04 de enero de 2005

Devotos en blanco


Buddy Pine/Syndrome, un friki pasado de rosca

Entramos en un nuevo año principiando un mes en el que los destinos de la territorialidad que habitamos se las tienen con dos órdagos, uno sorpresivo, sobrevenido por abajo, de las tierras penumbrosas de los éuscaros, y otro voluntario, desencadenado por arriba, en forma de desafío continental plebiscitario. Éste último, la ruleta rusa a la que juega Moncloa, será objeto de mejor análisis en otra ocasión (preferiblemente a toro pasado). El primero es un fenómeno que responde a los rasgos evolutivos de las protosociedades humanas. Robemos al maestro Arcadi Espada una cita de la psicóloga Judith Rich Harris: "Entre los humanos, la hostilidad entre los grupos conduce a la exageración de cualesquiera diferencias preexistentes, o a la creación de diferencias en el caso de que no haya ninguna por la que empezar. Puede parecer que es al revés, que las diferencias conducen a la hostilidad; pero yo creo que se trata más bien de que la hostilidad conduce a la búsqueda de diferencias". Habida cuenta la pugna territorial entre tribus linderas, desarrollar conductas formales distintivas (lengua, indumento, peinados...) no respondía tanto a un azar cultural como a la necesidad de no confundir a un amigo con un enemigo. En este siglo de la banda ancha y los estrenos mundiales, desacralizado el mundo espiritual y con la acción del folklore reducida al esmero en la imposición educativa de modos idiomáticos locales, que merman la formación y dificultan la vida en una comunidad global como la que habitamos (¿quién dijo que el saber no ocupa lugar? El que lo dijo, ¿sabía algo de neuropsicología?), en este mundo mundial, decía, el proceso de secesión grupal pervive creando minúsculas tribus internacionales marcadas por su adhesión nacionalista a fenómenos culturales ajenos a la territorialidad. Son los llamados frikis, a cuya naturaleza no es del todo ajeno el que esto suscribe, que si escapa al modelo es más por defectos (la inconstancia y la dispersión) que por virtudes (el raciocinio y el buen juicio). El palabro es una divertida y modélica castellanización (De la Concha aplaudirá) del vocablo inglés freakies, que a su vez procede de freaks, monstruos. Monstruos de la cultura pop.


Tarantino, un friki venido a más

Las adhesiones a consumos culturales determinados e indumentarias distintivas para conformar grupúsculos fueron bautizadas el siglo pasado, con excelente reminiscencia antropológica, tribus urbanas. Eran un fenómeno nuevo que hizo las delicias de los costureros y que, en general, permitía identificar grupos de clientes (eso que los que andan buscando su queso llaman "target") concentrando ofertas y recursos en mercados casi cautivos. El fenómeno forma parte del proceso de socialización de los adolescentes y conlleva integración y segregación a partes iguales, es decir, permite al joven integrarse en un grupo de forma voluntaria y distinguirse de otros muchos. Es un nacionalismo a la carta que no está condicionado por ridículos azares como la condición nativa. Si el proceso de maduración del púber es más o menos normal, allá cruzando la veintena irá abandonado el tupé y la chaqueta del rockabilly o la melena y los elásticos del heavy. Pero ya hemos dicho aquí que la opulencia y el precio de la vivienda han propiciado un generalizado complejo de Peter Pan a los nacidos después de la llegada a la luna, así que los comportamientos gremiales han producido una nueva serie de treintañeros afectos a conductas de adhesión y coleccionismo compulsivas propias de la edad de los picores. Aunque esta tipología es más propia de consumidores de cómics y jugadores de rol (¿recuerdan al vendedor de cómics de Los Simpson?), el cine también ha creado sus propios frikis. Y no sólo entre los espectadores.

Un atajo hacia la cultura


Spock, condenado por su éxito

Aunque el fenómeno friki cinematográfico aparece en los ochenta, vinculado a las sagas Star Wars y Star Trek (ésta última, de origen televisivo), su generalización en nuestro país no llegaría hasta los noventa, cuando alcanza sus características genuinas y su nombre. La hibridación entre el fanático ya conocido y el degustador de rarezas alumbra un nuevo espécimen, que ejerce la exaltación del primero y las pesquisas del segundo pero no con el criterio del buscador de perlas, sino del consumidor de películas despreciadas y despreciables. La afición al cine de tercera tampoco es un fenómeno nuevo, pero el friki introduce una novedad: en su defensa encendida de géneros y cinematografías marginales, los eleva de categoría. Más allá de la simpatía condescendiente que a cualquiera provoca el patetismo de estos títulos malditos (las películas del director Ed Wood, el cine de artes marciales hongkonés, el terror gore italiano, la comedia garbancera de la transición española...), el friki los reivindica como productos culturales válidos y (he aquí el pecado) homologables a cualquier obra de auténtica talla. Sus creadores (dementes, desgraciados, indocumentados, gamberros o, las más de las veces, analfabetos funcionales) son a juicio del friki genios incomprendidos que se han visto orillados por el imponente paso de la maquinaria industrial del cine.

