22 de marzo de 2005

Obscenidades


Bruno Ganz en el papel de la Bestia

Uno de los fenómenos más extraños de la temporada es la repentina celebridad que ha logrado entre la crítica y el público la película alemana El hundimiento (2004), dirigida por Oliver Hirschbiegel, un film bastante mediocre cuya factura remite antes bien a las miniseries más o menos lujosas que ahora pueblan las televisiones, que a un producto cinematográfico solvente. El uso y abuso del primer plano y del plano medio ni siquiera se justifica por la claustrofóbica ambientación (la mayor parte de la película discurre dentro de un laberíntico búnker), y recuerda continuamente a las maneras de la narración del medio catódico, siempre reacio al plano general por las ya trasnochadas limitaciones del tamaño del receptor y el temor a la miopía del televidente.

Dirán ustedes que la popularidad de la película se debe a la naturaleza del asunto que aborda, las últimas horas de Adolf Hitler, sus delirios de una resurrección militar cuando ya la derrota era inminente y su postrero suicidio. Y a que ha sido realizada por alemanes, un pueblo que hasta ahora ha guardado un apesadumbrado silencio sobre el ominoso recuerdo del III Reitch. La cinta, deflactado su valor morboso, se queda en un producto tedioso, de discutible factura y duración, cuyo eventual valor se resiste a traspasar las fronteras de la curiosidad política y psicológica.


Cartel promocional alemán
de El hundimiento

Mucho más interesante es sin duda el debate surgido a raíz de las airadas protestas del cineasta Win Wenders en las páginas del periódico teutón Die Ziet, de las que se hacía eco el pasado miércoles el crítico Ángel Quintana en el primordial Cultura/s de La Vanguardia. La amarga queja de Wenders, compartida por Quintana, es sencilla: el suicidio de Fürher, asunto capital en torno al cual está montada toda la película, es puesto en escena mediante una muerte elíptica, fuera de plano, a puerta cerrada, con la sola evidencia del sonido del disparo. Este "insensato pudor" contrasta con la minuciosidad con la que son narradas el resto de muertes, asesinatos y suicidios, en particular el modo en que la esposa del célebre responsable de propaganda del III Reitch, Magda Goebbels, da muerte a cada uno de sus hijos, obligándolos a ingerir una droga para dormirlos, y aplicándoles una cápsula de cianuro una vez han perdido la consciencia. El director opta por el detenimiento y la exactitud para una escena que se prolonga por un par de minutos y que da cuenta de un acto moralmente atroz.

La elipsis es una opción narrativa que, aplicada sobremanera al sexo y a la muerte (el Eros y el Tánatos, principio y fin), se traduce en un gesto de respeto hacia los personajes y hacia el espectador. Como si apartáramos la mirada por no importunar ni sentirnos incómodos. Sin embargo, en una película en la que al espectador no le son ahorradas las atrocidades de muchas muertes, la mayor parte autoinfligidas, la única lectura de esa elipsis es el respeto hacia el personaje, de ahí que Wenders y Quintana pongan el grito en el cielo ante ese desliz que emborrona cualquier otra voluntad de exorcismo colectivo que se atribuya a sí misma la película. "A medida que la película avanzaba solo me encontraba con imágenes de un dudoso espectáculo apocalíptico edificado de espaldas a todo sistema de conciencia del valor de la memoria histórica", apunta certeramente Quintana para confirmar que la núbil actitud de los responsables de El hundimiento denota un candor culposo: a falta de un juicio sobre quiénes eran y qué representan los altos mandos del infame gobierno nazi, la única prueba de humanismo es ese insólito respeto por la íntimidad de la muerte de Hitler. De ahí la estupefacción.


Alfred Kinsey en persona

Pero, ¿cómo interpretar esa abstención vergonzosa de la cámara, que convierte el suicidio en inmolación? Cualquier ejercicio de comparación hace más inexplicable el gesto. En la excepcional Million Dollar Baby (2004), de Clint Eastwood, de la que hemos hablado aquí recientemente, el director opta por la elipsis para proteger a sus personajes de la mirada inquisitiva del público. Pero no es una elipsis completa. Cuando los atormentados protagonistas del drama de Eastwood se enfrenten a los momentos más trágicos, el director se limita a colocarlos en espacios de penumbra, donde sus gestos son más intuidos que vistos. ¿Es ese mismo respeto doloso el que Hirschbiegel quiere para su protagonista? Dicho de otro modo, ¿confiere la misma calidad moral y por tanto le ofrece igual decoro a su Hitler que el que Eastwood otorga a su Frankie Dunn? De ser así ¿no merecían los hijos de Goebels, al menos igual prudencia, en lugar de ese interés por hurgar en el espinoso asunto del derecho paterno a decidir sobre la muerte de un hijo? Como se ve, cuántas más vueltas se le da a este asunto, peor huele.


"¿Como es de grande el dedo
del amor de su marido?"

