16 de noviembre de 2004

Al pan, bread, y al vino, wine


The Village or The Wood

De todas las maniobras ideológicas que, en lo cinematográfico, se han puesto en marcha desde este rincón del sofismo cinéfilo, ninguna ha tenido tanto éxito como aquella en la que desmantelamos el mito que establece que la forma más fiel de ver películas es con los impertinentes subtítulos. Hacer una pública alabanza del doblaje provocó que los más circunspectos eruditos se pusieran de uñas y que algunos socios del club se dieran de baja a la manera de los antiguos círculos de caballeros británicos, que sufrían una desbandada si una hembra hollaba sus alfombras persas. Aún año y medio después, de vez en cuando acudimos a por ácido cítrico al huerto de la vecina Maruja, que va servida en la lengua y el apellido, para huir de cierta tendencia trascendente y empalagosa que tiene el espesor, la textura y la profundidad de un bote de leche condensada. Digo esto porque no sé si se han fijado estos días en el montón de gloria (ejem) con el que se ha cubierto Columbia Tristar de España al distribuir la película The Forgotten (2004), (literalmente, Los olvidados), con el título Misteriosa obsesión, de Joseph Ruben (un intrascendente director de thrillers de mediodía). Lo peor del asunto es que el trailer (que, como siempre, cuenta toda la película excepto el desenlace) y el elenco parecían prometedores, pero, claro, con este título de telefilme siestero de Antena 3 Televisión, como que da coraje pagar por verla.


¿Mysterious obsession?

Claro, dirá el avezado distribuidor, qué fácil es criticar (que lo es) en lugar de hacer crítica (que no lo es, y a las pruebas me remito). Porque estamos obviando, de forma intencionada (malintencionada), que la película no podía distribuirse con el título Los olvidados porque es literalmente el mismo que el de un famoso filme de Luis Buñuel, el primero de su etapa mexicana, con el que ganó la Palma de Oro al mejor director en el festival de Cannes de 1950. Es cierto, pero ¿en serio no había nada mejor? A mí, viendo el trailer (un día, Telly Pareta, o sea, Julianne Moore, descubre que nada de lo que da por supuesto existe. Su familia ha desaparecido, su marido no está y cuando lo encuentra en la calle no la reconoce, y nadie de su entorno social está dónde se supone, como si toda su vida pasada hubiera sido borrada o soñada), viendo el trailer, decía, pues se me ocurren decenas de títulos más sugerentes, como La vida robada, o Los días soñados, o la más sencilla Vidas robadas que ya existe, pero sirve porque es el título con el que se estrenó en Argentina Voleur de vie (1998), una cosita con Enmanuelle Beart que nunca llegó a pisar la piel de toro.

Además, el título español elimina de forma equivocada la carga principal de la trama, a saber, dilucidar si simplemente el personaje de Moore ha perdido el norte, o si realmente está siendo sometida a una conspiración roba-niños (conste que no la estoy destripando, les hablo del promocional, que no la he visto). "Obsesión" implica una carga subjetiva y trata de vender que la mujer está neurótica, lo que tendría sentido si no fuera porque luego el mismo trailer se ocupa de explicar que no está loca. A ella y al resto de olvidadizos personajes les han tendido una trampa para robarles su pasado. Lo descubre arrancando el papel de una pared de un amigo suyo, que tampoco recuerda conocerla ni haber tenido prole, para revelar debajo el acusador empapelado naïf de una habitación infantil.


Like water for chocolat

Pero no siempre las traducciones libres son criticables. De hecho, a menudo son imprescindibles. Leía con solaz no ha muchos meses a un tertuliano internáutico (lo que se ha dado en llamar un forofo) reivindicando que Armas de mujer (1988), estupenda comedia de Mike Nichols, debió conservar su título original, Working girl, o sea Chica trabajadora, por las connotaciones que el machismo remanente aplica al caso, a saber, que una mujer trabajando es lo propio de un lupanar. La literalidad a veces es confusa, incluso sin cambiar de idioma. Como agua para chocolate (1992), la película del empalagosillo Alfonso Arau sobra la novela de Laura Esquivel, es un título sugerente de puro incomprensible para los castellanohablantes europeos, pues aquí carece del sentido original de la expresión hecha a que alude, que significa que está uno a punto de que le salga humo por las orejas, poco más o menos. Claro que la alternativa sería reemplazarlo por un giro local del tipo Como una moto, que casi iba a ser peor. Porque en la película sí que hay chocolate, pero motos creo recordar que no.


