30 de noviembre de 2004

Los Nuevos Redentores


¿Era esta una apología remozada
de la xenofobia anti-islamista?

Después de que unos cuantos mentecatos aprovecharan la aquiescencia explícita o implícita de medio mundo para redimirnos por las armas, era cuestión de tiempo que la progresía sacara a pasear su advocación a la buena conciencia y nos procurase una redención de nuestra libertad, que ya era hora. Así que vivimos bajo un despliegue legislativo que persigue protegernos de nosotros mismos, viejo axioma de la propaganda del bien de la comunidad para preservarse del impertinente albedrío, que lleva a cada cual a hacer de su cuerpo lo que le viene en gana. El asalto empezó por las recogepelotas guapas, la paridad en gabinetes y análisis clínicos (una de las formas más bochornosas de paternalismo machista), las homilías cristianizantes contra las parejas de idéntico sexo y la posibilidad de que reproduzcan su anomalía en niños huérfanos, y alcanzó a la programación de las televisiones canguro. Así que no sé por qué me extraña que hayan surgido redentores de la corrección política que sostienen que esa respuesta de Dreamworks al éxito de Buscando a Nemo, titulada (con lamentable gusto) El Espantatiburones (2004), es un modelo de pervivencia de los más clásicos esquemas sexistas. También hay quienes quieren quemar el nuevo libro del amortizado Gabriel García Márquez, como bien contó nuestra vecina y jefa Eva Orúe, porque dicen que promueve descaradamente la prostitución de menores. Aún antes, y más sonado aún, vimos un episodio parecido con el libro Todas putas, de un tal Hernán Migoya, un tipo que a duras penas lograba disimular la felicidad que le provocó tanta publicidad gratuita. Lo que me lleva a pensar que la Lolita de Navokov tiene los días contados. No digamos la de Kubrick.


A puntito de ser arrojada a la hoguera

La argumentación contra el titulillo de Dreamworks se basa en que "el argumento reproduce el clásico esquema del héroe por el que compiten dos hembras, una buena y una mala". Hasta donde mi memoria alcanza, el modelo de cortejo clásico del antiguo patriarcado (darwiniano, diría yo) era justamente al revés: dos machos, uno bueno y uno malo, disputándose los favores de la hembra, con espadas, pistolas, puños o zapatillas deportivas. De las dos acepciones que la Academia concede al "sexismo", una se refiere a la anteposición del sexo en cualquier ámbito de la vida, así que supongo que la que quería atribuir el cronista Miquel Molina a la película infantil era la otra, la de "discriminar a alguien por su sexo, considerándolo inferior al otro". Lo que me lleva a preguntarme si la existencia de roles sexuales en el cortejo tradicional (los machos haciendo uso de la testosterona para hacerse con el favor de las hembras) es sexista porque establece un papel secundario a la capacidad de elección de la hembra (y si lo es me alegro, acabemos con él: ni pistolas, ni espadas, ni puños, ni siquiera zapatillas deportivas fueron nunca mi especialidad). De ser así, consagraríamos el principio de que la voz activa es dominante, y la pasiva, subordinada, lo que, discutible o no, es una conclusión para ir sentando las bases del análisis del sagaz cronista. Pero, vayamos un poco más lejos: si es así, ¿por qué la inversión de roles también la considera Molina sexismo de corte machista? O sea, que el redentor se hizo un lío y confundió roles sexuales con roles sexistas, creyendo que todo el monte era orégano. Terminaba el artículo vinculando este asunto de la película de los pececillos con los malos tratos mediante un proceso de pensamientos encadenados parecido al que siguió el Pentágono para pasar de decir que Sadam Husein era un dictador a gritar "al ataque". Pensamiento deductivo.


A ojos de los bienpensantes,
sexismo piscícola

Los que están dispuestos a rasgarse las vestiduras ante el relato más inocente aparecen por doquier. Vivimos un caso similar con ocasión del estreno, hace un año, de El Cid. La Leyenda (2003), de José Pozo, una película de dibujos animados de resultados demasiado modestos para la ambición de sus productores y la inversión de tiempo y dinero que requirió. Bueno, no les voy a explicar quién era Rodrigo Díaz de Vivar, qué dedicación tenía y cuáles eran sus talentos porque les supongo al tanto de la peripecia de uno de los escasos mitos del nacionalismo patrio. ¿Cuánto creen que tardó en salir el redentor de turno a cuestionar el contenido xenófobo de la película? ¿Cabía exigirle rigor histórico y programas de integración del inmigrante a la versión infantil y aventurera de algo que ya de por sí es una mitificación?

Y lo peor es que las soflamas calan en los autores y llenan de reparos y melindres a los más proclives al sentimentalismo ideológico. Steven Spielberg modificó digitalmente la escena nocturna de E.T., el extraterrestre (1982) en la que la policía perseguía a los chicos por el bosque. El motivo del retoque era eliminar las pistolas que llevaban los agentes y remplazarlas por unos walkie-talkies. No deja de resultar chocante que un director norteamericano ponga tanto esmero en preservar a los niños (y de paso redimir a los adultos) de la visión de las pistolas en un país en el que, por lo común, basta levantar la almohada de papá para ver una en vivo y en 3D. Y, casi seguro, cargada.


