07 de diciembre de 2004

Encomio de la Mnemotecnia


Cartel internacional de Memento,
convertido en juego de cajas chinas

La casualidad reúne a veces acontecimientos pertenecientes a esferas bien diversas creando entre ellos un cruce semántico que los dota de nueva significación. Debe ser por ello que mientras algunos estudiosos creen que la inteligencia es la capacidad para resolver satisfactoriamente problemas complejos de cuya naturaleza no se tenía conocimiento previo, otros consideran que es el atributo de quienes son capaces de hallar desconocidos vínculos entre elementos pertenecientes a categorías distintas. Tal es el talento enorme de nuestro vecino jardinero Martín Cué, no sólo descubridor de docenas de nexos imposibles pero coherentes entre la televisión y cualquier otro proceso o producto de la humanidad y su historia, sino también instigador de muchos de los saltos mortales que asoman en este CinExín y que permiten adornarlo con la apariencia de un talento prestado. Sin embargo, en ocasiones ocurre que, sin el concurso de la inteligencia, es la realidad quien propone, como por azar, un juego de relaciones extrañas que modifica nuestra percepción de los acontecimientos, nos hace contemplarlos bajo una nueva luz y facilita la tarea de los que nos dedicamos a la observación. Una inofesiva película de género se coloca al lado de un producto de esa fábrica de realidades que es la retransmisión en directo y las tonalidades aparentemente inconexas de ambos crean armónicos de inquietante clarividencia.


Impresiones a flor de piel

Tal es el caso de la emisión, la pasada semana, de la película Memento (2000), escrita y dirigida por Christopher Nolan, dentro del espacio de La 2 Off Cinema, que dirige y presenta el simpático gemebundo Antonio Gasset Dubois. El pase se produjo unas horas después de que el otrora presidente español, José María Aznar López, acercase a sus señorías su particular percepción de la tragedia de marzo, que, como quedó claro tras escucharlo, no se produjo el jueves 11 sino el domingo 14. Al menos, a sus ojos.

Pero vayamos más despacio. Para los no iniciados, Memento (palabra castellana que significa "recuerdo") es un trhiller psicológico sobre la extraña peripecia de un inspector de seguros, Leonard Shelby, Lenny, al que da vida Guy Pearce, que ustedes recordarán por ser el protagonista junto a Rusell Crowe, de L. A. Confidencial (1997), de Curtis Hanson. Lenny vive obsesionado con encontrar al asesino de su esposa, un hombre llamado John G. que asaltó su hogar. El problema es que, de resultas de la intrusión de John G. al domicilio conyugal de los Shelby, Lenny recibió un golpe en la cabeza que le afectó al hipocampo, que, como bien sabrán los que frecuenten las Redes de Eduard Punset, es la parte del cerebro donde se gestionan los estímulos y experiencias de la memoria de corto plazo para archivarlos en la memoria a largo plazo, es decir, para convertirlos en un recuerdo.


Unanimidad en crítica y jurados
(sólo faltó el Oscar)

Esa lesión impide al protagonista crear recuerdos nuevos de modo que únicamente conserva lo ocurrido antes del golpe. Y olvida el resto en apenas unos minutos. Para que tengamos acceso a la misma información que Lenny (es decir, nada acaecido desde el asesinato de su esposa en adelante), el director relata la historia mediante episodios cerrados de apenas unos minutos (los mismos que es capaz de soportar la frágil memoria de Lenny) ordenados del final hacia el principio. La primera escena de la película es el desenlace y las secuencias se van sucediendo hacia atrás, de modo que, como Lenny, el espectador nunca sabe por qué se encuentra en una situación determinada al desconocer los antecedentes inmediatos. En este guión de filigrana, el protagonista acude a dos técnicas para fijar lo que le va ocurriendo. La primera es hacer fotografías con una Polaroid de las personas que va conociendo, y apuntar en ellas una clave de su papel en la trama que trata de desenmarañar. La segunda es apuntarlo todo, una enfermiza obsesión que le lleva incluso a tatuarse el cuerpo con los datos más importantes de su investigación ante la eventualidad de extraviar la documentación. En resumen, este "thriller post-noir", que diría un crítico, es un monumental puzzle con sorpresa final, como mandan los cánones, que revela los límites de la percepción y la fragilidad con la que está construida la gnosis de nuestra existencia.

El personaje creado por Nolan, carente de nuevas experiencias significativas (es decir, incapaz de que sus experiencias cobren significado en el contexto de un discurso vital coherente), está imposibilitado para crear un universo social y afectivo razonable, sustentos vitales que reemplaza con la causa de la venganza. Esta reducción a una única causa convierte a Lenny en un neurótico obsesivo y paranoico. Tal es la importancia de la conservación de la memoria y los mecanismos que ordenan por categorías los acontecimientos para que el fluir de los hechos cree una sucesión con sentido. Por otra parte, esa falsa memoria fabricada y minimalista, compuesta de instantáneas y tatuajes, evidencia la dramática inexactitud de las impresiones si no van acompañadas por la memoria emocional que las califica.


Una prueba irrefutable... ¿o no?