La venganza del empecinado

Y para qué contar lo que ocurre con las expresiones hechas en la lengua de Shakespeare. Die hard (1988) podría traducirse literalmente como Difícil muerte, pero se perdería por completo el juego de palabras contenido en la expresión inglesa, que también es una forma de llamar terco o tozudo a alguien. Aunque, bien mirado, El terco sería un título mucho más apropiado para esta trilogía sobre el empeño policial en la seguridad ciudadana.

En todo caso, mejor que La jungla de cristal, porque la cristalería se acabó en la primera película, mientras que la contumacia del policía John McClane, al que da vida el también contumaz Bruce Willis, parece no tener fin ni para recuperar el resuello, en su inacabable porfía antiterrorista. Ya está: McClane, el empecinado III: La venganza, que sería una forma de establecer un nexo multicultural entre un policía expeditivo del Nueva York contemporáneo (es neoyorquino aunque desarrolle su mundo interior también en la Costa Oeste) con un guerrillero vallisoletano de la guerra de Independencia, aquella que libramos en el siglo XIX contra la Ilustración gala, que tiene su puntito.


Con la muerte en el cogote

Una tendencia acusada en los tituladores de las distribuidoras españolas es lo que llamaremos gerundismo, esa querencia hacia fórmulas que coloquen al espectador in meda res, o sea, en mitad del lío. Como si se usara un gerundio, pero sin usarlo. Un ejemplo claro es Con la muerte en los talones (1959), traducción muy sugerente y expresiva del más críptico original North by Northwest, algo así como Norte-noroeste. A Argentina el clásico de Alfred Hitchcock llegó con la novelística denominación de Intriga Internacional. Otro uso similar, que también elude el recurso expreso al gerundio pero no su sentido de acción en transcurso es En busca del Arca Perdida (1981), de Steven Spielberg, cuyo original era literalmente Los jinetes del Arca Perdida o Los buscadores del Arca Perdida. Ni que decir tiene que en este caso el título elegido por el distribuidor español, en opinión del rector de esta academia, es bastante más melódico que el original, con una métrica de mejor ritmo y un ámbito de significación más abierto y evocador, que sacrifica el sabor netamente aventurero del inglés en pos de una dimensión más épica.


Devil's Seed o así

Luego están también los distribuidores que cortan el patrón cultural del espectador por la media de lo que ellos entienden y deciden ponerse divulgativos. El original de Roman Polanski Rosemary Baby (1968) (El Bebé de Rosemary) fue estrenado por estos pagos como La semilla del diablo, una construcción más llamativa, sí, pero que reventaba el final de la película y la privaba de la ambigüedad que con tanto esmero trabajó su director. La primera versión cinematográfica de la obra teatral Front Page (Primera Página o Primera Plana) se tituló tal cual, pero se tradujo aquí por El gran reportaje (1931). La segunda versión se tituló His Girl Friday (Su chica de los viernes) y devino aquí en Luna nueva (1940), lo que también desvelaba el final, aunque de forma poco inteligible, pues los dos protagonistas, Cary Grant y Rossalind Russell están divorciándose al empezar la película y acaban reconciliados en una segunda luna de miel, que es a lo que parece aludir el críptico titulo español. Peor fue la traducción venezolana, más fiel al original, pero terriblemente equívoca: Su asistenta favorita. Sin comentarios. La tercera (hubo cuatro) al fin respetó el título original y se aquietó al deseo de su director y guionista, Billy Wilder, al llegar a las carteleras como Primera Plana (1974). En todo caso, Wilder sabe bien (si estuviera vivo y alguien se lo hubiera dicho) de la creatividad de los distribuidores a la hora de retitular sus películas. Some like it hot (1959) (A algunos les gusta lo caliente, en traducción pedestre) llegó aquí sin tanta temperatura (en aquellos tiempos el frío era la norma) pero con mucha más gracia: Con faldas y a lo loco.


