28 de junio de 2005

Qué sería de ustedes sin un sainete


Original cartel francés para
Trabajos de amor perdidos

Con la poca simpatía que aquí se tiene por las supersticiones, ya sean las anárquicas de los ovnis y las cartas, o las más institucionalizadas, organizadas en torno a una jerarquía de hechiceros, no extrañará que tampoco se profese ninguna afición por los determinismos basados en el electromagnetismo de los astros, su orientación o su alineamiento. Sin embargo, el que firma comparte con el símbolo astral que por su fecha corresponde una naturaleza dual, de facetas antitéticas. Y al caso que nos ocupa, esa dicotomía, por lo demás seguramente común al resto de los mortales, se hace patente en esa tendencia a expresar devoción por Jean Renoir y por George Lucas, por Abbas Kiarostami y el cine de desastres, por Igmarg Bergman y Bruce W. Timm. Esta dislocación hace que uno se conduzca por el mundo con prevención. Plantado ante el kiosco, el que suscribe pide en voz alta la última revista de videojuegos y casi sin vocalizar la última publicación de pensamiento, y recibe la mirada escrutadora del kiosquero, que piensa para sí con el ceño fruncido: "¿Cuál de las dos no será para él?". Y apenas unos segundos después, mientras recojo el cambio, el gesto del simpático lugareño se relaja como si le hubiera asaltado una certidumbre inquietante: "Ya sé cuál". Pues no. Se equivoca mi inquisidor amigo, son las dos. Es que, señores, la gravedad es cansada y tomarse todas las cosas en serio todo el rato mayormente agota. Afortunadamente esta esquizofrenia no es un invento del que suscribe. De hecho, tiene mucho que ver con la biografía de los coetáneos, a medio camino entre la literatura y la televisión, saltando de niños de María Luisa Seco a los libros de Enid Blyton (la antepasada de J. K. Rowlin), del Equipo A a las primeras lecturas de Niestzche. Pero también antes, siglos ha, húbolos en abundancia que cultivaron la frivolidad como un divertimento del intelecto, y ahí era dónde este diletante introito quería desembocar. El maestro indiscutible, William Shakespeare, dejó para los anales una profusa obra en la que se combinaban los grandes dramas con el desenfado y el juego de palabras de obras menores, para solaz y disfrute del respetable y descanso de la ambiciosa pluma de su autor.


Mucho ruido y pocas nueces, un éxito
de taquilla de Shakespeare

Las grandes obras de Shakespeare han conocido un sinfín de adaptaciones, de todos los géneros y calidades. Pero las comedias románticas sin embargo se han asomado al cine con cuentagotas. Y cuando lo han hecho, las más de las veces han sido fruto de cinematografías y cineastas menores. Por eso resultó memorable el éxito artístico y comercial de Mucho y ruido y pocas nueces (1993), del más evidente seguidor del dramaturgo inglés, el actor y director irlandés Kenneth Branagh. Branagh ha demostrado ser uno de los más conspicuos conocedores de la obra de Shakespeare porque para entonces ya se había ganado las bendiciones de todos con una opera prima mayúscula, Enrique V (1989), cuya solidez dejó a los entendidos agradablemente estupefactos. Puestos a beber de maestros, a continuación patinó de forma encantadora con su intento de remedar a Hitchcock, titulado Morir todavía (1991). Para recuperarse del varapalo del vulgo y la élite, volvió al medio que le era más confortable, y en 1992 dirigió Swan Song, un cortometraje, adaptación de un texto breve del genial dramaturgo ruso Antón Chejov, que le valió una candidatura al Oscar al mejor corto. A medio camino entre los Diez Negritos de Agata Christie y el Reencuentro (1983) de Lawrence Kasdan, Los amigos de Peter devolvió a Kenneth Branagh el favor de público y crítica (cuyo teórico divorcio ya hemos dicho aquí que por lo general no pasa de ser una leyenda urbana). Así que cogió a todos con la guardia baja cuando estrenó tan feliz adaptación teatral del Shakespeare menos conocido. Mucho y ruido y pocas nueces es una versión bastante fidedigna de la obra en la que se basa, pero que se toma todas las licencias que el director considera oportunas para que lo que cuatro siglos atrás estaba concebido al gusto de un público contemporáneo no pediera ni un gramo de su desparpajo en el descreimiento finiseccular. Así que la romántica e intrascendente comedieta se vio adornada por un negro neoyorquino haciendo del más improbable Pedro de Aragón (Denzel Washington) y por los registros más histriónicos de Michael Keaton, rememorando su papel de Bitelchus en la película homónima de Tim Burton. Sólo que sin maquillaje, sucio, desaseado y pretendiendo ser el guardián Dogberry. El director se reservó para sí y su entonces esposa Emma Thompson interpretar el belicoso romance entre Benedicto y Beatriz, lleno de tontos malentendidos y enredos tan previsibles (vistos mil veces en vodeviles de baja estofa) como deliciosamente encantadores.

El público de los agónicos estertores del siglo XX se dejó fascinar por la alegría contagiosa de tan intrascendente divertimento shakespeariano, lo que abrió un filón del que, de forma reconocida o apócrifa, sigue bebiendo el cine actual.


