12 de julio de 2005

Cómo luchar, dónde esconderse


Nunca entendí el plural del título.
Sólo hay un mundo en esta guerra

Las coincidencias con frecuencia dirigen el discurrir de los pensamientos. Del cruce azaroso de una idea absurda y una película, o de una película con la misma actualidad surgen los motivos en torno a los que este rincón piensa en voz alta. Sólo se trata de forzar un poco los resortes de la inteligencia y revolver bien dos ingredientes aunque no compartan materia o cualidad, ni su naturaleza sea la misma. Pese a la aparente incompatibilidad, algunas veces surge una masa bien ligada, con cuerpo propio. Y unas pocas de esas veces, las menos, la salsa es sabrosa y merece mendrugo que la acompañe. Pero hay otras ocasiones en las que la substancia se liga sola, y el albur actúa por sí mismo sin intervención de guisandero. En menos de 24 horas, uno asistió a la tragedia londinense y a la proyección del último gran transatlántico de Steven Spielberg, su versión de la novela de H. G. Welles La guerra de los mundos (2005). Puede parecer una asociación de ideas absolutamente caprichosa, propia de las contorsiones que a menudo se realizan en este refugio epistolar. Pero ni mucho menos. El subgénero de la invasión extraterrestre siempre ha estado vinculado a una determinada manera de retratar la sociedad que le es contemporánea, desde aquellas memorables metáforas de la Guerra Fría hasta hoy. Y siempre habló a las claras de una sociedad bastante autista, temerosa de todo lo ajeno, que juzga hostil e incomprensible. Por eso precisamente en la película de Spielberg se lee como en un libro abierto qué pasa por aquellos lares, y lo que se ve da miedo.


Primero, la sorpresa y la curiosidad

Sería largo y prolijo establecer la trayectoria de todo el cine de invasiones alienígenas y su significación para poner en contexto este nuevo episodio, de estructura argumental de sobra conocida. Al objeto de lo que queremos contar nos basta con irnos al último precedente, Independence Day (1996), de Roland Emmerich. Al margen los muy diferentes talentos que atesoran uno y otro director, que saltan a la vista hasta el punto de que no necesitan mayor comentario, ambas películas comparten temática y el mismo presupuesto (bendita sea la polisemia). Los xenomorfos aparecen en sus gigantescas naves para efectuar un ataque combinado contra los terrícolas. Objetivo: el exterminio de la raza humana. En la película de Emmerich, que procede subrayar que fue hecha antes del 11-S, pese a la inutilidad del contraataque humano, políticos, científicos y militares se ponen manos a la obra para preparar la resistencia contra el pérfido enemigo. Llama la atención (bueno, no, no la llama, pero debería llamarla) la determinación eufórica de los machos por defender la supervivencia de la propia especie, su miope convencimiento en que las guerras son morales y que el bueno gana, lo que supone que ni por un momento se les ve perder su confianza patriótica y su fe en la victoria final. Que efectivamente al cabo venzan es menos relevante, pues es una convención que forma parte del mismo género: cuando uno va a ver una película de invasión extraterrestre, ya sabe que la agresión será repelida. De ahí la sorpresa que provocan desenlaces como aquel maravilloso cierre de La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), de Don Siegel.


Luego, ldiferentes modalidades de pavor

Lo llamativo es esa determinación que hace imposible distinguir en el gesto del valiente soldado o del resuelto científico si la amenaza a la que se enfrenta es realmente abordable o se trata de repeler un ataque de la artillería enemiga en los blancos bosques de las Ardenas. No hay nada en la mirada que revele si el triunfo es una evidencia o una quimera. Esta cualidad, unida al modo en que se retratan a los seres alienígenas cuando finalmente abandonan sus naves y se dejan ver, rebaja el drama. Los campeones de la Coca-Cola parecen enfrentarse a un precipitado y mal medido ataque de unos seres cuya inteligencia les da para viajar por el espacio profundo e idear armas de poder inimaginable, pero incapaces de eludir la más burda treta ideada por un insignificante sargento de la 101 Aerotransportada. Respecto a este último asunto, nada hay nuevo en la prescindible y visualmente brillante adaptación que ha realizado Spielberg de la centenaria novela de H. G. Welles: cuando los monstruos deciden dejarse ver, su comportamiento no es sofisticado ni erudito, sino más bien tolo.


