15 de febrero de 2005

La última oportunidad


Hillary Swan encarna la determinación

Existe un axioma crítico, de un cierto predicamento por ser un útil instrumento de análisis, que establece que todo autor, todo creador, tiene un único discurso, un enunciado somero que en pocas palabras puede resumir su obra. En algunos, este enunciado es muy concreto, caso de Woody Allen y la naturaleza freudiana, cosmopolita y burguesa de todo su cine, mientras en otro pueden ser circunloquios en torno a un tema amplio, como la relación de Francis Ford Coppola con el poder o la de Martin Scorsese con la violencia viril. Esta formulación crítica incurre en el reduccionismo, prescinde de las sutilezas y por ello, más que emplearla para dilucidar cuál es el asunto de un creador, sirve para localizarlo: Si es un creador, su obra tendrá un texto, un discurso recurrente que puede ser leído a lo largo de su trayectoria. De estas cuitas andaba discutiendo con Luis Muñiz, ensayista y poeta de condición, periodista de profesión, en la época en la que todos empezamos a caer en la cuenta de que Clint Eastwood había dejado de ser un actor metido a director para convertirse en un creador; eso que los franceses llamaron, con su habitual prosopopeya, un verdadero auteur. Había estrenado por entonces Los puentes de Madison (1995) y Muñiz halló fin a su búsqueda de proposición principal en el cine del adusto vaquero. Era una fórmula demasiado concreta para soportar una filmografía que iría creciendo a razón de un título al año, pero que aportaba las claves sobre la historia que una y otra vez había venido contándonos en su cine: "No hay segundas oportunidades en las vidas de los americanos". Estaba a la vista: sobreimpresionada en el arranque de Bird (1988), y con la firma de su autor, Francis Scott Fiztgerald.


Pygmalion y Galatea

El hallazgo parece de trazo grueso pero encierra dos virtudes que revelan la fina caligrafía con que está enunciado. Una: Ofrece una incuestionable coherencia a títulos tan dispares como Bird, Cazador blanco, corazón negro (1990), Sin perdón (1992), Un mundo perfecto (1993) y Los puentes de Madison (1995), y aun a muchos otros de los anteriores y la gran mayoría de los que habrían de llegar hasta este mismo Million Dollar Baby (2004). Dos: Explica por qué bajo la piel de un cine tan cauteloso en su puesta en escena y de una factura dramática de apariencia tan convencional se sienten los latidos de una visión amarga y muy poco complaciente de la sociedad contemporánea que retrata y que, aguas abajo, es también la nuestra. Para juzgar el alcance de esta sedición latente ha de recordarse que América se define a sí misma como "el País de las Oportunidades", una tierra de promisión en la que cada hombre tiene el derecho reconocido a buscar la felicidad por los caminos que el propio sistema sirve, de modo que serán las aptitudes de cada cual las que condicionen su destino.

Se puede objetar que Eastwood a veces se rebela contra sí mismo, y la maldición de su pronunciamiento da paso a un aserto positivo: "Sí hay segundas oportunidades en las vidas de los americanos", algo que ocurre de forma expresa en El jinete pálido (1985), Space Cowboys (2000), Ejecución Inminente (1999) y Deuda de sangre (2002). Y aún en otra película, en la que Eastwood sólo participó como actor, pero cuya temática le es tan próxima que no parece aventurado conjeturar que la eligió a sabiendas: En la línea de fuego (1993), de Wolfgang Petersen, la historia de uno de los guardaespaldas que debía proteger a Kennedy en Dallas un 22 de noviembre. Sin embargo, esta dualidad no desmiente la validez de la recurrente frase que enuncia sus argumentos, pues al cambiar el signo negativo de la proposición ratifica que, efectivamente, las segundas oportunidades son una constante en su cine, y más parece que los eventuales finales felices a los que en ocasiones se abandona son un gesto de piedad postrera hacia sus personajes. No son una salvación propiamente, sino un indulto que se concede a quien ya ha sido condenado. Pero la mayor parte de las veces, ni siquiera les permite una victoria magra: Sin Perdón, Un mundo perfecto, Los Puentes de Madison, Cazador blanco, corazón negro, Bronco Billy (1980), El aventurero de medianoche (1982) o Mystic River (2003), son películas que arrancan con personajes que ya atesoran un fracaso, una desgracia, y que dispondrán de una segunda oportunidad, un nuevo compromiso con su destino, en los que la fatalidad ratificará la sentencia que años atrás dictara contra ellos.


Opta a tres Oscar (actor, director,
productor). La película, a siete.

