25 de enero de 2005

Vagabundos de felpa


Los creadores de South Park retoman y
corrigen el concepto de Rescate Internacional

Ser el vástago de un feriante es casi peor que ser hijo de un prófugo de la Justicia. Los musculados cazadores recolectores fueron diezmados por los raquíticos campesinos allá en los albores de la civilización porque, si bien escuálidos, los hortelanos eran muchos más, tenían garantizado el sustento y podían desviar recursos (humanos) para hacer la guerra. Casi desde ese mismo día, la itinerancia se convirtió en estigma y la quietud, en rasgo de madurez. Al invento de nuestros desvelos, el cinematógrafo, le corresponde por tanto un pecado original, una bastardía de origen, pues nació nómada y lo siguió siendo durante su infancia toda, hasta que decidió volverse ubicuo, que es una refinada forma de fingir permanencia practicando la trashumancia. Decidió instalarse en todos lados. Ya se dijo aquí que tal treta logró ganarle cierto decoro, pero por fortuna no hizo desaparecer su naturaleza abracadabrante de barraca de los prodigios, que aún practica para solaz del respetable. Fiel a su memoria de carromato, aún hospeda a titiriteros y saltimbanquis cuando requieren de su cobijo. Y, fundido con los primeros, ofrece ensoñaciones indispensables para reconciliarnos con el mundo. El desaparecido Jim Henson fue el Capitán de los Titiriteros, una trouppe a la que debemos algunos de los más imaginativos frescos de la historia del cine, y a la que rinden gamberro tributo en la pantalla grande Trey Parker y Matt Stone, famosos creadores de la irreverente South Park: Más grande, más largo y sin cortes (1999), que enseguida desembarcarán por aquí con sus marionetas de hilo en Team America: Wold Police (2004).


He aquí los originales: Thunderbirds

La película de Parker y Stone replica las marionetas creadas por Gerry Anderson, inventor del sistema Supermarionation (un imán accionado por un pequeño dispositivo eléctrico que permitía a los muñecos vocalizar) para su aclamado serial televisivo Thunderbirds (1964-1966), del que en fecha reciente apareció un olvidable y homónimo remake cinematográfico sin marionetas ni hilo conductor. El éxito televisivo de las aventuras de Rescate Internacional, que ustedes pueden rememorar en la excelente reedición en DVD que recoge 32 episodios de 55 minutos, obedecía a la generosidad de los efectos especiales y a un minucioso montaje que disimulaba las deficiencias motrices de los protagonistas (una forma de narrar que a los ojos apresurados de hoy se hace un tanto morosa), aunque de su verdadero impacto en la pequeña pantalla mejor le piden explicaciones al cronista contiguo. De aquel exitoso serial se realizó un largometraje, Thunderbirds Are Go, estrenado en España como Guardianes del Espacio (1962) y dirigido por David Lane, y posteriormente una continuación titulada Thunderbirds 6 (1966), del mismo director. Pero ninguno de los dos largos logró remedar en salas la popularidad que alcanzaron en la caja de rayos catódicos. Los chicos de South Park han calcado las marionetas de Anderson, su dinamismo y su Supermarionation, lo que confiere a las imágenes de su película el mismo encanto que preñaba las originales, ese extraño sortilegio de contemplar un mundo de juguete cobrando vida. Queda saber si todo lo demás, es decir lo substancial, funciona, si la película tiene gracia, pues se pregona como una sátira sobre el modo en que los americanos luchan, como policías del planeta, para acabar con el terrorismo internacional.


Y los sucesores: Captain Scarlett

En todo caso, la decisión de hacer en pleno siglo XXI una película anclada en los titeres de Anderson, que ya cumplieron la provecta edad de cuarenta años, contiene un doble valor semántico. De un lado, el mecanismo titiritero subraya la vocación de farsa que preside el empeño. De otro, la réplica de los Thunderbirds es una cita al tema de la serie de Anderson que relata las aventuras de una familia, los Tracy, que, a los mandos de cinco prodigiosas naves (llamadas "Thunderbirds"), conforman la organización Rescate Internacional y que, desde su base secreta en el Pacífico, acuden a rescatar a cuantas personas se encuentren en peligro, casi siempre por causa de ingenios mecánicos. Es decir, eran una especie de combinación entre Protección Civil y los Bomberos, montada en ingenios supersónicos. Los personajes de Team America son poco más o menos lo mismo, salvo que su isla secreta se llama América, y que operan para salvar el mundo de sí mismo y a su costa.