He aquí otra forma de asustarse

Pero es la reacción ciudadana lo que define a esta película como inequívocamente propia de su tiempo. Ha desaparecido la determinación vengadora vista en los antecedentes, o la simple curiosidad imprudente de los humanos que participaban en los contactos relatados por el mismo Spielberg hace años, en títulos tan ingenuos y bienintencionados como Encuentros en la tercera fase (1977) y E.T. El extraterrestre (1982). En este nuevo título, Spielberg cierra su relato, evitando el habitual despliegue coral del género. No hay acciones simultáneas combinando grandes personalidades de los círculos del poder político o militar, con historias pequeñas de ciudadanos anónimos. La historia es personal, la de mecánico primario y bastante gilipollas Ray Ferrier (Tom Cruise), con sus dos hijos. Esta construcción narrativa, alejada de los clichés del género, no es en realidad un hallazgo del director, sino una copia bastante descarada de la estructura progresivamente claustrofóbica de Señales (2002), la fallida pero audaz película de M. N. Shyamalan sobre una invasión alienígena. El descaro con el que La guerra de los mundos bebe de Señales va haciéndose más evidente conforme avanza el relato hasta llegar al descaro querellable de fusilar la escena del encierro de los protagonistas en un sótano, oyendo cómo los invasores se ciernen sobre ellos.


Otra más

Sin embargo hay algo radicalmente nuevo en esos personajes que presenta La guerra de los mundos: un miedo paralizante, una necesidad de huir sin importar a dónde, una fiebre de pánico que lleva al protagonista, pese a su ignorancia, a percibir rápidamente que ni el poder militar ni el científico librará a la humanidad de una extinción segura. Un miedo liberador y a la vez definitivo que convierte la huida en una forma de matar el tiempo que falta hasta que la muerte lo alcance. Los personajes de Spielberg no son héroes, pero tampoco están dispuestos a asumir su evidente derrota, así que corren despavoridos, matándose unos a otros si es necesario, para retrasar lo inevitable. Esa pavorosa sensación de que no hay modo de luchar ni lugar donde esconderse recorre el filme de principio a fin, porque es el único estado anímico que exhiben sus protagonistas, que miran con absoluta desconfianza a un Ejército empeñado en lanzar una y otra vez su inútil arsenal contra los ingenios hostiles.

Ahora que el mundo libre y rico se sabe vulnerable a un enemigo invisible e imposible de combatir, pese a las poderosas armas convencionales que atesora para su defensa, en una guerra asimétrica en la que la victoria es inalcanzable porque el enemigo destruido germina en nuevos heraldos de la destrucción, ahora que a nadie importa ya en qué grado es occidente culpable o inocente de los crímenes que sus enemigos le imputan, porque el castigo aparece, esporádico, no masivo, pero indefectible, allí donde más a resguardo sus inocentes ciudadanos se sentían, los personajes de Spielberg reaccionan de la única manera que es accesible al universo social teleológico y elegido de los habitantes de los Estados Unidos: con un pánico nihilista y descontrolado al que ya no calma el pertrecho de las armas.


Y hay muchas más

Eso hace de La guerra de los mundos una película insolentemente contemporánea, y a su manera, mucho más sincera que los arrebatos de irreverencia socarrona de las homilías de Michael Moore, mucho más real que las flores en las estaciones, o las caras de desaparecidos sobre las paredes. Spielberg, a la luz de sus propias manifestaciones, no pretendía realizar una alegoría de la inexistente Guerra contra el Terror, que en realidad consiste en dar potentes puñetazos al aire con la vana ilusión de que el recorrido de nuestros brazos aturda y acaso asuste a los agazapados enemigos.

El director no tenía una intención moralizante, al menos no en este sentido, y no planteó el ataque de los omnipotentes invasores extraterrestres como una gigantesca metáfora del ataque que su país sufrió en el corazón mismo de su vanidad multimillonaria. Pero una cualidad que tiene el miedo es que, aún en el más resistente esfuerzo de disimulo, elige su propia forma de manifestarse. Alguna más ostensible, como el ligero temblor de las piernas, y otras más sutiles, como el rocío de sudor que baña las sienes y el cuello. La película de Spielberg lixivia el miedo de su autor por cada poro de su metraje. Y si al pueblo que encabeza la causa contra la violencia indiscriminada de los islamistas ultrarreaccionarios le tiemblan las manos con las que debe defenderse, todos deberíamos tener miedo. Tanto de ellos como de sus enemigos, que ya han demostrado que son también los nuestros.


Miedo, primer plano

Y aunque la trágica trama de La guerra de los mundos corra de cuenta del novelista H. G. Welles, el refugio final que encuentra en ella Steven Spielberg para salvar a la humanidad se convierte en el argumento moderno, contemporáneo, de quien no sabe dónde buscar un escondite, una solución y un sentido al horror. Aquel desenlace, basado en un determinismo evolutivo, es pronunciado hoy por una voz en off a la que cuesta conceder que sea sincera ("Nos hemos ganado el derecho a sobrevivir", llega a decir) y que supone un alegato de fe en un triunfo enviado por los mismísimos dioses.

Un regreso a la superstición del Pueblo Elegido que niega los sustratos mismos del pensamiento científico, en su dramática apelación a él. Una invocación desesperada e inútil. Como la del niño que murmura aterrorizado en la cama que no hay monstruos bajo el colchón, con la esperanza de que éstos lo oigan y se convenzan ellos mismos de que, efectivamente, no existen. Justo antes de despertarse por el estruendo de una explosión en el suburbano.









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