05 de abril de 2005

Misantropías


El rey ha muerto, viva el rey

Es llamativa la cantidad de conversos tecnológicos que ha logrado el Digital Verstile Disc (DVD), precisamente entre los más egregios y provectos gurús cinematográficos. El presentador dispensador de besos, el travieso Antonio Gasset Dubois, hace tiempo que se hizo él mismo un converso, e hizo lo propio con la mitad de su programa, Días de cine, que desde hace casi un año está dedicado a glosar los lanzamientos en disco digital. Les parecerá lo lógico, pero son la misma quinta que criticaba con dureza las emisiones en televisión de los clásicos del cine, sobre todo por no respetar los formatos de pantalla (esa terca cuadratura de las mentes de los programadores, que tenían sarpullido a las bandas negras que generan el cinemascope y otros formatos panorámicos, y preferían mutilar la película sin más ni más), y la misma que sostuvo durante años que el tubo catódico era incapaz de reproducir la fotografía matizada de las películas oscuras, verbigracia, Blade Runner (1980). Después de que Sony inventase el tubo Trinitron, precursor de los llamados "tubos negros" nunca más se oyó tal cosa. Otros inventos como las pantallas de 100Hz, los equipos de Home Cinema y las pantallas de plasma y TFT han terminado por convencer a una generación, por edad más bien reacia a que el cine dejara de ser un acontecimiento comunal.

Pero hay otro motivo para este abrazar la tecnología doméstica del cine que hoy viven los más curtidos especialistas. Lo han adivinado: la misantropía. El que suscribe, que en sus años mozos (más mozos) frecuentaba la sala oscura día sí día no, era cliente de entresemana y acostumbraba a ocupar salas en las que el número de espectadores nunca superaba la docena. Casi todos solos o en grupos de dos (llamados convencionalmente "parejas", y que a menudo, sobre todo los martes, eran jefe encorbatado y secretaria en sesión de ocho y media, como buscando en la oscuridad de la sala el preámbulo de otra cosa), y casi todos desperdigados por el patio de butacas, que corra el aire, para no molestarse. Que quedara claro quién era el titular del brazo de la butaca. Qué digo el brazo, los brazos. Un par de lustros se repitió esta usanza, así como la costumbre de no acudir jamás en las tarde-noches de viernes y sábados a las salas de proyección. Si acaso el fin de semana sobrevenía la necesidad de acudir a la butaca, siempre optaba por la inhóspita sesión matinal, sobre todo la del domingo, a una hora intempestiva para los chandalistas y otras criaturas finisemanales. Así que lo de la sesión numerada, la cola y el reparto equitativo de los brazos de la butaca fue una novedad apenas descubierta rayando la treintena. En mala hora. Afortunadamente, entre ese aciago descubrimiento y el del DVD mediaron escasamente un par de años. Pero aún hoy, cuando los deberes de la vida social lo llevan a uno a las vetustas salas oscuras, una concesión que se practica por no apuntalar aún más la justísima fama de sociópata, redescubre la creciente cantidad de inconvenientes de la ceremonia cinematográfica.


Su Rubicón y mi Nirvana

Porque tengo para mí que ir al cine los fines de semana es una actividad propia de quienes cultivan un gusto inocuo por el cine, una afición con la que matar las horas que van desde la siesta a la cena, o desde la cena al alcohol, o a la que se entregan las parejas a las que dos horas de no tener que decir nada las libran de dos horas de no tener nada que decir. Y los grupos, ay los grupos. Está el de la pandilla juvenil, a la que las hormonas se le rebelan si tiene que estar tantos minutos en reposo. Y entonces sus integrantes se mueven, comentan, o dispensan ristotadas completamente inconexas con los acontecimientos de la pantalla, como una efervescencia pensada para que todos los asistentes comprendan, por el módico precio de una entrada, hasta qué punto no se enteran de la misa la media. Otro grupo particularmente molesto es la Cofradía de la Laca, mujeres entradas en años, quilos y pieles (casi siempre de procedencia animal más bien dudosa), que reemplazan la británica y civilizada tacita de té o partida de bridge, por el cultivo cinematográfico, pero que no aciertan a comprender que los comentarios, como en un funeral, se ofician en el pórtico, no en las bancadas. Este colectivo presenta el inconveniente adicional del cardado, un peculiar método que algunas mujeres emplean para ganar estatura, en lugar de las conocidas alzas que tan buen resultado le dieran a nuestro anterior presidente del Gobierno. Una mujer cardada en la butaca inmediatamente anterior descarta entre un 15% y un 20% de la fotografía original del filme, lo que, unido a la habitual costumbre de los cabinistas de proyectar parte de la imagen fuera del lienzo, acaba por hurtar al sufrido ocupante de la plaza posterior la cuarta parte de cada fotograma. Y encima, dada su madurez, todas saben sentarse bien derechitas, como enseñaban antaño en los colegios de monjas, así que no hay posibilidad de que se dejen llevar por esa costumbre tan de mi generación consisitente en ir escurriéndose, conforme avanza la película, hasta acabar sentado como si uno acabara de caerse de la preferente de entresuelo.

Luego están los niños, cuyas cabecitas nunca eran un estorbo hasta que un listo inventó la trona para cine, que es como si les pusieran dos listines telefónicos debajo del culito. Por lo demás, los niños son menos molestos de lo que se cuenta. Es cierto que a menudo hablan más alto de lo debido, pero sus comentarios son más bien esporádicos, en claro contraste con la cháchara de la mujer madura en pandilla, incontenible por definición. [Nota: ¿Han reparado en la intensidad de los procesos gregarios en ese tipo de pandillas? Siempre hay una que imparte doctrina con tono suficiente]. En todo caso, la conducta más molesta de los niños es esa especie de involuntario resorte de la rótula que concluye con un contundente puntapié al respaldo de delante, en una sucesión que se repite en grupos de cuatro a seis patadas.