A pesar de que los fans de los muñequitos del británico Anderson aún hoy menudean, lo cierto es que su revolucionario Supermarionation, nacido en Thunderbirds y recreado en su siguiente trabajo, Captain Scarlett and the Mysterons (1967), no tuvo apenas continuadores (hasta este Team America), y fueron sus creaciones de acción real Espacio 1999 y UFO las que le dieron fama mundial.


El rien ne va plus del género

Sin embargo, hubo otro marionetista, Jim Henson, que, también operando desde la televisión, proporcionó al cine algunos de sus más antológicos personajes y películas de goma y látex que aún hoy constituyen audacias creativas sin parangón. El programa Barrio Sésamo (1969-2001) hizo que sus sencillos muñecos adquirieran fama mundial, fama que se vio multiplicada con The Muppet Show (1976-1981), titulado por aquí El show de los Teleñecos. Junto a su socio Frank Oz, Henson aprovechó el éxito televisivo para trascender a la gran pantalla su imaginación visual, esta vez acompañada de presupuestos más holgados. Los primeros muñecos de trapo en la sala oscura fueron, claro, los Teleñecos, que durante los años setenta protagonizaron al menos cuatro largometrajes. La escuálida rana Kermit, la rotunda cerdita Piggy y el osito Foozie corrieron toda suerte de aventuras en Holywood, Manhattan y Londres, además de pasearse por varios cuentos clásicos suplantando a sus auténticos protagonistas.

Para emanciparse de la fama de sus personajes, no obstante, la compañía se embarcó en un proyecto mucho más ambicioso, Cristal Oscuro (1982), una historia narrada exclusivamente con marionetas y ambientada en un mundo fantástico de criaturas fabulosas salidas de la imaginación de Henson y sus animadores. La película narra la historia del joven Jen, último de su linaje (los Gelflins), que debe restaurar el Cristal Oscuro para devolver la armonía a un mundo dividido desde que se quebrase el Cristal, mil años atrás, y restaurar la integridad de los 12 seres que lo veneraban y que fueron a su vez divididos en los Místicos y los Skeksis; los primeros, depositarios de las virtudes de la mesura y la sabiduría, y los segundos, de los vicios de la ambición y la soberbia. La historia es un relato de Quest clásico, con viaje iniciático al uso, que no destaca por su guión pero sí por sus cualidades visuales: combinando localizaciones exteriores y decorados Henson logra transmitir la sensación de un mundo de ensueño, fugitivo del realismo medievalista de este tipo de narraciones, y a su manera desempolva una de los atributos más denostados del cine: su capacidad para hacer verosímil el prodigio sin disimular su naturaleza irreal.


Y la más excepcional creación
del sector del látex: Yoda

En los ochenta, los muñecos de látex invadieron el cine. El precursor había sido George Lucas, cuando encargó a la factoría de Henson la creación de la criatura Yoda, tal vez la marioneta más famosa de la historia del cine, para El Imperio Contraataca (1980). La interpretación que Frank Oz logró con Yoda (cuyo diseño original era obra de Stuart Freeborn) sentó las bases de una colaboración más amplia en El Retorno del Jedi (1982) y proporcionó al equipo de Henson la experiencia que necesitaba para desarrollar su fantasía Cristal Oscuro. Conforme una generación de niños amamantada por Epi y Blas iba teniendo edad para pagarse la entrada del cine, las marionetas fueron copando el cine fantástico. La muy envejecida La Historia Interminable (1984), versión apócrifa que dirigió Wolfgang Petersen sobre la novela homónima del alemán Michael Ende, estaba llena de pobladores de látex y peluche. El propio Henson, poco antes de morir, dirigió Dentro del Laberinto (1986) en la que sus criaturas compartían cartel con el músico/actor David Bowie y una pubescente Jennifer Connelly. La película funcionó mejor que la anterior, y aun hoy se deja ver con agrado como trasunto poco disimulado de Alicia en el país de las maravillas y El mago de Oz.


