21 de diciembre de 2004

Árboles que no dejan ver el bosque


El amarillo, protector de la aldea,
en los hitos del lindero del bosque

Este rincón transita por espacios marginales de la actualidad o, más a menudo, la obvia por completo, quizá porque de la vorágine de la novedad mana un caudal de modernidad líquida, según definición de Zigmunt Baumann, en la que flotan los desperdicios suspendidos en elixir o al revés, pedazos de gloria sumergidos en miasmas, y cuesta discriminar si el amargor proviene de los unos o el otro. Sin embargo, el autor, quizá por su condición de exiliado laboral, se reblandece llegadas estas fechas y coloca un pequeño árbol de plástico incrustado de luces de colores en lugar preeminente del salón. El agnosticismo no es óbice para disfrutar del regreso turronero al hogar familiar, así que bajo este palio se considera la celebración del tránsito anual y el solsticio invernal como fiesta de guardar, con espumillón, pantagruélicas cenas y zapatilla bajo la chimenea. Dejándonos llevar por esa convención llamada calendario gregoriano, dedicamos esta página a recapitular lo ocurrido durante la última vuelta al sol para desbrozar aquello que merece ser recordado. Se hará con la falta de exhaustividad acostumbrada, eligiendo un solo hito, la película del año a juicio de quien cada vez es menos susceptible a los cantos de sirena de la cartelera. El bosque (2004), de M. Night Shyamalan, una obra impecable, oculta tras los árboles de la incomprensión fomentada por los que eligieron distribuirla sin pudor como la película de género que no es, y por quienes siguen creyendo que El sexto sentido (2001) es la mejor película de un director que desde entonces ha elevado varias octavas el tono, trascendencia y ambición de su discurso fílmico.

Traerlo aquí es una forma de hacer justicia a un título que apenas dos meses después de su estreno había desaparecido de las carteleras madrileñas, aun de las que se tienen por más selectas. Sus méritos son tantos y tan inesperados que la película cogió a parte del público y a la crítica amateur a contrapié. En un somero repaso por las críticas internáuticas y fanzineras, el resultado es desalentador. Hasta el recomendado Moreno se dejó turbar por lo aparente, la arquitectura meramente incidental de la película en tanto puzzle, los trucos que el director emplea para jugar con las expectativas del público siendo demasiado fiel a su propio libro de estilo. Unos atavíos cuya trascendencia, al cabo, no supera la de la rúbrica de un pintor en una obra magna, a saber, certificar la autenticidad del lienzo.


La ingenuidad y la belleza,
expresiones de la virtud

Curiosamente, entre la crítica menos impetuosa, la unanimidad es casi total. En el muy citado Cultura/s, de La Vanguardia, se leía la sentencia "obra maestra", y apenas hace una semana, en El País, un prestigioso crítico concluía que se trataba de lo mejor que había dado el cine yanqui durante 2004, parecido argumento al que leímos con fruición en las revistas menos dadas a dejarse llevar por la foto promocional y el póster desplegable; ya saben cuáles no digo. Ver El bosque como "una de miedo" o un thriller psicológico es como juzgar Blade Runner (1980) en tanto acción policial futurista, obviando su compromiso con el mito de Prometeo, la ética de la ingeniería genética, la eugenesia y la empecinada búsqueda de la inmortalidad. Una veleidad que se puede permitir el espectador, pero nunca el especialista, que se debe a la historia de la cultura.

Cuentos

El bosque narra la historia de una comunidad rural domeñada por la observancia religiosa, a la manera en que ocurría en las boscosas regiones de Pennsylvania durante los siglos XVIII y XIX, ocupadas por colonias de feligreses procedentes sobre todo del norte y centro de Europa. El mismo tipo de comunidad que retratara Tim Burton en su embriagadora versión de La leyenda de Sleepy Hollow (1999), a partir del conocido cuento de Washington Irving, un cuento que parece haber pesado hodamente en este guión de Shyamalan. Sin embargo, la comunidad de Sleepy Hollow, asolada por el jinete sin cabeza, vive un proceso de purgación pues los asesinatos del descabezado son una expiación de los muchos pecados que laten bajo la mansa convivencia del poblado.


El rojo, el color proscrito

En la aldea de El bosque, en cambio, la escrupulosa obediencia a las tradiciones, vigilada por un Consejo de notables de entre los lugareños, y el aislamiento campesino previo a la telecomunicaciones mantienen a sus habitantes suspendidos en una ingenuidad ideal, los conforman como una comunidad armoniosa de labriegos sólo turbada por la ominosa amenaza que emana del bosque rodeando la aldea y sus pastizales. En la foresta habitan Aquellos Que No Deben Ser Nombrados, unas criaturas con las que los campesinos parecen haber llegado a un acuerdo territorial de mutuo respeto que, a cambio de respetar la tranquilidad en el poblado, exige a los aldeanos una estricta observancia de los linderos del bosque, lo que es tanto como decir que los mantiene secularmente incomunicados, pues los árboles circundan por completo el pequeño pueblo. Shyamalan dedica el primer tercio de la cinta a sumergir al espectador en esa sociedad idílica y amenazada, un ideal pretecnológico custodiado por unas sencillas y severas reglas dirigidas a combatir los peligros de la curiosidad. Un trasunto inequívoco del mito judeocristiano del Jardín del Edén y el Ábrol de la Ciencia.

