23 de noviembre de 2004

Conductas reproductivas


Por entonces, cada copia
era un original, o casi

Escribir es a menudo como arrancar el viejo empapelado del salón sin ayuda de la tecnología ad hoc. Es imposible liberar un paño de un tirón. El papel se desgaja y nos deja un insuficiente fruto entre las manos mientras el resto permanece tercamente adosado al tabique. Sin embargo, queda una evidencia, una pestaña levemente despegada que animará el siguiente impulso para continuar limpiando el muro. Algo así ocurre en este epistolario proselitista. Cuando el frenesí pontifical parece agotado, aparece un cabo suelto que, convenientemente iluminado por la inteligencia de otro, sirve para arrimar un nuevo tirón que prosiga desvistiendo esa muralla china (¿mejor el muro de las lamentaciones?) cinematográfica cuya inacabable desnudez perseguimos. La pestaña de hoy es el coleccionismo de películas, que mencionamos de soslayo hace dos semanas, y la luz la proporcionó Félix de Azúa, en su artículo La música callada, (Letras Libres, número 38, noviembre de 2004), al señalar con la lucidez que acostumbra que " la música, junto con el cine, va a dominar por completo el Arte del futuro". ¿Qué motivo tiene De Azúa para un vaticinio milenarista de semejante audacia? Es bien sencillo: "Así como una reproducción de Las Meninas no puede sustituir al original, en el caso del disco es un hecho que prescindimos del original sin mucha conciencia de pérdida". Y antes: "De todas las artes, la música es la que se ha adaptado con mayor facilidad a las tecnologías del simulacro. Ello no contradice otra profecía, la de Walter Benjamin cuando afirmaba que el arte del futuro era el cinema". Y el DVD tiene la culpa.

La literatura resiste los envites de la tecnología porque su formato, el libro, ha sobrevivido a las modas y su progresivo perfeccionamiento no ha modificando su naturaleza original. El disco compacto sin embargo, como a toro pasado comentó Bill Gates al pasear su prosperidad por España, está sentenciado y sólo queda saber cuán largo va a ser su corredor de la muerte. Pero la música sobrevive viajando por la Red. Del mismo modo, es previsible que Internet termine por acabar con la hoy pujante industria del DVD, aunque es poco probable que algo así ocurra pronto. El DVD está demasiado lozano. Es joven y vigoroso, así que su pujanza todavía no teme al célebre free download [descarga gratuita] de la Red.

Enlatados


Ejemplo de evento por venir
(ya hay gente haciendo cola)

Lo que ocurre con el cine y la música no es algo muy distinto de lo visto alrededor de los platos precocinados. El original se convierte en inaccesible, por falta de tiempo y dinero, así que comemos abadejo con aspecto de angula o cocido de garbanzo producido en serie en unos fogones modelo cadena de montaje, en lugar de disfrutar de la aromática y vaporosa apertura de la olla. La música grabada nace de un original, recuerda Félix de Azúa, pero "desde que pudo conservarse en disco participa de la capacidad reproductiva de la literatura". Y cuando realmente se convirtió en una industria capaz de mover miles de millones de dólares, el original dejó de ser importante. La obra de muchísimos músicos es imposible de ejecutar en vivo (salvo si se pregraba en samplers para ser disparados en directo), de modo que no existe un "original", sino sólo el simulacro. Sin embargo, la música ha acabado por recuperar el valor del original, es decir, de la ejecución instrumental en sí misma, y ningún músico que se precie (ojo, músicos; no discjockeys ni mezcladores) puede prescindir de lanzar algún disco "en directo" para ser tomado en serio: "El mercado del concierto, en lugar de menguar está en alza", dice el escritor y ensayista, porque "la cada vez mayor accesibilidad de la música enlatada obliga a una cada vez mayor producción de originales".

