14 de diciembre de 2004

Malamente


Un Ojo imagen de la maldad,
preso de la perversión de voyeur

Demasiado a menudo bajo este baldaquino cinematográfico se proponen reflexiones transversales de una marcada índole moral. Eso explica también el deliberado embozo de prédica con el que se imposta el tono de cada conjetura semanal, un parapeto formal que a duras penas oculta que el interés, antes que doctrinal, es escolástico, que se corteja la duda metódica antes que la verdad irrebatible en un equilibrio precario para eludir el relativismo postmoderno. Ese cariz y la tendencia elucidada por la errática trayectoria mantenida en estos casi treinta meses explican que hoy recalemos en una de las más afortunadas invenciones del animalario cinematográfico: el malo. La vileza encarnada en hombre no es un hallazgo del cine y desde luego tampoco lo es de la literatura. Entronca más bien con los relatos de tradición oral y vocación docente, que usaban de esos tipos para convertir los atributos morales abstractos en comportamientos y actitudes concretas con un valor simbólico en el inconsciente colectivo. Sin embargo, al cine corresponde el pecado de haberlos transmutado en personajes memorables cuyo atractivo sólo se explica por nuestra propia ambigüedad moral. E hizo algo más. Los consolidó como una categoría en sí mismos, una de las más disputadas por los actores consagrados cuando tienen que descender a películas de poco fuste y mucha taquilla. Robert de Niro, Al Pacino, John Malkovich, Orson Welles, Marlon Brando, Glenn Close, Angelica Huston, Jeremy Irons, Dustin Hoffmann y Paul Newman son algunos de los muchísimos grandes actores que fruncieron el ceño y profirieron carcajadas de desafiante perversidad cuando ya peinaban canas.

Porque los malos de la tradición oral, en tanto instrumento pedagógico, iban dirigidos a niños y pre-adolescentes, y no en vano son las versiones literarias de los cuentos infantiles y los relatos ejemplares la primera literatura en hacerse eco de ese maniqueísmo, que tiempo después fue elevado en edad y ambiciones por el romanticismo y una parte de la literatura gótica. Esa elevación a la narrativa adulta acabó en buena medida con la integridad de la maldad hasta que el cine, más concretamente, el cine contemporáneo, recuperara al malo substancial. Y este malo puro, esencial, vive hoy a sus anchas en las adaptaciones de la literatura fantástica, que son, al cabo, un trasunto del romanticismo decimonónico.


Burócrata del mal con flequillo
en El Quinto Elemento

El Señor Oscuro Sauron, convertido en espeluznante ojo flamígero en El Señor de los Anillos (2001-2003), de Peter Jackson, es quizá una de las expresiones visuales más depuradas de ese mal absoluto. Sin perfiles, sin aristas ni grietas en su monolítica condición moral, en su pétrea naturaleza y en su inquebrantable determinación. Similares características tenía Evil, así, con nombre propio, que aparecía como una gran bola planetaria en El Quinto Elemento (1997), de Jean-Luc Besson, con el único propósito de la destrucción y el caos. Esa naturaleza tan pura, hacía que creciera con cada intento militar por borrarlo del mapa a base de armas de destrucción masiva.

Estas encarnaciones esenciales son antes una abstracción que un personaje propiamente dicho. Como el mismísimo Diablo en la tradición judeocristiana, se presentan con muy pocos rasgos mas allá de su cualidad moral primordial, siendo una esencia de naturaleza inmortal, aunque no indestructible. Por eso aparecen flanqueados por lugartenientes, opúsculos de condición mortal que son seducidos por la sencillez del atajo hacia el éxito material que provee la vileza. Saruman el Blanco (Christopher Lee) y Jean-Baptiste Emanuel Zorg (Gary Oldman) son secuaces respectivos de las creaciones de malignidad cerrada antes mencionadas. Suponen una forma más mundana de maldad, también de rasgos arquetípicos pero con los matices del caído, de modo que su cualidad paradigmática, antes que una malevolencia esencial, es la miseria moral. Son los corresponsales mortales, cómplices imprescindibles para que la inmoralidad suprema de sus jerarcas pueda desenvolverse en el mundo de los vivos, de acuerdo a los rudimentos de la vida terrenal, demasiado pedestres para la excelsitud de los diabólicos planes de los señores del mal. Verbigracia: "Procúrame un ejército digno de Mordor", dice El Ojo a su siervo, El Mago Blanco.


