2 de noviembre de 2004

Capitulación del Custodio


Canto del cisne del tándem Disney-Pixar

Cumplir años es un desafío a la biología (estadísticamente, la muerte es millones de veces más probable que la vida, así que ya saben, disfruten de su anomalía) y cumplirlos en internet es además una insubordinación a la lógica del mercado. Pero el caso es que los cumplimos y, dado el eterno retorno, que ni es eterno (que se sepa) ni es retorno (que se sabe), la actualidad devuelve asuntos que ya abordamos pero cuyas paredes han ido quedando patinadas del tiempo transcurrido. Digo esto porque hace ya dos años que caía por estos lares (que entonces eran otros) un artículo sobre los malos tiempos que corrían para el custodio moral de Occidente, el estudio Disney, que velaba por la educación de nuestros deudos, el que los tenga. La cosa ha ido a peor. Estamos a escasos días de que el estudio del Ratón Miguelito (les juro que al sur de Río Grande llaman así a Mickey Mouse los mismos que, aupados en la pronunciación inglesa de R2-D2, se refieren al pequeño robot de Star Wars como Arturito) pierda su última agarradera: el control y distribución de las películas de animación 3D de la compañía de John Lasseter, Pixar Studios. Su única esperanza ahora es que nuestra vicepresidenta del Gobierno imponga a las cadenas privadas que programen películas de la bienpensante Disney para las sobremesas, lo que no es descartable, dado el jaez paternalista y redentor que está tomando la acción del Ejecutivo español.


Joya recién reeditada en DVD

Este viernes, cuando ya haya (o no) un presidente en la Casa Blanca infinitamente peor que Joshiah Bartlet, se estrenará en Estados Unidos Los Increíbles (2004), película producida por Pixar y dirigida por Brad Bird, un animador procedente del equipo de Matt Groening (Los Simpson) que asombró a crítica y público con El Gigante de Hierro (1999) y que muchos años antes, cuando apenas era un jovencito, dirigió el episodio de dibujos animados Family Dog, integrado en Cuentos Asombrosos (1985), de Steven Spielberg, una producción originariamente creada para la televisión y que en Europa fue distribuida en salas.

Pixar Studios y Disney romperán relaciones tras este lanzamiento, después de una década de colaboración en la que la compañía de John Lasseter ponía la creatividad -Toy Story (1995), Bichos, una aventura en miniatura (1998), Monstruos S.A. (2001), y Buscando a Nemo (2003)- y Disney se ocupaba de contar el dinero. Este reparto de tareas no es nuevo en Disney; forma parte de la filosofía misma de la compañía y, singularmente, de su creador.


Luxo, la maternidad según Lasseter

Lasseter, dueño y fundador de Pixar Studios a medias con Steve Jobs (sí, el inventor de los ordenadores Macintosh, esos que no se cuelgan) no procede del mojigato mundo de las orejas redondas, sino de la bien distinta comuna creativa del hippy George Lucas, el Skywalker Ranch, donde ejercía de técnico de animación digital para Lucasfilm y creó la primera animación 3D integrada en una película, para El secreto de la pirámide (1985), de Barry Levinson. La historia de Lasseter y su compañía, que han desplazado a los creativos de Disney del rol de modernos hermanos Grimm, es justamente la contraria a la del viejo Walter Elías Disney. Lasseter era un talentoso animador que creó Pixar para desarrollar la animación computerizada como una forma de expresión dramática autónoma, y no como mera herramienta subordinada a la creación de efectos especiales para el cine convencional o los dibujos animados. Lo del viejo Walt, ya lo verán, no tiene nada que ver.

El hombre que no sabía dibujar

Disney apenas sabía dibujar. En la Kansas City Film ad Company se dedicaba de forma incansable a crear personajes, sobre todo con la idea de hacer la competencia al Gato Felix, la auténtica estrella de los años 20. Su empeño creativo encontró un complemento ideal en el talentoso dibujante Ub Iwerks, que plasmaría sobre papel todos los animales humanoides con los que Disney intentaba poner fin al reinado de Felix, desde el Conejo Oswald hasta el universal Ratón Mickey.


Expropiador de talentos ajenos

Ningún reconocimiento logró Iwerks ni ninguno de los posteriores dibujantes y animadores de la empresa, ya que Disney se negaba a que sus nombres aparecieran siquiera en los créditos. Bien conocidas son las veleidades nazis de Walt Disney y su activo papel de chivato durante la caza de brujas del mcarthismo, así que no resulta extraño que la explotación fuera su método de trabajo, que hiciera de la enajenación del talento ajeno un arte y que considerara que una reivindicación laboral, no digamos una huelga, era una cesión al comunismo que Estados Unidos no podía permitirse. Con esta forma de pensar, parece lógico que también acabara mal con Arthurd Babbit, el más talentoso de los dibujantes que trabajaron para él. Además de ser el creador de la madrastra de Blancanieves (1941), Babbit también fue (ay) el fundador del primer sindicato de caricaturistas (que logró lo que hoy es una obligación: que en los créditos de las películas aparezcan todos los que trabajan en ellas). No se sabe que molestó más al reaccionario Walt, si las actividades sindicalistas de Babbit, su increíble talento como dibujante o que aprovechara las sesiones de trabajo con la bailarina Margorie Belcher, modelo de Blancanieves, para dar salida a sus más tórridos instintos en actividades que podríamos considerar como poco apropiadas en un entorno laboral.