Mucho más honesta es la actitud de Bill Condon en su reciente Kinsey (2004) (de la que es director y guionista), biografía del profesor Alfred Kinsey, pionero en la investigación científica del comportamiento sexual humano, que escandalizó a Estados Unidos con la publicación de sus libros sobre el Comportamiento sexual del varón (1948), calificado entonces por la prensa como una "bomba atómica" y que años después se las tuvo que ver con la incomprensión y el desprecio cuando editara el Comportamiento sexual de la mujer (1953), en mitad de la Caza de Brujas del senador MacCarthy. "¿Por qué me odian?" pregunta zaherido el profesor Kinsey (Liam Nelson). "Les has dicho que sus madres y hermanas se masturban y que lo hacen entre sí, ¿qué querías?", le contesta su esposa, Clara MacMillan (Laura Linney). El trabajo del profesor Kinsey no se parecía a las aproximaciones anteriores a la sexualidad humana, basadas en apriorismos sobre la normalidad y la desviación, como la enriquecedora aportación del padre del psicoanálisis Sigmund Freud. Su actitud estaba exenta de todo juicio moral: se trataba de elaborar un registro fehaciente de los comportamientos reales de los norteamericanos mediante entrevistas personales en las que se garantizaba el anonimato de los comparecientes a cambio de exigírseles total sinceridad. El resultado, efectivamente, daba cuenta de unos comportamientos bien distintos de lo que la férrea moral puritana de la sociedad estadounidense querría reconocerse para sí misma.


Kinsey, historia de una revelación

Lo mejor del film de Condon está en su planteamiento, tan ausente de moralejas como el retrato del propio Kinsey. La película no pretende convertirlo en un héroe y dibuja los perfiles de un hombre obsesivo, intransigente y a menudo ridículo (su ofuscación en la recopilación de avispas se mueve en un difuso terreno entre la rigurosidad científica y una conducta obsesiva rayana con el patetismo), que lucha por superar sus propios miedos y pudores frente el sexo y el puritanismo en que fue criado, sometiendo la materia de su tormento a las herramientas que mejor maneja: la curiosidad y el método científico.

A diferencia de otras melindrosas biografías recientes, como Una mente maravillosa (2001), de Ron Howard, sobre el matemático John Nash, o Descubriendo Nunca Jamás (2004), de Mark Foster, sobre el escritor J. M. Barrie, que eluden los aspectos más controvertidos de la sexualidad de sus protagonistas para evitar incomodar a un público ecléctico, en Kinsey el director no ahorra los episodios más espinosos de la vida del biólogo, en especial los relativos a las conductas sexuales del propio investigador y sus colaboradores, sobre las que se abstiene de emitir pronunciamientos, o colocarlas como causa de posteriores males, una de las formas más convencionales de establecer sanciones del cine contemporáneo. Kinsey es sin embargo pudorosa con las escenas de sexo, rodadas con estilemas convencionales y sin poner el acento en ellas para evitar el morbo. Sin embargo, no huye de la explicitud, obliga a sus personajes a hablar con franqueza y a llamar a las cosas por su nombre (antológicas las escenas en las que el profesor instruye a sus colaboradores sobre cómo deben realizar las entrevistas) y alcanza su final sin permitir un resquicio de juicio moralista, de modo que la película en ningún caso puede constituirse como una reivindicación de la castidad, pero tampoco una exaltación de la promiscuidad. Se trata más bien de seguir al protagonista en su pesquisa de eesvelamiento de lo real, tantas veces prterido. Un equilibrio prodigioso, sin duda.

Pudor ante la intimidad de sus protagonistas y explicitud en el relato de los acontecimientos, tal es la actitud de Bill Condon ante la figura del doctor Alfred Kinsey. El proceder de Hirschtbiegel hacia el Hitler que interpreta Bruno Ganz es igual de respetuoso. Hacia Hitler, no hacia el espectador, carente de toda sanción moral. La distancia respetuosa de Kinsey evita hacer un pronunciamiento moral porque saben bien sus responsables que lo que ocurre en las alcobas es asunto de cada cual y conocer más sobre ello a título estadístico sólo ayuda a evitar repudios y estigmatizaciones. El motivo de la distorsión narrativa de El Hundimiento, un trabajo que se postulaba como el desvelamiento de las horas más turbadoras del Fürher y que precisamente tiende un velo sobre el punto central en torno al cual gira, el suicidio del monstruo, es un misterio. Antes que atribuirle al director una obscura devoción hitleriana es más sencillo pensar que se haya dejado llevar por el uso y abuso de adjetivaciones cinematográficas sin detenerse en su significado, un estilismo inmoral que revela un solapado sometimiento al magnetismo de la fiera que pretende retratar. He aquí un ejemplo palmario de los peligros de manejar un lenguaje complejo sin domeñar los recursos que proporciona: al cabo se alimenta una redención consoladora, se incurre en la deferencia con la bestia mientras se desnuda impúdicamente el martirio de las criaturas inocentes perdidas por azar en su cenagoso dominio. Se tratan las atrocidades públicas con la misma mano temblorosa con la que se asistiría a los pecados privados. Se invita a la conmiseración dónde sólo cabe la repugnancia.







pvallin@divertinajes.com
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