Principio y fin del asma alérgica

Un personaje en tránsito por estos modelos fue el célebre asmático Señor Oscuro del Sith, Lord Darth Vader, una afortunada creación del diseñador Ralph McQuarrie para la trilogía (?) galáctica de George Lucas. Vader, con su poderosa estampa, nació como un malo sin fisuras que con el discurrir de las películas, incluidas las tres precuelas, fue demostrando su capacidad para enriquecer sus perfiles ahondando en lo más siniestro de sí mismo, o dejando aflorar un rescoldo de humanidad enterrado bajo su negra máscara y asumiendo la condición de ángel caído. Aunque su modelo de sumisión al Emperador pudiera asimilarlo a Saruman o Zorg, carece del pragmatismo inmoral del primero, y del servilismo pusilánime del segundo. Una vocación manumisora y un misticismo exacerbado son las señas de identidad del que se pretendió el más grande entre los caballeros y se convirtió en el más tenebroso servidor del mal.

Un caso de mundanismo similar al de los dos primeros, pero sin su condición subordinada, aparece en Aliens: el regreso (1986). Carter Burke (Paul Reiser), el hombre de la Compañía, está dispuesto a sacrificar a la tripulación de la nave Sulaco con tal de preservar y llevar a la Tierra a uno de los temibles especimenes que arrasaron a la colonia del Nivel-426. Su propósito final es entregarlo a la división de armas biológicas, dónde la patente valdría millones. El modelo que representa el aparentemente inofensivo Burke aporta una diferencia y una equivalencia paradójicas respecto a los tres citados relatos romántico-caballerescos anteriores. Veámoslo.


Burke no es un burócrata sino
un broker del crimen de estado

Aliens no es cine fantástico en sentido estricto, sino ciencia-ficción (es decir, realismo futuro o realismo hipotético), de ahí que la inmoralidad del ejecutivo interestelar consista en una falta de escrúpulos y una ambición muy similares a las de muchos de los individuos que nos rodean (nunca nosotros mismos, no faltaba más) en nuestro cotidiano quehacer. Pero a pesar de esa condición realista del secuaz y del relato, el mal se presenta en Aliens en una expresión tan esencialista, tan depurada, como la de los relatos de corte fantástico de Jackson, Besson o Lucas. El alienígena creado por H. R. Giger demuestra que la verdadera naturaleza del mal es su animalidad, en tanto ausencia de un universo moral. Cuando Ripley (Sigourney Weaver) le pregunta al sintético Ash (Ian Holm) por su admiración hacia esa agresiva forma de vida, el androide le replica con una franqueza imposible para un humano por desprovista de todo condicionamiento emocional: "Admiro su pureza, libre de conciencia, remordimiento o fantasías de moralidad". Lo que nos lleva a esa evidencia evangélica y antropológica: que el bien y el mal son una creación humana, un atributo convencional que nos diferencia de los animales y que todo lo que no es humano es, en esencia, amoral. "Los antropólogos han establecido más allá de duda razonable que el orden humano es esencialmente un orden moral: ahí donde hay sociedad humana existen valores, orden moral. En este sentido podemos decir que la moral es algo natural en el hombre; no puede existir sociedad, especialmente sociedad primitiva, sin un sistema de valores", decía hace cuatro décadas el filósofo Claudio Rodríguez.


