18 de enero de 2005

Macedonia de clásicos (o viceversa)


A lo mejor Colin Farrell no da el papel,
pero Bucéfalo cumple sobradamente

Acostumbrado a oír en los aledaños personales y profesionales que uno goza de la insólita virtud de convocar enardecidas unanimidades en contra, es decir, de sostener opiniones contrarias al democratísimo imperio del gusto de quienes andan cerca, en las esferas civil y penal, al menos igual de ignorantes que el que suscribe, ya no halla extrañeza en descubrirse solazado ante títulos que concitaron el masivo vituperio entre público y aficionados. Dada esta certidumbre, espoleada por el eventual y feliz hallazgo de algún juicio hermano (casi siempre en letra impresa, para qué decir otra cosa, pero a veces también al otro lado del jardín), conviene explicar bien el exiliado criterio personal para evitar la tentación del enclaustramiento, esa confortable impresión de superioridad con la que la psique humana se defiende de la soledad del discernimiento. Pero ese esfuerzo docente debe practicarse sin descender a los abismos de lo obvio, pues nunca ha pretendido ser este un espacio para todos los gustos, y antes cerrar el chiringuito que abandonarse a la espeleología del pensamiento de saldo. Es bien vieja esta dialéctica entre los muchos y los pocos, tan antigua como las civilizaciones que la hospedan. Tan repetida como las pretensiones megalómanas del caudillo o el sabio frente a los prosaicos menesteres de sus vasallos o censores. La cuestión, llevado el caso al extremo, siempre deviene en discernir por dónde discurre la línea que separa al benefactor del enajenado, al conquistador del tirano, al visionario del soberbio, al sabio del loco. Esa es la disquisición, en resumidas cuentas, a la que se lanza el irregular Oliver Stone en su último trabajo, Alejandro Magno (2004), una fastuosa producción cuya pompa y circunstancia apenas ocultan la voluntad resueltamente intimista y reflexiva del guión que la sostiene. La incógnita que trata de despejar es tan reiterada en el cine de su autor que es difícil resistirse a pensar que está estrechamente relacionada con las preguntas que Stone se hace respecto a algún perfil de su propia naturaleza.

Siendo ese el desafío, tampoco hay mayor misterio en que por estos pagos se encuentren motivos para bendecir el propósito y los resultados de Alejandro Magno, por más que el uno esté más allá de los otros. Los defectos del apresuramiento (a duras penas logra el guión de Oliver Stone, Christopher Kyle y Laeta Kalogridis contener en tres horas los muchos hechos relevantes de la apretada biografía del rey macedonio) se redimen por la honradez de la apuesta y por el inconformismo del director. La discutible composición del elenco (no hay bicho que se crea que ese pelo rubio es otra cosa que un apósito físico o químico) se compensa por el arrojo de horadar las zonas oscuras de la biografía de Alejandro con el propósito de dotarla de coherencia dramática, una coherencia que sirva para explicarlo y para explicarnos.


Una madre para ser Edipo, rey o vasallo

Con buen criterio, Hilario J. Rodríguez (Dirigido por, nº340) ligaba el modus operandi de Stone con el de Orson Welles en su paradigma de la biografía cinematográfica (biopic que le dicen los primos críticos), Ciudadano Kane (1941). El rosebud que se desprende de la mano de Alejandro (Colin Farrell), en la escena del óbito que abre y cierra el filme, es un anillo regalo de su amante Efesto (interpretado por Jared Leto y al que el doblador conserva su nombre de origen, Hefastion), lo que parece dar a entender que el director se conforma con la conclusión de que es el amor de su leal doncel el impulso de las desmesuras del joven rey, o al menos, el paraíso perdido al que ansía regresar al final de todas las cosas. Sin embargo, a lo largo de la cinta Stone apunta otros muchos espacios angostos en la personalidad de Alejandro, sobre todo, su complicada relación con su madre, Olimpia (Angelina Jolie), a la que atribuye sin mucha certeza ser la instigadora de la muerte de su padre, el rey Filipo (Val Kilmer). Este juego, plausible desde la perspectiva dramática e histórica, proporciona al personaje una cualidad híbrida entre Edipo y Hamlet (entiendiendo al príncipe danés más como encarnación del tormento de la sospecha criminal que de la duda metódica) y a su viaje de conquista, la naturaleza de una huida perpetua. La estructura del fresco emocional de Alejandro se completa con sus complejas relaciones amorosas, el afecto homosentimental que le une a Efesto (la película no se detiene en ninguna escena de sexo gay, para desespero de morbosos), y la pasión políticamente inconveniente que lo lleva a casarse con una bárbara, Roxane (Rosario Dawson), lo que echa a perder la posibilidad de una unión con una macedonia, como querían sus generales, o con la hija del rey Darío de Babilonia, como quería su madre. Esta decisión, junto a otros excesos, contribuiría a que prendiese la conspiración que acabó con su vida. Los aspectos de esas relaciones están tratados de forma disímil, pues si el amor que lo une a Efesto se plasma como una entrega mutua e incondicional de tono espiritual, en su pasión heterosexual apenas se dibujan otros perfiles que los del arrebatamiento carnal, ilustrando uno de los mitos filosóficos griegos: la creencia ciega en la imposible camaradería con persona de sexo opuesto. Stone lo cuenta sin ironía o distancia que lo ponga a salvo de las invectivas del bien pensar contemporáneo, detalle que, supongo, le agradecerán más unos que otras. Molestar tanto a historiadores homófobos como a adalides de la nueva excelsitud política es un talento que a alguien con las servidumbres descritas en el encabezado sólo le puede hacer sentir el más sincero respeto.