A partir de ahí, la película cuenta la heroica historia de Ivy Walker (Bryce Dallas Howard), una muchacha casi ciega que se verá obligada a alcanzar la ciudad atravesando el bosque para lograr las medicinas que permitan salvar la vida a su prometido Lucius Hunt (Joaquin Phoenix). El ensayista vecino Martín Cué, atado a la correa corta de su ámbito televisivo, me apuntaba la condición canónica de cuento de hadas a la que la película se somete con estricta disciplina, pues reproduce el esquema del héroe que, sin otro adorno que su virtud, se lanza a una aventura de salvación personal que acarreará un bien a la comunidad, una redención. La tesis de Cué no sólo es plausible sino que se ajusta a la propia definición del director/guionista y viene acreditada por las citas explícitas que hay repartidas por todo el relato al clásico Caperucita Roja y a muchos otros cuentos de las tradiciones oral y literaria rusas.


Lucius Hunt, la insubordinada curiosidad

Pero Shyamalan va mucho más lejos porque logra, como los grandes revisionistas del arte (que son, al cabo los padres de las revoluciones artísticas), que esa fidelidad al canon que se ha fijado conviva con una deconstrucción de los mecanismos del género sin por ello salirse de sus márgenes. En tal sentido, la película es casi un manifiesto, tan importante que aunque hubiera resultado fallida (cosa que no ha ocurrido), seguiría siendo una referencia inexcusable para la cinefilia futura. El bosque, desde la presunta ingenuidad de su discurso, descompone los mecanismos del cuento de hadas, pieza a pieza, los desnuda y los presenta bajo la mirada severa de la modernidad, para finalmente volverlos a engarzar y revelar que, aún habiendo sido retirado el velo de su encantamiento, la fábula está intacta y su vocación ejemplar funciona como un mecanismo de relojería. Desprende el director una sabiduría y una ambición que ya estaban presentes en sus dos anteriores películas. El protegido (2000) y Señales (2002), esta última, de resultados más que discutibles, desbordan en aspiraciones a la sorprendente pero convencional El sexto sentido (1999), que ya se dijo aquí tiempo atrás que se vio corregida y superada, tanto en lo estilístico como en lo conceptual, por Los Otros (2001), de Alejandro Amenábar.

Supersticiones


El tonto y el listo, márgenes
de la horquilla intelectual

Cuando este CinExín daba sus primeros pasos, centró su atención en el cine de la fe (no en un sentido estrictamente religioso) y relacionaba la obra conocida hasta entonces del director indio con uno de los títulos cumbre de la cinematografía mundial, La palabra (Ordet) (1955), de Carl Theodor Dreyer, una de las cintas más difíciles de clasificar y a la vez más poderosamente ambiguas y bellas de la historia del séptimo arte. Aquel vínculo un tanto arbitrario entre Dreyer y Shyamalan se ve inesperadamente reforzado por El bosque, que retrata la historia de una comunidad aterida por la algidez de la superstición religiosa y la sumisión a la moral tradicional que, como en el caso de Ordet, es empleada por los mayores como mecanismo para la educación y socialización de los más jóvenes, antes bien que instrumento de salvación metafísica. En ambos casos, la insolencia juvenil vive en el descreimiento y la desconfianza, cuestionando los pilares mismos en que se sostiene la frágil arquitectura de la convivencia. Pero también en ambos es otro joven --Ivy, en El bosque, y Johannes (Preben Lerdoff Rye), en Ordet--, el que cree sin reservas en la verdad revelada y, armado con su escrupuloso acatamiento, la mirada limpia y una ingenuidad insobornable, pone al descubierto las estrecheces morales de quienes pregonan el dogma como garantía del bien común. Los vinculos con Ordet están también en el modo de retratar la espartana vida de los lugareños y su relación con un medio natural que los mira con gesto ceñudo, primer síntoma de la existencia de lo inmaterial, lo temible, lo inombrado.


Se iba a titular Los bosques, pero
la ley impuso The Village (El pueblo)

No nos detendremos en glosar los atributos formales de la película de Manoj Nelliyattu Shyamalan (que tal es su verdadero nombre), cuyo lirismo estilístico en el manejo del encuadre, la elipsis, el cromatismo y la música (firmada por James Newton Howard) sólo encumbra aún más la excelsitud de la película y revela la firme caligrafía de este cineasta libérrimo que transita por los espacios intersticiales de la gran industria burlando sus convenciones y hurtándose a sus esperanzas de ver repetidos la fórmula y el éxito comercial de la película que lo lanzó a la fama hace cuatro años.

Con El bosque, Shyamalan ha firmado su mejor película, un título al que cuesta encontrar defectos por la mayoría de edad creativa que revela y por la infrecuente audacia de sus pretensiones. Este bosque, que a duras penas se ha dejado ver entre tanto árbol de la superchería, es desde luego lo más interesante que ha llegado este año desde las idólatras tierras de ultramar, y luce el valor añadido de constituirse en imprescindible fábula en verso libre de cuanto ocurre en estos oscuros tiempos en la sociedad de la que dimana. Pero, como bien aconseja quien más sabe, ceñir su trascendencia a su relación obvia con el lúgubre presente estadounidense sería un juicio tacaño pues limitaría su valor al de obra coyuntural cuando sus virtudes la hacen acreedora de un lugar en la posteridad cinematográfica. Su verbo, como en las grandes obras, trasciende la autocomplacencia de la actualidad. Nos habla de la naturaleza de nuestros miedos, del sentido de la Historia y de las convenciones morales que nos proveemos, no siempre respetables, y en las que descansa la complicada convivencia con nuestros semejantes. La indiscutible hermosura de sus sosegadas formas es sólo un atributo más que engrandece esta cautelosa obra maestra, una reivindicación de la belleza que nos emancipa del feísmo postmoderno que todo lo contamina.





pvallin@divertinajes.com
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