Si la no-vida de Lenny comienza en un 'punto cero' de la memoria, a partir del cual cada una de sus experiencias son inconexos epílogos a una existencia pasada, la no-vida de Aznar arranca en un 'punto cero' situado en marzo del año en curso, pero su vacío memorístico no afecta a lo posterior a esa fecha, sino a buena parte de lo inmediatamente anterior (por ejemplo, de Pelayo y de los Reyes Católicos, sí se acuerda, como dejó claro en Georgetown). Como a Lenny, al hijo predilecto de Quintanilla de Onésimo su incapacidad lo lleva a reducir su vida a una causa, un resarcimiento moral basado en percepciones equivocadas sobre los acontecimientos. Al centrar su nueva construcción emocional sólo en lo ocurrido desde la mañana del jueves 11 de marzo, el ex mandatario no puede concebir otra causa para el adverso sufragio que una conspiración político-mediática destinada a derrotar a su delfín y a mancillar su memoria, tales fueron las arteras mañas del enemigo. Nada de lo ocurrido en los 30 meses precedentes es motivo de reflexión para el ex gobernante porque su hipocampo parece no haber procesado correctamente esa información o haberla descartado por despecho.


Una vez dilucidada la conspiración,
sólo resta hacer justicia

La necesidad de ordenar las experiencias en un discurso trabado es común a todo mortal. Sin embargo, dotar a ese discurso de una proyección futura en la que encajar las experiencias venideras es una anomalía que convierte a quien la profesa en un iluminado. Si además esa configuración protestante se salpica de una omisión selectiva del pasado y de los delirios de grandeza propios de quien dirigió los destinos de toda una nación (dicho sea con perdón para quienes profesen la fe nacional en una unidad territorial diferente a la del Estado, o no profesen ninguna fe nacional en particular, cual es mi caso), el resultado es esa paranoia mesiánica a la que asistimos durante diez larguísimas horas de Revelación y en la que descubrimos que nuestra percepción del pasado era una ilusión que apenas puede ocultar las prodigiosas dimensiones del complot urdido para hurtarle al ex jerarca el merecido lugar que le reservaba la Historia.

No hace mucho, el filósofo Gustavo Bueno, cuyos devaneos reaccionarios hace tiempo que dejaron de ser la excusable excentricidad de un emérito profesor, postulaba la defenestración del término "memoria histórica" con una de esas argumentaciones pétreas que le son tan caras y que establecía que tal concepto es un invento de las desorientadas izquierdas para reclamar resarcimiento por lo ocurrido en España entre 1939 y 1975. En su síntesis, tan postmoderna ella, establece Bueno que no puede existir un archivo indeleble y objetivo de los hechos del pasado puesto que se compone de percepciones subjetivas, certeza que no le supuso obstáculo alguno para postular, apenas un lustro antes, que España era una unidad de destino en lo universal y el único imperio de Europa.


¿Una mentira piadosa o
una verdad inverosimil?

Memento pasó por ser una original y virtuosa cinta de género, un ejercicio de estilo que ponía de manifiesto la capacidad de Nolan para concebir y plasmar una historia extraña que lograba mantener en vilo al espectador. Sin embargo, un juicio más mesurado revela que bajo su narrativa no lineal y la habilidosa yuxtaposición de secuencias no discursivas anida una reflexión sobre la propia naturaleza del lenguaje cinematográfico y sobre la capacidad del montaje para modificar, a veces de forma drástica, el sentido de las secuencias, dotándose de una función semántica fundamental. Muchos teóricos del séptimo arte defienden que la verdadera idiosincrasia del cine anida en las salas de montaje, sede de la sintaxis, es decir, en las reglas que establecen las secuencias correctas en las que deben ordenarse las unidades de significación para lograr la expresión pretendida. Algo que no viene mal recordar cuando la imagen en sí misma ha pasado a ser protagonista absoluta e inconexa de los ardores creativos.

Que el montaje, es decir, la arquitectura jerárquica de los acontecimientos afecte a su significado al punto de que puede invertir su sentido pone en evidencia los peligros de la descontextualización, uno de los riesgos en los que con más facilidad incurren quienes ejercen el periodismo o aquellos que, como la colección de comisionados que investigan los acontecimientos con los que se cerró el pasado invierno, diseccionan la realidad hasta volverla un deconstruido muestrario de sospechosas piezas de un puzzle irresoluble y que agitan el fantasma de una conspiración que se ajusta a sus intereses más inmediatos y cuya verosimilitud reside en una caótica acumulación de presuntas evidencias. La inapelabilidad de una imagen, como la de un comportamiento, puede ser un espejismo.

Sin la memoria completa y la argamasa de un hipotálamo que encaje las piezas correctamente, el resultado puede ser tan dramático como la desmemoria a la que se sometió a las víctimas de la infamia chilena, a la que una comisión acaba de devolver la dignidad, aunque sea mediante una sanción moral. Aquí, en cambio, optamos por el olvido, la tábula rasa de una reconciliación sin preguntas ni reproches. Lo que entonces sacrificamos por una convivencia pacífica quizá vaya siendo hora de que sea puesto en orden, más que nada por atajar la aparición de espontáneos revisionistas históricos que pretenden tornar blanca aquella tiniebla; historiadores de saldo que actúan jaleados por deconstructivistas políticos y falsarios muñidores de conspiraciones ofreciendo la verdad incontrovertible de una polaroid cabalística con la que combatir la realidad ingrata de la ignominia.





pvallin@divertinajes.com
Archivo
Volver
Versión para Imprimir