Efesto, o la desdicha del
nacionalismo historicista griego

La película, no obstante, se inclina por el retrato antes que por la biografía, en el entendido de que no es la profusión de anécdotas la forma de desenmarañar el misterio de ese hombre, y completa este busto del gran rey macedonio con una dimensión política y filosófica tan importante como la afectiva. No es nuevo que Stone es un revisionista histórico de análisis claramente antimarxista y antinacionalista, a pesar de que rodara un documental sobre la figura de Fidel Castro, Comandante (2003), pues sus títulos, a menudo basados en personajes reales, proclaman que el sujeto de la historia son los hombres en tanto individuos de características ominosas o excepcionales (o ambas), y no los colectivos humanos, sean estos naciones o clases sociales. El destino de los pueblos es para este director consecuencia de la acción de sus líderes (de "los napoleones", que decía un trasunto novelístico del escritor Mario Paoletti). JFK (1991), The Doors (1991), Nacido el 4 de Julio (1989), Nixon (1995) o la antedicha Comandante ilustran ese convencimiento de la capacidad de un solo hombre para condicionar el curso de la historia. Desde ese prisma, Stone pinta a Alejandro como el hombre osado que fue, como el conquistador magnánimo que la leyenda y la historia consagraron, pero también emplea al narrador Tolomeo (interpretado por Anthony Hopkins, en su ancianidad, y por Elliot Cowan, en su juventud guerrera) para poner en su boca sus propias dudas e inquietudes y cuestionar la ceguera de los grandes hombres, los soñadores, que tan a menudo arrastran a la desgracia a quienes los siguen. "Ningún hombre o mujer puede ser demasiado poderoso o demasiado bello sin convocar al desastre", dice el rey Filipo. Su hijo, convencido por su madre de que su verdadero padre es Zeus, emprende el camino hacia los confines del mundo en lo que puede entenderse como un primigenio colonialismo o un enardecido impulso civilizador, si es que tales sustantivos no expresan el doble filo de las ansias megalómanas de quienes han cortejado la gloria. Al cabo, uno no alcanza a dilucidar si la película narra un éxito o un fracaso, y en esa ambigüedad residen su principal defecto y también su virtud sustancial.


Este no es Bucéfalo, de acuerdo,
pero a ver quien le tose

La obsesión por la gloria la toma el Alejandro de Stone de la imagen de Aquiles, del que admira tanto su destreza en batalla como su sacrificio por su amante, Patroclo, al luchar por vengarlo y seguirlo en la muerte. Esta cita, reiterada varias veces en la película, constituye un guiño expreso a Troya (2004), de Wolfgang Petersen, una controvertida adaptación de La Iliada, de Homero, a la que Stone dice agradecer el haber abierto camino para su proyecto, laboriosamente construido durante 15 años y que fue posible gracias a la participación de inversores alemanes, franceses y británicos. El único capital norteamericano lo aportó Warner cuando la producción estaba ya muy avanzada y tras haber recuperado holgadamente su inversión en Troya. He ahí el motivo de reconocimiento. La naturaleza de ambos proyectos es bien distinta. Alejandro se centra en acumular incertidumbres sobre el personaje. La versión bastarda de La Iliada, en cambio, limita sus aspiraciones a remozar y hacer verosímil el clásico griego. Y aquí, la generalidad de mis primos los críticos (la generalidad son muchos, pero no todos), sanciona el fracaso de Petersen con severos juicios hacia el uso de la tecnología (que se está volviendo un lugar común, otro más, de la moderna doctrina de la cinefilia) y a la interpretación de Brad Pitt como el fiero Aquiles. No se comparte aquí la sentencia, aunque haya parte de razón en la presentación de cargos. Uno tiene más bien la impresión de que las evidencias presentadas contra Petersen, con ser ciertas (y debe añadirse que tienen algo de prejuicio), no suponen carga probatoria suficiente para la condena que pretende imponérsele. Porque omiten dos virtudes fundamentales, ambas relacionadas con el arte cinematográfica.