La aparición de este personaje responde también a las descomunales dimensiones de la producción cultural humana, que en el siglo XX rebasó sus ya de por sí inabarcables fronteras merced a ese proceso de libertad de acceso llamado pomposamente "democratización cultural" que ha convertido a todo ciudadano de un país occidental en creador en potencia, complicando la criba y multiplicando el efecto de la desinformación por la demasía. Ser un friki permite la práctica del culturalismo sin exigir una formación cultural y científica sólida, es decir, un trabajo previo de educación en los saberes humanos. El friki ejerce de erudito de una minúscula parcela; erudito sectario, sí, pero erudito al cabo. Tales réditos con tan escasos requerimientos convierten esta adhesión en una de las formas más baratas para pasar por entendido, así que no extraña el éxito del fenómeno. Y es tal que al final alguno de estos exaltados basureros llegaron a lo más alto. Gentes que saben todo de lo que nada importa y nada de lo que importa; una fórmula suprema de ignorancia la del que nada quiere aprender.


Creación señera de Santiago Segura

Esa y no otra es la diferencia entre el apasionamiento cinematográfico de Quentin Tarantino y el de Brian de Palma, dos casos preclaros de directores que hacen películas con el único propósito de revisitar aquello que les gusta y que coinciden en la práctica de un estilo sincopado y sanguinolento. El primero consume, disfruta y promociona cine basura, literatura barata (él lo prefiere llamar pulp), y por tanto eso es lo que produce, escribe y dirige: un delicado guiso de basura exquisitamente servido. Basura fina, pero basura. El segundo no pasa de ser un perseverante reverenciador de Alfred Hitchcock y su estilo fílmico rinde tributo plano a plano, secuencia a secuencia, al mago del suspense. A veces con meritorios resultados.

En el mercado local también tenemos casos de similar jaez. Alejandro Amenábar, Alex de la Iglesia y Santiago Segura son tres ejemplos de directores que antes de hacer cine eran fanáticos del medio. Pero de ellos sólo el tercero es un friki en estado puro. Las fuentes de inspiración del primero no son en absoluto la caspa y la sal gorda, sino los más refinados maestros del cine de género. Las referencias, por ejemplo, de Los Otros (2001) están en Al final de la escalera (1980) de Peter Medack, Suspense (1961), de Jack Clayton, o en la célebre novela de Henry James Otra vuelta de tuerca de la que la película de Clayton es una adaptación canónica. El segundo podría considerarse un híbrido, pues es buen conocedor del humor seborreico de la televisión y el cine españoles de los setenta y ochenta, y los convierte en referente de su cine, pero los afronta con distancia, reflejando su patetismo y huyendo de la apología de lo chabacano tan del gusto en estos tiempos. Tal es el caso de sus prometedoras pero irregulares Muertos de risa (1997), La Comunidad (2000) y Ochocientas balas (2002). En Segura no hay distancia, no hay tratamiento del patetismo, sino simple y llana exaltación de lo ramplón, de lo más vergonzoso de nuestra sociedad y sus producciones culturales. Un ejercicio que no pocos consideran desengrasante y jubilosa emancipación del corsé de la corrección política, aunque no será aquí donde le riamos la gracia a su calculada y rentable ordinariez.

