayormente días soleados, a los que sean algo más que visitantes esporádicos les sonara a dejà vu, fundamentalmente porque ya se ha dicho antes. Pero convenía recordarlo porque vamos a hablar de las que no lo fueron. La mitad de lo que les quería contar ya lo ha hecho Ángel Quintana el pasado 24 de agosto, en el indispensable Cultura/s de La Vanguardia, con mejor verbo y erudición: "La nueva película del director de Eduardo Manostijeras, Charlie y la fábrica de chocolate, apunta, como prácticamente toda su obra, hacia la búsqueda de un paraíso perdido que no es otro que la infancia recuperada".

Tim Burton ha creado otra película genial a su manera y absolutamente outsider adaptando el célebre cuento de Roald Dahl Willy Wonka y la fábrica de chocolate, una película que, por casualidad o no, llega en un momento increíblemente incómodo para hablar de un adulto excéntrico que vive encerrado en un paraíso de fantasía, fabricado para rodearse de niños. Sí, claro, hablamos del cantante incoloro. En Dirigido por... nº 347 (agosto 2005), Gabriel Lerman encabeza su entrevista a Burton con una anécdota especialmente reveladora: "Lleva una espantosa fotografía de Michael Jackson para mostrársela a todo aquel que se atreve a comparar la imagen de Johnny Depp en el papel de Willy Wonka con la del polémico músico norteamericano. Apenas un periodista le menciona el tema, Burton saca la foto del bolsillo de su tejano, la pone junto al póster de la película que está promocionando y repregunta: '¿De verdad te parece que tienen algo de parecido?'". Llevar en el bolsillo la instantánea es una forma sutil de asentimiento.


Las Edades del Hombre

La visión hoy de Charlie y la fábrica de chocolate es profundamente turbadora, y no porque al director y su guionista los haya guiado un ánimo de controversia, sino porque el avance de la corrección política y la paralela idealización de la infancia como un espacio inmaculado hacen de él un paraíso en el que la presencia de un adulto sin parentesco hace saltar de inmediato todas las alarmas. La preventiva aversión que muestra Willy Wonka (el estrafalario industrial que interpreta Johnny Depp) hacia la infancia apenas logra disipar la latente incomodidad con la que la moral contemporánea asiste al episodio de los cinco niños invitados a visitar, en previsora compañía de un adulto de su familia, la alucinante fábrica de Wonka. Y a la vez, la lectura transversal del cine de Burton, como acierta a señalar Quintana, hace perfectamente coherente su interés por este relato con su obra anterior. Todas y cada de una de sus memorables creaciones de personajes son producto de infancias anómalas, trágicas, truncadas: Pee-wee Hermann, convertido en un Peter Pan en busca de una infancia irrecuperable; Bruce Wayne / Batman, al que un matón arrebató el paraíso matando a sus padres; Oswald Cobblepot / Pingüino, cuyos padres decidieron arrojarlo a una cloaca (!) por sus deformidades; Ed Wood, obsesionado freudianamente con la angorina y la ropa de mujer; el detective Ichabod Crane, cuyo padre, predicador, mató a su madre en presencia de su hijo porque la consideraba una bruja; e incluso el Will Bloom de Big Fish, cuya historia infantil le fue hurtada por un padre que prefería contar el mundo como debería ser, y no como es. Y no es difícil compartir con el crítico y ensayista de La Vanguardia que esa infancia robada es en buena medida la del sociópata Michael Jackson, como ocurre con la del propio director de Burbank, un niño raro al que un castigo infantil convirtió en un precoz adorador de los enfermizos relatos de Edgard Allan Poe. Volvamos a Dirigido por...:


Los hoompa-loompas celebran
la caída de otro querube

"-Charlie y la fábrica de chocolate también habla de hijos enfrentados a sus padres...

-Es cierto, tengo algunos problemas. Creo que han visto suficientes películas mías como para haberse dado cuenta...

-¿Es cierto que en algún momento de tu infancia tus padres te tenían encerrado en una habitación?

-Mis padres ya no están aquí, por lo que las preguntas de por qué me encerraron en ese cuarto quedarán sin responder. Supongo que no querían que me escapara. No lo sé. En cualquier caso, es cierto que las películas que uno hace pueden ayudar a resolver ciertos temas personales, pero llega un punto en que uno se da cuenta de que esos temas traumáticos van a quedarse contigo para el resto de tu vida. Y, por lo tanto, uno los vuelve a tocar una y otra vez. No importa cuán duramente haya intentado quitármelos de la cabeza porque evidentemente siguen teniendo un peso muy importante en mi vida."