Este señor y usted no entienden
igual lo de "hoy cenamos juntos"

Este argumento estremecedor es en realidad hijo del pensamiento diocesano: "El mal no existe, como no existen el frío, la oscuridad o el silencio. El mal sólo es la ausencia de Dios, como el frío es ausencia de calor, la oscuridad es ausencia de luz y el silencio ausencia de ruido". Efectivamente, la física prueba que calor, luz y ruido existen en el mundo fenomenológico, mientras frío, oscuridad y silencio sólo son descripciones convencionales de la percepción de una ausencia. Y la ausencia de Dios de la que habla la religión no es sino la ausencia de bien. Habiendo enterrado a Jean Jacques Rousseau y su mito del buen salvaje expresado en El Emilio, se ha adoptado la convención de que es la cualidad social del hombre, o sea, la civilización, la que despierta en él los principios morales, la sistematización de valores, de modo que sólo un ser ajeno a esa civilización, caso del voraz alien, puede desenvolverse por completo al margen del universo moral convencional. Pero esto no es del todo así.

Existe un humano, no sólo civilizado, sino de una cultura y refinamiento exquisitos, que sin embargo carece de las ataduras de la conciencia y la moral: Hannibal Lecter (Anthony Hopkins), el magnético antropófago de El silencio de los corderos (1991), Hannibal (2001) y El dragón rojo (2002). Los psiquiatras forenses a menudo arguyen que la explicación del comportamiento del asesino en serie es la ausencia de capacidad para la empatía. Sin embargo, nuestro caníbal procedente de las novelas de Thomas Harris demuestra su capacidad para empatizar con la agente Clarice Starling (Jodie Foster y Julianne Moore dieron vida al personaje), con la que establece una relación de mentor y retador. Y a pesar de ello, desarrolla su megalomanía decidiendo sobre la vida y la muerte de sus semejantes, como expresión última de su inteligencia, su poder y su exquisitez. La medicina propone un consuelo para estos casos catalogando a estos sujetos como enfermos.


El nazismo o la cartasis colectiva

Empero, el devenir humano desafía los confortables contornos patológicos en los que encerramos a las encarnaciones más perversas de la especie humana: la locura es un apósito perfecto para los comportamientos individuales, pero no para los colectivos. La psicología, la antropología, la politología, la sociología y la psiquiatría emborronaron folios y folios con estudios que trataban de explicar el masivo comportamiento maléfico de la Alemania nazi: en ninguna disciplina se habían desarrollado patrones en los que encajara una psicosis asesina colectiva de semejantes dimensiones. En lugar de rendirse a la evidencia de la amoralidad preternatural que late bajo la civilizada convención de sociedad humana, todas las ciencias antedichas alcanzaron razonables explicaciones que sirvieron para establecer de nuevo la tranquilizadora y nítida frontera que separa lo que les pasa a "ellos" de cómo somos "nosotros". Entre los muchos nazis malvados (valga la redundancia) que creó el cine, se lleva la palma Amon Goeth, un personaje real al que Ralph Fiennes dio vida para La lista de Schindler (1993), de Steven Spielberg. Goeth es, como los anteriores, un personaje puro (se supone que el hombre en que se inspira también, pero sólo se supone, no se fíen mucho porque se trata de una película sobre los nazis realizada por un judío ortodoxo, así que a lo mejor sólo era malísimo y no absolutamente malo), en la medida en que su perversidad no desfallece ni se tambalea, si acaso se turba ante los impulsos más primarios e incilivilizados de su natural condición masculina.