Trabajos de amor perdidos, en el cartel
usado para la edición en DVD

El ejemplo más notable de la fecundidad del género lo firmó el propio Branagh con la película Trabajos de amor perdidos (2000), en la que, tomando como excusa un texto del inacabable Shakespeare, repasó algunos de los más celebrados números de los musicales clásicos de la Metro, que en muchos sentidos son a su vez herederos de la ligereza del mejor Shakespeare ligero. No gozó del éxito que otras de sus propuestas, quizá porque aún se estaba fraguando la resurrección del musical clásico, pero sí logró el beneplácito de quienes la vieron, ya fueran especialistas o aficionados. La naturalidad con la que se insertan las coloristas coreografías, tomadas directamente de los mejores trabajos de Gene Kelly, Vicente Minelli o Stanley Donen, con los textos del dramaturgo inglés hace que en el conjunto todo sea armónico, y la obra, cuyo verbo no tiene la audacia de Mucho ruido y pocas nueces, sino más bien el arrebatamiento pastoril de Sueño de una noche de verano, se eleve y se convierta en cine mayor. Kenneth Branagh dirigió esta gozosa cinta tras otras dos adaptaciones: la primera fue una desafortunada versión de Frankenstein (1994), cuyos pecados son tan culpa del director como de esa colosal fuerza de la naturaleza llamada Francis Ford Coppola, que oficiaba de productor. La segunda fue su megalómana filmación completa de Hamlet (1996), estrenada en España en una versión recortada a dos horas y media (el original, mucho más vigoroso y rítmico, disponible en formatos domésticos, duraba cuatro horas). Lo simpático del autor es que, mientras preparaba la producción de la celebérrima historia del príncipe danés, rodó otra obra menor titulada En lo más crudo del crudo invierno (1995), en la que contaba la historia de una pequeña parroquia que prepara el montaje de una obra para Navidad. La obra, claro, es Hamlet.


Una fábula muy atrevida y
resultona sobre Don Guillermo

Como ven, esta alternancia en el tono y la ambición de las obras de Branagh, inspirada seguramente por la creación shakespeariana, no desmerece la trayectoria más ambiciosa (y a ratos narcisista) de su director, pero sí vale para decir que se mueve con mucha mayor solvencia cuando desdramatiza, pues es en su obra más circunspecta donde, además de sus más reconocidos logros, se encuentran también sus más sonoros patinazos.

El ejemplo cundió y el más exitoso hijo bastardo de esa divertida veleidad de comediante fue Shakespeare in love (), de John Madden y escrita por el guionista y dramaturgo Tom Stoppard, una obra tan indecorosamente osada, que se atreve a meter a un jovencito William Shakespeare en una de sus obras. Pero, claro, no elige un gran drama, sino la intrascendente comedia de enredo romántico que siglo tras siglo tan del gusto del respetable viene siendo. Los puristas, y no pocos de aquellos cuyo criterio más respeta este mirador ejercieron de tales, consideraron la audacia más como una osadía que como un ejercicio perfectamente serio de creación artística. Este ejercicio, quizá poco frecuente en cine [desde luego, no pionero, y ahí está el casi desconocido Kafka (1992) de Stephen Soderberg, que colocaba al protagonista de su relato en medio de una de sus pesadillas literarias, a medio camino entre El Castillo y El Proceso], es sin embargo de lo más común en la literatura, y lo cierto es que en las pantallas funcionó muy bien y arrasó en las taquillas y los Oscar, rigurosamente por este orden.


Un trasunto de la anterior
de idéntico éxito y banalidad

Hija de esta película, y en gran medida una réplica narrativa que juega con la dramaturgia como género y como paisaje, fue el musical Moulin Rouge! (2001), de Baz Luhrmann, cuya mención aquí puede parecer arbitraria, pero si repasan los títulos mencionados hasta ahora verán que es una prolongación casi natural, inevitable, del sendero trazado en los últimos 15 años en torno a estos géneros del desparpajo y la intrascendencia. No en vano, Luhrman la define como la tercera parte de una trilogía del "telón rojo", que arranca con El amor está en el aire (1994), y cuya segunda pieza, como por casualidad, es Romeo + Julieta de William Shakespeare (1997), una adaptación absolutamente postmoderna de la obra homónima (o casi). En Moulin Rouge! se emplea el artificio para hacer partícipe al espectador de un trasunto de la historia del mito de Orfeo, y se coloca los valores de la vida bohemia del París de finales del siglo XIX en el frontispicio de un producto dirigido a una sociedad circunspecta, la de cien años más tarde, poco inclinada a la alegría descocada con la que John Leguizamo, interpretando a un poco convencional Toulouse Lautrec, expresa el leit motiv de la vida anhelada: "La verdad, la belleza, la libertad y por encima de todo el amor".

Por eso conviene volver a mirar con atención la desenvoltura de este cine de frivolidades metadramatúrgicas, (y ahí está el reciente estreno de Belleza prohibida para despejar dudas) justamente ahora que las verdades escritas con uve de colosal altura quieren ocupar por completo el espacio disponible, arrumbando el amor, pero sobre todo marchitando la belleza y cercenando la libertad. Son artificiales y mentirosas y quizá hablen menos de la verdadera naturaleza del ser humano que obras de más enjundia y prosopopeya. Pero su risa es contagiosa y su celofán admirable, y su ingravidez les permite un vuelo al que abandonarse y para el que sólo la música ha demostrado semejante poder. Porque, como decía un viejo maestro ya desaparecido a propósito de otra película de la que pronto, muy pronto, hablaremos aquí, "todas sus vueltas de tuerca son una exquisita pincelada funcional, no arbitraria, sino que obedece a una necesidad que piden la rendijas del armazón de este filme menor, que quedará porque reinventa el cine considerado como riada; porque se sale mejor persona de bañarse en él; y porque lo devoran al unísono, mirándose con fruición, un niño y un viejo".










pvallin@divertinajes.com
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