Morder la mano que te alimenta


Parodia del actor shakespeariano
Leonard Nimoy en Galaxy Quest

Pero no sólo hasta la sillita plegable de director han llegado los frikis. Han hecho el más difícil todavía, traspasando la férrea frontera que separa el mundo real de la ficción y se han incorporado como personajes al imaginario cinematográfico. Sin embargo, el cine los ha tratado con una crueldad impropia de quien se está dirigiendo a sus más incondicionales clientes. Héroes fuera de órbita (1999), de Dean Parisot (un director procedente de seriales televisivos tan dispares como Doctor en Alaska, Búscate la vida y Urgencias), era una parodia inmisericorde al papanatismo de los fans de las aventuras espaciales del estilo Star Trek, igualmente feroz en el tratamiento de ese personaje paradigmático llamado Leonard Nimoy/Spock y, en general, de los actores de registro único que deben toda su celebridad a ese tipo de subproductos tan adhesivos a los fans. La película relata cómo los actores de la desvencijada serie Galaxy Quest (un calco de Star Trek), dedicados a actividades tales como la inauguración de supermercados, son abducidos por unos extraterrestres que captaban la señal de la serie sin discernir que las aventuras que allí veían reflejadas eran ficción. Creen que los actores son los personajes que interpretan y los requieren para salvarlos de otra raza alienígena que los somete. La ingenuidad absoluta de estos espectadores intergalácticos, llamados termianos, se iguala a la de los caza-autógrafos que persiguen a sus ídolos en cuantas humillantes promociones participan, y en las que los asuelan a preguntas reveladoras, efectivamente, de su imposibilidad para distinguir al actor de su personaje. Para rematar, en la abducción, los termianos se llevan consigo al friki Guy Fleegman (Sam Rokwell) que ve con horror cómo se cumple su más anhelado sueño, participar en una aventura espacial junto a sus héroes. "No sé qué diablos hago aquí. No soy más que el figurante número seis. Soy prescindible, soy el tipo que muere en el episodio para demostrar lo grave que es la situación. ¡Tengo que salir aquí!". Pobre. Es lo que tienen los deseos, que un día van y se cumplen.


Annie Wilkes, una fan entregada

Una versión mucho menos ligera e inocua del friki le valió un oscar a Kathy Bates, por su papel de la enfermera Annie Wilkes en Misery (1990), de Rob Reiner. El bestsellerista Paul Sheldon (James Caan) tiene un accidente de coche en una carretera perdida de montaña y es recogido por Annie, una devota fanática (valga la redundancia) de las novelas de Misery, personaje que ha dado fama y dinero a Sheldon. El novelista llevaba en el coche el manuscrito recién terminado de la última entrega del serial, en la que decide poner fin a la vida de su personaje principal. La enfermera Wilkes siente que Misery no puede morir y así empieza para Sheldon un descenso a los infiernos del amor incondicional. Porque, como buena friki, Annie ama al personaje de las novelas más que su propio creador y se siente obligada a velar por la corrección de lo que Sheldon escriba.

Y acaba de llegar a nuestras pantallas un nuevo ejemplo de cómo el cine trata el fenómeno del friki, que no sé si se han dado cuenta, pero es la expresión de la suma preocupación que a los creadores causa ese amor adicto de Annie. Los Increíbles (2004), de Brad Bird, relata la peripecia de un grupo de superhéroes caídos en desgracia y apartados de sus funciones por el igualitarismo democrático. Antes de su forzado retiro, un niño friki seguidor de las andanzas de Mister Increíble se presenta, antifaz en ristre, para ofrecerse como compañero y es responsablemente despachado por el superhéroe. Años después, cuando la familia de paladines se ha convertido a la vulgaridad que impone la norma, el friki Buddy Pine se ha convertido en el temible Síndrome, dispuesto a dominar la Tierra primero para salvarla después. Un demente, de nuevo, que prefirió "la identidad al conocimiento" (gracias, Mister Cué), característica común de esta especie anómala de consumidores culturalistas, atrapados en sus sueños adolescentes.

La adhesión es un proceso de la conformación de la personalidad que debe dar paso a un desarrollo ulterior basado en el aprendizaje, en el conocimiento. La necesidad de referentes es una constante en el desarrollo y con ella la fabricación de ídolos, sin embargo, la anomalía surge cuando ese procedimiento idólatra se vuelve un referente de por vida. La razón sucumbe al sentimentalismo, uno de los mejores caldos para el fanatismo, cuando la pertenencia (quién soy) pesa más que el conocimiento (qué sé), en un mecanismo que tantas veces hemos visto en la religión, la política o el fútbol, formas antiguas y refinadas de fundamentalismo que sólo cuentan con la ventaja de que no se apoyan en ficciones, sino en idealizaciones de personajes públicos a los que se hace depositarios de las esencias de la identidad grupal. Gracias a Vulcano los fans de Star Trek no se llevan por delante a nadie en nombre del Capitán Picard (Patrick Stewart), pues las pistolas de rayos disponibles en el mercado sólo emiten una ridícula lucecita. Después de todo, la culpa de las decapitaciones familiares no la tiene Tarantino ni los videojuegos, ni siquiera la tan invocada demencia. Tiene más que ver con la naturaleza asesina que comparten hombres y animales (perdonen el pleonasmo). Pero eso no explica el desasosiego que me provoca ver al guiñol de Ibarretxe, con pijama interestelar y orejas puntiagudas, capitaneando el Enterprise. Tengo que hacérmelo mirar.






pvallin@divertinajes.com
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