Podría haber sido Mi querida señorita

Menos explicación tiene lo que le hicieron a Avanti! (1972), también de Wilder, que no necesitaba traducción, y a la que un gracioso puso ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?, título idéntico al de su distribución italiana, Che cosa è successo tra mio padre e tua madre?. La comedia siempre ha sido terreno abonado a la ocurrencia. Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964), de Stanley Kubrick, (vamos a ver, es algo así como Doctor Strangelove o: Cómo aprendí a no preocuparme y amar la bomba) era toda una provocación pues desafiaba el sentido común, por dimensiones y significado, lo que llevó a las mentes avezadas de la industria patria a destapar el tarro de las esencias: ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú. Los argentinos nos ganaron la partida haciendo que sonara natural un título casi literal. La gamberrada de Kubrick se tituló allí Dr. Insólito o: Como aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba. En México se quedaron con lo más simple: Doctor Insólito. Luego no era tan difícil.

El inglés es monosílabo, y los dos golpes de voz de Front Page se pierden para el castellano. Algo así pasó con Star Wars (1977), cuya traducción literal hubiera sido Guerras estelares. Como se esfumaba la potencia de los monosílabos originales y la coincidencia vocálica, la Fox se vio impelida al polisílabo y, ya puestos, buscó otro ritmo, igual de poderoso, pero de distinta naturaleza: La Guerra de las Galaxias. Introdujo el distribuidor artículos y preposiciones y una nueva aliteración, la del fonema "g". Un buen resultado que tuvo la aprobación del director George Lucas y que fue empleado en Argentina, Venzuela, Panamá, Colombia, México y Perú.

A veces, la mano del traductor ideológico va más allá del título. Encadenados (1946), de Alfred Hitchcock, que era originalmente Escándalo (Notorious) y que en Argentina fue Tuyo es mi corazón (buf), sufrió la larga mano del censor en Alemania. Nadie tocó su título, que permaneció en el inglés original, pero sí los diálogos: los nazis a los que se enfrenta Ingrid Bergman fueron convertidos en narcotraficantes en la traducción del guión para no incidir en la a la sazón recientísima herida hitleriana de la que los germanos intentaban recuperar sus ánimos y conciencias. Por supuesto, fueron los distribuidores los que rescribieron los diálogos, para qué perder tiempo contratando guionistas.


Escándalo narcótico

En menor medida, el franquismo redentor tocó también los diálogos de muchas películas para que los héroes no fueran rojos o por lo menos no expresamente solidarios con la causa republicana. Pero no entremos en el asunto censor, que da para un tratado y tendrá mejores glosadores que este francotirador tuerto.

La deontología del traductor de títulos (dicho como si fuera una profesión real, cuando se trata de una decisión del equipo comercial de la distribuidora) es difusa y el diccionario que maneja, más bien corto. Hay una serie de adjetivos que ha resuelto la mitad de la producción de presupuesto medio y medio/bajo del cine de acción y thrillers de los últimos quince años: total, final, mortal y letal. Como la vida misma.

Pero a veces se atisba bajo lo prosaico de su actividad una intuición erudita de sorprendente audacia. El bosque (2004), del perspicuo M. Night Shyamalam, parábola de los mecanismos políticos que someten a la sociedad norteamericana, se titula en origen The Village, o sea El pueblo. La cinta cuenta la historia de un pueblo que vive consumido por el terror al bosque que lo rodea y a lo innombrado que lo habita. Que en Estados Unidos el título aluda al sujeto de ese pavor y en España (en la práctica, el extranjero) se refiera a esa naturaleza exógena del miedo es una idea tan feliz y una insinuación tan sutil sobre lo que cuenta la película que sólo cabe atribuirla a la casualidad y dar gracias a la fortuna por iluminar los talentos de quienes, después de todo, tienen como única misión asegurarse de colocar el producto para que se tropezaran con esta hermosa paradoja. Como disparar al aire y que caiga un faisán o poner tormentas en un caldo volcánico y que surja la vida.






pvallin@divertinajes.com
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