05 de julio de 2005

El secreto de los inocentes


Autorretrato de Tim Burton,
pensando en Johnny Depp

Uno de los motivos por los que esta homilía semanal ha vuelto tras larga ausencia, tres años después y casi mil folios más tarde de haber empezado (si se lo dijera en kilobytes no lo entenderían; el medio es el mensaje, pero no siempre) a pensar el cine en voz alta, a buscar la colisión de ideas absurdas esperando una chispa que de vez en cuando prende, es la necesidad de compartir una cierta forma de abandonarse a la pantalla. Fueron meses intentando entender qué tan magnífico había en la lejana trilogía de Star Wars para que la mitad de los que me acompañaron en aquella temprana devoción se vieran defraudados por los nuevos tres pasos que en este espacio intersticial de seis años a caballo de dos siglos ha dado aquella inocente saga. Desde el punto de vista de la mística del feligrés, no había discusión posible. El demiurgo había vuelto y había retomado las riendas de aquel fecundo relato y cuantos giros proponía en el nuevo relato debían ser considerados como incuestionables frutos del verbo del creador. Abordando el asunto desde una perspectiva menos fanática y más pegada al análisis literario y cinematográfico de la propuesta, el asunto estaba bien compensado: la riqueza y profundidad de los nuevos acontecimientos desbordaban sobradamente las contenidas pretensiones del tríptico original, y a cambio debíamos renunciar a las audacias de un dialoguista de la talla de Lawrence Kasdan y a los azares del algunas soluciones felices. Concluí que si el cambio cualitativo no estaba en la obra, debía estar en el espectador. Los ojos de niño en tránsito que se abandonaron a la devoción primigenia se habían convertido en muchos casos en la mirada cansada y turbia de quien pelea cada día con el subterfugio de una época intensa y a ratos terrible. Eran ellos la causa de su propia decepción, pues habían perdido la capacidad de abandonarse a la maravilla.


Johnny Depp en la fábrica de chocolate

Este descubrimiento no resultó tan sorprendente por su significado, sino por su derivada: ¿Cómo había hecho uno mismo para conservar esa capacidad de aparcar lo que sabe ("olvida lo que has aprendido") y dejarse embaucar por el sortilegio? Apercibido por esta certeza y su inquietud, se disparó la frecuencia con la que la emoción, incluso la conmoción, se convertían en respuesta a los acontecimientos que se desenvolvían en pantalla. Big Fish (2004), de Tim Burton; El Señor de los Anillos (2000-2003), de Peter Jackson; Las Horas (2003), de Stephen Daldry; Million Dollar Baby (2004), de Clint Eastwood, y sobre todo, El bosque (2004), de M. Night Shyamalan son ejemplos recientes de momentos de tumultuoso abandono a una emoción primaria, que encontraron su justa verbalización, y por tanto su imprescindible racionalización, gracias entre otras cosas a la necesidad de hacer llegar a este mismo asomo un pensamiento inteligible que explicara ante ustedes y ante uno mismo el porqué de ese incontrolable arrebatamiento. Y, al menos para el autor, ese esfuerzo fue un éxito, al margen de la altura y utilidad que desde ese lado ustedes le otorgaran, pues entendió mejor los títulos mencionados y las mecánicas del cine que interesa, ya se trate de un desbordante blockbuster (término en boga para describir una superproducción) o de una desasosegante adaptación metaliteraria.

Las más de las veces, esa emoción era compartida, pues hablamos de títulos que han recibido toda clase de parabienes, lo que lleva a pensar que, cada quien a su modo, habían percibido la intensidad de la convulsión que esos relatos provocaban. Pero no todas, y fue necesario dedicar serios esfuerzos a convencer a los descreídos de la grandeza y anacrónica osadía que portaba alguna de esas películas. Que precisamente una de las más desarmantes fuera ese honesto pero profundo tratado sobre la inocencia que es El bosque fue otro desafío a la comprensión de este curioso fenómeno, porque fueron muchos los que apostataron de Shyamalan por un relato que, a su parecer, resultaba claramente insuficiente. La extraña voracidad de observador impúdico de quien firma, lo llevó a sistematizar las reacciones de cuántos conoce que asistieron a ese milagro en la pantalla y aun a otros que pregonaban su naturaleza inocente sin rubor. Y a clasificarlas en función de sus personalidades, de su biografía, de sus conocimientos y de lo educado que estuviera su ojo cinematográfico. Apareció un handicap añadido, en el que finalmente se contendría la revelación: los más preparados, los que mayor capacidad tenían para entender el proceso de la producción de películas, los que portaban más reveses en su hendida carne de vocacionales aprendices de brujo, eran los más inmunes a la excelencia cinematográfica de éste (y otros) tesoros de sabiduría. Impermeables, abandonaban la sala con una sensación de fastidio.