Los valores familiares


Bambi, la maternidad trágica

No sólo se aupó Disney sobre las espaldas de sus talentosos y tiranizados (y calenturientos) empleados, sino también sobre las de su hermano, Roy, que abandonó la compañía cuando en 1926 Walt, en un arranque de soberbia, cambió el nombre de la empresa, por entonces Disney Bros. (Hermanos Disney), por el mundialmente famoso Walt Disney Studios. Pese a este desaire, Roy se hizo cargo de los estudios tras la muerte de Walter, en 1966, y hasta la suya propia, en 1971. El trato desconsiderado hacia sus empleados no impidió a Walt Disney casarse con una de ellos, tras un noviazgo de un mes. La relación no pudo ser más extraña: cuentan sus biógrafos que en su luna de miel tardó cuatro días en consumar el matrimonio (que expresión tan arrebatadora), y al quinto fingió una urgencia y regresó al trabajo. Luego nunca se dejó ver junto a su esposa en los eventos sociales en los que gustaba prodigarse, de modo que los cronistas de Hollywood decían de él que era el soltero más codiciado de la Costa Oeste cuando llevaba diez años casado.

Tanta vileza y paranoia resultan paradójicas si las confrontamos con el empeño personal de un individuo por crear un universo infantil confortable para el imaginario colectivo de todo un planeta, y además, dispuesto a materializar su sueño en el mundo real: los parques Disney, esos faraónicos engendros de cartón piedra que la intelectualidad francesa calificara como "un Chernobyl cultural" con ocasión de la apertura de sus instalaciones al Sur de Paris. La obstinación de Walt Disney lo llevó a dilapidar parte de la fortuna conseguida en los cines en la recreación física de un mundo de dibujos animados. Tanta desmesura y megalomanía parecen llamadas a convertirse en el ancla que hunda a la multinacional, toda vez el estado de degradación en el que se encuentran hoy las instalaciones Disney de todo el mundo (especialmente estremecedora es la situación en Orlando, cuna de todos los parques temáticos) y las lúgubres perspectivas financieras que ofrecen.

El extraño caso del doctor Girao y mister Walt


¿Recuerdan a Hansell y Gretel?

Marc Elliot, biógrafo de Disney, lo bautizó como "el príncipe negro de Hollywood". De lo dicho hasta ahora, puede deducirse que es un personaje a medio camino entre el Charles Foster Kane de Orson Welles y esa ficción demencial llamada Michael Jackson que habita un rancho que es un parque de atracciones y que no por casualidad se llama Neverland (El País de Nunca Jamás, lugar donde habita Peter Pan). El ensayista mexicano Gustavo Díaz establece el vínculo con Kane y se propone buscar el Rosebud particular de Disney. Lo halla en su hermano, Roy, que defendía y consolaba al pequeño Walt de las palizas que ambos recibían de su padre, un irlandés fracasado y violento de cuya paternidad siempre tuvo dudas. La vida de Walt dio un giro copernicano cuando, con 17 años, buscaba el registro de su nacimiento para alistarse en el Ejército. Sus padres no lo tenían y en el archivo municipal de Chicago no había ningún Walter Elías Disney nacido en 1901, pero sí uno nacido once años antes e hijo de sus mismos padres. Nadie le ofreció una explicación convincente de este extraño asunto.

Cuenta Díaz que J. Edgar Hoover, en pago por sus diligentes servicios en la denuncia de actividades comunistas en Hollywood, quiso ayudarle a desentrañar el misterio de su identidad y destinó varios agentes a investigar. Averiguaron que el inventor de Mickey y Donald se llamaba en realidad José Girao junior, había nacido en Mojacar (Almería, España), hijo putativo de una simpática lugareña llamada Isabel Zamora Asensio (más conocida entre los parroquianos como La Bicha) y de un médico llamado, efectivamente, José Girao. La peripecia relatada por los hombres de Hoovert señala que hacia 1890 La Bicha emigró a California con el pequeño, y allí pudo haber coincidido con Elías Disney. Un dato que parecía avalar esta hipótesis es que Elías tuvo durante 35 años a una empleada española en su casa. ¿Era pues Walt hijo de la criada almeriense que limpiaba el hogar familiar? Las malas lenguas dicen que efectivamente los chicos del FBI estuvieron en Mojacar, pero no recogiendo pruebas sino más bien colocándolas para hacer que la historia encajara. Hoovert quería proporcionar una identidad a Disney aunque tuviera que fabricarla. Si fue así, cometieron un error. La documentación indica que José Girao junior nació en la misma fecha que el Walter Disney de Chicago, o sea, once años antes que el hombre sin identidad al que llamamos Walt Disney.

