1 de febrero de 2005

Congojas del parentesco


Helados y atormentados

El inmovilismo es contraproducente. Quienes se oponen al cambio, lo hacen incluso cuando este puja a su favor. Los defensores de aquella mononucleosis social, recitada por los falangistas como una letanía ("la familia, el municipio, el sindicato, la patria"), rechazaban la flexibilización del acceso (matrimonio civil), la estancia (despenalización del adulterio) y la salida (el divorcio), a pesar de que, como dicen los liberales, la flexibilidad laboral crea empleo y por ende la flexibilidad familiar crea familias. Ahora que las Autoridades quieren hacer que los de condición sexual disidente se vuelvan conversos adalides del matrimonio, a los inmovilistas tampoco les gusta, bien a pesar de que eso multiplicará el número de familias legales, por incremento de matrimonios y de adoptantes (y por tanto, de adoptados). Porque la familia no es un lugar ni una acumulación de afectos, sino un estado de ánimo. Un refugio emocional más asequible que la patria pero no totalmente domesticable. Con la familia ocurre como con el terruño del emigrante. Salimos al mundo y cuando volvemos, fatigados los ojos de tanto ver, sigue ahí, igual pero distinta. Ha crecido, se ha ido consumiendo o se ha desmoronado. A veces, todo ello a un tiempo.

De igual modo que los pueblos a veces se ven empujados al destierro por el hambre o la iniquidad, así el refugio familiar atraviesa vicisitudes que complican su naturaleza hasta hacerle dudar de su propio sentido. En los años setenta, con la resaca de la liberación sexual y de la proclamación de la comuna como nuevo núcleo estructurante de la sociedad, fenómenos que habían sacudido el planeta occidente durante la década anterior, los rasgos de afectividad y pervivencia de la unidad familiar tradicional fueron seriamente zarandeados.


No es Kenny, aunque, pensándolo bien...

De eso trata la novela de Rick Moody, y la adaptación homónima La tormenta de hielo (1997), del taiwanés, Ang Lee. Cuenta la historia de dos matrimonios formados por Benjamín y Elena Hood (Kevin Kline y Joan Allen) y Jim y Janey Carver (Jamey Sheridam y Sigourney Weaver). Ambas parejas tienen dos hijos adolescentes y ambas vivieron la expansiva juventud en los desmesurados sesenta, conocieron de las drogas y participaron de una sexualidad radicalmente distinta a la de las generaciones que los precedieron. Ahora, en 1972, colocados en el papel de aquellos contra los que se subvirtieron, los padres desarrollan con sus hijos una relación híbrida entre la que recibieron y la que soñaron. Esa situación provoca que todos los personajes, padres e hijos, vivan en idéntico estado de perplejidad adolescente. Los chicos Mikey Carver (Elijah Word) y Wendy Hood (Christina Ricci) descubren juntos los balbuceos del acercamiento sexual; él, desde la determinación que habitualmente empuja al varón en estos menesteres, y ella, con un ánimo experimental que la lleva a seducir al hermano de Mikey, el pequeño Sandy (Adam Hann-Byrd), perdidamente enamorado de ella.


Ritos del adulterio

El resuelto juego sexual de los tres muchachos no se detiene en las lindes de la moral, como siempre ocurre a esa edad en la que la quemazón hormonal es una trompeta capaz de derribar las murallas de cualquier Jericó de la convención. En esa ausencia de culpa reside la inocencia del juego. Los padres de ambos (Janey, madre de los chicos, y Ben, padre de ella) mantienen una aventura de índole exclusivamente sexual, como se repiten ellos mismos en voz alta ("Me estás aburriendo. Ya tengo un marido: hay según qué cosas que no quiero repetir", espeta ella cuando él se deshace en explicaciones sobre sus cuitas laborales en el rito post-coital del cigarrillo). Ni los chavales ni los adultos saben muy bien lo que se hacen, pero la diferencia es que sobre los mayores sí pesa la sensación de culpa, en especial en el personaje de Kevin Kline, cuyas excursiones extramaritales amenazan con llevarse por delante su matrimonio. Su esposa, Elena, es consciente del engaño y siente que el universo que la rodea se está derrumbando. Los galanteos que le dedica un joven y apuesto sacerdote, al principio halagadores, se suman al cuadro de su confusión, en el que los juegos de intercambio de pareja tan populares en las fiestas de sus amigos de clase media, empujan aún más a Elena, silenciosa víctima de su propia incapacidad para tomar las riendas de su vida, hacia el hundimiento personal. En general, por no entrar en más detalles, la película dibuja el cuadro de una clase media perdida en el ejercicio de una libertad que no sabe cómo gestionar y que ni siquiera tiene claro que sea tal. El universo político de la guerra de Vietnam y los escándalos políticos de la era Nixon acucian la sensación de ausencia de referentes éticos.