Los personajes de las historias de Eastwood (la coherencia de sus títulos permite hablar de "sus historias" aunque jamás haya firmado un guión) son individuos siempre con talento para el desempeño de su oficio, y cuya integridad personal será puesta a prueba una segunda vez. Porque todos proceden de una derrota previa. Estas cualidades adornan incluso al salvaje William Munny de Sin Perdón pese a que ejerciera de pistolero en su juventud, condición que sigue arrastrándose por su conciencia. La destreza profesional de sus personajes (ya sean ex cazarrecompensas, ladrones, agentes del FBI, ex policías, ex astronautas, fotógrafos, periodistas, entrenadores...) no lleva aparejado un éxito personal o social de acuerdo al paradigma protestante de la valía como llave que abre las puertas. Un sentido de la lealtad y la honestidad en desuso, a menudo hijo de un cierto convencimiento en la propia superioridad moral, aboca a un fracaso que en cierta medida es leído como una culpa. América no enseña a sus hijos ninguna lección sobre el azar o el infortunio, así que ante el desengaño asumen una dosis de culpa.

Todos los personajes de Eastwood arrastran un tormento, la certidumbre de que en un momento clave erraron y echaron a perder su oportunidad. Y todos viven a la espera de una revancha. De ahí que también padezcan las veleidades del justiciero, aunque sea sin la soberbia del juez; más bien con la resignación del verdugo. El periodista de Ejecución Inminente golpea a su joven redactor jefe igual que el jefe Red Garnett del FBI de Un mundo perfecto da un soberbio puñetazo al francotirador que no esperó a que Butch Haynes (Kevin Costner) se entregara cuando ya estaba acorralado y herido. Breves desagravios morales de quién sabe que ha perdido.


Un testigo y un espejo

Todo ello está presente en la nueva cinta de Eastwood, en la que un veterano entrenador de boxeo, Frankie Dunn (papel que se reserva el propio Eastwood), ve llegar una última oportunidad de adornar con un éxito deportivo su poco lustrosa carrera cuando una joven de inquebrantable determinación y de vida miserable, Maggie Fiztgerald (Hillary Swan), le pide que la entrene para convertirse en boxeadora profesional. Una historia convencional, plagada de referencias tibias al mito de Pygmalion o, más alejadas, a la Lolita de Navokov, se convierte en manos de este director insólito en un drama sobresaliente, rodado con un sentido de la contención fuera de este tiempo, que deja descansar la potencia de la historia en la parquedad de recursos narrativos y en unas interpretaciones muy alejadas de las habituales efervescencias expresivas de los dramas contemporáneos.

Sin adjetivar el discurso, con una respetuosa discreción en el acercamiento al dolor de sus criaturas, a las que a menudo proporciona el refugio de una oscuridad pudorosa, Eastwood lleva a sus personajes hasta su ansiada segunda oportunidad y les permite creer de nuevo en el Sueño Americano, pero sólo para volver a dejarlos caer. La vida no escucha la campana y también golpea cuando el round ha concluido. Dunn vive según sus viejos códigos y respeta el tañido y las artes del ring. He ahí su destino.


Ella es candidata a un Oscar

Sin embargo, y pese a su amargor, no es la de Eastwood una obra pesimista o descreída. Tampoco comparte la fe en el desquite que atesora la directora de este panteón libérrimo que nos acoge, una fe basada en su propia determinación. El director de San Francisco practica un humanismo en desuso. Mima a sus personajes no porque merezcan la conmiseración del derrotado sino porque atesoran la virtud de la determinación, porque tras cada capitulación mantienen la entereza para fajarse en la siguiente lid y porque sus desventuras no los llevan a abdicar de sus convicciones. En cada una de las historias de Eastwood existe un desafío moral en el que las salidas no están dibujadas, y sus criaturas se las tienen con él armadas de los precarios atributos de una moralidad que ha perdido su vigencia.

En esa añoranza de un tiempo menos feroz despunta ese talante melancólico que caracteriza su cine. Pero la nostalgia de quien está a punto de convertirse en octogenario no es coartada para una idealización sentimental de las sociedades precedentes, y Eastwood huye de esa complacencia. Bien al contrario, en el mundo que se retrata en sus películas persisten las huellas de una barbarie antigua, sedimentada e irreflexiva que tiñe los destinos de los hombres desde las oscuras cavidades de la historia. Aun los de aquellos que, contra la lógica de la supervivencia, se levantan una vez y otra, antes de que la cuenta llegue a diez, sólo para recibir el siguiente castigo. Porque levantarse y apretar los puños hace olvidar que la lona aguarda feroz el seguro regreso.






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