Historias del orfelinato


¿Y si este señor fuera andalú, mi arma?

La colección de huérfanos en el cine de Disney es tan llamativa que no cuesta mucho vincularla con los hechos referidos. Él mismo, ya mayor, tuvo que responder en alguna entrevista a la inquisitiva curiosidad de los periodistas. Dumbo, Cenicienta, Alicia, Blancanieves, Peter Pan, Arturo, Mowgli,... la lista llenaría un hospicio de generosas dimensiones. En 1933 decidió que los niños abandonados entrarían gratis a los estrenos de todas sus películas. Y lo cumplió. En 1939, cuando murió Flora, su madre oficial, eliminó a la esposa de Geppetto de la película Pinocho (1940), por entonces en producción. Apenas dos años después mataba a tiros en pantalla a la madre de Bambi, en la película homónima de 1942.

Como Kane, Walt Disney parecía buscar un Rosebud que le devolviera la inocencia perdida, pero el rey de los dibujos tenía un problema añadido, ni siquiera sabía quién era en realidad: "Como Mr. Arkadin, otra criatura de Welles, Disney era un hombre universalmente conocido pero que no sabía quien era", explica esclarecedoramente Díaz.

Como la identidad es un asunto meramente emocional (el vecino Heredia ha dado un par de clases magistrales sobre el particular), el exitoso empresario del entretenimiento decidió reconstruir un espacio atemporal, fuera de la realidad y la historia, donde la muerte no tuviera cabida (en palabras más o menos literales del escritor Todd Gitlin), como refugio personal, como identidad sentimental del que no tiene identidad. Disneylandia es, según la profesora de literatura Françoise Gaillard, "un universo amablemente totalitario cuya imagen es la utopía de la felicidad". Aun antes, el escritor chileno Ariel Dorfman concluyó que "La cultura de masas norteamericana llama al niño que el público quisiera ser, el niño que recuerda, el niño que todavía a veces siente ser". Como buen pensador de raíz marxista, Dorfman ve en esto una premeditación, una finalidad de sometimiento consumista o ideológico. Sin embargo, en el caso de Disney parece habitar más bien una tara de índole freudiana, como si tratara de construir la infancia, la auténtica patria de los hombres, como dijo Reiner María Rilke (leí cómo un periodista iletrado le atribuía la sentencia a Arturo Pérez-Reverte durante una entrevista, y el novelista evitaba coquetamente sacarle del error), una infancia que a él le había sido arrebatada.


Uno de esos dos no sabemos quién es

Muerto Disney, este megalómano universo paralelo de algodón de azúcar quedó abandonado al albur de las veleidades del mercado, pero con una fuerte inercia hacia la conservación de las máximas del patrón: el empeño en mantener abiertos los parques, la consolidación en sus ficciones de los valores familiares más rancios o, en su caso, de los nuevos paradigmas conservadores de lo políticamente correcto, y el sometimiento de los artistas a la marca que se coloca en el frontispicio de las películas: esa firma de letra redondilla que durante décadas ha sido el ideograma de la multinacional y que, significativamente, no es obra de Walt Disney sino de aquel primer caricaturista llamado Ub Iwerks. Resulta sarcástico que hasta la firma de este hombre sin identidad sea falsa. Que los últimos éxitos de la compañía hayan consistido en capitalizar los aciertos de otros talentos, desde Lasseter hasta Tim Burton, no deja de ser una muestra de coherencia con el legado recibido, basado en la usurpación y que parece conducir a la multinacional a la quiebra, o a verse reducida a gestora de los derechos de exitosos clásicos de dibujos animados.

En cierto sentido podríamos considerar que el Imperio Disney ha sido una anomalía creativa en Hollywood, una disfunción hipertrófica en la imaginación de un hombre huraño y paranoico, que alcanzó dimensiones de pandemia en el imaginario colectivo mundial y de la que la iconografía infantil apenas empieza a recuperarse. El viejo Walt terminó sus días recluido en su patria, instalado en un apartamento de la Calle Principal de Disneyland. Si la identidad es la imposibilidad de ser igual a otro, allí encontró lo que buscaba. No podía ser confundido con nadie pues una norma de la compañía, aún vigente, prohíbe a los empleados llevar bigote.






pvallin@divertinajes.com
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