Arqueología industrial

Uno de los especimenes más importunos es en realidad un individuo silencioso, casi mudo y que suele hundirse en el asiento hasta dejar la visibilidad expedita para la filas siguientes. Va de novio, o sea, lleva a su lado a la pareja, y su actitud es la de "vamos a pasar este trago lo más dignamente posible", pretensión que se echa a perder cuando, al entrar los créditos de Closer (2004), exclama para las butacas aledañas: "Esta es la peor película qué he visto en mi vida". Pobre. El imperio del gusto, lo llaman. Precisemos: del mal gusto.

Luego está el grupo familiar, esa unidad de vertebración social cuyos responsables jerárquicos, los padres, a menudo dedican la sesión a impartir la disciplina que no aplican de diario. Especialmente impertinente es el reparto de la vitualla. El refresco adjudicado nunca es el que se solicitó y el tamaño del cartón palomitero no responde a la expectativas generadas, para disgusto de los más pequeños y las consecuentes airadas portestas, reprimendas familiares y amenazas de castigo. Si no acaba en lágrimas, hay que darse con un canto en los dientes. A veces, el episodio comida se vuelve una escena grotesca. Juro haber visto a una familia numerosa (numerosa desde el punto de vista de la ley: tres retoños) sentarse con la sesión empezada y comenzar el reparto de hamburguesas, patatas y ensaladas del Burger King. ¡Chicos, a cenar! La sala tras la sesión es el enmierdado testigo mudo de la batalla alimenticia.

Y esa es otra, los que entran con la sesión empezada. Es inútil que los exhibidores mientan en los anuncios adelantando 20 minutos la hora de la sesión para que la gente llegue a tiempo. Siempre hay tres que llegan tarde, y siempre tienen una butaca en el centro de la cuarta o quinta fila, para que todos sepamos de sus problemas con la puntualidad. Y con el respeto: tras colocarse de pie delante de su plaza, van desvistiéndose, deshojando su insolencia con parsimonia, en lugar de ocultar su indecorosa falta sacándose el abrigo en una contorsión clandestina sobre la butaca.


Metasuperstición en boga

Este animalario no estaría completo si no hablásemos de la higiene corporal, delicado asunto que parece mentira que haya que mencionar a estas alturas, después de los esfuerzos que las autoridades llevan haciendo desde el siglo XVIII para que el vulgo, o sea, ustedes y yo, nos aseemos correctamente. El uso cotidiano del transporte público me tuvo engañado y durante años creí que el problema de alguna gente es aversión a la ducha. Pero al descubrir a individuos de aspecto intachable y con el pelo húmedo aún por el agua, a los que asomaba un tenue pero insufrible aroma a rancio debajo de un perfume caro, caí en la cuenta de que el problema no es tanto la higiene corporal como el ciclo del atavío y la frecuencia con que ese indumento visita el tambor giratorio. En todo caso, en el transporte urbano o suburbano la falta es venial. Cuando uno va en traje de faena y vuelve con los sudores que le son propios cabe una disculpa. Pero en actividad de ocio, no hay redención posible. De nuevo, el aroma de la platea al finalizar la sesión es el acta notarial de la falta de aseo. Y excuso los comentarios gravosos que podría esgrimir aquí y ahora hacia quienes tienen la indecorosa costumbre de descalzarse en cines, autobuses y aviones. "Si no huelen". Ya, claro. No te huelen a ti, que vives en ellos.

Con respecto al teléfono portátil (lo de "móvil" es un barbarismo de difícil explicación) caben pocos comentarios. Uno sueña con un mundo ideal en el que los individuos sepan comportarse y apaguen los teléfonos cuando están en un lugar público, y así nos ahorren la lamentable pieza de dibujos animados que se puede ver en los cines de Madrid para recomendar al respetable que haga honor a tal condición y silencie el fastidioso aparato. A los que llegan tarde se les olvida, claro, porque no ven la horrible pieza conminatoria. Pero lo que tiene bemoles es que, ante la sorpresa de oír la terrible sintonía de los teléfonos, impúdica expresión de ramplonería que a la gente, pardiez, no avergüenza, haylos que responden a la llamada y hablan en voz baja.

Y sólo he hablado del público. Aún no he dicho nada de los cabinistas miopes, esos que pueden tardar del orden de veinte minutos en enterarse de que el proyector está fuera de foco, o los fresadores de tuercas para anclar butacas, que merecerían un capítulo específico. Si uno quisiera ver la película en una mecedora se iría a casa de la abuela y desde luego no pagaría seis euros por pasar dos horas inclinándose para mirar la lámpara de araña cada vez que uno de los veinticinco espectadores de la misma fila se revuelve. ¿En qué curso de CEAC aprendieron a atornillar?

En fin, para qué seguir. Con esto tendrán una idea del grado de sociopatía desarrollado en sesiones multitudinarias y de la que la ingeniería ha venido a redimirlo a uno, merced a esa Santísima Trinidad llamada Plasma, DVD y Home Cinema. Hay un corolario imprescindible, claro, sin el que buena parte de las virtudes de estos prodigios de la inventiva se pierden irremisiblemente: vivir solo o disponer de un refugio privado en el hogar familiar. Estos portentos de la tecnología contemporánea permiten a uno dedicarse con fruición a sus dos perversiones favoritas: la cinefilia y la misantropía. ¿Y la humanidad? La adoro, pero sólo en dosis homeopáticas. Y ahora, si me disculpan, vayan despejando esto que aquí ya no hay nada que ver.




pvallin@divertinajes.com
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