La Casita de Chocolate en versión
la fan y el novelista, de turismo rural

Una explicación más sencilla de esta infamia la proporcionaban la antropología y la historia: si bien es cierto que, como citábamos antes, la moral es algo natural en el hombre, no existe una única moral natural, sino que cada sociedad establece la suya por convención y en oposición a las sociedades colindantes. Del mismo modo que los habitantes de la Grecia Clásica --cuya visión, idealizada por el Renacimiento, nos la presenta como una sociedad serena, pacífica y reflexiva-- dividían el mundo en griegos y bárbaros, algunas tribus de África consideran a los pigmeos como una categoría infrahumana similar a los chimpancés. Y de acuerdo a tal convencimiento los tratan. Los malos, sean alemanes o hutus (etnia cuyos miembros llegaron a asesinar a familiares tutsis, incluso en primer grado de parentesco), aplican modelos de moralidad muy estrictos, aunque aberrantes a nuestros ojos. No en vano, concluida la II Guerra Mundial, las naciones crearon un patrón moral para todos los hombres con el fin de que nunca más ocurriera lo que pasó en Alemania: la Declaración Universal de los Derechos Humanos .Si la vida en sociedad necesita de unas pautas de interrelación para alcanzar el bien comunitario, una sociedad global, como la de la segunda mitad del siglo XX, requiere una moral universal. Por eso los malos del realismo cinematográfico tienden a parecerse menos a Lecter o Goeth y más a Carter Burke, seres capacitados para ejercer el bien en comunidad pero que, en un momento dado, ven las ventajas inmediatas de obrar mal sin ningún coste y con recompensas instantáneas.

Todo lo dicho no significa que el cine no haya parido grandes enfermos malvados. El asesino John Doe (Kevin Spacey), en Seven (1995), de David Fincher, ha perdido el oremus y cree que Dios (perdón por el juego de palabras) le habla y guía sus crímenes rituales. Peor aún, la aplicada enfermera Annie Wilkes (Kathy Bates) es tan capaz de pasar horas al cuidado del accidentado escritor John Sheldon (James Caan) como de romperle un pie con una maza para obligarle a acabar su novela, en la espeluznante Misery (1990), de Rob Reiner, a partir de la novela homónima de Stephen King.


El DVD se inventó para poder
pausar esta secuencia

Pero entre los personajes femeninos, la psicosis marujil que le valió un oscar a Kathy Bates no es la fórmula más habitual. Al cine le gustan las malas más arteras, las que emplean sus encantos para obtener ventajas o sólo un placer dionisíaco material y físico. El mito de la mantis religiosa lo encarnó la actriz Sharon Stone dando vida al personaje de la escritora Catherine Tramell, en Instinto básico (1992), la truculenta cinta del gamberro Paul Verhoeven. Sin embargo, en su maldad había un componente lúdico que reducía el impacto de sus travesuras. Bridget Gregory/Wendy Kroy eran los dos nombres por los que era conocido el personaje de Linda Fiorentino en La última seducción (1994), de John Dahl, de la que un crítico amigo decía animoso: "No es mala; es la que lo inventó". Ambas responden al mito creado por un cine netamente masculino de mujeres maravillosas, inteligentes y diabólicas, encarnación del mal según el mito conservador en vigor durante años. Una creación machista, sí, pero una lúcida descripción de la sutileza de los métodos que la mujer debía emplear para ejercer poder en una sociedad movida por la testosterona.

Con el advenimiento de la fémina retorcida, de acuerdo al judeocristianismo imperante en la industria peliculera, se resumen los enemigos del alma humana: Mundo, Demonio y Carne, que todos ellos se concentran en la caída de párpados de la femme fatale, no digamos en su cruce de piernas. Porque lo realmente interesante de los malos es la atracción que despiertan en nosotros, el interés morboso que despiden sus perfidias más delirantes, incluso sus atrocidades más sanguinarias. Esa perversa sonrisa con la que contemplamos a Vader estrangulando oficiales o a John Doe maquinando carnicerías de expiación colectiva es el discretísimo indicio del demonio presocial que aún duerme bajo nuestros comedimientos y que amenaza con expresarse libremente en mitad de una cena. A Hanníbal siempre le ocurría a la hora de comer.





pvallin@divertinajes.com
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