Cuento de Navidad de los Teleñecos
(también salía Michael Caine)

La era dorada de los muñecos duró casi dos décadas y vivió uno de sus momentos de apogeo con la gigantesca marioneta de hilo que el equipo de Stan Wiston diseñó para dar vida a la reina de los xenomorfos en Aliens, el regreso (1986), un colosal mecanismo articulado y movido por hilos que permitió a la criatura batirse en buena lid con la teniente Ripley (Sigourney Weaver) en una antológica escena final.

Pero la era digital redujo el látex a materia prima de máscaras para actores de cine fantástico. La capacidad del ordenador para dotar de expresividad y plenas cualidades motrices a los seres fantásticos hizo que los creadores de ciencia-ficción y fantasía se decantaran por las compañías especializadas en animación 3-D frente a las vetustas marionetas. Incluso George Lucas sucumbió a sus afectos y en El ataque de los clones (2002) decidió sustituir el muñeco de Yoda que aún empleara en La amenaza fantasma (1999) por una criatura digital, con sobresalientes resultados (nostálgicos abstenerse). No obstante, desaparecieron los títeres, pero no los titiriteros. La animación pura se reveló insuficiente para proporcionar a las criaturas digitales la naturalidad que se perseguía así que actores como Ahmed Best (intérprete del digital Jar Jar Binks) en La Amenaza Fantasma o Andy Serkis (alma de Gollum/Smeagol) en Las dos torres (2002) y El retorno del Rey (2003), de Peter Jackson, se convirtierion en marionetistas virtuales cuyos movimientos manejan títeres digitales que previamente han sido creados por el equipo artístico. La técnica, desarrollada y perfeccionada por la industria del videojuego antes que por el cine, ha permitido pervivir a la marioneta como concepto aunque haya perdido su principal atributo, la fisicidad: los muñecos de antaño no requerían trucaje, lo que se ve es lo que ocurría ante la cámara.


Y lo que fue quebrado volvió a ser uno...

Aún de vez en cuando, los muñecos se asoman de nuevo a la gran pantalla, como un arrebato de nostalgia que encuentra complicidad entre los más pequeños, sorprendidos por la naturalidad con la que el mito prometeico de Frankenstein prende en los peluches de felpa. Los Teleñecos volvieron al cine con Cuento de Navidad (1992), una de las mejores versiones que se hayan hecho nunca del clásico de Charles Dickens. Le cogieron gusto y repitieron con Los teleñecos en la isla del tesoro (1996) y Los teleñecos en el espacio (1999), más como rejuvenecimiento de un género clásico que como consolidación de un lenguaje al que el cine ya no presta atención.

Así que los muñecos han regresado al baúl en el que se habían cobijado durante la segunda mitad del siglo XX, la televisión, y del que salieron para aventurarse en el glamuroso cine. Los lunnies son el pálido y exitoso remedo de aquella era gloriosa de los titiriteros, pero escapan a los dictados de este reducto cinematográfico, saltando por la valla que comunica con el jardín contiguo. Algún pelo se dejan no obstante en la gatera.

Este ir y venir de la barraca al teatro, del teatro a la tele, de la tele al cine y vuelta otra vez es en el fondo un reconocimiento de su condición errabunda y por tanto apátrida. Un arte sin medio, sin patria y sin bandera, pero ciudadano de paisajes ajenos. Una condición sospechosa, claro, porque sin patria no hay acatamiento ni pleitesía. El maestro de marionetas se aprovecha de la cualidad de la televisión, que nunca fue itinerante porque desde bien pronto se ganó la confianza del respetable metiéndose en casa y ocupando el lugar central del hogar. Por eso, cuando quiere sentirse libre, el titiritero vuelve al cine, que antes de ser honorable establecimiento fue harapiento carromato y que aún de vez en cuando siente nostalgia de aquella menesterosa libertad del vagabundo.





pvallin@divertinajes.com
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