Un cuarto oscuro, cerrado a cal y canto, en el que experimentó aquellos terrores que con tanta precisión reproduce Poe en El Cuervo, El péndulo de la muerte y otros tantos tétricos cuentos.


Candor infantil, primer plano

Sin embargo, la novedad de Charlie... es que por primera vez en la narración de Burton el adulto en busca del paraíso perdido construye un País de Nuncajamás para niños y en él vive sólo, imposibilitado para formar una familia. Si echan un ojo a la biografía de Jackson, a su infancia, huelga cualquier otro comentario. Al invitar a los niños a compartir ese espacio de fantasía, la prodigiosa fábrica en la que vive encerrado sin ver la luz del día, la corrección política, una sutil y sofisticada forma de censura moral, aprecia un peligro inmediato. Como en toda forma de pasión, la expresión extrema es la consunción del objeto amado, su destrucción. El anhelo de posesión, como tantas veces han expresado la literatura y el cine, deviene en ansia asesina. Y de ahí que quepa leer en los insólitos castigos a los que son sometidos los niños (eliminados en más de un sentido y que son epítome más o menos obvio de cada uno de los pecados capitales, como también apuntó Quintana) una forma de acción-pasión sofisticada y decididamente impropia de estos tiempos, una crueldad que, en todo caso, es común a muchos cuentos infantiles hoy caídos en desgracia precisamente por su brutalidad con la infancia, empezando por el aterrador abandono de Hansen y Grettel.


Si les inquieta esta imagen,
consulten a su psiquiatra de cabecera

Que cada uno de esos castigos vaya acompañado de un número musical en el que los hoompa-loompa remedan algunos de los clásicos del género, confiere al proceso de descarte de los niños un tono aún más extraño, pleno de un humor perverso que hace de Charlie... una película absolutamente singular, fuera de su tiempo, y por tanto increíblemente valiente. Y que de paso se reivindica como una bofetada en la pacata moral sexual contemporánea, dispuesta ver una perversión detrás de cualquier acercamiento a la infancia que no esté avalado por el parentesco. Una invitación a sacar, al menos cautelarmente, a Michael Jackson de la hoguera en la arde por ser un desgraciado. De la inclinación de la sociedad a deducir un comportamiento aberrante y morboso en quien se sale de la norma ya había hablado Burton en su obra maestra Eduardo Manostijeras (1990), en la que la población de la pequeña comunidad burguesa en la que desembarca acaba por convertirse en turbamulta en pos de un linchamiento que Burton toma directamente de la famosa secuencia del Frankenstein (1931) de James Whale. Y, en este sentido, la nueva cinta de Tim Burton funciona como toque de atención, una señal de alerta para un público circunspecto que demasiado a menudo emplea a sus propios ídolos para catalizar a través de ellos todos los miedos y, por qué no decirlo, y deseos latentes de una sociedad cada vez más temerosa de todo. Hasta de sí misma. La misma que hoy hubiera arrojado a la hoguera la Lolita de Nabokov o el matrimonio de Antonio Machado con una adolescente. La misma, y cerramos el círculo volviendo a Johnny Depp, que prefiere hurtar de la biografía de sir James Mathew Barrie (autor del célebre Peter Pan) sus controvertido apego a las niños, convirtiéndolo artificiosamente en una prístina figura paterna en Descubriendo Nunca Jamás (2004), el edulcorado biopic firmado por Marc Foster.

En su melindrosa interpretación se contiene ese silencio incómodo de la sociedad bienpensante, que prefiere el susurro chismoso a la expresión franca de sus temores y pasiones, y por tanto, una versión mucho más morbosa que la evidente sexualidad que se destila en la última y mejor adaptación de Peter Pan (2003), de P.J. Hogan, en la que la relación entre los pubescentes Wendy y Peter (Rachel Hurd-Wood y Jeremy Sumpter) hace saltar chispas en la pantalla de la forma más inocente, tan sólo por contar el cuento tal cual es: el amor erótico como tránsito final de la infancia a la edad adulta. O dicho de otro modo, que tiene que venir una Wendy a irrumpir en el paraíso perdido, tan de cartón piedra, para ayudarnos a dar un paso más allá de sus protectoras fronteras. Ya saben: el pecado reside siempre en el ojo del que mira.






pvallin@divertinajes.com
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