El tabaco, forma parte de la liturgia
de la adolescencia. De momento

Sin embargo, la película mantiene la configuración de la familia como refugio, un resguardo lleno de trampas, pero seguro a su manera. Esta condición de cobijo imperfecto de la intemperie desabrida del exterior está presente en La tormenta de hielo al vehicular la historia a través del personaje de Paul Hood (Tobey Maguire), estudiante interno en un college (emigrante de la patria familiar) que regresa para el día de Acción de Gracias. En una narración circular, que arranca con la escena que cierra la película, Lee empapa sus imágenes de la gelidez del desafecto y la anomia moral de sus personajes. La inclemencia a la que alude el título es un fenómeno climático poco conocido por aquí pero parecido a la helada, que consiste en una bajada brusca de temperaturas que no llega a provocar nieve ni granizo, pero que congela el agua de lluvia caída convirtiendo las ramas de los árboles y los cables del tendido eléctrico o de la catenaria del ferrocarril en orfebrería de cristal. La sequedad del bosque invernal y la pálida fotografía trabajan en una dirección netamente cinematográfica, difícilmente alcanzable para la literatura: congelan el patio de butacas. El modo en que la misma escena de la noche glacial abre y cierra la cinta hace que los personajes y sus avatares queden atrapados por el hielo, una jaula de cristal, de tiempo detenido, que habrá de romperse por la fuerza transversal de una tragedia.


La paternidad penitente

La tormenta de hielo se anticipó a American Beauty (1999), de Sam Mendes, otra parábola familiar, con la que guarda algunas semejanzas temáticas. En ambas se trata de familias de afectos desagregados y en las que el tedio y la desidia han descompuesto la estructura nuclear del cobijo. Sin embargo, la película de Mendes se deja llevar por el cinismo postmoderno, mientras la de Ang Lee se desliza por las laderas del desasosiego. Una está llena de descreimiento y socarronería donde la otra exhibe zozobra y desconsuelo. Y el género de American Beuty es la farsa, mientras La tormenta de hielo se inclina por el drama bergmaniano. Pero ambas dilucidan uno de los dramas de las sociedades desarrolladas: la conversión del aprisco en infierno. El trauma que se contiene en ese enunciado arroja a los personajes a una soledad pura pues atañe a la descomposición del último bastión, al acabamiento de un mundo confortable que nos protege de la hostilidad exterior. Los muros familiares son infranqueables, por eso ninguna de las dos películas relatan un asalto al bastión: el agrietamiento es endógeno. De ahí que la metáfora de la algidez empleada por Ange Lee sea aún más rica en significado. La helada que relata es repentina y su llegada es inadvertida y silenciosa, capaz de convertir el mundo en un entorno resbaladizo y lleno de afiladas agujas. Un atributo físico del hielo es su capacidad para convertir a una solidez pétrea el mundo todo, y a la vez, hacerlo un millón de veces más frágil, hasta el punto de saltar en mil pedazos si recibe el más leve impacto. Así, las familias que lo ocupan.


Sonreir así a un cura ¿es pecado?

Sin embargo, la desgracia que cierra la película de Ang Lee no tiene un sentido judeocristiano. No es un castigo ni una consecuencia de la irresponsabilidad con la que se conducen los adultos o de la inconsciencia del albedrío juvenil. Es una contingencia que vuelve a colocar a todos frente a sí mismos y al papel de engranaje que les toca desempeñar a unos para con los otros, tal es el deber en el círculo familiar. Es decir, en cierta medida, recompone las familias. No es casual que sea entonces cuando padres e hijos aparecen juntos en el mismo plano, como un retrato familiar, una confluencia que el director sólo había permitido en la escena de la comida de Acción de Gracias, pero entonces para subrayar las resquebrajaduras que enturbian la foto de familia. Esa cohesión postrera no tiene un valor redentor, sino que plantea más bien un cierto convencimiento en la naturaleza persistente de la familia, una rebeldía contra su destrucción. Lo hace la película sin elevar juicios de valor, de modo que bien podría tratarse de la constatación de que la prisión de los personajes tiene visos de haber sido dictada como cadena perpetua, o que, efectivamente, la familia es un núcleo irreducible de supervivencia, en el que la ausencia de las trabajadas máscaras sociales que nos proveemos hace las cosas más difíciles. Ya se dijo aquí que la impostura de la socialización era el único camino hacia la convivencia. Esa imprescindible impostura es suplida en el entorno íntimo por un arma de doble filo: el afecto.

Un evolucionista diría que ese apego y esa resistencia a la disolución no tienen que ver con atavismos morales o religiosos, sino con la acción del gen egoísta, porque es sabido que la evolución no trabaja para la conservación del individuo, sino de su material genético. Ese que comparte con sus consanguíneos. Y ahí late un principio potencialmente destructivo pues esa prioridad no se detendrá en consideraciones sobre la libertad o la felicidad individuales, sino en el bienestar de la estirpe. Lo malo es que esa ley preternatural habita en el refugio, allí donde acudimos inermes, con el pecho descubierto como una invitación a ser ensartados por una alabarda. De ahí el pánico que provoca la llegada de la Navidad, con sus ritos conciliares.

En el off con el que se abre La tormenta de hielo, el joven Paul Hood, contemplando un cómic de Los 4 Fantásticos piensa: "Una familia es como la antimateria de la persona. Tu familia es el vacío del que surges y el lugar al que vuelves cuando mueres. Y ahí está la paradoja: cuanto más te acercas a ella, más te adentras en el vacío". Una patria vacía.







pvallin@divertinajes.com
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