Sorpresa para estas navidades

Pero en ese fastidio había también algo de triunfo, de ufano convencimiento de haberse colocado a la altura del creador de la pieza. Una velada satisfacción que se escondía detrás del juicio severo y que asomaba por una comisura revelando la verdadera naturaleza de la sesión, no como el hermético recogimiento de quien asiste a un ritual para dejarse zarandear por sus giros y encabalgamientos, sino de quien reta al narrador a que trate de derrotarlo en un desafío. "Si pones el culo duro te dolerá más", decía la mujer que nos ponía inyecciones cuando niños. Y ahí está: toda una generación de meritorios de cinéfilos con el culo agarrotado aguantando el dolor sólo para salir de la sala pregonando que tenían razón: las inyecciones no curan, duelen. Pero sí curan, aún con los músculos preparados para rechazar su generosa colaboración. Hay que esperar un tiempo para ser conscientes de su redención antibiótica, y estar dispuestos a reconocer que su colaboración ha sido imprescindible.

La inteligencia no tiene condición moral, es un instrumento, y también en la sala oscura puede cargarse y esperar la película con intenciones disímiles. Una u otra intención no la hacen más poderosa, pero cambia el resultado de la sesión. Quizá, ya se ha dicho aquí, sea la razón de que uno siempre haya sentido rechazo por aprender el oficio del prestidigitador.

Y aquí estamos, a poco de finalizar una página y con una inesperada apostasía del pensamiento crítico entre manos. ¿No? Bueno, no dramaticemos. Aquí se ha predicado el imperio de la razón frente a la fe, y se ha prevenido del preocupante efecto de la efervescencia emocional. Lo acabamos de ver en las calles. Miles gritando contra el modo en que el Estado protege a los menos. Pero la emoción callejera no guarda parentesco con la íntima, ni el imperio de la razón en que nos organizamos implica la abdicación de la vida emocional. Los compartimenta. Luis Buñuel (¿o quizá no era él?) decía que no podía ver "El acorazado Potemkin" (1925) sin sentir la necesidad de hacer una barricada al salir del cine, lo que supone una feliz síntesis de la emoción íntima y social, de la congoja a la revolución. Rendía así homenaje a Einsenstein, pues nada más cercano a la intención del director ruso que convocar al revolucionario. Woody Allen dio gentilmente la vuelta a la paradoja con aquella célebre frase de Misterioso asesinato en Manhattan (1993): "No puedo escuchar a Wagner sin que me entren deseos de invadir Polonia".


Una forma de ver a Hamlet

Pero esa es la grandeza de esta arte híbrida, su capacidad para empapar la razón retorciendo las trampas de la emoción, y esa síntesis feliz no supone renuncia ni desmedro en la exigencia. Más aún, es la única forma de arte que posee esa capacidad inmediata para el sometimiento sin que eso impida que luego inteligencia y conocimiento de cada cual pongan las cosas en su sitio y desentrañen la naturaleza del mecanismo que animó la carcajada o la lágrima. E incluso, alerta siempre, obliguen a revocar la pulsión primaria: "¿Dónde estaba la gracia de que un bache provoque que esparzan los sesos de un chaval por la tapicería de un coche?". Esa capacidad de enmienda a la totalidad, la misma que reduce a la nada los artificios de Tarantino, es la que nos mantiene lejos de la algarada reaccionaria con la que los más conspicuos defensores de su vida ancestral y temerosa se vieron libres de pasear su miedo al prójimo por las calles.

Y mantiene las manos limpias y la mirada clara. Para volver a la sala oscura a dejarse mecer por la convocatoria íntima de la emoción fabricada. Y a sus arquitectos, sólo cabe rendir gratitu por la precisión de su manejo, cuando lo es, por la oportunidad de vernos conducidos por trenzas de invisible tejido hacia rincones durmientes de nuestra propia identidad como híbridos extraños de genética y cultura, de emoción y razón, de abandono y voluntad. "Se sale mejor persona de bañarse en él". Así definía el viejo maestro el cine mayor, un juicio tan afortunado que quizá valga para cualquier expresión artística, pero al cine más que a ninguna, pues su apelación es siempre moral, emocional e intelectual. Hace algún tiempo, el que suscribe pidió a un amigo una actitud abierta para asistir a la proyección de una joya extraña y desacostumbrada. "¿Tanto tengo que poner de mi parte?", preguntó con cierta alarma. "No, no", dije, "no debes poner, sino quitar". Olvidar lo aprendido.









pvallin@divertinajes.com
Archivo
Volver
Versión para Imprimir