Grandioso Peter O'Toole. A este
hombre le favorece la arena

Una, que el relato está bien adaptado y dramáticamente la película funciona como tal, con los tiempos bien medidos y los acontecimientos recogidos por el poema de Homero bien encajados en la acción, más allá de las inevitables licencias que la industria (ésta, a diferencia de Alejandro, es una película industrial) se toma al adaptar los clásicos. La segunda, mucho más importante, es la decisión del narrador de acercar el tono del relato a Shakespeare antes que a Wagner, al verbo antes que al énfasis. Hace avanzar la narración apoyándose en unos sobresalientes diálogos y no en el desarrollo de las batallas, aun cuando toda la cinta es un largo asedio. Logra así imbuir a su película de un aire que la emparienta más con la Cleopatra (1963) de Mankiewicz que con el Espartaco (1960) de Stanley Kubrick (un director maldecido por su empeño de cerrar todos los géneros; después de él no podía crecer la hierba. Y algunos páramos yermos dejó tras de sí). Ese tono brilla en diversos episodios a lo largo del metraje, pero en general son las reflexiones del rey Ulises (Sean Bean) y las del rey Príamo (Peter O'Toole) las que ocupan los momentos más lúcidos de la película, con mención especial para la escena en la que Príamo acude en la noche a Aquiles para suplicar que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor (Eric Banna), al que ha matado, y poder oficiarle el funeral de príncipe que merece.

Este vínculo de Troya con los clásicos del llamado peplum (lo que comúnmente se llama "una de romanos", aunque estemos hablando de griegos) se extiende al modo de rodar la acción e incluso a la banda sonora de James Horner, que toma como referencia las partituras clásicas de Alex North, en lugar de la enfática prosopopeya electrónica de Hans Zimmer para Gladiador (2000), de Ridley Scott, o el evidente y eficaz misticismo de Vangelis en Alexander.


Hector, esperanza de Troya, dispuesto
a ser vencido por el infalible Aquiles

Es precisamente la citada Gladiador, ganadora de cinco estatuillas, el modelo fácil del que las dos cintas que hoy nos ocupan huyen despavoridas. Huyen de su infantil maniqueísmo, de su ausencia de profundidad y del modo en que destroza a sus personajes, convirtiéndolos, más tarde o más temprano, en meros arquetipos sin perfiles. Es inequívoca prueba de las limitadas pretensiones del filme que el único personaje con perfiles humanos, Comodo (Joaquin Phoenix), acabe convertido en un malo de película de dibujos animados. En el momento en que, preso de ira, le espeta a Máximo "no sabes como gritaba tu hijo cuando lo crucificaron" cualquier presunción de veracidad dramática se escurre por el sumidero en pos de un aquietamiento moral de policiaco de tres al cuarto. Que es en lo que la película se convierte si le quitamos los petos y los arcos de medio punto.

La resultona empatía de la película del desnortado Ridley Scott ha conseguido mil bendiciones de los mismos que cuestionan la valía dramática de la Guerra de Troya de Petersen, algo que me abocaría a pensar que he perdido el buen juicio si no fuera por Nuria Bou y Xavier Pérez, profesores de Historia del Cine y firmas habituales de Cultura/s, a los que supongo también minoritarios y mal mirados entre los cátedros, una deducción fruto de cierta necesidad de hacer tribu que hasta los huraños padecemos. A ellos se debe aquel memorable arranque: "Aviso a los puristas: el director de Troya, Wolfgang Petersen, y su guionista David Benioff, envían al rey Menelao al otro barrio en pleno duelo ante la muralla, y se cargan a Agamenón en el clímax final". Oh, sacrilegio. Nuestro custodio de esencias asiente. Es que a quién se le ocurre. Robo otra cita, ésta del ya mencionado Hilario J. Rodríguez: "Cuando no se trata de la adaptación de una novela con pedigrí de clásico, y entonces aparece una horda de puritanos en defensa de la alta literatura, se trata de la Historia con mayúscula, que nunca se sabe qué tipo de criatura puede hacer despertar en su sarcófago". Fin de la cita. Así que ustedes, los que han llegado hasta aquí, son los depositarios de ese interrogante, los que deben discernir si tanto desvarío es producto del estado habitualmente febril de quien esto firma, de sus desmesuradas ansias de gloria homérica o de un esfuerzo por transitar soledumbres alejadas de los pastos comunales en que pace el cinéfilo rumiante. Pensar en ello les acercará a Alejandro, a su soberbia y a su lucidez, y este artículo habrá cumplido su propósito.







pvallin@divertinajes.com
Archivo
Volver
Versión para Imprimir