Donde la teoría expuesta por De Azúa flaquea es al señalar que esto diferencia a la música del cine, ya que éste no puede "recuperar el original". Esta imposibilidad que aprecia el autor radica en que "la película, en tanto que obra de arte, nace ya como copia sin original. La obra de arte original, la pieza única, es incompatible con la sociedad democrática de masas". El planteamiento parece incuestionable pero tiene una falla. Conforme se desarrolla la industria de la distribución y venta de DVDs, cuyo peso relativo en los ingresos de las películas es cada vez mayor, éstos pasan a desempeñar el papel de copias, y la proyección en salas se vuelve un hecho social, un evento homologable al concierto en la industria discográfica. Y no hay más que observar el diferente valor social y cultural que se le da a contemplar una película en una sala o verla en casa. Muy similar, si lo piensan, a la que media entre el concierto y su grabación. Y este valor "original" del cine en salas irá incrementándose en lo sucesivo, al reducirse la ventaja temporal de las salas.

Eventos


Ejemplo de evento sobrevenido
que pa qué las prisas

En la actualidad un exhibidor sabe que cuenta con una ventaja de entre los 6 y los 18 meses sobre los formatos domésticos. Internet y la piratería están acabando con esa prerrogativa; en principio, al margen de la ley. Pero la ley a menudo consagra comportamientos que por su extensión y arraigo no pueden ser arrinconados en la marginalidad (si ven las noticias, ya saben de qué hablo) y no parece descabellado pensar que esa capacidad de las tecnologías de la información para arrinconar al disco hacia el anaquel de las reliquias acabe por hacer lo propio con el DVD y, por tanto, estreche la ventaja temporal del estreno en salas (después de todo, tan trascendente en esta civilización de la premura). El verdadero valor diferencial de la sesión de cine, anulada la novedad y la superioridad tecnológica, que ya podemos dar por desaparecida, será su significación de original, su liturgia oscura y permanentemente iniciática y su contradictoria naturaleza de íntimo espectáculo de masas. Se habrá completado así una nueva transformación de las artes en la que de nuevo el valor masivo de la copia, sustituida entonces por la descarga, se contraponga al valor de evento cultural y social de la proyección. Se trata al cabo de una impostura, pues el cine no es un arte en vivo y no cabe que cada sesión se diferencie en algo de la anterior o de la sucesiva. No extraña pues que las productoras procuren lanzar sus películas, sobre todo las más caras, como acontecimientos únicos e imprescindibles, una condición que hermana los estrenos con la singularidad del concierto a la que aludía Felix de Azúa, eventos a los que uno no puede sustraerse, cuidadosamente planificados para crear la impresión de que permanecer al margen es tanto como vivir fuera del mundo. Las colas que algunos títulos logran muchas horas antes de abrirse las taquillas dan fe del éxito de esa estrategia y del valor que ha alcanzado la urgencia en sí misma.

Las salas sobrevivirán, claro. Se apoyan en ese desenvolvimiento social tan arraigado consistente en dedicar una parte del tiempo de ocio a "salir". Sureños convencidos de ese hábito, en estos tiempos oscuros no deberíamos desdeñar la posibilidad de que las soflamas del miedo asesten un golpe a la exhibición. Ha habido señales: en Madrid los teatros lanzaron un sonoro S.O.S. dos meses después del 11-M por el vertiginoso descenso de sus recaudaciones. Más grave aún fue lo ocurrido en locales de ocio de Nueva York durante el año que siguió al ataque a los rascacielos de Manhattan. Así que, en esa eventual sociedad lúgubre imaginada hacia el futuro por el estalinista George Orwell, aquella que creíamos haber conjurado pero que ahora asoma tras el nuevo dogmatismo democrático y su antítesis, el fanatismo teocrático, tal vez un brusco reflujo histórico nos convierta en pusilánimes ciudadanos de interior y acabe con las hileras de butacas. Tan siniestro presagio sería temible si nuestra inclinación a los destilados, los alcaloides y la algazara no invitara a descartar que un día triunfe el ascetismo del eremita.






pvallin@divertinajes.com
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