Censurada para promoción del DVD

Los nuevos redentores no se detienen ante nada, siempre encuentran una causa digna de desempolvar sus biblias de la corrección política, un infiel al que catequizar o una vasta feligresía a la que proteger. Los mayores envites que tuvo que resistir La Pasión de Cristo (2004), de Mel Gibson, no fueron los de la crítica sino los de los colectivos judíos, que se quejaban sintiéndose señalados por el dedo acusador del actor/director como responsables de la muerte del mesías de los católicos. Que yo recuerde, la historia/mito/leyenda/revelación (a gusto del consumidor) del nazareno incrimina al Sanedrín judío en la entrega de Jesús a los romanos y de promover su martirio, salvo que el Nuevo Testamento haya sido revisado recientemente por Spielberg (que todo se andará). Los cristianos ultraortodoxos, seguidores del nuevo santo oscense, han hecho lo propio con el archiconocido bestseller de Dan Brown El código da Vinci, y su ira ante la película que prepara Ron Howard sobre el particular, con Tom Hanks de protagonista, promete ser al menos igual a la que ya protagonizaron con ocasión del estreno de La última tentación de Cristo (1990), la hermosa cinta de Martin Socorsese basada en el libérrimo libro de Nikos Kazanzakis.

Mientras esperamos a que Oliver Stone, un revisionista histórico de ambición desmesurada, desembarque con su megalómana Alexander (2004), martirizada por la crítica norteamericana, en esta orilla del lago nos entretenemos leyendo sobre eventuales mutilaciones del montaje final que pretenden atenuar el contenido homosexual de la relación de Alejandro Magno con Hefestión, inspirada a su vez en la que aparece en La Iliada entre Aquiles y Patroclo y que se eludió en la discutida adaptación homérica Troya (2003), de Wolfgang Petersen. Los cortes alejandrinos, si existieron (hay serias sospechas de que se trate de un montaje publicitario), pretendían evitar la demanda por difamación que amenazaba con interponer un grupo de abogados griegos contra la productora. Ya ven que también los clásicos grecolatinos son objeto de la acción redentora, tanto como los libros sagrados judeocristianos o las máximas igualitaristas del progresismo de nuevo cuño.


Contiene un alegato militarista,
o algunos así lo vieron

El apostolado es una de las nuevas actividades del crítico de costumbres, esa nueva rama del opinante profesional que vive de saltar de la anécdota al síntoma, del síntoma al diagnóstico y del diagnóstico a la terapia en un párrafo y medio de argumentos portátiles. Su apariencia inofensiva oculta la perversa naturaleza de su cometido, convertido en conciencia social que enajena la capacidad de sus congéneres para juzgar por sí mismos y, lo que es más, para empacharse a gusto con productos de moralidad cuestionable o directamente reprobable. No necesito que nadie me salve de ver películas con roles sexuales deplorados por la oficina de comunicación de La Moncloa, de maravillarme ante Cristo soñándose en un retozo con María Magdalena, de sonreír viendo al pequeño Giosué Orefini, de La vida es bella (1997), subido a un tanque norteamericano, o de solazarme contemplando las andanzas de Alejandro y Hefestión en una local de ambiente, si tal anacronismo fuera posible.

Me asalta desde los periódicos la noticia de que la última película del nonagenario Michelangelo Antonioni, titulada Eros (2005), será censurada para su estreno en Italia porque los productores la consideran "muy fuerte". Ahí lo tienen, media docena de ejecutivos treintañeros, escandalizados por las depravaciones de un anciano genio, deciden proteger a la población de tanto exceso. La película está codirigida por Steven Soderbergh y Won Kar Wai, pero las escenas objeto de la polémica son, por supuesto, del fragmento dirigido por Antonioni, no faltaba más.

Tales están las cosas que ni siquiera a mi terapeuta, si me lo pudiera pagar, le habría contado mi debilidad por esa ambigüedad moral, política y sexual llamada El club de la lucha (1999), de David Fincher, de la que estoy seguro de que muchos libertarios me prevendrían con razón. Así que me encuentro como consumido, pensando si debo confesar mi regocijo con esa maravilla titulada Los Increíbles (2004), de Brad Bird, en la que se reflota sin ambages y de forma harto expresa al superhombre de Niestzche y de paso se reivindican las virtudes de la vida familiar, dos pecados para los que se me antoja imposible negociar la indulgencia plenaria de mis amigos progresistas a cuyos juicios no soy del todo inmune. Fíjense que en el fondo la película cuenta la historia de una familia de redentores que se debaten entre su obligación de salvar a la gente y la resistencia de la ignorante muchedumbre a ser rescatada. Qué contrariedad.







pvallin@divertinajes.com
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